Otra manera de ver la realidad
DocumentaMadrid es una de esas propuestas culturales que no suele llamar excesivamente la atención de los medios, de ninguno en general, no sólo de los diarios que, por descontado, ya tienen bastante con rellenar las páginas de temas insustanciales (no financieramente, de eso no tengo duda). Un festival de cine, en concreto como su nombre indica de género documental, que resulta realmente atractivo de partida por su heterogeneidad (obviamente dentro de un contexto), y la multitud de opciones que ofrece, sobre todo en la casi inabarcable sección informativa. En segunda instancia, personalmente me resulta muy interesante dentro de la producción española porque puede ser una de las pocas vías de escape al lamentable y pésimo estado general del cine hecho aquí (como muestra un botón: hace poco me han pedido seleccionar los veinte títulos más destacados en España desde el 2000 hasta ahora y apenas he llegado a quince películas, entre las que destacan claramente los documentales). Por último, y como ocurre con cualquier certamen bien orientado y programado (especializado o no, y a pesar de las posibles limitaciones que esto conlleva), DocumentaMadrid, que ya lleva tres ediciones, se presenta como un sólido espacio de encuentro de la diversidad de movimientos y autores actuales (y en este ocasión con mayor fuerza que el cine de ficción, de lo que ocurre en el mundo a nuestro alrededor), ofreciendo la oportunidad de conocer la obra completa de autores ya consagrados o veteranos, lo cual siempre es un aliciente más que no suele ser debidamente valorado.
He de lamentar no haber tenido tiempo para acercarme todos los días que ha durado el festival como hubiera sido mi deseo, lo que me ha privado de ver propuestas de la sección informativa que, a priori, me interesaban en gran medida. De hecho, esta desafortunada coincidencia con otras responsabilidaes propició que de la sección competitiva solamente viera una parte de las películas premiadas, para las cuales la organización había reservado las sesiones de los últimos días del certamen: una lástima, la verdad, porque no creo en los premios, los cuales si sirven de algo es para demostrar que los mejores nunca ganan (o muy pocas veces), y como muestra, diría que a modo de caricatura, la ganadora en el último Sitges: la mediocrísima e irritante Hard Candy (íd., David Slade, 2005) ahora en nuestras carteleras.
Continuidad, ortodoxia y experimentación
DocumentaMadrid acoge en su sección competitiva varias categorías: "certamen nacional", que como su nombre indica incluye producciones españolas (de duración indiferente), "concurso de reportaje documental", dedicado a films de carácter específicamente informativo, y "creación documental", en el cual hay documentales internacionales (incluidos españoles), diferenciándose entre cortos y largos. Es una práctica habitual en todos los festivales —forzada de alguna manera por la "obligación" de incluir un palmarés—, pero no por ello tiene que ser necesariamente una opción buena. Además en este caso se me antoja bastante gratuita no sólo por la división sui géneris entre las categorías nacional e internacional, también porque no parece demasiado transparente la decisión de incluir cada título en una u otra. Es evidente, por otro lado, que de alguna manera los festivales pueden sobrevivir (y en Madrid hemos tenido bastantes malas experiencias en este sentido) si aseguran una serie de "mínimos", entre los que se encuentran una determinada apertura hacia el mercado, y aquí los premios resultan imprescindibles. Para mal y para bien.

