La casa de Abbas

En un pueblo del Irán profundo, un niño se lleva por error el cuaderno de deberes de su compañero de pupitre. Si éste no trae los deberes apuntados en él, será expulsado de clase. El chico, angustiado, va al pueblo de su compañero para tratar de entregarle el cuaderno... Un argumento que en manos de un buen director daría pie a un excelente cortometraje se convierte en la base de una emblemática cinta de Kiarostami.

El cine de Kiarostami, el segundo cine si separamos sus trabajos docentes y los recientes experimentos más próximos al vídeo arte (Five, Sleepers), se construye en torno a la gente y, en parte, respecto a los niños. Niños que son protagonistas en esta cinta pero que también son destacados personajes en Y la vida continúa y A través de los olivos, cintas con las que constituye una curiosa trilogía, en El sabor de las cerezas, en Ten, en el episodio no incluido del proyecto de Ten Minutes Older

Kiarostami reinvindica un cine sencillo en cuanto a la imagen, aunque complejo en cuanto a la narración. ¿O es al revés? Kiarostami despierta en nosotros diversos recuerdos de la infancia, pese a la lejanía geográfica. Como las magdalenas de Proust, las imágenes de ¿Dónde está...? nos llevan de retorno a aquellas tardes cuando debíamos decidir entre hacer los deberes o mirar los tebeos. La bronca del maestro me recuerda con escalofríos las amenazas del profesor Sarmiento o del Señor Abilio. La mirada de Nematzadeh hacia el suelo, asustada, evitando encontrarse con la inquisitiva actitud del maestro, era común entre yo y mis compañeros de clase. Abbas recoge pues imágenes universales, recuerdos compartidos en uno y otro puntos del mapa. ¿Dónde está la complejidad de su cine? No en la narración. En realidad, la línea narrativa de éste y de buena parte del cine iraní es extremadamente simple. La complejidad viene dada más bien por la capacidad de Kiarostami de desgranar distintos temas superpuestos en una única escena, en una única trama. Temas que son tocados, presentados, con sutileza, como quien no quiere la cosa. Podemos llegar a plantear que ¿Dónde está la casa de mi amigo? es un cuento infantil (y de los mejores, de aquellos que pueden apasionar por igual a espectadores niños y adultos). Pero, simultáneamente, es una cinta de aventuras donde el héroe busca la salida a un Laberinto. Por otra parte, tenemos una película claramente política en cuanto objetiva sin paliativos la pobreza de la sociedad rural persa (1): carreteras sin asfaltar, casas de adobe, falta de agua corriente... Desconozco cuál fue la reacción del gobierno iraní pero la ambigüedad del mensaje, entre el elogio de la gente sencilla y la denuncia de la insuficiencia de infraestructuras, se exacerba en la siguiente Y la vida continúa, en la que se recorre la misma zona, asolada por un temible terremoto.

De todos modos, por encima de cualquier variación, hay que valorar ¿Dónde está la casa de mi amigo? como un espléndido cuento moral. Como en la serie de Rohmer, los personajes adultos no dicen más que banalidades y siempre hacen lo opuesto de lo que parecen predicar. Al pequeño protagonista, Ahmadpoor, se le exige continuamente que haga los deberes. Sin embargo, en unos escasos diez minutos, se le pide que meza la cuna del bebé, que traiga agua, que la caliente, que le añada azúcar, se le riñe por no descalzarse, se le ordena traer el barreño de la colada... y, finalmente, se le exige de nuevo que haga los deberes. Durante todo este tiempo el niño ha tratado de explicar, en vano, que ha cogido por error el cuaderno de su compañero y que tiene que entregárselo antes de la siguiente clase para que no sea castigado. Sin embargo ningún adulto le entiende. Nadie se molesta en comprenderle. No quieren, no le escuchan: "Ya se lo devolverás mañana", "Si le castigan es que se lo merece", "Nadie viene de Poshteh a la escuela en Koker, es imposible"... El menosprecio de los adultos por los niños es persistente y vergonzoso. Simultáneamente, unos y otros argumentan que su objetivo es hacer de los niños unos adultos obedientes y responsables. El maestro no valora sus problemas y pretende ignorar que los niños llegan doloridos y cansados después de trabajar acarreando pesados objetos. El abuelo, en un discurso cínico, argumenta que hay que obedecer la tradición y a los padres y que una paliza quincenal, aunque injustificada, es el mejor método para conseguirlo. La única persona que parece ayudarle, el herrero, sólo le hará perder el tiempo al llevarle al mismo lugar del que Ahmad venía. Cuando, a continuación, se aleja solo en la oscuridad, entre los ladridos de unos perros invisibles, el herrero le asegura que velará por él. Pocas cosas más temibles hay para un niño que caminar a ciegas en un camino acechado por animales. Sin embargo, una vez el chico se ha ido, el herrero ignora su promesa y se encierra en su casa.

