El fin de las katanas y de los samuráis
Dentro de toda la cantidad de propuestas que nos ofrece el cine oriental contemporáneo, existe una vertiente que se encarga de recuperar la tradición, de intentar reproducir el espíritu de los viejos géneros, ésos que dieron esplendor en el pasado a su correspondiente cinematografia, y ésos sobre los que, al fin y al cabo, se han ido construyendo los pilares de los diferentes movimientos de vanguardia que operan en la actualidad en los países asiáticos.
En China se rescató el wuxia, adornándose con las nuevas técnicas de efectos especiales que lograban barnizarlo con el halo de espectacularidad que requerían los nuevos tiempos, y en Japón se remodeló el género de los samuráis, empezando por la magistral trasgresión operada por Nagisa Oshima en Gohatto (Taboo, 1999), pasando por las muestras de neo-chambara perpetradas por Ryuhei Kitamura en films como Versus (2002) o Azumi (2003) o de Sogo Ishii en Gojoe (Gojoe reisenki, 2000), y terminando en la desmitificadora y genial Zatoichi (2003) de Takeshi Kitano. Pero también se ha continuado cultivando su esencia más profunda desde el más estricto clasicismo. Dentro de esta vertiente destaca como máximo representante el veterano Yoji Yamada. Él ha sido sin duda el artífice de la recuperación, en todo su esplendor, del jidai geki o gendai geki (películas ambientadas en la época de los samuráis y todas ellas de carácter histórico), gracias a esas dos pequeñas obras maestras que ha dirigido en los últimos años, El ocaso del samurái (Tasogare Seibei, 2002) y esta The Hidden Blade que ahora nos ocupa.
La mirada de Yamada es todo un bálsamo dentro del cine de naturaleza frenética y desmedida que inunda las pantallas de nuestros días. Sereno, cálido y extremadamente humano a la hora de contar sus relatos, Yamada se ha ido revelando como un delicado y refinado poeta de la imagen fílmica. Poseedor de la sabiduría de los más grandes creadores, ha ido perfilando con estas dos piezas un díptico nostálgico que nos retrotrae al sabor de las obras del pasado, pero sin caer en un ejercicio de arqueología cinematográfica. Su cine va más allá, quizás porque está impregnado de un exquisito tacto, una sensibilidad intimista y un toque romántico y melancólico inherente a su propio estilo, a su manera de reinterpretar el género de acuerdo a sus propios códigos.
En The Hidden Blade nos adentramos en el siglo XIX, una época de profundos cambios en el seno de la sociedad japonesa. La Restauración Meiji se produjo en 1868, y trajo consigo una remodelación en la estructura feudal que reinaba como modo de jerarquización de las clases. Los privilegios de los samuráis se abolieron y desapareció la figura del shogun, señor feudal que ejercía la tiranía y hacía uso de su poder despótico sobre la población. El film se sitúa justo antes de que se produzca este desmoronamiento. Es por tanto un momento de profunda inestabilidad y desorientación en el que se comienzan a introducir aires de cambio, en el que las tradiciones arcaicas empiezan a ser cuestionadas y en el que ya se percibe una cierta tendencia hacia la postura crítica y rebelde frente a las injusticias y los abusos de la autoridad.
Estamos pues ante un universo que está a punto de desaparecer, ante un tiempo que ha de enfrentarse a su ocaso de la manera más digna posible.
Los héroes de las películas de Yamada son conscientes de la mutación que se está produciendo a su alrededor, pero a diferencia de la gente que los rodea, ellos son capaces de actuar de acuerdo a las circunstancias, siempre regidos a través de un intachable código de honor que surge de su propia conciencia ética. No les importa ir en contra de las convenciones, llevar una vida solitaria y al margen de lo políticamente correcto. Son héroes discretos, sencillos, pero cargados de una potente carga de intensidad humana que los hace irremediablemente cercanos.