De los once títulos a concurso que he visto, resulta interesante comprobar como continúan apareciendo miradas (El barrio de Las Islas, La casa de mi abuela, Alimentation Générale, comentadas más adelante en detalle) muy similares en formato y tono a lo expuesto en trabajos recientes muy prestigiosos (En construcción —José Luis Guerín, 2001—, Ser y tener —Être et avoir. Nicholas Philibert, 2002); algunos incluso logran superar en ciertos aspectos a sus referentes, particularmente al sobrevalorado film de Philibert. Asimismo se vieron aportaciones ortodoxas como el muy interesante trabajo de la danesa Suvi Andrea Helminen, Kaerlighed og smardret glas, que cuenta con gran capacidad de observación la situación de las jóvenes en Kirguizistán, que son obligadas (literalmente secuestradas) a casarse, y que concluye dejando en el aire el futuro incierto de la protagonista, una niña, a la que la cámara sigue jugando con sus amigas o cuidando a su hermano pequeño, de apenas trece años. Especialmente insustancial es, sin embargo, el cortometraje suizo Wir sind dir treu (Michael Koch), que cuenta en diez minutos cómo la afición del club de fúbtol Basilea anima a su equipo durante un partido, centrando la atención (abundantes primeros planos) en el "director de la orquesta" (se busca el símil en todo momento), siempre componiendo los planos (generales) que muestren el colorido que lucen los hinchas, los de su equipo, que visten a juego; a pesar de considerarme un buen aficionado al fútbol nunca he entendido esta forma de seguirlo, y este film no hace sino refrendar mi visión y pensamiento al respecto, por la vía del aburrimiento y el desprecio, eso sí.
Otras de las propuestas se pueden ver como experimentos audiovisuales, que parten de imágenes reales para proponer una idea personal, por tanto irreal. Una completa violación del concepto de documental como hecho, no ya como realidad auténtica (pues esto queda claro —lo advirtió Robert Flaherty a principios del s. XX; conviene recordarlo— que nunca es así). Conseguir una obra al menos interesante con ese planteamiento requiere de genio, o en su defecto de cierta templanza y modestia, pues se puede hacer poesía aceptable sin el talento de un Shakespeare o de un Yeats. El cerco (Ricardo Íscar y Nacho Martín, 2005) es un film poco poético tal vez, aunque algo de lírica tiene, siendo, a pesar de sus defectos, y gracias a una duración adecuada (doce minutos), una curiosa y estimable representación (literalmente: la fotografía está virada al sepia) de un hecho: la pesca del atún en las costas mediterráneas. Por su parte el film ruso Blokoda (Sergei Loznitsa) fracasa en su intento, bien planteado, de trasladar el horror de la guerra a través de imágenes en blanco y negro, música y efectos sonoros, con un desarrollo en ocasiones forzado y distante, hasta terminar por resultar indiferente lo que se ve y agobiante lo que se oye. Le vent sous l'eau (Carlos Esbert) está en el límite, un experimento radical que a mí particularmente me provocó un enorme rechazo, pues su idea, como está ejecutada, de compaginar imágenes fijas, a veces inextricables, con textos explicativos sobreimpresionados sobre fondo negro y una voz en off recitando, a mí me parece pretenciosa, hueca e irritante, pero sobre todo inútil y poco inteligente puesto que niega la base del cine; justo, por cierto, lo contrario que hace el iraní Abbas Kiarostami en su incomprendida y excelente película Five (Five Dedicated to Ozu, 2003).
El barrio de Las Islas, de Daniel García-Pablos (España)
Durante el rodaje del film de Santiago Tabernero, Vida y color, se filmó este interesante documental, que se detiene en las gentes del barrio de Fuencarral de Madrid, y en cómo les afecta la llegada del equipo de la ópera prima de Tabernero. La cámara de Daniel García-Pablos rueda sobre todo a un grupo de ancianos que se agrupan en la calle y charlan sobre cosas cotidianas. De entre ellos destaca la figura de "el alcalde", que viene a ser como un guía del lugar, pero también de lo que ocurre alrededor del día a día del rodaje. Por ello el film termina con una revelación determinante: él no va al cine hace mucho tiempo —cuando era joven para magrear a las muchachas—, porque en las películas todo es mentira. No obstante esta ópera prima es algo más que un actor amateur y una brillante declaración de principios, si bien sus aciertos son consecuencias de estas "herramientas". Resulta una divertida sucesión de situaciones que nunca aparecen ante la cámara como "fragmentos de la vida", más bien como anécdotas peculiares viciadas por un contexto nada coyuntural: el rodaje de una película. Por ello el film está más logrado cuando se ciñe al efecto que provoca esta premisa (cfr. los vecinos participando en las audiciones para figurante; los chavales curiosos y fisgones ante el rodaje; las conversaciones de los ancianos en su "butaca vip"; los cambios que requiere en el decorado real la película...), siendo mucho menos interesante y sobre todo más forzado la intromisión tanto en la vida de algún vecino (cfr. el hombre que recibe por teléfono una oferta de trabajo) como en el devenir del rodaje (cfr. la filmación de las escenas que protagoniza la actriz Natalia Abascal).
