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Un año más Barcelona se viste de cine asiático en primavera. El BAFF se abre en todo su esplendor para darnos a conocer alguno de los descubrimientos más recientes en materia de cine oriental, y todos aquellos espectadores entregados, nos dejamos embriagar por los aromas exóticos que provienen de las lejanas tierras de Japón, China, Tailandia, Singapur o Corea. Un crisol de países que alberga cinematografías extremadamente ricas y florecientes que se han convertido en los últimos tiempos en punto de referencia ineludible, en foco de irradiación de tendencias al resto del mundo occidental gracias a su capacidad para redefinir los mecanismos que sustentan la imagen o la narración, a su constante cuestionamiento de los patrones genéricos y a la audacia a la hora de abrir nuevas vías de expresión estética y formal.

Hace unos años Occidente se estancaba en la repetición de fórmulas esquemáticas explotadas y rentabilizadas mil veces hasta la saciedad. Entonces descubrió a Oriente. Siempre había estado ahí, pero fue entonces cuando decidió que le venía bien explotar su conocimiento para apropiarse de sus recursos. La moda del cine de terror estalló a través del fenómeno de The Ring, al mismo tiempo que comenzaron a exportarse grandes superproducciones que rescataban el espíritu de las antiguas películas chinas de wuxia, gracias al fenómeno iniciado por Tigre y Dragón, y los festivales internacionales se llenaban con los nombres de autores de prestigio de la talla de Hou Hsiao-hsien, Tsai Ming-liang, Takeshi Kitano o Wong Kar Wai. La semilla del cine oriental comenzó a extenderse, generándose una cierta expectación ante cada uno de los descubrimientos que el efervescente panorama iba generando.
Yo tuve la suerte de engancharme un poquito antes, en la época de Chungking Express, en 1994, cuando todavía el fenómeno se encontraba en estado de latencia y todo se disfrutaba desde una perspectiva más inocente, ya que nadie se preocupaba por aquel entonces de opinar al respecto. Creo que todavía no éramos conscientes de a dónde iba a conducirnos todo esto, pero sabíamos que algo grande estaba pasando. Para mí fue una experiencia vital decisiva, ya que me abrió una ventana nueva a una manera radicalmente distinta de entender el cine. Fueron años de constantes sorpresas y emocionantes hallazgos en los que fagocitaba todo lo que se ponía a mi alcance. Todos los géneros, todos los directores, todos los países. Fui autodidacta a la fuerza, porque durante mucho tiempo no existía apenas información al respecto. Ahora el mundo de Internet nos facilita el conocimiento de algunas áreas a las que hasta hace muy poco teníamos restringido el acceso, únicamente porque en España siempre hemos ido en materia cultural cincuenta pasos por detrás de la mayoría de los países europeos en los que los estrenos asiáticos se encuentran convenientemente regularizados ya desde hace años. Mientras, aquí tenemos que conformarnos con lo poquito que llega a nuestras pantallas... y encima hay incluso que dar las gracias.
Por eso son quizás tan importantes iniciativas como la del Festival de Cine Asiático de Barcelona, porque sirven de escaparate para acercar al público español una muestra de la mejor producción del año de los países de Oriente, sirviendo de plataforma de exhibición de muchas joyas a las que nos sería imposible tener acceso en nuestras pantallas y que merecen una oportunidad, porque algunas son incluso piezas maestras del cine de nuestros días que de otra forma quedarían sin ser descubiertas por nuestros ojos.
Muchos me preguntan porqué me gusta el cine asiático. Supongo que es aquél que más se acerca a mis necesidades como espectadora, a mis exigencias, a mi forma de entender el mundo que me rodea. Puede que sea una apreciación estrictamente personal, pero creo que han sido los orientales los que mejor han sabido volcar en el cine el espíritu de la contemporaneidad, aquellos que han sabido captar de una manera más lúcida la esencia de estos tiempos modernos que nos ha tocado vivir. La sociedad ha sufrido una serie de mutaciones inherentes al avance de la civilización. El masivo crecimiento de las grandes urbes unido a la integración de las nuevas tecnologías en nuestra realidad cotidiana ha creado un quiebro dentro de la forma en la que se establecen las relaciones personales. Los procesos de incomunicación y aislamiento han provocado que cada vez más nos encerremos en nuestros propios universos particulares, de forma que se ha ido generando un espacio de desconexión entre el individuo y su entorno vital, cada vez más ajeno a su percepción, más artificial y vacío, en el que se siente inevitablemente perdido y desorientado.
Si hay un sentimiento caracterizador del estado de ánimo del ciudadano medio urbanita es el de la insatisfacción. ¿Por qué si las condiciones de vida han mejorado y tenemos más cosas a nuestro alcance... nos sentimos tan frágiles, tan confusos?
