Las maletas de Toni Luper
La burocracia y los trabajadores de un laboratorio cinematográfico son, tal vez, las dos cosas que más odio del mundo del cine. A pesar de ello, no puedo evitar tener que convivir con ambas. Por un lado, los eunucos de laboratorio son esenciales para tu película. El negativo no se revela solo. ¡Ojalá! Creería en Dios sólo para pedirle eso. Es más, aunque sean absolutamente insoportables e ignorantes, no te queda otra que hacerte amigo de ellos... ¡Y no los pongas de mal humor! Por otro lado, la burocracia es aún peor. Nadie me dijo que iba a ser un elemento fundamental en mi vida profesional, nadie me explicó que para ser cineasta iba a tener que estar continuamente presentando papeles e impresos en la Generalitat de Catalunya y el Ministerio de Cultura. Así que, en la mayoría de los casos, tengo que cumplir esa detestable obligación.
Y aquí me encuentro yo, son las doce de la mañana y camino a toda prisa por las Ramblas de Barcelona en dirección al edificio de cultura de la Generalitat de Catalunya. Hoy acaba el plazo para presentar los papeles de una de mis películas. Hoy precisamente, que el cielo está tapado, gris, encapotado. No puedo con esto, detesto los plazos. Estoy seguro que la lluvia empezará antes de llegar a mi destino. Se dice que "en abril lluvias mil", pues en Barcelona somos adelantados hasta en eso, aquí los aguaceros empiezan en marzo.
Las Ramblas son un lugar bello para pasear los días soleados, aunque hoy parece el suburbio más marginal de cualquier ciudad del este de Europa. Mientras sigo caminando a una velocidad inusual en mí, sorteo delincuentes de todas razas, incluida la mía, y varios mimos, que en breve tendrán que empezar a recoger sus bártulos si no quieren mojarse. Pobre gente, con lo a gusto que estaban haciendo su trabajo, robando y estafando a extranjeros alemanes, viene el tiempo y les parte los planes en dos. Me considero solidario, pero no tanto como para reducir mi velocidad y pensar en ellos más que tres segundos. Llego tarde, no puedo detenerme y escribir un relato sobre ellos, he de llegar al final de la calle, al edificio de la Generalitat de Catalunya. No soy Manu Chao.
Una vez me encuentro allí, sin pensarlo dos veces, me adentro por la puerta principal, que es del tamaño de la del Vaticano. En la entrada de ese aparatoso edificio siempre hay una mujer fea, antipática, desagradable. Llevo aproximadamente diez años viniendo a este horrible lugar, por los menesteres que ya les he expuesto anteriormente, y siempre ha estado la misma portera, siempre con la misma cara de vinagre. La señorita en cuestión, lleva una década haciéndome presentar mi DNI en la entrada —¡Como si no supiera quien soy!— Me conoce desde que ella tenía edad para soñar con encontrar a un hombre que la aguantase, con encontrarse en la vida a un pardillo que aceptase estar con alguien así... así de fea y desagradable. Un día, de tantos de los que he ido a verla, me olvidé mi documento de identidad. No me dejó pasar, me hizo volver a casa a recuperarlo.
—¿Qué vienes a hacer?— pregunta ella con actitud de soldado del tercer Reich. ¡Como si no lo supiese! ¿Te parezco acaso el que viene a reparar el aire acondicionado del edificio? Pienso yo. —¿Me muestras tu DNI?— responde ella. En ese momento, sólo tras esas cuatro palabras, es cuando deseo decirle... "¡patas de gallo, fea, tetas caídas!". Pero trato de no perjudicar más aún, si cabe, mi relación con el Gobierno catalán y le enseño mi tarjeta identificativa. La vigilante del fortín observa mi foto, después a mí, otra vez el retrato y apunta mi nombre en la lista de visitas del día. —Puedes pasar.— me dice de manera mecánica.
Tras sobrepasar el detector de metales, ¡qué suerte! Hoy no he cogido mi pistola y mis granadas de mano, me dirijo a los pasillos que conducen al ascensor, con la mirada fija, inmutable. Ese vestíbulo está lleno de conocidos de la profesión que vienen y van. Tengo que evitarlos, hoy no me apetece hablar con ninguno de ellos. Al llegar a la puerta del elevador un dedo índice se adelanta al mío y aprieta el botón. Menos mal, a éste lo conozco, y él a mí, pero nunca hemos hablado. —Buenos días— me dice de manera formal y educada. Yo le respondo con un guiño del ojo izquierdo, informal y algo chulo. Es un gesto habitual en mí. Mi compañero de ascensor es Antoni Solé, un joven empresario de cine en Catalunya. Entre otras películas, ha producido la trilogía de Peter Greenaway: Las maletas de Tulse Luper. Antoni y yo siempre hemos tenido cierta rivalidad, yo represento en términos generales lo contrario a él y viceversa. El hecho de tener una edad cercana, haber cosechado algún éxito y ser totalmente antagonistas siempre nos ha puesto en una situación algo contraria. Para que se hagan a la idea, en apariencia, él es como un agente de bolsa de treinta años, y yo, como un comediante italiano.