La casa de mi abuela, de Adán Aliaga (España)
Adán Aliaga optó por el cine documental en genérico como vía alternativa para la creación, ya que encontraba muchas puertas cerradas cuando pretendía sacar adelante alguno de sus proyectos de ficción. Porque realmente La casa de mi abuela no es un documental, en absoluto, es cine completamente de ficción, enmarcado en escenario real, con personajes que se interpretan a sí mismos y en situaciones que son un reflejo o prolongación de las suyas propias (de las auténticas). Antes hablaba de tres tendencias en los trabajos premiados por el festival, incluyendo este film en la corriente que continúa los parámetros marcados por documentales como En construcción, y aunque es cierto que lo toma como referencia, también podría haberlo mencionado dentro como ejemplo de experimentación y, por descontado, en las miradas ortodoxas. Muestra inequívoca de lo difícil que es someter una obra artística a la clasificación o etiquetación.
A la vista de La casa de mi abuela considero que Aliaga tiene una notable habilidad para narrar en imágenes utilizando recursos del lenguaje con cierto criterio, algo que es poco habitual ver en el cine español actual y que en el género documental no suele ser norma. Sin embargo estos recursos devienen en un subrayado un tanto molesto cuando se revelan como el único mecanismo que permite a Aliaga advertir que estamos ante una ficción. En todo caso el resultado global, no obstante, brilla gracias a ellos, viciándose negativamente con soluciones narrativas, que por muy veraces que sean, aparecen como parches impostados de autenticidad (cfr. la pésima escena en la que la nuera —personaje que aparece por primera vez en la función— de la abuela hace ver a su marido la situación en la que se encuentran, y la necesidad inmediata de resolverla, enviando a la anciana a casa de su otra hija). La conclusión de todo esto es que el cine documental que ficcionaliza intencionadamente su mirada como es el caso, debe soportar un análisis en ese sentido. La casa de mi abuela me parece una película estimulante a cierto nivel, si bien creo que no funciona demasiado bien como historia dramática real dramatizada... y esta cacofonía resume buena parte de su limitación e incluso contradicción. Características que tampoco sorteaba completamente el aplaudido film de Guerín, todo sea dicho.
Gambit, de Sabine Gisiger (Suiza)
Uno de los trabajos del certamen más largos (casi dos horas) e interesantes fue este reportaje sobre un químico alemán, Jörg Sambeth, y el caso de una emisión tóxica que sobrevino el 10 de julio de 1976 en una pequeña ciudad al norte de Italia, Seveso. Compuesto a partir de entrevistas a Sambeth —sobre el cual gira la narración— y su familia, a abogados y a científicos, y complementado con una labor de investigación importante, que incluye imágenes de archivo de noticiarios, lo que queda tras su visionado es un amargo sentimiento de desesperanza, ejemplificado por el propio Sambeth, que no ha podido desligarse ni olvidarse de cuanto ocurrió hasta el punto de haber escrito un libro sobre el asunto, una exorcización de cuanto lleva dentro. La sustancia tóxica que causó el Desastre de Seveso fue una dioxina, de las más peligrosas, que se liberó en el ambiente por un fallo de seguridad de la planta. Las consecuencias, aunque no depararan por fortuna muertes humanas, fueron devastadoras: la mayoría de la vegetación y un gran número de animales perecieron —y los que sobrevivieron fueron sacrificados, para evitar contagios a través de la comida—, miles de familias abandonaron la zona... Sambeth era uno de los responsables de la gestión de la planta de Seveso y fue, junto con su jefe directo, imputado por los hechos acaecidos. El fallo de seguridad aludido pudo ser evitado como él mismo asume con resignación y dolor: su defensa pudo probar, gracias al genio de un colega americano, que la reacción se produjo en unas condiciones extraordinarias y era muy dificil predecirla, si bien Sambeth sabía —y aún hoy lo sabe— que eso no le exime de su responsabilidad, menos cuando descubrió que existía un proyecto previo de puesta en marcha de una planta en Seveso por un coste considerablemente mayor al que él presentó y firmó finalmente.