Esta es la pregunta de base que se han planteado una buena parte de los directores que han presentado en el BAFF de este año sus películas. La mayor parte de ellas giran en torno al sentimiento de frustración del ser humano ante la turbación de no saber cómo ubicarse, cuál es el papel que le ha tocado desempeñar dentro de su propia vida. Bloqueo emocional, traumas de la infancia, necesidad de afecto no correspondido, incomunicación, desarraigo sentimental, inestabilidad psicológica, miedo a la soledad. Constantes que se han repetido en filmes como 4:30 de Royston Tan, Bashing de Masahiro Kobayashi, Midnight, My Love de Kongdej Jaturanrasamee, Reflections de Yao Hung-I, A Blue Automobile de Hiroshi Okuhara, Be With Me de Eric Khoo, Big River de Atsushi Funahashi, This Charming Girl de Lee Yoon–ki o It's Only Talk de Ryuichi Hiroki. Puede que no signifique nada que un mismo estado de ánimo se haya pretendido reflejar, verter en toda esta cantidad de películas realizadas en las mismas coordenadas temporales, o puede que sí. Puede que se estén intentando dar respuestas, o simplemente que se esté de una u otra forma tratando de lanzar una especie de aviso acerca del estado de progresivo desconcierto que anida en el espíritu del ser humano de nuestro tiempo. Son ya demasiados los directores que, sensibles a la percepción de los desequilibrios que se producen entre el hombre y sus inseguridades, vuelcan en sus ficciones este sentimiento de desesperanza. Quizás por eso el BAFF de este año ha servido de barómetro para confirmar cuáles son las pulsiones interiores que mueven el cine actual, las motivaciones que inspiran a buena parte de los autores contemporáneos.

Three Times (Zui hao de shi guang)
Director: Hou Hsiao-hsien. Taiwán, 2005
Precisamente uno de los iniciadores de esta corriente expresiva fue el director Hou Hsiao-hsien, encargado de introducir alguna de las bases seminales de la estética dentro de su obra ensayística Millennium Mambo (2001). Ahora el célebre cineasta taiwanés realiza en su última obra un compendio de los diferentes estilos y registros que ha venido investigando a lo largo de su trayectoria artística. Tres tiempos, tres épocas, tres formas de concebir el amor y las relaciones humanas. Hsiao-hsien se adapta a los modos de las épocas por las que transita su cámara. El primer capítulo, ambientado en los años sesenta, se muestra en parte deudor de las inflexiones visuales y sonoras del Wong Kar Wai más retro, más nostálgico. Entre canciones de los Platters y de Aphrodite's Child nos introducimos en el territorio de la melancolía, de los sueños y de las ilusiones perdidas a través de los vaivenes sentimentales de la pareja encarnada por Shu Qi y Chang Cheng, ejes dramáticos de cada uno de los segmentos en los que se divide el film. El segundo bloque nos remite directamente a la ambientación de burdeles y opio que se encontraba presente en Flowers of Shanghai y tiene la característica de estar narrada como si se tratara de una película muda de los años veinte, época en la que se sitúa la acción. La Historia de Taiwán y los acontecimientos políticos que la atraviesan vuelven a ser los auténticos protagonistas de este curioso y exquisito episodio de deseo y pasión silenciosa. Por último nos volvemos a situar en la época actual a través de la estética de nocturnidad, discotecas y humo de cigarrillos diluyéndose entre los focos de los neones que ya estaba presente en Millennium Mambo. Los personajes se han convertido en víctimas de su propio caos emocional, moviéndose como autistas a través de impulsos autodestructivos; los sentimientos definitivamente se han desvirtuado, y la pasión se reduce al placer físico ocasional. Un lúcida disección de los roles y las convenciones sociales dentro de cada etapa histórica firmada por el que es uno de los más grandes directores de cine que operan en el presente.
Las mejores películas de la sección oficial
4:30 (4:30)
Director: Royston Tan. Singapur, 2005
Sin duda, una de las más agradables sorpresas de esta edición nos la ha proporcionado el nuevo cine procedente de Singapur. Se trata de una cinematografía que comienza a despegar, que se encuentra en proceso de maduración, pero en la que ya pueden hallarse piezas de gran alcance y espesor artístico. Precisamente dos de los nombres más representativos de esta industria se encontraban presentes en este BAFF. Erick Khoo, director y productor esencial para la comprensión de este todavía pequeño fenómeno, y Royston Tan, un jovencísimo discípulo de este último, que con 27 años realizó una de las más brutales aproximaciones al mundo de la adolescencia en su film medio documental medio vivencial, 15 (2003). Después de esta desgarradora e hiriente pieza rodada a ritmo de videoclip, Royston Tan ha serenado su mirada para la realización de 4:30, una obra que ratifica su maduración como cineasta y lo sitúa como una más que notable promesa dentro del panorama fílmico actual.
Emparentada temáticamente con Nadie sabe de Hirokazu Kore-eda, 4:30 se introduce el mundo de la infancia, en el sentimiento de orfandad que invade la vida de un niño que ha de resignarse al abandono de su madre siendo arrastrado a desempeñar a la fuerza las tareas y obligaciones propias del mundo de los adultos.
Un nuevo habitante se hospeda en su casa y ambos iniciarán una convivencia silenciosa, caracterizada por la necesidad del muchacho de acercarse a él como claro representante de una figura paterna de la que no tiene referentes. 4:30 es la hora en la que el niño se levanta diariamente para curiosear en la habitación del extraño. La narración adquiere una estructura marcada por la cotidianeidad y se inserta dentro del naturalismo de raigambre más descarnada para acercarnos a las preocupaciones e ilusiones del muchacho protagonista a través de sus sucesivos intentos por acercarse a ese ser extraño al que apenas conoce pero que ha terminado por convertirse en el centro de su pequeño universo experiencial. Su deseo más urgente es encontrar el consuelo que necesita para cubrir sus necesidades mínimas de afecto, pero su lucha por una aproximación siempre termina por enfrentarlo a la más inhóspita y dura realidad. Magnífica crónica silenciosa y dolorosa del proceso de descomposición de una sociedad progresivamente más ensimismada que es capaz de poner en peligro su futuro mediante el sacrificio de sus propios vástagos.