El silencio, hasta que aparece el ascensor, se hace algo incómodo. Solé, para romper el iglú de hielo que hay entre ambos, empieza a revisar los papeles que lleva en uno de los dos maletines de separadores. Yo, en cambio, tengo los impresos que he de presentar en el Gobierno, doblados en el bolsillo de mi chaqueta. ¡Cling! Las puertas se abren y me encuentro de frente con el director general del ICIC (organismo responsable de la cultura dentro de la Generalitat de Catalunya) Al cruzarse con Antoni y conmigo, nos saluda de manera amigable. Me cae bien, es tal vez el que mejor me cae de todos los que han ocupado ese cargo hasta el día de hoy. Es un consuelo saber que no es un burócrata prototípico, me recuerda a un cantante de country venido a menos, algo así como Kenny Rogers. Antes de entrar en el ascensor, un nuevo gesto de educación por parte de Toni, me concede el honor de entrar a mí primero.
Ya entre las cuatro claustrofóbicas paredes de ese lugar, con aspecto de habitáculo del film Cube, yo, que no puedo evitar ser precipitado en mis actos, aprieto el botón del cuarto piso sin siquiera preguntar a dónde va él. Obviamente se dirige al mismo piso que yo. Sí, a expedientes y documentación de películas catalanas (españolas también), ¿será por esa razón que lleva esas dos horribles maletas? Deben estar muy llenas. Yo me siento algo ridículo, bueno... totalmente ridículo con mi miserable impreso doblado en la chaqueta. Antoni me mira y se sonríe algo incómodo, ¡mal hecho! Porque yo siempre necesito hablar en los ascensores, pueden preguntar a mis vecinos. Ha llegado a un momento en que creo que me evitan de manera compulsiva cuando presienten que han de entrar conmigo en ese metro cuadrado tan asfixiante.
—¿Qué tal todo?— le pregunto interrumpiendo el silencio. —¿Preparando una película?— prosigo. ¡Que pregunta tan absurda! Es productor de cine, no va a estar preparando un disco. Un gesto con su cabeza a modo de afirmación me basta y me sobra para entender que no está muy abierto a diálogos que, por otra parte, yo tampoco necesito para nada... ¿Para qué? ¿Para decirnos que nos va muy bien a los dos? ¿A quién le va bien en el cine aquí? Tras dos segundos de silencio, Solé irrumpe y pregunta, intentando hacerse el interesante: —Tú no paras de rodar, ¿no?— Esa pregunta tiene muy mala leche, pero que muy mala. Será cabrón (y perdonen la mala educación). Ustedes no lo entienden pero yo sé lo que quiere decir, y no es otra cosa que, mis películas son para un público minoritario y que a pesar de hacer muchas, no se ven por parte de las multitudes ¿y las tuyas de Greenaway, sí? ¡Anda ya, fantasma!
Menos mal que ya vamos por el segundo piso, esto se acaba pronto. Un segundo más con este tío tan pedante y le voy a retorcer el cuello. Él se mantiene en su clásica actitud serena, tranquilo, portando esas dos maletas llenas de expedientes. Lo cierto es que su traje, su cabeza afeitada y algún "tic" que aparece de tanto en tanto son suficientemente detestables para mí, y no quiero ni pensar lo que le debo parecer yo a él. Mientras observo sus maletas, la luz se apaga por un segundo, cimbrea como si el neón estuviese a punto de fundirse. Una, dos, tres veces y sin darnos tiempo a levantar la cabeza... ¡Plas! El ascensor se para, se detiene, se frena entre el tercer piso y el cuarto. ¡No puede ser! ¡No me lo creo! ¿Se ha atascado el ascensor en el edificio de la Generalitat de Catalunya? ¿De veras? Toni enmudece aparentando estar tranquilo, yo, en cambio, nunca he sabido aparentar eso. Empiezo a tocar todos los botones como un poseso, especialmente los que abren las puertas, pero nada. Mi compañero de habitación me mira algo asustado —No te molestes, se han encendido las luces de emergencia— dice él. Es cierto, los neones están apagados, sólo funciona la luz de emergencia (que no alumbra un cuerno) —Tranquilo, supongo que volverá— se intenta autoconvencer. Yo sigo apretando los botones como si jugase al Simon mientras él me observa con las cejas arqueadas.
