Nuevo catálogo de ambigüedades morales

Mientras Nueva York duerme (While the City Sleeps, 1956), la penúltima película estadounidense de Fritz Lang, es una nueva muestra de la maestría del director vienés para salir victorioso en sus propuestas de cine negro. El propio Lang consideraba este film como el mejor de su extensa carrera cinematográfica (recordemos que su filmografía sobrepasa las cuarenta películas). La anécdota de Mientras Nueva York duerme parece centrarse en una serie de asesinatos de mujeres jóvenes y bellas cometidos por un psicópata maníaco sexual. Las resonancias de M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931) se convierten, pues, en algo palpable al hablar de la película que nos ocupa. En ambos casos podemos ver tanto al asesino de niñas que tenía atemorizada a toda la ciudad, como el asesino de mujeres jóvenes que también tiene intimidada a la gran ciudad del este de los Estados Unidos, a modo de fríos y sanguinarios criminales y, a la par, como víctimas sociales. Lang difumina la frontera existente entre la enfermedad, más o menos psicopática, y la perversidad o malevolencia de los asesinos. De este modo, lo que indicábamos como hipotético epicentro temático de la película —la indagación de los móviles del asesino y la investigación y captura del mismo—, pasa a un segundo plano. Si en M, Fritz Lang rubricaba una desalentadora declaración del contexto sociopolítico alemán de la época —la vertebración y extensión del entramado nazi—, en Mientras Nueva York duerme realiza un despiadado retrato del poder y la ambición humana al atraer la atención del espectador hacia la historia de los tres periodistas que luchan por ser el primero en descubrir la identidad del asesino y, por ende, conseguir el puesto de editor jefe de un influyente periódico de Nueva York. Es indudable que el dibujo del asesino y, más concretamente, de los fundamentos psicológicos y educacionales —dependencia materna incluida— que le llevan a transformarse en un ser antisocial, tiene un peso muy importante en la película; sin embargo, la ambición y el uso de lo criminal por parte de la sociedad y los medios de comunicación para lucrar sus propios fines posee mucha más importancia en el relato —no en vano, Lang le dedica más parte del metraje a esta cuestión—. El ambiente de persecución y delación de la época maccarthysta está ahí, agazapado. Cincuenta años después no parece que hayan cambiado demasiado las cosas.

Como en Deseos humanos (Human Desire, 1954) o Más allá de la duda (Beyond a Reasonable Doubt, 1956) —con la que esta película guarda bastantes concomitancias—, la ambigüedad se instala en el relato para, poco a poco, erosionar la verosimilitud del mundo de las apariencias. Son los personajes quienes constituyen un catálogo de modos de actuación que, moviéndose entre lo correcto y lo confuso, quebrantan cualquier tipo de posibilidad de establecer un código deontológico que rija los deberes y las normas éticas del Hombre. Pongamos algunos ejemplos. Es difícil encontrar en Mientras Nueva York duerme personajes de una sola pieza. De este modo, Edward Mobley (Dana Andrews), el protagonista de la película, en su afán de seducción, utiliza la misma estrategia que usa el asesino para entrar en casa de sus víctimas para hacer lo propio con su novia, además la utiliza como cebo para atrapar el asesino; el fotógrafo utiliza la misma estratagema con su amante que, para más inri, es la esposa del propietario del periódico; Mark Loving (George Sanders) no duda en comerciar con su amante para lograr sus fines; ésta tampoco tiene problemas para sacar provecho de las situaciones a las que se expone; incluso la novia de Mobley, el personaje más cándido de la cinta, es susceptible de ser considerada como un ser manipulador (véase la última escena de la película).

En este sentido, Fritz Lang muestra la identidad del asesino al poco de comenzar la película. De este modo, reconduce la atención del espectador hacia la descripción de las conductas de los personajes "positivos" de la película. Sus comportamientos, y las paradojas éticas que éstos desprenden, hacen perder cualquier atisbo de esperanza en una ética profesional o en una cierta conciencia rousseauniana de la sociedad.

Mientras Nueva York duerme es un ejercicio de cine negro. Pero el envite de Lang se aleja un tanto de la estética expresionista de la que es deudora el género. A partir de los años 50, el estilo visual de Fritz Lang se muda en algo mucho más sobrio. Sus planos sufren una destilación que les lleva a la purga de elementos extraños o artificiales. Ciñéndonos a esta historia de psicópata y arribistas, una especie de capa de documental cubre las imágenes del filme. Esto otorga a la cinta una esencia de autenticidad, de veracidad en definitiva, que, a pesar del espectacular uso del superescope, convierte a la película en una auténtica crónica social de su tiempo.

Para acabar, si Perversidad (Scarlet Street, 1943) tiene uno de los finales más desesperanzados de la historia del cine, el happy end de Mientras Nueva York duerme no es menos conocido por lo acaramelado que resulta en su conclusión. En este punto, parece que hay que posicionarse a favor de un modo u otro de cerrar las películas, en correspondencia con la tendencia, o el sentido, con la que se acostumbra a mirar la vida. Cabe destacar que a pesar de que se suele hablar de la figura de Fritz Lang como la de una persona que no tenía un sentido demasiado grato de la existencia humana, su visión del mundo tampoco era del todo pesimista. Como el propio director señaló, «en Mientras Nueva York duerme vemos la lucha de cuatro hombres para obtener una posición social, uno por dinero, otro por el poder, el tercero no lo sé, y el último porque ama esto. Pero el que gana es el que tiene un ideal... Entonces, ¿dónde está el pesimismo en mis películas?». Más allá de la duda, queda la constatación de que un happy end debe corresponderse con un final coherente y, sobre todo, verosímil. Lección de maestro.

Por J.A. Souto Pacheco
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