BASHING (Bashing)
Director: Masahiro Kobayashi. Japón, 2005
Presentada en la Sección Oficial del pasado Festival de Cannes, Bashing se centra en un incómodo capítulo de la reciente historia política de Japón. La película narra la historia de una joven que ejerció tareas de voluntaria humanitaria en el conflicto de Irak, que fue secuestrada y más tarde liberada, pero que ha de afrontar su verdadero infierno al retornar a su país, donde es humillada y considerada una vergüenza. Quizás la mayor paradoja para el espectador occidental sea el intentar comprender cómo una sociedad es capaz de dilapidar el honor de una persona por el mero hecho de haber intentado luchar por sus ideales. Cuando aquí los presos liberados son tratados como héroes, en Japón, son insultados y acosados.
Resulta terrible asistir al calvario diario de la protagonista de Bashing, a la soledad y a la incomprensión a la que se enfrenta, a la tortura interna a la que es sometida, al rechazo por parte de todos aquellos que la rodean.
El director Masahiro Kobayashi crea una pequeña pieza de cámara, sobria, extremadamente depurada y de naturaleza austera que traslada los modos europeos ensayados por los hermanos belgas Dardenne a través del despojamiento formal, de un grado de conciencia social latente y de una cámara sigilosa que persigue de manera ritual los comportamientos de los personajes. Por eso nos adentramos en los terrenos del desasosiego desde el grado más seco e inhóspito de elaboración estilística y por eso resulta tan hiriente, tan desoladora la mirada que el film desprende del mundo en el que vivimos; un mundo avanzado en muchos aspectos, pero en el que sigue latiendo la semlla de la intolerancia y de mezquindad a nivel humano.
IT'S ONLY TALK (Yawarakai seikatsu)
Director: Ryuichi Hiroki. Japón, 2005
¿Qué puedo decir acerca de Ryuichi Hiroki? Ya era uno de mis directores favoritos después de ver auténticas joyas de su filmografía como Tokyo Trash Girl, L'Amant y sobre todo Vibrator. Estuvo invitado en el BAFF para presentar esta su última obra y fue un placer conocerlo, charlar con él y entrevistarlo.
It's Only Talk fue, en mi opinión, la mejor película de la Sección oficial. Así también pudo verlo el público, que le otorgó su premio, y el jurado, que le concedió una mención especial “por la riqueza en la construcción de sus personajes”.

Shinobu Terajima encarna a Yuko, una treintañera soltera con problemas psicológicos que ha de cargar con el trauma de haber perdido a sus padres en un accidente. Su sentimiento de orfandad, de soledad, de desconexión con el mundo que la rodea es total. Por eso intenta apaciguar su dolor a través de relaciones esporádicas con distintos hombres que van pasando por su vida; hombres ante los que se siente deseada pero que no dejan huella en su interior ya que no son capaces de aportarle las dosis de afecto que ella necesita, quizás porque todos ellos se mueven en realidad por el egoísmo. Externamente Yuko parece una mujer fuerte y desenvuelta, capaz de afrontar los problemas con resolución y determinación, pero a medida que nos introducimos en su día a día descubrimos el enorme vacío que anida en su ser, la fragilidad emocional que esconde su interior herido, el sentimiento de quebradiza inseguridad que la corroe. Hiroki captura el devenir cotidiano de Yuko a través de una cámara entregada a su constante seguimiento. Hacía tiempo que no se establecía en una pantalla cinematográfica un sentimiento de tanto respeto y amor entre un director, un personaje y la actriz encargada de darle vida. Este es el triángulo mágico que hace de It's Only Talk una película de gran calado emocional.
El film se encuentra estructurado a través de diferentes encuentros y desencuentros, convirtiéndose en un viaje con diferentes paradas en las que la protagonista aprende a conocerse a sí misma a través de los demás. El proceso de depresión en el que está sumida va poco a poco apoderándose de la narración a medida que Yuko va desprendiéndose de las capas de apariencias que ha tenido que construir para protegerse ante el mundo que la rodea y logramos acceder a su verdadero ser a través de los demonios y fantasmas que la atormentan, de las heridas que lleva clavadas en su piel y en su corazón.
Hiroki es un radiólogo de la sensibilidad humana (sobre todo femenina), y sabe captarla de una forma que es difícil que en uno u otro aspecto el espectador no se sienta identificado. Quizás esa sea una de las grandes virtudes de It's Only Talk, su capacidad por plasmar de forma humilde y cercana ese sentimiento que comentábamos al principio de desamparo del hombre frente a su entorno, y sobre todo, frente a sí mismo.
Otros títulos
Green Mind, Metal Bats (Seisyun hinkuzo batto)
Director: Kazuyoshi Kumasi. Japón, 2005
La historia de un joven que practica con un bate para conseguir ser miembro de un equipo de béisbol pero que termina convirtiéndose en atracador y delincuente ocasional cuando inicia una extraña relación con una chica alcohólica de existencia errática.
