Entre lo sublime y lo risible

Del 9 de febrero al 21 de mayo se puede ver en Barcelona (y el breve periplo parece ser que concluirá definitivamente en La casa encendida de Madrid, del 4 de junio al 21 de septiembre) esta ambiciosa y desigual muestra, empeñada en trazar paralelismos (algunos evidentes, otros, forzadísimos) entre la figura de nuestro Erice y el iraní objeto de nuestro estudio.

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Ya saben: si el uno sigue las evoluciones de los críos en una escuela, el otro hace lo propio con la infancia mesopotámica. Mientras este persigue a personajes perdiéndose tras una loma, el otro utiliza emplazamientos de cámara prácticamente idénticos. De una manera espontánea, dos observadores más o menos afortunados del paso del tiempo adoptan soluciones parecidas.

Comencemos el caótico recorrido por esta exposición con el episodio de Abbas Kiarostami para Ten Minutes Older: The Trumpet, segmento que acabó cayéndose del montaje final. Para algunos, esta será una demostración más de que "el capital acogota al talento y pone cerco a la inteligencia y el genio de los artistas minoritarios". Puede ser una explicación. Yo tan sólo les preguntaría, con la mano en el corazón, si han sido capaces de tragarse los 10 interminables minutos aportados por Abbas a este trabajo coral (el resto de participantes en esta entrega de los Ten Minutes eran Chen Kaige, Werner Herzog, Jim Jarmusch, Aki Kaurismäki, Spike Lee o Wim Wenders).

De hecho, los comisarios de la exposición —con buen criterio— han optado por una proyección cenital (sobre el mismísimo suelo) del clip de Abbas, para que el visitante pueda ojearlo de pasada, mientras está de pie, casi a la carrera. ¿Qué es lo que podrá descubrir el incauto que se quede entumecido frente al panel, agarrotado por una incipiente tortícolis? Pues... un niño durmiendo. O sea, quiero decir... eso, un niño durmiendo. ¡¡Impresionante muestra de arte TOTAL, amigos!! Diez minutos de un crío durmiendo... si lo hace mi primo de Antequera con su hijo recién nacido, es un 'colgao'. Si lo hace Abbas, merece un puesto de honor en un Centro de Cultura Contemporánea. No comment.  

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Luego viene el asunto de la correspondencia, la excusa para montar todo este embrollo. El uno y el otro se dedican a mandarse cartas filmadas, con el propósito de establecer un supuesto intercambio creativo. Erice empieza de buen rollo, rodando en el famoso patio donde Antonio López trató de pintar el condenado arbolito aquél, cediéndole esta vez a sus nietos lápices, colores y cuartillas en blanco.

Recibida esta misiva, Abbas nos deja claro que no piensa ponérselo fácil al español: ni corto ni perezoso, coge su cámara y se dedica a filmar durante diez minutos la piel de una vaca, ¡con dos cojones! La vaca se mueve, pero Abbas aguanta: topos negros sobre fondo blanco, ala, ¡'pa' que se entere ese de la barba lo que es ser un autor de verdad! (¿Por qué? ¿Con qué intención? ¿Respondiendo a qué mecanismo cognitivo? ¿Qué sentimientos debe de haber despertado en el autor de El sabor de las cerezas la propuesta de Víctor Erice? Dios mío: ¡yo que sé!)

Tercera misiva. Víctor no acusa el golpe y decide demostrarle que es un gran fan suyo, pasándoles a los chicos de una escuela su película ¿Dónde está la casa de mi amigo? El director se dedica a rodar las reacciones de los infantes (al igual que hizo con El doctor Frankenstein en El espíritu de la colmena) y el posterior cine fórum con el profesor. Todo ya visto, nada nuevo bajo el sol.

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Abbas recibe esta carta de amor y afloja un poco, devolviéndole la palmadita en la espalda y diciéndole que a él también le gustó mucho El sol del membrillo ("no hombre no, ¡tú eres el genio!") y dedicándose a rodar el devenir de una pieza de fruta río abajo (algo que tampoco es nuevo, pues este mismo recurso lo había utilizado ya con anterioridad en otro de sus filmes).

A 2 de marzo (fecha en que visité el chiringuito que se han montado estos dos en el CCCB) todavía faltaban por intercambiarse dos cartas (sí, esto es un 'work in progress', que mola mazo) y no quiero ni pensar cómo puede llegar a degenerar el asunto. Les mantendremos informados.

