Innegable resulta a estas alturas poner en duda la versatilidad del señor Lang como creador cinematográfico. Del mismo modo que Hawks, Lang ha abordado todos los géneros dejando una indeleble huella en ellos. Desde la ciencia ficción (Metrópolis, Metropolis, 1927) hasta el cine de aventuras (Los contrabandistas de Moonfleet, Moonfleet, 1955), pasando por el western (La venganza de Frank James, The Return of Frank James, 1940), o el noir (Los sobornados, The Big Heat, 1953), el cineasta alemán ha dejado profunda huella en dos cinematografías tan dispares como la alemana y la norteamericana, y en dos etapas cruciales como son el cine mudo y el sonoro, siendo ambas elementos que en vez de anularse, se apoyan dando la oportunidad de ser disfrutados por los cinéfilos que siguen y alaban su evolución, constantes y autoría, y aquellos que ensalzan su camaleonismo y compromiso artesanal, siendo capaz de aunar en un solo largometraje la profesionalidad de directores todoterreno como Hathaway y la maestría de genios como Ford o Renoir.

Creador impenitente de atmósferas opresivas, el director de Perversidad (Scarlet Street, 1945), realiza una obra psicológica que a pesar de enmarcare dentro de los parámetros estéticos del western podría englobarse en cualquier género debido a la universalidad de su trama, siendo el marco de película del oeste un mero apoyo que potencia los actos y la evolución de sus personajes.

La tendencia por la que circulaba el western a principios de los años 50, donde sólo las visitas de maestros como Ford o Hawks daban entidad a un género que por entonces no era más que un entretenimiento popular. Pero la llegada de películas como Johnny Guitar (Johnny Guitar, Nicholas Ray, 1950) o el estudio que Anthony Mann hizo a través de sus largometrajes con James Stewart, provocó un nuevo enfoque, encauzando las riendas de la narración hacia un terreno más psicológico, dando una entidad y profundidad inusual hasta entonces.

Lang se sirve del western para explotar uno de sus temas constantes en su filmografía: la venganza como motor de conflictos y punto de partida. En este caso, Lang vuelve a demostrar como un hecho que en multitud de películas sería una excusa para alinear una historia, aquí es tan sólo un apunte que define la posterior evolución de la trama y de aquellas personas que se encuentran en ella. La venganza es una excusa de la que el cineasta se nutre para ofrecer un retrato humano que ha venido explotando desde su etapa del cine mudo.

Y es que las sombras y líneas que marcan la personalidad humana, Lang las utiliza para construir un mundo de personajes duros, violentos, complejos y nada predecibles, hecho que enriquece el contenido de la película. Desde la Krimilda de Los Nibelungos (Die Nibelungen, 1924) hasta el Glenn Ford de Los sobornados, pasando por el Frank James de La venganza de Frank James, Lang demuestra cómo los géneros cinematográficos son tan sólo un marco de descontextualización necesario para encuadrar una historia que en él adquiere menos importancia que la universalidad que muestra la bajeza humana y lo ruin de ciertos comportamientos de los personajes de los que está poblada su filmografía. No es de extrañar pues, que Lang se desenvuelva tan bien en un género como el western, paradigma de la violencia y la insolidaridad. Seguramente, su desgana en profundizar en las constantes del género le da una mayor libertad para bucear en la exploración de un sentimiento acorde con el espacio donde está ubicada la historia (paisajes secos y áridos, hombres rudos...), consiguiendo de este modo una obra tan redonda.

Western de cámara, de espacios cerrados, rodado en estudio, con una textura muy cercana a la serie B, el cineasta ofrece una película siniestra y oscura, áspera y directa, donde no hay secuencias de transición. Haciendo gala de una concisión y rapidez narrativa pocas veces vistas en el género, la película no se detiene en ningún momento sino que avanza, haciendo de la elipsis un arma muy poderosa, condensando en escasos 90 minutos, una historia que no repara en explicaciones innecesarias. Del mismo modo que Lang se apoya en las canciones para hacer avanzar la acción (elemento que consigue unir la faceta de la obligada incursión de canciones tradicionales en este tipo de largometrajes con la ya citada rapidez narrativa), siendo los primeros veinte minutos de su proyección, una sucesión constante de secuencias cortas, tan sólo acompañadas de la canción que le otorga un ligero aire épico que introduce junto al (hasta entonces prácticamente inexistente dentro del western) uso del flashback para definir y presentar al personaje de Altar Keane, otorgándole un halo de idealización y épica que Lang controla en todo momento ya que consigue crear la expectación en el público acerca de la verdadera existencia de Keane. Esa épica reinante en la primera parte, el cineasta la desvanece en un relato crudo y directo en la segunda donde la relación entre los personajes y el desenlace de la venganza adquieren todo el protagonismo en esta historia de odio.

El triángulo que se establece entre Keane, interpretada por una soberbia Marlene Dietrich, dueña absoluta de su rancho donde se esconden los fugitivos, y de la película; junto a Vern (un insólito pero eficiente Arthur Kennedy), el protagonista y desencadenante del triángulo, y del personaje de Mel Ferrer, pistolero forajido de principios nobles y gatillo rápido.

La novedad en este triángulo reside en la distancia en la que Vern se intenta mantener. Él sabe que para llegar al hombre que busca debe pasar por Keane, y ésta se enamora de él para frustración de Mel Ferrer, con la inevitable confrontación.

La perfecta caracterización de Vern, un tranquilo vaquero que se ve roído por el deseo de venganza, queda claramente reflejado cuando consigue la información que buscaba dejando al descubierto que su enamoramiento hacia Keane, ha sido una fachada para conseguir lo que buscaba, siendo su evolución y progresión desde el inicio una lógica bajada a los infiernos. En contrapartida, Keane, dura y fuerte (más que muchos hombres), se ve invadida por un sentimiento que la sobrepasa y contra el que intenta luchar, siendo la interpretación de la Dietrich un espejo inmejorable para ello. El rostro serio e impertérrito de la actriz refleja todo el torrente de dudas y sentimientos que la acechan.

Lang juega a la perfección moviéndose entre ellos, siendo la resolución algo significativo pero no lo más importante, sino la cuestión de necesidad de la venganza y la repercusión en uno mismo, un hecho más interesante para él, que él saber si se ha llevado a cabo o no. Es ahí donde radica el mayor acierto de la cinta, que Lang intensifica con una dirección dura y fría, directa, que aunque amparada en un clasicismo puro (planos a la altura de la vista, poco movimiento de cámara, proliferación de primeros planos), se preocupa en ofrecer una realización seca, cruda. Desde la cámara en mano que preside la pelea en la barbería hasta la abundancia de planos largos de conjunto donde varios personajes se aguantan las miradas y los gestos, que en Encubridora adquieren mucha más importancia que las palabras.

Si bien Encubridora no es uno de los diez mejores westerns de todos los tiempos, la película refleja el dominio de Fritz Lang a la adaptación al medio y la asimilación de un material a priori ajeno, para levantar una obra redonda dentro de su extensa y ecléctica filmografía.

Por Emilio Mtez.-Borso
cartel