Su humor gamberro no me convenció, y mucho menos su dispersión narrativa y su incoherencia tanto argumental como formal. En el momento de su visión ya entendía poco cuál era el sentido e intención del film; ahora que han pasado unas semanas, todavía lo sé menos.
Loach is Fish, Too (Loach is Fish, Too)
Director: Yang Ya-zhou. China, 2005
Un nuevo ejemplo de drama rural chino, esta vez centrado en las dificultades de los habitantes de los pequeños pueblos campesinos que deciden emigrar a las grandes ciudades en busca de oportunidades laborales. Por supuesto, la realidad con la que se encuentran es muy distinta, ya que deben enfrentarse a las injusticias sociales y sobre todo a la explotación física y a la humillación moral.
Un hombre y una mujer con el mismo nombre que un pez que consigue sobrevivir en medio del barro, dos seres que sufren la marginación porque están fuera de las fronteras del mundo en el que les gustaría integrarse y que sólo se tienen el uno al otro. Cine social sencillo y humano pero sin la fuerza expresiva de los grandes títulos, por ejemplo de Zhang Yimou, que se han convertido en punto de referencia dentro del género. El director Yang Ya-zhou carece todavía del trazo limpio de los grandes maestros, y esto repercute en que su film, a pesar de estar trufado de buenos momentos, resulte irregular, en ocasiones incluso abrupto, ya que su continuidad narrativa se ve perjudicada por continuos cambios de ritmo que la convierten en excesivamente esquiva y zigzagueante.
Reflections (Ai li si de jin zi)
Director: Yao Hung-I. Taiwán, 2005
Yao Hung-I había trabajado hasta el momento como ayudante de dirección de Hou Hsiao-hsien, ocupándose también de diferentes tareas, de producción, dirección artística y montaje. Ahora debuta en el largometraje con Reflections, pero el peso de su maestro, lamentablemente, se nota demasiado. Es lo que ocurre cuando un cineasta todavía inexperto intenta mimetizar los modos expresivos que caracterizan una cosmogonía estética tan definida como la que practica el célebre director taiwanés. El resultado es un filme que pretende alcanzar la profundidad metafísica a la que llega el cine de Hou, pero que se queda irremediablemente a medio camino. En realidad Reflections es un calco de Millennium Mambo y sobre todo del último fragmento de Three Times, del que copia la estructura narrativa del triángulo amoroso y sus tonalidades a nivel estético y cromático.
Otra vez el humo, los cigarrillos y los neones, así como los planos ensimismados e hipnóticos y por supuesto las bellas actrices moviéndose insinuantes frente a la cámara con ese síndrome de abulia existencial que ya había hecho célebre Shu Qi en los dos filmes de Hou Hsiao-hsien anteriormente citados. Las reflexiones a las que alude el título son pues, viejas conocidas, por lo que su discurso no aporta definitivamente nada nuevo.
AS - Asia Selection
A BLUE AUTOMOBILE (Aoi Kuruma)
Director: Hiroshi Okuhara. Japón, 2004.
El autismo gestual también está presente en esta cinta japonesa firmada por Hiroshi Okuhara y basada en un manga de Yoshimoto Yoshimoto. El eje central de la narración lo constituye un joven DJ marcado por un accidente que le deformó la cara durante su infancia. Richio (el actor Arata) oculta su mirada día y noche tras unas gafas de sol oscuras y sus oídos los cubre con los cascos a través de los que escucha música. Su intento de protegerse frente a cualquier tipo de amenaza externa que pueda desestabilizar su pequeño universo se ve truncado cuando inicia una relación con la hermana pequeña de su novia. Es entonces cuando se establecerá un triángulo más que de amor, de necesidad entre ellos. El sentimiento de frustración, de culpabilidad, los impulsos autodestructivos, la incapacidad por asumir las responsabilidades de la vida adulta, la confusión emocional... son algunos de los temas motrices que genera la trama de A Blue Automobile. De textura vaporosa y evanescente, ambientación tecno-loft que invita al reposo y a la contemplación ensimismada, el film logra crear atmósfera, aunque es necesario señalar que la narración y sus pretensiones metafóricas no se encuentran a la altura del envoltorio visual con el que están expuestas. En muchas ocasiones da la sensación de que las imágenes no nos llevan a ningún sitio, y hemos de esperar al último tramo del relato, en el que los protagonistas inician un viaje de redención hacia el mar, para recuperar el sentido de su significación.
A STRANGER OF MINE (Unmei Janai Hito)
Director:Kenji Uchida. Japón, 2005
Entre las altas dosis de drama turbulento que ofrecía el BAFF de este año, se agradeció por fin encontrar una comedia, una buena comedia atravesada de humor inteligente y altas dosis de frescura y desenfado. En realidad nos encontramos en el espacio de la tragicomedia, aquella que es capaz de reírse, desde el respeto y la ironía, de los pequeños o grandes dramas que trufan nuestras existencias. A Stranger of Mine sabe sacar jugo de las miserias, de las debilidades, de los deseos insatisfechos, de las decepciones y de las esperanzas humanas a través de un guión repleto de ingenio, que sorprende a cada minuto porque es capaz de reconducir la mirada del espectador y orientarla desde diferentes puntos de vista (el de cada uno de los protagonistas que componen la función), hasta que este es capaz de reconstruir todas las piezas del puzzle que se han ido diseminando por la narración. Durante el transcurso de una noche se unirán los destinos de una serie de personajes que no se conocen entre sí: un apocado oficinista que ha sido abandonado por su prometida, una joven que acaba de descubrir que su novio le era infiel, un detective que se busca la vida como puede, una femme fatale dedicada a la estafa y un miembro de la yakuza venido a menos. El cruce de caminos de estos cinco seres dará lugar a toda una serie de divertidos enredos y confusiones dentro del marco de una construcción argumental exquisitamente trenzada. Sin duda una de las más gratificantes experiencias del festival.

