¡Qué bello puede ser morir!

Película no apta para impacientes, El sabor de las cerezas significó allá por 1997 la consagración mundial del realizador iraní Abbas Kiarostami. Obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes —ex aequo con La anguila (Unagi, 1997), de Shohei Imamura—.

La vi en Palma de Mallorca, en una señora sala (seguro que ya ha cerrado sus puertas), y solo. Al decir solo me refiero a que era el único espectador del pase. Mi pasión cinéfila era incipiente, y las sensaciones que experimenté estaban acordes con el ambiente. Me dejó un poso de pena, como si me hubieran abierto en canal y extraído los órganos vitales. Esa noche soñé que el señor Badii se levantaba al alba en un jardín lleno de cerezos.

Pero dejémonos de traumas personales y hablemos un poco de la película que nos ocupa. Acompañamos al Sr. Badii (Homayon Ershadi) en el asiento de copiloto de su coche. Anda buscando algo, paciente e inquieto al mismo tiempo. Hombres ociosos se le acercan: «¿Quiere obreros?». Parece que no es lo que busca. A continuación un jardinero le mira con cara de bobo; el señor Badii suspira y reanuda la marcha. Siguiente encuentro: unos niños jugando; falsa alarma, no quiere nada de ellos. En esto que ya hemos llegado a las afueras de la ciudad y le hace una proposición a un hombre: «Si tienes problemas de dinero puedo ayudarte»; la respuesta: «O te marchas o te rompo la cara».

Llegados a este punto no sabemos quién es este señor ni qué pretende. ¿Un maestro de obras? ¿Un pederasta? ¿Un salido en busca de alivio? Nada de eso, la conversación con el primer pasajero —un joven soldado kurdo (Safar-Ali Moradi)— deshace el equívoco mental. Lo único que quiere es contratar a alguien para un trabajo sencillo. A saber, esa misma noche se tomará un frasco de somníferos y se tumbará en un agujero excavado a tal efecto. A la mañana siguiente, el afortunado asalariado deberá despertarle. Si lo logra obtendrá su paga. De no lograrlo, deberá echar unas paladas de tierra encima de su cadáver y recoger el dinero del coche. Así de simple.

El tema central del film se establece en la conversación entre el taxidermista y el conductor suicida. Se nota que el hombre con mostacho de morsa ha vivido mucho. Cuenta que hace años también tuvo deseos de quitarse la vida, pero unas moras (el fruto de la morera, no nos confundamos) le salvaron la vida. Entonces redescubrió que hasta por un simple fruto (sean moras o cerezas) vale la pena seguir vivo. Aquí Kiarostami abona su tesis de la doble elección ante cualquier problema —ya presente en su cortometraje Dos soluciones para un problema (Do rah-e hal baray-e yek masale, 1975)—. Todo depende de la mirada y la forma de pensar que se aplique al dilema en cuestión.

Después de transitar senderos que serpentean, zigzaguean y se bifurcan, el señor Badii echa el freno y contemplamos juntos una puesta de sol. El tono rojizo de la tierra se junta con el del cielo, en una imagen de un bucolismo rompedor. Tal vez merece la pena seguir adelante, aunque sólo sea por extasiarse con esta imagen. Pero sin solución de continuidad se avecina tormenta, y el señor Badii sigue con su plan. Suponemos que coge las pastillas de su casa y se dirige a su tumba; se acomoda en ella y cierra los ojos. Lo que sigue son los dos minutos más sobrecogedores de los últimos tiempos: un fundido a negro y el sonido de la lluvia remojando el terreno.

Suicidios o intentos de suicidio ha habido muchos en la historia del cine (1). Motivaciones hay miles si lo que se quiere realmente es quitarse uno la vida. Pero a Kiarostami no le interesan esas razones. No sabemos si sufre trastornos mentales, si ha perdido a alguien allegado, si ha abusado de sustancias o han abusado de él. Eso importa poco. Es como querer averiguar quién graba las cintas de vídeo de Caché (íd, Michael Haneke, 2005), una tarea inútil. Lo trascendental aquí es meterse en la piel del interlocutor de turno del señor Badii. El soldado alega no conocer el oficio de enterrador —aunque podríamos quitarle la máscara y descubrir un ser aterrorizado ante la propuesta—; el seminarista (Mir-Hossein Nuri) aduce argumentos morales: «El Corán dice que no deberías matarte a ti mismo» —y la Biblia, ¡no te fastidia!—. Más fácil hubiera sido contratar a un sepulturero o precipitarse con el coche por un terraplén y asunto zanjado. Kiarostami pretende con ello implicarnos en la situación. ¿Enterraría usted a alguien a cambio de dinero? ¿Y si resulta que no estaba muerto sino simplemente durmiendo?

Distinta tesitura se presenta si usted se identifica con el protagonista. Busque ayuda, ingrese en un psiquiátrico si hace falta, o suicídese directamente, pero no perturbe la dicha de los que le rodean. Quizá lloremos una temporada, pero se lo agradeceremos infinitamente.

(1) Se me ocurren Arrebato, Las vírgenes suicidas, El gatopardo, La gran comilona, Grupo salvaje, Las horas, Pierrot el loco, Fedora, ¡Qué bello es vivir!, Inquietud, Cookie’s Fortune, Alemania, año cero, Van Gogh, Trenes rigurosamente vigilados, Pau y su hermano, Fuego fatuo, Cara a cara al desnudo, De entre los muertos (Vértigo), Cielo negro, El Dorado, Gente corriente, Europa 1951, Viridiana, Su único pecado, La dolce vita, Umberto D, Las Girls, La pianista, Los canallas duermen en paz, Pajaritos y pajarracos, El testamento del doctor Cordelier, Al rojo vivo, El último, El apartamento, Los comulgantes, La ley del deseo, Las amigas, El inocente,...

Por Josep Marín Barber
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