El tedio nos llevará
"¿Por qué queréis arrastrarme a todas partes oh ignorantes? Yo no he escrito para vosotros, sino para quien pueda comprenderme. Para mí, uno vale cien mil, y nada la multitud." Heráclito 1
Hace un mes uno de mis peores temores se volvió realidad: me enteré que Miradas iba a dedicarle un estudio a Abbas Kiarostami, uno de los directores que más me ha hecho sufrir en una sala de cine. La experiencia concreta fue Five Dedicated to Ozu (2003) y no quiero caer en exageraciones, pero sí, probablemente haya sido el mayor suplicio cinematográfico al que fui sometido en vida. A lo largo de estos últimos años, antes de Five, la fuerza de la curiosidad me había movido a sumergirme en las películas de la filmografía de este director, para escrutar, averiguar, y eventualmente para dejarme seducir por su propuesta. Mientras el aburrimiento me consumía durante el visionado de estas obras, me tranquilizaba jurándome a mí mismo que nunca más iba a tener que verlas. Asegurarme que sólo las abordaría una vez fue útil para sobrellevar la dolorosa indagación.
La sola idea de tener que analizar estas películas para un estudio me dio vértigo, y por fortuna pude transar con el editor este espacio "en contra", ya que si siempre me dio la impresión de que se sobrevalora al cineasta, me llama aún más la atención que tantos ríos de tinta esté causando, dejando en segundo plano en las revistas especializadas a iraníes talentosos como Majid Majidi, Mohsen Makhmalbaf y su adorable hija Samira, o al maestro Jafar Panahi, quienes tantas ideas originales aportan al cine actual.
No cabe duda de que Kiarostami es un director fiel a sus principios, un sujeto que confía en su material y que lo utiliza en pro de transmitir inquietudes propias. Tampoco se puede negar que posee un talento poco frecuente para lograr la sugerencia, la elipsis, la sinécdoque; para hacer pensar, para lograr que se confunda realidad y ficción, para iluminar temáticas enormes a partir de anécdotas mínimas. Nos encontramos frente a un director que con escasos recursos logra obras reconocidas internacionalmente, pasto de festivales y carne de críticos, quienes lo encumbran como a uno de los más grandes cineastas de las últimas décadas. Sería ingenuo descalificar a Kiarostami como un cineasta sin ningún tipo de atributos.
Pero sí vale señalar las carencias del director, que a mi parecer se traducen en apatía o desinterés con respecto a su obra no sólo para el espectador medio sino además para amplias franjas de la cinefilia, quedando reservado su disfrute sólo para un grupo reducido y selecto de esta última.
Tsian Ming-liang, Antonioni, Bresson, Rohmer, los Dardenne, Panahi, son todos grandes directores que han sabido o saben tomarse sus tiempos para contar sus historias, pero también han revestido adecuadamente a sus personajes y a sus situaciones con un consistente halo enigmático o de paradoja, que ayuda a mantener la expectativa a lo largo de un moroso pero inquietante relato. La cuestión es que en el juego de tensiones y distensiones, de dispersiones y clímaxes algo le falla a Kiarostami, y sus películas pueden ser enormemente sugestivas, e incluso poseer sus pequeñas dosis enigmáticas y de intriga, pero esto no sirve de nada si no se logra mantener la atención del espectador.
Kiarostami parece haberse tomado muy en serio el dicho "una imagen vale más que mil palabras" y parece confiar demasiado en el poder de seducción de su lente y en la capacidad hipnótica de sus imágenes en movimiento. Pero descansarse demasiado en estas premisas implica asumir el riesgo de que su público desvaríe, pierda el hilo y culmine pensando en cualquier otra cosa que nada tenga que ver con la película. Me he sorprendido a mí mismo divagando sobre listas de compras, planes alimenticios y de esparcimiento durante el visionado de A través de los olivos (Zire darakhatan zeyton,1994). Podrán llamarlo falta de concentración, de atención o mala predisposición para con la película; yo creo que la culpa es de Kiarostami.