BE WITH ME (Be with Me)
Director: Eric Khoo. Singapur, 2005
La otra gran película procedente de Singapur que se presentaba en el BAFF, dirigida además por el que es sin duda el más sobresaliente representante de esa cinematografía, el director Eric Khoo.
La estructura arquitectónica de la cinta sustenta su base a partir del relato autobiográfico de una anciana ciega y sorda, Theresa Chan, a través de la narración silenciosa de sus experiencias vitales, de su esfuerzo por enfrentarse a las adversidades, de su coraje y fortaleza, de su lucha incansable por mejorar sus condiciones para adaptarse a un mundo extraño en el que se siente perdida. Adosadas a esta, encontramos otras pequeñas historias de gente anónima que lucha por encontrar la felicidad: un hombre con problemas de peso enamorado platónicamente de una bella mujer ejecutiva, una adolescente que sufre el desengaño al verse rechazada por la chica con la que había empezado a salir, y un anciano que debe asimilar la pérdida de su esposa. Tres microrelatos de soledad protagonizados por gente herida que necesita urgentemente un estímulo, una razón para seguir adelante.
En realidad Khoo utiliza a Theresa Chan como un vehículo para ejemplificar el grado máximo de aislamiento e incomunicación al que puede llegar el ser humano. Sin embargo, mientras Theresa ha de enfrentarse a una incapacidad física concreta que no le impide tener esperanza frente a su futuro, el resto de personajes todavía se encuentran más perdidos y confusos frente al negro vacío que desprenden sus propias inseguridades y miedos.
Be with Me aborda la búsqueda del amor, la necesidad que tiene todo hombre y mujer de encontrar a alguien cómplice que esté a su lado, que le corresponda en cariño y afecto, unas veces como medio de encontrar una estabilidad emocional, otras como vía de escape para intentar sobrellevar los traumas y todos los deseos insatisfechos que se llevan acumulados en el interior.
A través de una puesta en escena despojada, el film es capaz de realizar una inspirada indagación acerca de los mecanismos que adquiere el individuo para enfrentarse a su propio dolor. Es un cine que se siente, se percibe a través de los sentidos, y por eso resulta al mismo tiempo tan hiriente como consolador.
BIG RIVER (Big River)
Director: Atsushi Funahashi. Japón/USA, 2005
Respaldada por Office Kitano se presentó esta atípica coproducción entre Japón y EEUU rodada en el desierto de Arizona.
Tres personajes a la deriva, en busca de sí mismos o de algo que les ayude a salir del estancamiento, deambulando hacia ninguna parte bajo los inhóspitos cielos de un paraje desolado que se encuentra en consonancia con sus espíritus erráticos. Big River es un filme configurado como una road movie, como un relato de itinerario vital de cruce de destinos en el que unos seres aparentemente muy distintos entre sí por pertenecer a diferentes culturas, se encuentran unidos por un sentimiento de fraternidad universal, el que otorga no tener a nadie más en ese espacio y en ese momento preciso.
Big River cuenta con una hermosa fotografía que sabe captar con toda intensidad la belleza del entorno natural, pero el director Atsushi Funahashi no es capaz de sacar todo el jugo a la historia que tiene entre manos, quizás porque se encuentra demasiado pendiente de dotar de un cierto estilo formal y estético al producto a través de una planificación secuencial demasiado rígida que impide que el desarrollo dramático fluya de una manera natural. Por eso a veces tenemos la sensación de que estamos asistiendo a una muestra de estampas totalmente vacías de contenido y significado a las que les falta alma, estar insufladas por algo de verdad y autenticidad.
ELI, ELI, REMA SABACHTANI? (Eli, Eli, Rema Sabachtani?)
Director: Shinji Aoyama, Japón, 2005)
Es un placer poder recuperar una de las obras más inclasificables descubiertas en el pasado Festival de Sitges.
El director Shinji Aoyama demuestra que es uno de los grandes exploradores de los recursos cinematográficos surgidos en los últimos tiempos. Sabe cómo jugar con ellos, cómo experimentar y llevarlos al límite para conducir al espectador a una experiencia casi orgánica, de comunión espiritual con la imagen y el sonido que emite la pantalla.
Aoyama describe un paisaje apocalíptico ya desde las significativas palabras del título en arameo del filme: Señor, señor, ¿por qué me has abandonado? Un extraño virus ataca a las personas, se instala en su sistema nervioso y las conduce al suicidio. No se sabe nada acerca de esta misteriosa enfermedad, pero parece que los síntomas se atenúan mediante la música que genera una pareja de jóvenes que se dedican a experimentar con sonidos. Aoyama describe un paisaje de decadencia moral donde el ser humano ha perdido el horizonte y no sabe cómo disfrutar de la vida. De ahí el pesimismo que desprende una cinta que funciona como metáfora de un hipotético futuro regido por la reglas de la incomunicación y el aislamiento.
