M de… mayo

Días de tregua y rosas. De agoreros y salvapatrias. De memorias históricas tuyas y no mías, de hechos diferenciales neanderthalenses y reivindicaciones naturo-patológicas del mono, el único cuerdo de cuantos simios habitan el orbe. De risa, oigan.

Por ahí fuera las cosas no pintan mucho mejor. Alianzas anticapitalistas en una Sudamérica empeñada en dejarse gobernar por abortos surgidos de la coyunda entre Videla y Perón, a lomos del desbocado caballo del populismo. E Irán acaparando todos los cupones del nuevo sorteo 'te-voy-a-bombardear-hasta-los corvejones'. Gentileza del Imperio, que haberlo haylo.

El españolito medio afirma con rotundidad de estadista que «cómo está el patio, vecino», recalcula su hipoteca después de la última subida del Euribor y prepara sus vacaciones en el Caribe, «2x1, ¡últimas plazas! ¿Vas a dejarlo escapar?»

La batalla está perdida. Bienvenidos al cine, legión de desencantados.

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V de… ¿Bictoria?- Si se vislumbra un mercado nuevo, hay que proporcionarle con rapidez un producto adecuado a sus necesidades. Sin contradicción aparente, pues, el propio sistema manufactura películas antisistema. Como la excelente El club de la lucha, como la enrevesada Syriana. Ideal para ese público concienciado, convencido de que hay un 'gran plan', de que alguien mueve los hilos... o de que votar a la izquierda es realmente distinto a votar a la derecha (perdonen que me sonría: hoy estoy francamente cínico).

V de vendetta es una película que encuentra su refrendo al amparo de la más rabiosa actualidad, mostrándonos inquietantes concomitancias entre realidad y ficción. El grito de "conspiración, pólvora y traición" podría haber sido el de la Revolución Naranja. La manipulación de las masas, la gran conjura, vivió un momento álgido en nuestro país el 11-M (Acebes con sus "dos vías de investigación", la SER con su terrorista suicida). Berlusconi (duche, duche!) sencillamente no acata los resultados de las últimas elecciones italianas (atención a algunas de sus frases, que parecen extraídas del guión de la película: «El resultado electoral ha de cambiar porque hubo un fraude generalizado», «¿Pensaban que iban a librarse de mí?» (sic)). En los EEUU pretenden "acabar" con "precisión quirúrgica" con el problema de la inmigración. En Francia, los hijos bastardos de la clase media se levantan del sillón y derogan una proto-ley injusta. ¿Es todavía posible la utopía?

Lo único posible es el miedo, una fuerza todopoderosa que cambia el sentido de los votos, que doblega voluntades. El miedo a perder lo que se tiene, a fallar en un plazo de la letra, a que te embarguen el televisor de plasma, a que los mercados fluctúen.

No comparto la tesis de la película, la de la "gran manipulación", ni el difuso cóctel ciber-anarco-punk, que curiosamente va dirigido a jóvenes pijo-metropolitanos y 'mileuristas' en general. O el sonrojante y amoral tramo donde la Portman alcanza "la iluminación" por el camino de la tortura (¡¡¿pero qué me estáis contando?!!). No creo que los poderosos engañen de facto a su electorado: porque la mayoría "sabemos" —en el sentido de que somos plenamente conscientes de las miserias de unos y de otros— de lo endeble de sus soflamas. No, el terrorismo —por desgracia— es tan real como su explotación interesada, de la que no se libra ni un solo partido político del arco parlamentario.

Sin embargo, las democracias europeas necesitarían de una gran colleja, de un Edmundo Dantés que con arrojo les dijese, simple y llanamente, que aquellos que les gobiernan son unos miserables. Que los boten del poder, ¡ya! Aunque la mayoría cambiaría de canal, en pos del resumen de la jornada de liga o las últimas noticias de Jesulín y la Campanario, en directo desde Ambiciones.

No se engañen. El próximo 5 de noviembre, ningún Parlamento saltará por los aires, ningún líder será derrocado. Para entonces ya habrá otro taquillazo arrasando... quién sabe si V de Vendetta Reloaded.

Terrence Malick: de oficio, descubridor.- El nuevo mundo, filme que pasó cual exhalación por la cartelera norteamericana, arribó a Europa y logró nuevamente (¿?) la unanimidad entre la crítica: se trataba (again and again!) de una obra maestra incomprendida.

Uno es incrédulo por Naturaleza y necesita ver con sus propios ojos para creer.

El nuevo mundo abunda en la vía contemplativa, camino abierto en su indefinida La delgada línea roja. Esta última —a pesar de una escena de acción muy bien rodada— lograba el imposible: convertir una película de guerra en una excursión por Lasa, a las faldas del Himalaya. Soldados con karma, batallas más allá de los cielos e introspección bélica.

