El cine visto por Kiarostami
La presentación de A través de los olivos (Zire darakhatan zeyton, 1994) en la Semana Internacional de cine de Valladolid, donde se hizo con la Espiga de Oro, confirmó las expectativas que Abbas Kiarostami había levantado a finales de los años ochenta con ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Khane-ye doust kodjast?, 1987) y significó la apertura definitiva al mundo occidental de una filmografía tan desconocida como la iraní, actualmente, moneda corriente en cualquier festival europeo. Esto último puede resultar un ejercicio peligroso, ya que existe una obsesión compulsiva en estos días que corren por valorar masivamente cualquier film proveniente tanto de Oriente Próximo como de Asia. Algo parecido a lo que sucedió en los años sesenta con los films "políticamente comprometidos" de Centroeuropa, entonces piezas clave de la modernidad y hoy avejentadas exposiciones de antropología cinematográfica. El hecho que no haya transcurrido el tiempo preciso hace que aún no tengamos una perspectiva lo suficientemente amplia para valorar, con total justicia, qué films son merecedores de cualquier elogio y qué otros no son más que futiles ejercicios fílmicos aclamados a la sombra de sus coetáneos.
Centrándonos de lleno en el film, el valor de A través de los olivos, desde la visión que nos otorgan sus doce años de existencia y una vez vistas otras obras importantes de Abbas Kiarostami como El sabor de las cerezas (Ta'm e guilass, 1997) y El viento nos llevará (Bad ma ra khahad bord, 1999), no sólo no ha menguado, sino que ha ido creciendo y asentando su enorme calidad como toda obra clave que se precie de serlo. Porque A través de los olivos es, en el fondo, una comedia atípica y rabiosamente personal que revela a un cineasta que sabe combinar, maravillosamente, una exposición costumbrista de la geografía y la sociedad de Irán, un entramado argumental tan breve como delicioso sostenido por un aspecto visual de sobria poesía y, por último, un trasfondo reflexivo y metalingüístico sobre la importancia del cine.
Si algo define, de hecho, la obra de Abbas Kiarostami en general y A través de los olivos en particular, es la importancia que se le otorga al paisaje, a los caminos, montañas, carreteras, a toda la topografía de un conjunto de regiones en las que el hombre se adapta con dificultad y fascinación, disfrutando de la paz que inyecta la pureza de su aire, pero quedando a merced de desgracias endémicas en forma de inmisericordes terremotos. Los larguísimos planos tomados desde vehículos en los que apenas podemos vislumbrar presencia humana, son sólo una muestra de la capacidad del cineasta para adentrarnos en las características espaciales del lugar y, a la par, señalar que la geografía es la auténtica protagonista de su obra, relegando a un segundo término las circunstancias personales. Este hecho concreto sublima todos y cada uno de los conceptos ambientales, a la par que simplifica al mínimo los avatares de la historia. Es A través de los olivos un film mantenido en la superficie de una trama sin importancia, en la que los personajes se desenvuelven merced a pequeños cambios en su vida cotidiana. A simple vista, el film aparece totalmente desdramatizado, una especie de diario de rodaje en el que se va sucediendo un pequeño anecdotario personal, con la pareja de adolescentes como protagonistas y el director de la película como narrador y espectador pasivo. Esto, sin embargo, pronto se revela como el elemento más certero de todos cuantos pueblan la película, ya que es aquí donde se descubren las verdaderas intenciones de la obra. El director no es más que una proyección del propio Kiarostami y, como éste, un sencillo concurrente a la extraña relación en que la pareja se encuentra y en la que no puede (ni debe) interceder, sino contemplar y seguir indirectamente. Como bien demuestra la secuencia final del film, a través de unos olivos o a través del objetivo de su cámara. Es, por tanto, un creador de ficciones que se rinde ante la realidad, ante lo cotidiano, ante las calladas desavenencias de una pareja de enamorados, alguien empeñado en capturar la belleza de los elementos naturales que, irremediablemente, desaparecen con celeridad. A través de los olivos es una obra que captura el instante, de la misma manera que lo hace el cine de Rossellini —Stromboli (ídem, 1950), o Paisà, (ídem, 1946)—, serían dos ejemplos más que notables) o, sobre todo, la obra maestra de Jean Renoir El Río (Le fleuve, 1951), igualmente preocupada por la materialización de lo efímero.
Kiarostami, por tanto, utilizando la creación de su álter ego fílmico reflexiona sobre la importancia del cinematógrafo, no tanto en la coyuntura de un país en el que aún ronda el fantasma del analfabetismo (espléndidamente mostrado en la película, dicho sea de paso), sino en sus propias características internas. El hecho de que una gran parte de la película esté construida sobre los momentos de rodaje, sobre la repetición de tomas debido a los errores de un grupo de actores no profesionales y que, incluso, el film dé comienzo con el casting para la protagonista femenina, describe el hecho de la íntima relación que para Kiarostami existe entre la ficción creada a través del cine y la vida que discurre día a día ante nuestros ojos. Con A través de los olivos, el director no sólo pone de relieve dicha visión, sino que hiperboliza esta relación en un conjunto de interdependencias que, por momentos, lo acerca a Truffaut. No sería descabellado, de hecho, considerar esta película el equivalente a La noche americana hecho por Kiarostami; empero, si Truffaut "amaba el cine por encima de todo", el iraní utiliza este medio para hacer una emotiva declaración de amor a la vida, con todo lo que ello conlleva. De hecho, momentos tan sublimes y conmovedores como el plano con el que se cierra el film (de más de tres minutos de duración) serían imposibles de realizar si no se tiene presente que ambos conceptos (cine y vida) son sinónimos.
En definitiva, A través de los olivos es un maravilloso ejemplo de la potencia creativa de su máximo responsable, un cineasta que pocas veces ha estado tan inspirado como en esta ocasión muy a pesar de todos sus demás logros. La película, delicada y serena, pacífica y enternecedora, discurre ante nosotros con la humildad y la generosidad de las obras verdaderamente grandes. |
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