—¡Sabía que no tenía que venir aquí, este lugar me pone enfermo!— me digo a mí mismo —Tranquilo, alguien nos sacará o volverá la luz, no nos pueden dejar encerrados en la Generalitat— me responde para consolarme.
—A mí espero que no me dejen aquí, supongo que a ti no te afectará tanto... tú eres más burócrata— irrumpo yo. En ese momento, no puedo evitar el sarcasmo y la rabia contra él, aunque no tenga ninguna culpa. El paciente catalán estalla en una carcajada, parece haberle hecho gracia mi comentario. —¿Así que me ves un burócrata?— me pregunta entre risas ¿De qué se reirá este idiota? —Yo no tengo nada de burócrata, lo odio tanto como tú— me dice sin perder el sentido del humor. ¿Ahora le dan ganas a éste de confesiones? —Toda la profesión sabe que tú lo odias, ¿no?— afirma él. Jaque mate.
Me encanta el nivel de intimidad de la conversación sobre la burocracia, pero llevamos cinco minutos y nadie nos viene a buscar, las luces no se encienden y yo no paro de mirar esos dos maletines. —Lo más importante es decirle a los funcionarios lo que quieren oír, a ti te ha de dar igual, nunca te pelees con ellos— insiste él en el "temita". Yo le miro y aparento reflexionar sobre lo que me dice, realmente me importa un rábano. ¡Para hablar sobre "correveidiles" estoy yo ahora! Sin poder evitarlo, empiezo a golpear la puerta del ascensor bruscamente, no paro de gritar e intento que alguno de esos puñeteros funcionarios, con los que Toni tiene una relación tan profunda, nos oiga. —Normalmente son lentos para sellar un papel, así que imagina para sacarnos de un ascensor...— dice él. Nuestras dos risas histriónicas se funden mientras seguimos encerrados. Aquí ha estado bien, lo reconozco.
¡No puede ser cierto! Llevamos casi un cuarto de hora en este lugar y el calor empieza a ser realmente agobiante. Toni ya está sentado en el suelo. Admiro su calma, yo no puedo estar parado ni un solo segundo, camino de lado a lado del ascensor. En las situaciones límites lo único que siempre pienso es que todo será aún peor, el sentimiento trágico me persigue como a Shakespeare o a Prosinecki. —¡Lo ves! Tanto que defiendes a esta gente, les importa más subvencionar el doblaje de películas americanas que el hecho de que dos seres humanos estén aquí encerrados— digo yo. Toni me sonríe sin responder. Creo que está empezando a descubrir mi personalidad, y es que nervioso desvarío y sólo veo antisemitismo y boicot en todas partes.
¡Veinte minutos! Nadie viene y mis golpes empiezan a ser de una exageración extrema. —Tranquilo Salomón, vendrán pronto... debe haber sido culpa de la lluvia— Pobre Toni, si me observo creo que soy la única persona con la que no me gustaría quedarme encerrado en ningún sitio.
—¡Hola... Hola... Hay alguien en el ascensor!— entona un hombre desde arriba que suena a la voz más angelical de entre las sirenas de Ulises. Y en ese momento, sin darme tiempo a responder, Solé se adelanta como un auténtico tenor —¡Aquí, estamos aquí!— Je, je, tu también tenías miedo, ¿eh?. A los segundos, Toni me abraza satisfecho. —¿Lo ves nos sacan?— me dice eufórico. Para remolcar el ascensor nos hacen sentar y abrazarnos por medidas de seguridad. Y mientras nos descienden manualmente no puedo evitar preguntarle una cosa, aprovechando que estamos abrazados, —Oye... ¿Cómo puedes llevar esos maletines llenos de impresos?— Toni me mira y se vuelve a sonreír —No llevo impresos, llevo discos de vinilo, los colecciono—. Al final resultará ser más especial que lo que creía. —¡Nos sacan, nos sacan!—...
Es curioso el modo en que se dan las amistades casuales. En el caso de Toni Solé esa fue la primera vez que compartimos una situación en común a la que han sucedido muchas otras hasta el día de hoy. Siempre que recordamos este pasaje no podemos parar de reír mientras compartimos una de nuestras habituales cervezas. |
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