La bella bestia, el feo y malo y Glenn Ford

De todos los sentimientos (más que reflexiones) que he experimentado al revisitar a este viejo amigo que es Los sobornados (The Big Heat, 1953) me quedo con uno que dejo a su deriva: si Alfred Hitchcock tuvo el valor de eliminar a su protagonista principal a los veinte minutos de película (obviamente hablamos de Psicosis / Psycho, 1960), Fritz Lang no se quedó atrás, al relevar a su verdadero protagonista cuando ya había pasado la mitad del metraje: Debby, una magnífica Gloria Grahame, que hace que el clímax ascienda al, hasta entonces, excelente film en algo superlativo.

Pero no vayamos tan deprisa y centrémonos en el germen de la historia: Estados Unidos en los años 50, la industria del cine (así como muchas otras) se ven acosadas por el senador McCarthy en su obstinada caza y captura de todo aquello que huela a comunista. La mitad de la población se convierte en delatora y la otra mitad en perseguida. La sociedad está corrompida, algo a lo que no es impune el cuerpo policial, y así lo reflejó William P. McGivern en su novela "The Big Heat" —que no tengo el gusto de conocer, pero por lo reflejado por Javier Coma (1), se entiende que el guión de Sydney Boehm  (habitual en la serie B, donde sobre todo trabajó con Rudolph Maté) respeta sus líneas básicas—, donde el protagonista principal, el sargento Dave Bannion (Glenn Ford), representa la línea positiva de una institución embrutecida por la corrupción. El film estrenado comercialmente en España llevó el título cristalino de Los sobornados, una expresiva traducción sobre The Big Heat, que corresponde tanto a "El gran calor", en representación del ambiente asfixiante del film/novela como «al gran tumulto de una caza de poderosos delincuentes por la policía (2)».

Fritz Lang fue uno de los maestros del cine negro. De hecho, su aterrizaje en Hollywood tras la huida de Alemania, donde durante por más de diez años había sido el realizador más interesante del planeta (1922-1933, desde Dr. Mabuse (Dr. Mabuse der Spieler, 1922) a El testamento del Dr. Mabuse (Das Testament des Dr. Mabuse, 1933), con el permiso de F.W. Murnau y C.T. Dreyer, por supuesto; fue con dos títulos clave para la evolución de dicho género: Furia (Fury, 1936) y Sólo se vive una vez (You Only Live Once, 1937). Estos títulos, junto a El ministerio del miedo (Ministry of Fear, 1944), La mujer del cuadro (The Woman in the Window, 1945), Perversidad (Scarlet Street, 1945), Los sobornados, Mientras Nueva York duerme (While the City Sleeps, 1956) y Más allá de la duda (Beyond a Reasonable Doubt, 1956), conforman la evolución del cineasta cambiante, luchador y obsesionado, a través del cine y, en especial, del género negro (casi todos los demás títulos de Lang, siempre incluían tics, gestos, guiños o rimas habituales del género, aunque sólo los citados se ceñirían al pie de la letra a las normas del cine de gángsters sin escrúpulos y cínicos detectives).

Los sobornados es así un film modélico. No posee la rabia de Furia y Sólo se vive una vez, y es ligeramente más optimista que las películas protagonizadas por Edward G. Robinson, pero es mucho menos satírica que sus últimos noir. Si en un texto anterior (3) dije que la angustia era el sentimiento que más se extraía de la filmografía de Lang, me gustaría recalcar aquí lo importante de esta aseveración con respecto a Los sobornados y sin salirme del colectivo de films negros de Lang. Citemos por ejemplo Perversidad. Hay una evolución clara de puesta en escena desde sus primeros films (más expresionistas, con un uso de la luz en ocasiones irreal) hacia la mirada más objetiva de Los sobornados. Ya en Perversidad la luz se toma un respiro. Lang se acerca más a los personajes sin forzar la forma de las imágenes, la conexión del espectador con el sufrido protagonista es mayor y la angustia que éste sufre se traslada con fuerza hacia el sujeto pasivo de la acción. Si algo consigue enturbiar dicha identificación, es quizá el perfil del protagonista, demasiado bueno para ser un personaje real. Esto no ocurre en Los sobornados.

Por un lado tenemos al sargento Bannion. Un hombre íntegro y honrado que se ve llevado a un afán de venganza desbocado tras el asesinato de su mujer. Glenn Ford, un actor no especialmente de mi agrado, incluso en este film, donde está más que correcto, se adapta bastante bien al perfil del protagonista: un hombre a medio camino del justiciero despiadado y el honrado policía (este último más cercano a la ciencia-ficción que al cine negro). Su búsqueda es incesante, incluso con momentos de gran crueldad, como cuando intenta estrangular a la viuda Duncan, pero siempre en el momento final se redime, incluso cuando se enfrenta con el sádico asesino Vince Stone —un brutal Lee Marvin, en uno de sus primeros papeles relevantes; seguramente John Ford tomó buena nota de esta interpretación para su futuro Liberty Valance—, al que decide perdonarle la vida, aun sabiendo que es responsable directo del asesinato de su esposa.

La identificación del espectador con el protagonista se establece directamente por el punto de vista tomado por Lang. En sus palabras: «No quiero fotografía complicada, nada artístico; quiero fotografía de noticiario (4)», un mirada documentalista para unos hechos coetáneos que no querían esconder ningún asomo de realidad mediante una pontificación/malversación del plano, como bien dice Quim Casas: «Los sobornados (es la película que) resume obstinadamente mejor su fijación en el realismo documental y en la estética que podríamos llamar de crónica de sucesos (…) Lang convierte el punto de vista del tranquilo policía en el del mismo público, consigue una identificación tajante y rotunda, implica al espectador en una postura individualista que adquiere así resonancias colectivas(5)».

En ese asomo de bondad del sargento Bannion es cuando luce Debby, o mejor dicho, Gloria Grahame, que venía de obtener el Oscar a la Mejor Interpretación de Reparto en la no menos excelente Cautivos del mal(6) (The Bad and the Beautiful, Vincente Minnelli, 1952) y que resulta irresistible en su interpretación. Ella, más que el propio Lagana, es la que propicia el trágico desenlace de los hechos. Tras recibir en la cara el café hirviendo que le echa Stone —en una de las imágenes icónicas de la historia del cine—, es ella la que acaba con la vida de la viuda Duncan, desatando así la caída del imperio de Lagana. Ella se queda con la película, Bannion simplemente es su comparsa. En el último momento, justo antes de morir, dice "seguro que estoy horrible". Magnífica frase de un personaje que vivió y murió por su belleza.

(1) COMA, Javier. Los sobornados / Cautivos del mal. Libros Dirigido. Colección: Programa Doble. Barcelona, 1999.

(2) Extraído de (1).

(3) G. CALVO, ALEJANDRO Un extraño entre nosotros, sobre La venganza de Frank James. Miradas de Cine n˚47. Febrero 2006. http://www.miradas.net/2006/n47/estudio/lavenganzadefrankjames.html

(4) BOGDANOVICH, Peter. Fritz Lang in America. Movie, 1968, edición española de Fundamentos. Extraído de (1).

(5) CASAS, Quim. Fritz Lang. Ed. Cátedra. Colección Signo e Imagen/Cineastas. Madrid, 1998.

(6) Comenta Javier Coma que la relación entre Lang y Grahame no fue del todo amistosa y añade el siguiente comentario que le hizo el realizador vienés a la actriz californiana: «¡Si usted continúa así, me las arreglaré para mostrarla siempre de espaldas y alquilaré un loro para que diga su texto!» Extraído de (1)

Por Alejandro G. Calvo
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