Gambit es un film extraordinario por su contención y sutilidad (desde el propio título, «gambito» en español, que hace referencia a un estratagema del juego de ajedrez, que consiste en sacrificar peones al principio con el fin de lograr una posición favorable), por su capacidad para informar y observar, por la inteligencia con la que muestra su armazón (modélica su narrativa de menos a más, que va perfilando al protagonista otorgándole una dimensión en continuo cambio —otra manera, en este caso ejemplar, de dramatizar a partir de la realidad), por su admirable ética que nunca juzga a las personas (Sambeth es mostrado siempre en una escala de grises, como un auténtico ser humano lleno dudas y marcado por un hecho, que, de algún modo, pudo evitar; los gerifaltes de la gran corporación farmacéutica que había detrás de la planta de Seveso —Roche— aparecen en imágenes de archivo y ellos mismos se definen —"yo no soy científico, soy un banquero: no entiendo de esas cosas"—, sobra subrayar nada más) y sabe enfocar una denuncia ponderada, audaz y humanista.
Yak-42, de Tania Estévez (España)
Este documental producido por Telecinco (y emitido por esta cadena en 2005) supuso una auténtica sopresa por su reconstrucción respetuosa y en absoluto maniquea (aunque es obvio que se sitúa del lado de las vícitimas) de las consecuencias del accidente aéreo en el que murieron 62 soldados españoles que regresaban a sus casas tras realizar una misión en Afganistán, el 26 de mayo de 2003. El suceso ocurrió en Turquía y el avión siniestrado era un Yakolev 42, que posteriormente se averiguó que no cumplía los mínimos de seguridad requeridos. A este hecho se fueron sumando una serie de situaciones lamentables como la extrema fatiga de los pilotos (de nacionalidad ucraniana), y la modalidad de subcontratación (uno de los mayores cánceres de la sociedad capitalista moderna) en la que se prestaba el servicio. Pero la historia no concluía ahí, todavía quedaba el capítulo más siniestro de todos, encubierto por el gobierno español: treinta de los cadáveres no fueron identificados correctamente, lo que provocó un intercambio de muertos, y la terrible circunstacia de que ninguna de esas víctimas tuviera realmente los restos de su ser querido. Yak-42 es un trabajo de gran valor por su sentido y sincero discurso a favor del respeto, la dignidad y la armonía, que se revela contra lo partidista, lo enfático y lo superficial.
La directora Tania Estévez centra su mirada en las repercusiones que este trágico suceso supuso para algunas de las familias. Les sigue en su recuerdo de lo ocurrido, desde los enfrentamientos de diversa índole (incluso legales) que tuvieron con las autoridades de España pidiendo explicaciones, hasta las experiencias particulares de cada uno, alguna realmente sobrecogedora. La sensibilidad de los creadores de este documental es notable y su inteligencia aún mayor: las declaraciones de las víctimas están formuladas cinematográficamente con brillantez pues se incrustan en el contexto de aquéllas, dejando siempre un espacio para la intimidad, incluso cuando descubren sus sentimientos más profundos (cfr. la madre que dice haber perdido la fe); el contrapunto que ofrecen personas relacionadas con el accidente como Himad, un intérprete del ejército español, al cual cambiaron de vuelo a última hora (la posibilidad de que él podría haber sido otra de las víctimas y la alegría de seguir vivo, resulta un sentimiento tan poderoso que sus gestos y palabras le delatan de forma conmevedora); el excelente criterio en la inclusión de las intervenciones oficiales del ministro de Defensa cuando ocurrió la tragedia, Federico Trillo (tal vez sobra la del presidente José María Aznar), que muestran, tal cual (al parecer muchos implicados que son mencionados durante el film rechazaron participar), hasta qué punto un gobierno puede mentir: muy ilustrativo a mi juicio es la ultima declaración de Trillo, un año después del accidente —coincidiendo con los últimos meses en el cargo, pues las elecciones de marzo habían provocado un cambio de gobierno—, y cuando ya estaba demostrado la negligencia en la identificación de los cadáveres, el cual dice que todo cuanto se realizó siempre fue con buena intención; realmente sobrecogedor comprobar —estoy convencido que aquí el ministro no mentía— como los gobiernos ejercen su poder fáctico porque creen obrar por el bien común...