Kiarostami consigue esta multiplicidad de niveles con discreción, sin alardes técnicos, ni subrayados innecesarios. El niño que se encoge bajo el pupitre por el dolor de espalda da pie a una breve anécdota en clase. Veremos al mismo niño cargar un gran peso posteriormente durante la odisea de Ahmad en Poshteh. Si hablamos, pues, de complejidad en el cine de Kiarostami, tenemos que remitirnos a estrategias simples pero poco usadas por la mayor parte de cineastas contemporáneos. La citada sutileza narrativa sería una de ellas. Otra sería la elipsis. Y Kiarostami la usa reiteradamente, con éxito. Por una parte, la utiliza para crear nudos dramáticos y situaciones cómicas. Ahmadpoor y Nematzadeh confunden sus cuadernos continuamente. Nematzadeh lo ha olvidado en casa de su primo. Ahmad lo toma de su compañero al curarle la herida. Está a punto de llevarse el suyo propio al ir a devolverlo a Poshteh. Y, finalmente, lo confunden en el pupitre en la escena final. Del mismo modo, Kiarostami evita mostrar el regreso en la oscuridad de Poshteh a Koker, como evita la más que probable bronca que recibe Ahmadpoor a su llegada a casa y, posiblemente, disimula un tercer viaje, a primera hora de la mañana siguiente, al pueblo vecino.

Por otra parte, la elaboración de las imágenes se basa en una mirada que pretende ser pura. No tanto como hacía Rossellini y los neorrealistas, con los que ha sido relacionado por parte de la crítica, y que extraían la pureza cinematográfica del contexto diario. Kiarostami evita el discurso y la narrativa clásica y busca, de modo incansable, con la persistencia propia de sus protagonistas (2), que la composición del encuadre surja de la propia escena, de la misma realidad, y del ritmo vital. De este modo destila encuadres basados en los balcones y la calle por los que Ahmad deambula (al tratar de entregar una sábana caída a una vecina que se encuentra, fuera de cuadro, en el balcón superior) —3—, obtiene misteriosas desapariciones al salir de cuadro personajes por espacios y escaleras que están en off visual o construye bellísimas imágenes como el zigzagueante camino de salida de Poshteh hacia Koker, emblemática metáfora de las curvas de la vida, que el bueno de Ahmahd recorrerá una y otra vez. También por ello el uso de vecinos que encuentra por la calle durante el rodaje enriquece esta naturalidad tan peculiar de su cine. Precisamente por ello, para ello, el ritmo de sus películas (¡qué deliciosamente lentas!) es, debe ser, el ritmo, la cadencia, suave, inexorable de la vida.

Lo siento. Queda mucho por decir de esta casa, la casa de nuestro amigo Abbas; pero, posiblemente, lo mejor sea reconocer en sus imágenes el latir de nuestras propias vidas.

(1) Algo que a Zhang Yimou, en China, le costó caro.

(2) Con la tozudez del propio Ahmahdpoor, pero también con la perseverancia de los protagonistas de sus sucesivas películas.

(3) Elaborará estructuras más forzadas en Y la vida continúa, El sabor de las cerezas y Ten, en base a las ventanas y el parabrisas del vehículo y se fundirá en el encuadre (¿aleatorio?) en los planos secuencia de Five.

Por Antoni Peris i Grao
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