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¿Recuerdan a Pocahontas? Pues atiendan: hubo más hombres en su vida. Como lo oyen. Su periplo a uno y otro lado del Atlántico la emparejó con un aventurero montaraz y un aguerrido colono, relaciones ambas marcadas con el hierro de la tragedia.

Cine que aboga por "el viaje", por el tránsito conjunto como forma de comunicación con el espectador. En La delgada línea roja yo me quedé en tierra. Aquí, la cosa funcionó a ráfagas: hubo momentos en que caminaba junto a ellos, henchido por la gloria anticipada del descubrimiento de un continente (debo de reconocer que la música de Wagner ayuda mucho a meterse en situación, ilustrando maravillosamente algunos pasajes muy hermosos). Y otros en los que las excursiones por la hierba, el tacto de las espigas en la mano, las sonrisas en primer plano y los abrazos metaestéticos me remitían al último anuncio de Eau de Rochas.

Este no es el Malick que me cautivó cultivando Malas Tierras... ¿por qué se parecen tanto entre sí las películas plúmbeas del "nuevo" cine? ¿Por qué se empeñan en ser anarrativas, en construir una sinfonía especulativa de las sensaciones? ¿Y por qué debería de decir que me gustan más que la sencilla y asequible V de Vendetta si no es así?

Volver.- Vuelve, vuelve a nuestras pantallas Almodóvar, el genio que sabe que lo es.

Qué quieren que les diga: Volver me ha sabido a descansillo, a pausa para recobrar el aliento, a minimización de riesgos tras la colleja recibida por La mala educación (una película arriesgada bastante superior a Todo sobre mi madre, pero como el buen hacer de Pedro se mide por los premios / nominaciones recibidos...).

Este homenaje manchego a viudas, vientos y aparecidos se salva por una espléndida Carmen Maura (¿cuándo ha estado mal esta mujer?), de la que se echan de menos más minutos, en detrimento —a poder ser— de una esforzada aunque inverosímil Penélope Cruz. Y es que la niña lo intenta, pero madres corajes a la italiana sólo hubieron dos: la Magnani y la Loren. Aun así, lo mejor en lo que ha participado en la última década (¿estaré siendo justo o me dejo llevar por su canalillo?).

Hombres que merecen morir, enfermos de cáncer, hijas a lo Chinatown, cornudas vengativas y un poquitín de tipiquismo español. La fórmula funciona, Almodóvar lo sabe y todos contentos. Que lo que San Pedro nos dio, Cannes lo bendiga.

La ardilla rules.- Ice Age 2 es otro producto medido, espectacular en su acabado y global en sus aspiraciones. La segunda parte de esta Edad de Hielo sería la película perfecta para cargar contra el abuso del cine americano, contra su mercantilismo, contra su... ¿inteligente visión del negocio?

Porque si uno no ve la película en el pase de prensa —esto es, rodeado de alienados con cara de "esta mierda no vale este madrugón" y que para más INRI se ponen a hablar solos durante la proyección, con la intención de hacer patente su disgusto al resto de la audiencia—, sino en una platea repleta de padres con sus enanos, olor a palomitas y aires de fiesta, descubre que sí, que Ice Age 2 funciona, incluyendo homenajes a la Screwball Comedy, a Hawks... y guiños cinéfilos pasados y actuales (desde Salvar al soldado Ryan —ese Mamut aturdido por los géiseres— a Los padres de ella, pasando por TiburónLa lista de Schindler).

Pero si hay algo realmente notable en esta saga animada es la dichosa ardilla. Coyote sin su Correcaminos, roedor sin su bellota. Retomando los esquemas clásicos del cartoon (auténtico slastic sin necesidad de diálogos), las desventuras de este animalucho comienzan a ser merecedoras de una serie con ella sola como protagonista.

Los exhibidores españoles denuncian abusos de las distribuidoras USA.- La noticia salió publicada el 30 de marzo en El País y la glosó a la perfección nuestro Alejandro Díaz, redactor al que le tiene comida la moral tanto listo llorón. El discurso es algo largo, pero lo reproduzco en su totalidad porque mete el puño en la llaga:

«(…) si uno lee la letra pequeña (…) resulta que no hay ni una palabra para denunciar la práctica de las distribuidoras USA de obligar a la compra de "paquetes de películas" entre las que se incluye algún título caro y muy publicitado. De lo que se quejan los exhibidores españoles es de la cuota de pantalla que el gobierno impone para el cine europeo, que según ellos les ha privado de ganar nosecuantos millones, y piden su supresión: "La cuota de pantalla creada para proteger al cine español y, por extensión, al europeo —obligación de proyectar un día de cine comunitario por tres de terceros países, es decir, de EE UU— ha cumplido ya 65 años. "Ya es hora de que se jubile", afirmó ayer Rafael Alvero, quien añadió que esta medida no resuelve la crisis del cine, es inconstitucional y además atenta contra la libertad de mercado. Según sus cálculos, esta medida les ha supuesto en los últimos cinco años un descenso en sus ingresos superior a los 840 millones de euros."

