Domicilio conyugal
De entre todo el panorama de sobrevalorados grandes directores españoles —ensalzados ya sea por el público o mediante cierto tipo de crítica que maquillan tras un par de buenas ideas y películas aceptables la falta de buena cinematografía patria—, David Trueba, de carrera pausada pero intachable, nos brinda otra muestra humanista, otra aproximación al género más difícil de tratar, aquel que pertoca al ser humano, a las personas y sus conflictos, a la vida en resumen, y que pocas veces ha conseguido llegar tan alto como ha venido demostrando película tras película el más joven de la dinastía Trueba.
Con este nuevo largometraje, que perfectamente podría ser una continuación adulta de los problemas vitales del protagonista de su ópera prima, La buena vida (1996), Trueba demuestra erigirse en el sucesor del maestro Truffaut en cuanto al retrato de las vivencias, miserias y conflictos de las personas de a pie.
A través de la manida historia de un joven que debe aprender a desenvolverse en el mundo adulto, en esa difícil etapa donde uno más que descubrir cómo funciona el mundo, descubre cómo funciona uno mismo, el cineasta habla de temas fundamentales a través de la comedia. Maquilla los conflictos que desea tratar para de este modo no caer en lo pedante ni en la lección moralizadora, lo que le permite obtener una carga emocional mucho más densa y emocional que el habitual punto de vista realista. Tras su aparente falta de pretensión, o la voluntad de hablar sobre temas serios bajo un prisma cómico, le da más valía al riesgo corrido y más empaque y entidad a la reflexión final.
Gracias a la caricaturización de los personajes secundarios y situaciones quizás trilladas, quizás no demasiado reales, Trueba sale indemne del difícil proceso de cruzar la línea de la seriedad del drama mostrándonosla desde el punto de vista más dramático de todos, la comedia. Así pues, el director consigue extraer una sonrisa congelada, un sonrisa que acarrea e invita a una reflexión posterior a través de todos los posibles significados que se pueden extraer tras un primer visionado.
Amparado en un guión de hierro, y haciendo gala de su talento como dialoguista, Trueba habla con voz pausada —pero con voz firme, con rigor y seriedad—, acerca de la condición humana, siendo el protagonista una vulgar excusa para acompañarnos al viaje que supone el llegar a aceptarnos a nosotros mismos dentro del papel que nos ha tocado jugar, o mejor dicho, que hemos decidido jugar en esta vida. Y es que la película habla acerca de decisiones, decisiones que hemos de tomar a cada instante y eso es lo que nos hace seguir adelante, o volver hacia atrás, lo que nos hace humanos.
Bienvenido a casa, se fundamenta en los personajes, de ahí que la dirección encuentre su tono y su motor en ellos, fluye con ellos. Trueba, del mismo modo que Allen o Wilder, opta por una dirección invisible, apostando siempre por basar su mirada en la de sus protagonistas, y su cámara siempre les acompaña, ya sea en fluidos movimientos de cámara o bien en multitud de primeros planos (manera que comparte con el último film de Almodóvar, Volver). En ningún momento pierde el pulso y demuestra un dominio de la técnica y de la narración cinematográfica envidiable, erigiéndose una vez más en uno de los cineastas con una sensibilidad interna envidiable y uno de los directores más en forma de nuestra alicaída cinematografía.
La mayor virtud de la película es su tono emocional, que no sensiblero, dentro de un patrón donde se suele optar más por el drama más encarnizado a la hora de intentar extraer sentimientos o reflexiones. Esa vía suele calar y gustar en general, pero dentro de lo relativamente fácil que puede llegar a ser (con todos mis respetos hacia quien lo hace claro está), Trueba nos brinda una comedia de sentimientos, de emociones deformando la realidad con una lupa para así fomentar y agrandar las cosas para que parezcan más ridículas... pero no por ello menos reales. Como la vida misma. |