Alimentation Générale, de Chantal Briet (Francia)
Este primer largometraje de Chantal Briet discurre por la vida de una comunidad, en un barrio de las afueras de París, vista desde la perspectiva de una pequeña tienda de alimentación. Y no se trata solamente del lugar donde coinciden los vecinos cuando van a comprar, es más como un bar donde todos se conocen y comparten parte de sus vidas, el lado más positivo de ellas a pesar de la adversidad. Se trata, por tanto, de un film tremendamente optimista, que muestra el mejor lado de la convivencia intercultural, de la sociabilidad, de los problemas rutinarios y molestos, de la decepción... Es una apuesta por la bondad y la armonía, no existe (o no se muestra) lo demás, ni siquiera aquello que podría ser malentendido, todo brilla bien por el entusiasmo de las gentes, bien por el tono siempre alegre de la mirada, o en muchas ocasiones por ambos. Briet y su película surgen como voluntariosos humanistas; su posible ingenuidad es tan valida como valiosa, aun más: es necesaria. Resulta complicado mirar al mundo, como hiciera Chaplin hace ya más de sesenta años, y ser capaz de ver o destacar, subrayar si hace falta, todo lo bueno que hay en él, en las personas, y ponerlo en primer término. Encima no es algo inventado, pues ese mundo es real (aunque no sea del todo verdad), y está en esa pequeña localidad al norte de París, aunque yo me lo imagino en otro lugar más cercano. Alimentation Générale no es una película realista, tampoco una película perfecta, pero sí es una película auténtica y admirable.
Abundante variedad
En la nota que pasó el festival con el palmarés, se agregaban comentarios de personas (realizadores, espectadores, organizadores) que habían pasado por el mismo. Una de ellas de Patricio Guzmán, que venía como jurado: «Tengo una duda con el éxtio. ¿Por qué recurrir a Michael Moore y a Herzog, que son hombres de éxito? ¿Por qué no descubrir excelentes documentalistas entre los miles de desconocidos? ¿Por qué poner el acento en el acento? El documental ya está de moda, y hay que aprovechar la moda para dar un espaldarazo a los documentales desconocidos que lo necesitan. Esa es la verdadera aventura del documental. (...)». No pretendo salir en defensa de la organización, pero creo importante que un festival dé la oportunidad de conocer la obra completa de cineastas más o menos conocidos, nuevos o veteranos, porque ser heterogéneo (que no disperso) enriquece en todos los sentidos. DocumentaMadrid ofrece un programa en la sección informativa de lo más diverso y extenso, de tal manera que el espectador casual, el aficionado o el profesional puede decidir por cuál o cuáles optar y esta posibilidad es tremendamente gratificante.

