¡Manda huevos!

«Hacer películas es un placer para mí. No lo tomo muy en serio. De alguna forma es la continuación de mis juegos de infancia».

En este ánimus locandi que guía al sin par Abbas Kiarostami en muchas de sus películas se encuentra la explicación perfecta al enigma planteado en este episodio del filme colectivo Lumière y compañía (1995). A través de un plano fijo que muestra la fritura de unos huevos, con la voz metálica de un contestador como fondo sonoro, el director iraní nos cuenta la historia de desamor más breve y original de toda la historia del cine.

El colesterol como cura del desengaño amoroso. La mantequilla, usada en otro filme celebérrimo como coadyuvante esencial de la pasión, se deshace sobre el fondo de la sartén formando una especie de nebulosa, metáfora perfecta del amor que se va disolviendo como una pastilla de alkaseltzer en una mañana de resaca. Si Kiarostami hubiera nacido en España, habría utilizado tocino en lugar de mantequilla y añadido el chorizo de rigor, pero el resultado sería una tragicomedia ibérica. Otra cosa.

Todo sucede en off en esta muestra perfecta del minimalismo más enjundiosamente recalcitrante. Este brutal empleo del fuera del campo debería enseñarse en todas las escuelas de cine. Otros hubieran filmado el rostro melancólico del hombre que fríe los huevos (uno de ellos está roto, ¿símbolo casual o intencionado?), o, tal vez, el gesto apesadumbrado de Isabelle Huppert, sosteniendo el teléfono en su llamada desesperada. Para el director iraní el rostro del desamor son dos huevos fritos. Con un par.

El estatismo de la imagen en la más pura tradición beckettiana, la importancia del sonido, el distanciamiento como recurso dramático, la dialéctica entre la realidad y deseo, la compleja sencillez de sus propuestas, el estímulo a la imaginación e inteligencia del espectador en una suerte de diálogo creativo fascinante, elementos todos ellos del cine de Kiarostami, se hacen de nuevo presentes en este cortometraje que destila poesía y belleza en los fogones. Sin embargo quizá sea su película menos realista, la más cercana al cine de ficción de cuantas haya realizado. Abbas cierra de golpe su ventana abierta al mundo y prepara una teatrillo de sartenes y camping-gas para filmar a golpe de manivela un poema sobre huevos fritos, soledad y desencanto. En el colmo de la paradoja, un acérrimo practicante del estilo realista como el persa se desmarca, precisamente en un homenaje a  los padres del documental, con un filme que está mucho más cerca de Méliès que de los Lumière. ¡Manda huevos!

Texto originarialmente publicado en "Letras de Cine" nº 7 (Asociación Letras de Cine. Valladolid, 2003). Reproducido con el permiso del autor.

 

Por Israel Diego Aragón
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