Pero quizás el aspecto más interesante de este Eli Eli... sea su capacidad para crear atmósferas hipnóticas a través de las modulaciones sonoras, a través de un radical ejercicio de sustitución de palabras por ruidos, distorsiones y resonancias extraídas mediante ingeniosos artilugios mecánicos capaces de emitir modulaciones etéreas, electrizantes...
El actor Tadanobu Asano (que además de sus tareas interpretativas construye la partitura musical del filme) ejerce de médium para transportarnos a través de una tupida red de ondulaciones a una experiencia catártica de naturaleza profundamente sensitiva.
INVISIBLE WAVES (Invisible Waves)
Director: Pen-ek Ratanaruang. Taiwán/Holandal/Hong Kong/Corea del Sur, 2005.
Fue Invisible Waves la película de más peso del Festival. Era mucha la expectación ante el nuevo trabajo de Pen-ek Ratanaruang tras su portentosa Last Life in the Universe (2003). Las opiniones estuvieron de lo más divididas. Para mí no cabe la menor duda de que nos encontramos ante una película llamada a convertirse en un pequeño clásico de culto del cine oriental contemporáneo. Es Pen-ek Ratanaruang uno de los grandes creadores de imágenes de nuestro tiempo.
Su fuerza visual sólo puede compararse a la de directores como Wong Kar-wai, Park Chan-wook o el Edmond Pang-Ho Cheung de Isabella, y es que cada uno de los planos que componen el filme desprende un virtuosismo formal de una precisión magistral. Su dominio de la técnica cinematográfica y la forma en la que logra articular el lenguaje visual a través de los recursos de planificación secuencial, realmente me parecen de una riqueza expresiva apabullante. Sencillamente no tengo palabras para describir cómo maneja la cámara para la construcción de un discurso fílmico propio el señor Ratanaruang (en especial la puesta en escena a través del juego de angulaciones del encuadre o su magistral empleo del fuera de campo). Claro que en este caso cuenta con la ayuda en la fotografía de un auténtico monstruo de la imagen como es Christopher Doyle, sin embargo, me parece muy estimulante el rumbo y la evolución que va aportando a su carrera el director tailandés.
Es Invisible Waves una película misteriosa, encriptada, cargada de sugerencias y de significados ocultos que parecen esconderse justo por debajo de la superficie de su tejido epitelial. Ratanaruang poco a poco ha ido radicalizando su estilo y consigue que Invisible Waves se adentre en el territorio de lo no narrativo, de la introspección a través de un sistema simbólico de naturaleza prácticamente abstracta que se conceptualiza mediante la creación de atmósferas envolventes e hipnóticas que generan un espacio más mental que físico. La sensación de irrealidad, de sueño convertido en pesadilla está presente a lo largo de todo el surrealista camino de redención que inicia un asesino a sueldo que intenta refugiarse tanto de sus enemigos como de sí mismo, y de los demonios que lo atormentan y lo sepultan bajo un fuerte sentimiento de culpa. En realidad durante todo el trayecto alucinatorio tenemos la sensación de que estamos ante un espectro, ante un ser que se encuentra totalmente desubicado y perdido y que adquiere casi la categoría de fantasma, de hombre cuya vida sabemos que está a punto de desaparecer, que tiene una fecha de caducidad impuesta por su propio destino. Por eso cada uno de los encuentros que mantiene con los distintos personajes que se cruzan en su camino, desprenden una fuerte sensación de extrañeza y van creando una tensión subrepticia que genera un clímax de indefinida turbación e incomodidad. En definitiva, un fascinante thriller a modo de itinerario vital y existencial que indaga acerca de la búsqueda de la identidad del ser humano.
THIS CHARMING GIRL (Yeoja, Jeong-Hae)
Director: Lee Yoon-Ki. Corea del Sur, 2004
Que esta sea la única película coreana proyectada en el festival dice mucho del estado que atraviesa dicha cinematografía en la actualidad. Hace unos años se proclamaba que Corea iba a convertirse en el epicentro del cine mundial. Lo cierto es que se produjo un boom comercial y su mercado se expandió hasta límites insospechados. Además, numerosos directores consiguieron un enorme éxito internacional gracias a su consideración en festivales de prestigio, como es el caso de Park Chan-wook, Kim Ki-duk, Lee Chang-dong o Hong Sang-soo. Sin embargo, durante este último año, las únicas muestras que nos llegan desde las pantallas coreanas tienen que ver con comedietas insustanciales o dramas románticos lacrimógenos, y el único gran éxito destacable se limita a Wellcome to Dongmakgol (Park Gwang- Hyeon, 2005), ganadora además del reciente Festival de Udine. Esperemos que la rebaja de la cuota de pantalla para los films coreanos no afecte a esta industria tan floreciente y fructífera que tantas satisfacciones nos ha dado en los últimos años.
This Charming Girl se aleja del carácter que tienen muchas de las grandes producciones coreanas. Es un film pequeño e intimista que se centra en la rutina de una joven de mirada triste que vive un presente lastrado por los recuerdos de una infancia traumática.
Delicada, etérea, con un estilo minimalista y una cámara ligera que se balancea y oscila constantemente en el seguimiento del personaje principal a través de su deambular diario, el film deja tras su visión un suave y tibio poso de melancolía. Un bello ejercicio de pulcritud formal y estilística.