En el caso de Herzog discutiría incluso su éxito en España, pues la difusión de sus documentales siempre ha sido deficiente (cuando no directamente nula); además me gustaría saber cuántos espectadores ha tenido la retrospectiva del cineasta alemán y cuántos la sección competitiva, por ejemplo. Empero lo importante, creo, es otra cuestión: el interés decreciente por la historia del cine y por el arte en general (no es sólo que ya no se vean las películas de Murnau, es que son muy pocos los que leen a Shakespeare, y menos aún los que saben, o siquiera se preguntan, quién es Andrew Wyeth) es una de las lacras que se aprecian en las nuevas aproximaciones a la cultura (que proviene de una educación deficiente, y no me refiero solamente la que se aprende en ámbitos académicos). Es indispensable conocer el pasado para entender el presente y aventurarse en el futuro; es un tremendo error, a mi juicio, obsesionarse con lo actual hasta tal punto que se ignore lo que precede. Y aquí una retrospectiva a Werner Herzog me resulta imprescindible (y más teniendo en cuenta que se trata de un cineasta culto e inquieto), y en el fondo es una forma de aprovechar la moda para dar a conocer las películas documentales de un autor consagrado en el mundo de la ficción. Yo mismo lamento profundamente no haber podido ver más que uno de estos documentales, concretamente Wings of Hope (1999), el cual cuenta el regreso de Juliane Koepcke al lugar del accidente aéreo (ocurrido en la selva de Perú en 1971) del que fue única superviviente (el resto del pasaje y la tripulación, incluida su madre, pereció; ella contaba entonces con diecisiete años), y cómo recupera en la memoria lo sucedido (cfr. cuando explica racionalmente —es bióloga— las más que probables causas por las que se salvó) demostrando siempre una enorme entereza; un trabajo no demasiado brillante aunque no exento de atractivo, cuyo punto de partida podría dar pie a una excelente historia de ficción...
Acudir a Michael Moore es obviamente un camino fácil para llamar la atención, pero aún así no tiene porque ser ni mucho menos malo. Por ejemplo, en España no conocemos (excepto por algunos pases televisivos minoritarios: cadenas de pago o autonómicas) los trabajos del realizador de Michigan previos a su éxito: la programación incluía dos de ellos, Roger and Me (1989) y The Big One (1997). Además el planteamiento era bastante menos obvio de lo que pudiera parecer, pues bajo el titulo "Michael Moore y coetáneos (I)" se proyectaron trabajos de otros realizadores norteamericanos, algunos estimables (cfr. Paris is Burning —Jennie Livingston, 1990— y Six O'Clock News —Ross McElwee, 1996—), otros efectistas (cfr. History and Memory —Rea Tajiri, 1991— y The Thin Blue Line —Errol Morris, 1988—).
Y la diversidad, esa heterogeneidad a la que aludía antes, se completaba con una serie de ciclos, todos ellos con algún elemento de interés: el tributo a Joaquín Jordà (no pude recuperar sus películas, cuya interesante Veinte años no es nada, 2004, incluida en el homenaje, pude ver en una Seminci, y por el cual siento bastante curiosidad: de nuevo perdí la ocasión de ver De nens, 2003), la relación entre fotografía y documental (realizado en el cine Doré, sede de la Filmoteca Española), las miradas a la producción argentina y al documental hablado en francés, la serie de cinco documentales premiados en otros certámenes bajo el título "documenta otros festivales" (y que ampliaba su espectro respecto a años anteriores, que solamente se centraron en un festival), la sección sobre el propio cine en la que estaban programados algun éxito reciente y joyas como el documental de Martin Scorsese sobre el cine americano (se pudo ver en la sala de la Fnac gratuitamente), la inclusión de los films que componen la oferta del evento Cultura Urbana, unas miradas al firmamento gracias a la colaboración del Planetario de Madrid, y —creo que no me dejo ninguna— las sesiones especiales del jurado (que incluían el trabajo de Patricio Guzmán, Madrid, 2002, una de las películas que más lamento haberme perdido... y es que un día les tengo que hablar de Madrid). Y a todo esto súmense las actividades paralelas: mesas redondas, encuentro con los representantes de ocho festivales de la península (Cádiz.doc, DocumentaMadrid, Play-Doc, Carmona Film Fest, Punto de Vista, Alcanes, Docúpolis, DocLisboa), las noches del súper 8 (encuentro para proyectar grabaciones familiares con música en directo), taller de montaje, maratón de creación documental, y "documéntate tú mismo" (los films de las tres ediciones disponibles para ver, bajo petición, en el Centro Madrileño de Imágenes).
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