¿En qué quedamos, pues? ¿Queremos luchar contra la homogeneización (con productos estadounidenses de lo peor) de las carteleras o no? la solución al misterio viene cuando descubrimos que lo que de verdad les molesta no es el monopolio de productos americanos clónicos de usar y tirar en los cines, sino que las distribuidoras americanas "desde hace 10 años obligan a los cines españoles a pagar un 15% más de media en concepto de alquiler de copia con respecto al resto de países de Europa. Ese porcentaje se traduce en 280 millones de euros que los exhibidores dejan de ingresar en sus arcas". O sea, que lo que pasa es que poner esas porquerías con las que quieren llenar el cine (y de hecho, lo llenan) les cuesta un dinero que otros no pagan y ellos quieren embolsarse...

Curiosamente, reivindican la libertad del mercado, pero exigen intervención del gobierno para retrasar los plazos mínimos para que las películas salgan en DVD: "La FECE propone que en España se estipule un mínimo de seis meses para el paso a otros soportes, un tiempo que otorgaría una mayor estabilidad y es favorable para todos". Vamos a ver, señores, ¿no querían mercado libre, sin cuotas ni nada? No, lo que quieren es intervención pero sólo para beneficiar sus cauces de exhibición.

Ah, y luego viene la guinda: "los plazos cortos dañan al cine europeo". ¿Pero no estaban hartos del molesto cine europeo, al que quieren borrar de las salas? ¿A qué viene esa súbita preocupación ahora por el pobrecito cine europeo? ¿Qué pasa, que la culpa de su mala distribución es de los desaprensivos que editan en DVD? ¡venga ya, hombre! ¡pero si algunas distribuidoras en DVD son las únicas que se atreven a —o pueden— traer a España cierto cine poco acomodaticio!

Conclusión subjetiva a este asunto: Los filantrópicos distribuidores españoles quieren inundar sus pantallas con esos productos (sin que les obliguen a programar cosas raras europeas de esas) pero sin pagar lo que están pagando. Eso es lo que quieren, y ninguna otra cosa. Por supuesto, aprovechan para atacar la "salvaje" piratería, Internet, etc, etc. por "competencia desleal", e incluso apuntan, pásmense amigos, a los ayuntamientos (¡!): "Los ayuntamientos y diputaciones también les hacen la competencia. No la sana, sino la desleal. Según el informe, estas administraciones proyectan películas de actualidad, gratis o a precios simbólicos, y minan la ya de por sí dañada libre competencia de los cines de sus respectivos municipios" ¡¡Mamma mía, qué delito, qué exceso!! Qué cabrones los Ayuntamientos, que exhiben películas de actualidad (como "Sister Act", "Buscando a Nemo" o "Shrek", muy actuales, sí señor) a precios "simbólicos" (en lugar de cobrar los módicos 6 euros que cobran ellos). ¡Qué mala gente...! joder, ¡Si es que estos hombres son auténticos mártires de nuestro tiempo!»
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El borde de House.- Ese doctor con nombre tan hogareño, se ha convertido en la serie estrella de Cuatro, el canal de pago que "mágicamente" pasó a emitir en abierto (¿para qué cumplir las leyes, apellidándome Polanco?).

Ha arrancado ya su segunda temporada y el personaje comienza a quedar bien definido, amenazando con convertirse en el Ironside de la medicina. Paticojo, corrosivo, misógino y chungo, House sería el perfecto médico de la Seguridad Social española: desprecia a sus pacientes y se reserva para los casos realmente interesantes (¿para qué invertir su descomunal talento en curar una enfermedad corriente?).

Pero no, oigan: todo es pose. House es un sociópata frustrado que a la menor oportunidad lanza invectivas contra la vida y sus alrededores. Vendría a ser una especie de Mel Gibson en Arma Letal: no sabe si seguir curando a la peña o tirarse por la ventana y terminar con todo de una puñetera vez.

El personaje tiene miga, pero algo me inclina a pensar que en este mundo políticamente correcto, House duraría en un hospital menos que un caramelo en la puerta de un colegio: dos demandas por acoso, tres por utilización de lenguaje procaz, mobbing, falsificación de historial clínico, extralimitación en sus funciones, desacato...

Secuelas de secuelas.- La aventura del Poseidón, La profecía... ¡madre mía, lo que se avecina! Una y otra vez rehacen las películas de siempre, respaldados por un público descontextualizado, que desconoce por completo el pasado —me refiero al más reciente, ni siquiera a los ancestros— de ese entretenimiento que consume el sabado por la tarde, después de la cena en el Bocatta y antes de atacar a la rubia del fondo en su 'clus' de moda. Guay.