UNIVERSITY OF LAUGHS (Warai no daigaku)
Director: Mamoru Hosi. Japón, 2004
Otra estimulante sorpresa. Un único escenario, dos actores en estado de gracia (Koji Yakusho y Goro Inagaki) y un guión repleto de inteligencia. Esos son los únicos componentes de este film rodado como si de una obra de teatro se tratara. Precisamente el mundo teatral es el marco que une a las dos figuras protagonistas: un censor y un autor de comedia que han de enfrentar sus posturas ideológicas durante los turbulentos tiempos de la II Guerra Mundial.
La estructura narrativa toma la división en actos, cada uno de los cuales corresponde a las visitas que el joven escritor debe hacer al censor para que este apruebe su texto. La autoridad y el poder represor que simboliza este rígido e intransigente miembro inquisidor, se opondrá al carácter abierto, ilusionado y creativo del guionista, lo que generará una confrontación de intereses de acuerdo al tono y al carácter que debería adoptar el libreto teatral. Yakusho se convertirá así en una especie de Lars Von Trier en el film Las cinco condiciones, ya que en cada visita irá obstaculizando y poniendo escollos al autor para que este a través de su creatividad vaya mejorando el libreto de acuerdo a sus propios gustos e intereses. Al final, el antagonismo ideológico que parecía separar a estos dos personajes irá paulatinamente diluyéndose, a medida que crece la complicidad entre ellos, terminando su acercamiento por zanjarse a través del respeto y la admiración mutuas.
Mamoru Hosi sabe imprimir un estupendo ritmo a una trama repleta de inesperados y divertidos giros argumentales, y sobre todo tiene la facilidad de planificar cada una de las escenas para extraer de ellas el mayor potencial expresivo a través de los recursos de la imagen, de la música y del montaje, siempre con la vista puesta en sacar el máximo partido a la gran baza del film, el duelo intepretativo Yakusho-Inagaki.
Sesiones especiales
PRINCESS RACCOON (Operetta Tanuki Gotten)
Director: Seijun Suzuki. Japón, 2005.
El delirio visual más desatado llegó de la mano del maestro Seijun Suzuki, quien a sus 82 años sigue demostrando que es uno de los grandes transgresores del lenguaje fílmico, un director que, si ya en la década de los sesenta y setenta fue capaz de aplicar una reinterpretación estrictamente personal al género de yakuzas, ahora sigue demostrando que puede seguir dilapidando las convenciones para la creación de un discurso cinematográfico radical, sin ningún tipo de equivalente dentro del panorama ni presente ni pasado.

Princess Raccoon es una obra mutante y marciana, un exuberante ejercicio de creatividad que parece estar construyéndose a cada instante, ya que la reinvención que hace de todo el conglomerado de referencias que utiliza desborda los límites de la racionalidad lógica. Por eso, cada secuencia se convierte en un descubrimiento que tan pronto descoloca como te deja absolutamente sorprendido y maravillado, cada plano es una explosión kitsch de incatalogable poderío escénico, cada minuto es una fiesta en honor a la hibridación de discursos y de tendencias.
Suzuki crea un puente entre la tradición y la modernidad, extrae un manantial de inspiración del choque entre culturas, religiones y disciplinas artísticas... todo lo mezcla y lo bate en su desquiciada coctelera, y el resultado no puede ser más estimulante. Princess Raccoon es una historia de amor, un cuento de naturaleza naíf, un musical con influencias de pop, rock, rap, un homenaje al teatro Kabuki, un poema de reconciliación y de concordia entre las diferentes concepciones ideológicas... un despliegue de libertad artística en toda regla.
RAMPO NOIR (Ranpo Jigoku)
Director: A. Jissoji, A. Kaneko, H. Sato, S. Takeuchi. Japón, 2005.
Rampo Noir fue la película del Festival. La más bestia, la más salvaje, la más extrema, iconoclasta y extravagante... la más firme confirmación de que el terror oriental todavía puede sacarse de la manga nuevos procedimientos con los que renovar su paleta cromática de pesadillas. Y cuando un género parece agotarse, nada mejor que volver a sus orígenes. Edogawa Rampo es el padre de la novela de misterio japonesa y el inspirador directo de buena parte de los motivos fantásticos cultivados por el cine en los últimos tiempos. Recordemos que fue a raíz de su reivindicación con motivo del centenario de su muerte en 1994, cuando comenzaron a proliferar de nuevo los relatos de terror con claras reminiscencias a su particular mosaico de inventiva encuadrada dentro del fantastique. De ahí surgieron adaptaciones de todo tipo, entre las que destaca por encima de todas Gemini de Shinya Tsukamoto y también comenzaron a emerger nuevas muestras de literatura a través de escritores como Koji Suzuki, autor de The Ring o Dark Water.
Ahora el mundo del cine realiza su pequeño tributo a Edogawa Rampo a través de este Rampo Noir, film colectivo dividido en cuatro capítulos en el que se pretende extrapolar el particular universo del escritor mediante la puesta en imágenes de las particulares obsesiones que conforman su imaginario creativo.