En esta ocasión nuestro hombre se llama Katagiri (Masatoshi Nagase) y pertenece al clan Unasaka (también El ocaso del samurái sucedía en este ficticio feudo). Uno de sus compañeros y amigos, Hazama (Yukiyoshi Ozawa), con el cual compartió instrucción junto al sensei (maestro) Toda, parte hacia Edo para intentar posicionar al clan en un estatus superior. Mientras, los cambios comienzan a llegar al clan Unasaka y los samuráis abandonan las espadas para comenzar a entrenar con armas de fuego. Precisamente el proceso de militarización a la que se someten da pie a las escenas más divertidas, irónicas y críticas del film. Los samuráis son incapaces en un primer momento de acostumbrarse a los modos occidentales, pero poco a poco van dejando atrás sus costumbres para dar paso a una modernización de todo su sistema guerrero.
En The Hidden Blade la estructura narrativa se diferencia claramente entre la vida pública y los compromisos que adquiere Katagiri dentro de su clan, y su entorno privado. Así, el contexto histórico y el contexto íntimo se conjugan de forma armoniosa en el film. Katagiri vive en silencio una historia de amor que no es posible materializar por culpa otra vez de las convenciones sociales: la mujer que desea pertenece a un estatus inferior y además está casada con un comerciante. A pesar de ello, Katagiri desafía algunas de las leyes impuestas al rescatar a Kie (Takako Matsu) de la degradación física y de la vejación psicológica a la que la había sometido su esposo al dejarla abandonada y desatendida durante una enfermedad que casi está a punto de costarle la vida.
Yamada utiliza una puesta en escena clásica, reposada y depurada a través de unos encuadres que nos remiten a la mejor tradición del cine japonés de los sesenta.
Sin embargo, la aparente calma con la que parece transcurrir el film no deja de poner de manifiesto la turbulencia interior que late en el interior de los personajes. The Hidden Blade, como su nombre indica, es una historia de espadas ocultas, pero también de deseos insatisfechos, de amores imposibles, de afán de libertad y de ecos de un futuro indeterminado. Yamada también presta especial atención a la disección de cada uno de los ritos y las costumbres que rodean la vida del samurái desde la más absoluta meticulosidad, atendiendo al más mínimo detalle, pero al igual que ocurría en El ocaso del samurái, en The Hidden Blade el eje sobre el que gravita toda la estructura argumental es el combate, el duelo a muerte al que se tiene que enfrentar el protagonista por orden del clan para atajar la insurrección de uno de sus miembros. Sin embargo en esta ocasión es quizás mucho más significativo, ya que Katagiri tendrá que batirse con su propio amigo, Hazama. Esta secuencia, rodada desde una perspectiva casi ritual y mística, captura toda la esencia del arte de la espada, del arte de los samuráis y de sus códigos de honor. Chambara en estado puro. Pero Yamada está lejos de la espectacularidad que se han empeñado en imprimir otros autores. Su cadencia en todo momento es sobria, extremadamente elegante y su estilo, aunque a algunos pueda parecerles seco, esconde una perturbadora poesía. Basta con contemplar escenas tan hermosas como aquella en la que Katagiri y Kie andan junto al mar sin decirse una palabra, para que nos demos cuenta de que en sus miradas, en sus gestos, en su entendimiento silencioso palpita un sentimiento que traspasa la pantalla. The Hidden Blade es una obra que se saborea suavemente, que da tiempo a ser paladeada y disfrutada, pues su elegante pulsión cinética se acopla a la perfección a la cadencia de nuestra mirada.
Quizás este film, junto a su predecesor, queden como islas en medio del estallido postmoderno que inunda la cinematografía japonesa en la actualidad, quizás sean sólo vestigios del pasado, quizás Yamada sea un director (al igual que lo son los personajes de sus films) a contracorriente de las tendencias que operan en la época en la que se encuentra... pero quizás por eso su valor sea incluso mayor, ya que no estamos ante un cine caduco ni anticuado, sino ante una muestra vigorosa de cine que utiliza el pretérito para reinterpretar el presente. Porque en la sabiduría del pasado está nuestro futuro. |