El trayecto simétrico continúa con fotografías en blanco y negro de Kiarostami. En su mayoría, paisajes bastante similares a los de nuestra meseta: yermos y rasos, desiertos (no aparecen seres humanos) o cubiertos por finos mantos de nieve.

Como remate de feria, se "expone" su parida audiovisual titulada Five. No dudo en que alguien considere a Five realmente una película. Cada cuál es cada quién, ¡cómo no! El caso es que este que les habla puede certificar —nada orgulloso— que vio por entero los 74 minutos de estas cinco 'long takes' en homenaje a Ozu.

Durante la hora y cuarto que estuve desparramado en la grada frente a la cual desfilaba tamaña tomadura de pelo, ningún visitante de la exposición aguantó más de 90 segundos sentado ante la pantalla. Habrá quienes lo achaquen a una falta total de formación, al desdén de un público poco familiarizado con el arte... pero teniendo en cuenta lo que les proponía Abbas (ver un leño arrastrado por las olas del mar, unos patos cruzando el encuadre, unos perros sentados en la orilla, unos paseantes yendo y viniendo por un paseo marítimo o la luna reflejada en la superficie del mar), encuentro plenamente justificada la desbandada.

Para más INRI, escucho anonadado el atribulado discurso del responsable de una visita guiada, que conmina a los visitantes a asomarse y seguir su recorrido, mientras les asegura que este es el lugar idóneo donde ver esta muestra de vídeo-arte, «porque, claro está, ¿quién estaría dispuesto a pagar por ver esto en un cine?» (sic).

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Me cuentan que la película sí conoció estreno comercial en Francia, donde aguantó dos semanas en cartel (dada la enjundia de lo exhibido, me parece todo un récord mundial). Abbas trata de salirse de los circuitos comerciales, de dejar de ser el iraní premiable de los festivales europeos. Lo ha logrado, demostrándonos que nadie en sus cabales (a excepción del imbécil que esto suscribe) perdería una hora viendo en pantalla grande algo que puede darle la propia vida ahí fuera, una tarde cualquiera en mejor compañía.

Por último, dejar constancia de que "la parte" que le corresponde a Erice tampoco es como para lanzar cohetes. Abbas y Victor parecen dos creadores fosilizados, con poquitas cosas nuevas que ofrecernos (eso no quita para reconocer que tanto el uno como el otro nos han legado muestras sobresalientes de arte cinematográfico). Excepto el aquí inédito Alumbramiento (un cortometraje para otra entrega de los Ten Minutes Older sencillamente magistral), el resto del material "nuevo" aportado por Erice es flojillo, sobre todo ese La Morte Rouge, que incluye mirada melancólica al mundo de la infancia a través de los primeros recuerdos cinematográficos de los que tiene constancia... es como ver Cinema Paradiso narrada por José Luis Garci. Babosilla, muy babosilla (tampoco ayuda la manía de Víctor de colocar su propia voz como acompañamiento en off, con ese retintín pomposo y pedante —lo siento— que le resta cierta credibilidad al conjunto).

Interesante resulta el material existente en torno a El sol del membrillo. Material inédito filmado que, a modo de diario de campo, utilizó Erice en su acercamiento al trabajo obsesivo del gran Antonio López. Súmese a eso varios cuadros del mismo —que uno nunca sabe si están del todo acabados— con despliegue luminotécnico incluido para poder ver como, efectivamente, la percepción del mismo varía según las horas del día.

Por lo demás, Correspondencias nos demuestra que tiene algo de ridículo santificar a popes cinematográficos que parecen encontrar una especie de placer masoquista en cerrarse cualquier posibilidad comercial, como si fueran militantes de una extraña secta con el lema "más oscuro, más lento, más incomprensible".  Echo de menos al Abbas que nos hablaba con llaneza de seres humanos, no de languideces inanes. O al Erice que filmaba (o luchaba por hacerlo), sin malgastar largas jornadas dando una y otra vez la misma conferencia, contando lo malos malísimos que son los productores por no darle dinero para rodar algo sensacional; incomprendido y maldito, sempiterno mártir del celuloide.

Por Jorge-Mauro de Pedro
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