El canal de Marte es una pieza de cine no narrativo en clave experimental y abstracta en la que se pone de manifiesto el grado de locura inherente a toda pesadilla surgida del subconsciente, en la que se explora la parte más recóndita y oscura de nuestros instintos internos. En este curioso episodio ya empiezan a configurarse alguna de las claves constitutivas del firmamento Rampo: la confusión que supone el sentirse perdido dentro de tu propia identidad, la delgada línea que separa los sueños de la realidad, la utilización de los espejos como captadores de la esencia humana, la presencia inquietante de extraños insectos putrefactos...
El segmento Mirror Hell se encuentra configurado a modo de intriga detectivesca. Dos policías investigan las extrañas muertes que se suceden en los ambientes decadentes de los burdeles de un pequeño pueblo. Atmósfera opresiva y un trabajo impecable de puesta en escena a través de la utilización de angulaciones oblicuas de la cámara que proporcionan una sensación de retorcimiento de la imagen.
El despliegue de obsesiones malsanas tiene su culminación en el mejor fragmento del film, The Caterpillar. Una mujer cuida de su marido, un ex combatiente que ha perdido ambos brazos y piernas y ha quedado reducido a la condición de "hombre-oruga", sometiéndolo a toda clase de torturas y vejaciones. Todo un ejercicio de perversión malsana, de sadismo extremo, de erotismo enfermizo que teoriza acerca de la necesidad de dependencia posesiva y de las distintas clases de deformidades, tanto físicas como psicológicas, que se dan en el ser humano. Terriblemente hiriente y macabra, The Caterpillar se configura como una pequeña pieza de culto del horror en su estado más extremo, aquél que nos remite irremediablemente al Miike de la secuencia final de Audition.
Por último nos encontramos con la sorprendente Crawling Bugs en la que vuelven a estar presentes los leitmotivs de toda la cinta, es decir, la obsesión, la desviación de la psique a través de comportamientos enfermizos y degenerados. Sin embargo, lo más destacado de la cinta sería su ambientación y dirección artística, una explosión de colorido retro-pop que, unido a un ritmo musical con bases de bossa nova, nos transporta a un relato con altas dosis de surrealismo irónico.
A pesar de las notables diferencias de tono existentes entre los cuatro relatos, el conjunto desprende una enorme sensación de coherencia y se beneficia además de la estupenda interpretación (desplegando todo un surtido ramillete de modulaciones y tonos entre cómicos y dramáticos) del actor Tadanobu Asano, quien sirve de hilo de unión entre cada uno de los cuatro capítulos que integran este fantástico Rampo Noir.
País ¡nvitado: India
No podemos terminar nuestro repaso al Festival sin hacer mención a la cinematografía invitada en esta ocasión y que además inspiraba el precioso cartel que se constituía en la imagen del BAFF de este año.
Se podría hablar largo y tendido de una industria tan rica y desarrollada como la que se da en la India. Al fin y al cabo es el país que mayor cantidad de películas produce, encontrándose además respaldado totalmente por el apoyo de un público únicamente entregado a consumir sus propios productos.
Dada la nula difusión de este cine en nuestras pantallas, siempre es una buena ocasión de acercarlo a los espectadores para que estos sean capaces de descubrir la desbordante originalidad y singularidad que desprenden buena parte de sus títulos.
Entre la selección de películas destacamos la incursión de Sholai, la película por antonomasia del cine indio que marcó un antes y un después y que se ha instituido como un clásico atemporal, así como algunas excelentes piezas fundamentales del Bollywood más reciente como Dilwale Dulhania Le Jayenge, Hum Tum o Parineeta.
El fin de fiesta estuvo a cargo de la irregular cinta The Promise, del director chino Cheng Kaige. Todo un espectáculo aparatoso y grandilocuente revestido de imágenes visualmente impresionantes pero cuyo contenido se encuentra despojado de toda lógica narrativa y dramática. Un ejemplo de cine pretencioso y vacío que lamentablemente verá la luz en las pantallas españolas próximamente.

El BAFF apaga sus luces por este año. Atrás queda una semana de buen cine en compañía de buenos amigos, todos aquellos que hacen que cada vez que me acerco a Barcelona me sienta como en casa. Me gusta ver crecer al Festival cada año un poquito más, asistir a su paulatina consolidación. Aún quedan algunos peldaños por mejorar, como la inclusión dentro de la programación de películas que no sean exclusivamente de autor, sino puramente genéricas, ya que al fin y al cabo también el terror, las artes marciales, la acción o el thriller constituyen una parcela fundamental dentro del universo asiático que es necesario dar a conocer. Sin embargo, la calidad de las películas proyectadas sigue siendo excelente, y además este año tuvimos la oportunidad de asistir a una clase magistral impartida por el maestro de la fotografía Christopher Doyle, donde nos contó su manera de entender el cine y muchas y divertidas anécdotas de los directores con los que ha trabajado a lo largo de su carrera profesional, desde Wong Kar Wai a Gus Van Sant. Todo un lujo.
Sinceramente creo que no se puede pedir nada más. Sólo una espinita me queda clavada al despedirme de esta edición del BAFF, no haber podido ver la película que finalmente se alzó con el Durián de Oro, que recayó el Grain in Ear (Mang zhong), del director chino de origen coreano Zhang Lu, un film que fue valorado por el jurado «por su especial composición visual, su economía narrativa y el impacto de su desnudez emocional». Espero poder rescatarla pronto y dedicarle el espacio que sin duda merece.
El año que viene más, y mejor.
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