Y es que si uno se sintió en algún momento conmovido o cautivado por algún tramo de sus películas, el director no tarda en volver a dormir la pelota con sus extensos tiempos muertos y sus imágenes contemplativas. "Estrategias de la espera", le llaman. Me suena más a una estrategia para filtrar ansiosos, que deriva en una fuga masiva del público de las salas. Las exasperantes escenas de El viento nos llevará (Bad ma ra khahad bord, 1999), en las que al protagonista lo llaman por celular y debe subir en repetidas ocasiones en coche a una colina, o las de A través de los olivos, donde en un rodaje se filma una y otra vez la misma toma, están provistas de un poder somnífero que irritará (o dormirá) a más de uno, y no es de extrañar que mucha gente que pagó una entrada para pasar un rato ameno se sienta agredido con estas manías del director.
Luego de la antipática cita situada al tope de esta nota debo agregar aquí otra menos agradable aún, de autoría del cineasta y ocasional filósofo Álex de la Iglesia: "¿Por qué hay una relación entre inteligencia y aburrimiento en el cine? Pues porque si tú te estás aburriendo, te entretienes pensando qué sentido puede haber en las imágenes que estás viendo. O sea, si tú estás en el cine y te coñas, conviertes una película que sencillamente es un aburrimiento, en una obra de arte. Es una labor creativa y tiene el interés de transformar en creadores a los críticos porque tú mismo tienes que aportar algo que no existe. Entonces empiezas a decir "veamos, me estoy coñando como nunca en mi puta vida. ¿Qué quiere decir ese cuadro que está ahí al fondo?, ¿Por qué este personaje ha entrado ahora?" Ya no estás viendo una película. Estás creando un Cosmos tuyo. Precisamente ahí es cuando surgen las películas geniales, cuando el que es genial realmente es el crítico responsable de ese mundo a base de nada."
Aquí debo hacer una justa salvedad. Y la vida continúa (Zendegi va digar hich, 1991) es una película muy bien lograda, la única del director que volvería a ver y podría recomendar, y en la que un móvil poderoso puja por mantener la expectativa durante todo el relato: luego de un terremoto el protagonista sale hacia el pueblo semiderruido de Koker para averiguar sobre la suerte de unos niños que allí habitan, y el largo de la película se centra en esta búsqueda. Ninguna de las otras películas del director tiene un argumento tan atractivo, ni dosifica tan bien los ritmos en su narración.
Quizás la cita de De la Iglesia sea algo despectiva, pero habla con claridad y acierto en lo que concierne a la "labor creativa". Se me ocurre que el amor o el odio al cine de Kiarostami radica en qué es lo que uno espera de una película. Como la música experimental o cierto arte abstracto, sus obras exigen del espectador una interacción permanente, procesos mentales activos que no cualquiera está dispuesto a dar en una sala de cine. Por otra parte, probablemente en Five se pretenda transmitir un estado de paz y tranquilidad, el sencillo disfrute de la contemplación de elementos que en la vida diaria no llaman demasiado nuestra atención. La propuesta no esta mal, pero en lo personal prefiero posar la vista donde quiera y durante el tiempo que me plazca, y recomiendo la naturaleza directa, y no la representada mediante fotogramas y sonido. Pero, en fin, son gustos. Que viva la diferencia.
Y si debo admitir que para mí la quintaesencia del cine es Indiana Jones cortando un puente a la mitad o Uma Thurman mutilando ochenta y ocho locos, es decir, nada más alejado del cine en cuestión, sí puedo asegurar que a los jóvenes medianamente hiperactivos que van a las salas en busca de emociones y esparcimiento, a aquellos que para bien o para mal ya adoptaron la costumbre de la semipasividad frente a la pantalla y como consecuencia tienen sus gustos algo moldeados por las tendencias cinematográficas dominantes, a los sedientos de cine que hartos de la monotonía del mainstream esperan sorprenderse con propuestas "diferentes" alejadas del simple mercadeo comercial; a estos cinéfilos incipientes, a ellos, pocas cosas los pueden frustrar tanto en sus ambiciones como una película de Kiarostami.
1 Citado en pág 27-28 de la introducción de "Apocalípticos e integrados", Umberto Eco, Ed. Lumen S.A., Barcelona, 1968.
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