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Está ocurriendo. Existe una generación que convendrá contigo en que Psicosis estaba muy bien... aunque la recuerdan en color. A la que lo que se le quedó grabado en sus retinas de Crimen perfecto fue el culo de Viggo Mortensen (que puestos a recordar algo de esa versión, sin duda era lo mejor), en lugar de las tijeras de Grace Kelly. Que confunden El planeta de los simios con "eso" perpetrado por Tim Burton. O King Kong con el espectáculo interminable de Peter Jackson («sí, algo de eso vi en los extras del DVD... ¿habían hecho antes una peli mala en blanco y negro, verdad?»).

«¡Los estamos perdiendo, Houston!»

Western refrito con déjà vu.- Zapeando zapeando acabo enganchado a un western de Michael Curtiz, construido con los retazos de dos compañeras de género bastante cercanas en el tiempo: Raíces profundas y Horizontes de grandeza (es de nota el caso de Jerome Moross, que ese mismo año (1958) había compuesto la magnífica banda sonora de esta última, de la cual llega a "tomar prestados" fragmentos enteros, si mi oído no me engañó).

Curtiz fue de los directores más prolíficos, junto al pionero machacón Cecil B. De Mille, el injustamente olvidado Raoul Walsh y el incuestionable John Ford (incuestionable hasta que algún medio post-moderno se desdiga, oigan, que a lo peor resulta que es otro "sobrevalorado").  No es como para tomárselo a broma, porque Curtiz filmó mucho más que a Bogart a las puertas del Rick's Café Américain: suyas fueron El capitán Blood, La carga de la brigada ligera, Robín de los Bosques, El halcón del mar, Noche y día, Sinuhé el egipcio o Los comancheros.

En El rebelde orgulloso —así se llamaba el filme en cuestión— no se luce en exceso, limitándose a fotocopiar situaciones: ese Alan Ladd recauchutado para la posteridad en su papel de Shane (aquí sale acompañado en el reparto por su propio hijo), esa Olivia de Havilland ya algo talludita pero siempre igual de caritativa... típica y reiterativa en su acumulación de tópicos (¿no era eso Casablanca, un gran tópico sublimado?): ganaderos, un rancho en mitad de ningún sitio, un perro como desencadenante de la acción y un niño traumatizado que no habla. ¿Adivinan cómo acaba?

El libertino.- Decían que Johnny Depp se salía, que su interpretación era de altura, que fue una de las inexplicables ausencias en el quinteto de actores aspirantes al Oscar.

Mezcla de El Casanova de Fellini con Quills (sí, aquella otra que trataba de reconstruir el eclipse escatológico del marqués de Sade), aderezada con unas gotas de Las zapatillas rojas (Pigmalión enamorado de su pupila) y una pizca de Shakespeare in Love, pero sin tan siquiera los pezones de la Paltrow. El libertino es una soberana tontería, más falsa que los postizos de John Malkovich (bastante mejor que Johnny 'Camarón de la Isla' Depp) en su papel de Carlos II, lo más comedido que ha hecho en lustros.

La peli tenía, a priori, todos los elementos que hacen suspirar a un actor: supuesto toque obsceno, personaje con transformaciones / degradaciones físicas y malditismo de diseño. Una decepción, máxime cuando fui al cine rodeado de una cohorte de damiselas y hombretones que esperaban ver al bueno de Depp en todo su "esplendor", en un filme (se supone) donde se glosan hazañas sexuales, desmanes etílicos y enfermedades venéreas. ¡Ni eso!

La colina de los diablos de barro.- Sidney Lumet —del cual lleva 'prendao' mucho tiempo nuestro fan número uno de la generación de la TV, José David Cáceres— tiene un montón de buenas películas poco conocidas. Una de ellas es esta colina (The Hill, 1965), montículo artificial construido a fuerza de riñones por un déspota militar empeñado en enseñarles algo de disciplina a sus ovejas descarriadas.

Sean Connery intentará devolver la dignidad a sus compañeros de celda y, por ende, a todo el regimiento de desclasados. Parábola libertaria sobre el abuso de poder, La colina funciona espléndidamente, sin caer en el tremendismo carcelario. Búsquenla y ya me contarán.

Boyero chateando.- El ínclito Carlos Boyero —envidiado ser que posee otra tribuna muchísimo más frecuentada que la del menda, desde la que adoctrinar a las masas— ha publicado un libro titulado Alerta roja: Boyero.es, donde se recogen sus intervenciones más "memorables" en la página web de su medio de cabecera.

Bueno, gente como Boyero ha logrado que la crítica cinematográfica sea lo que es: un monólogo grandilocuente donde contar batallitas y adoptar poses jamesdeanianas, donde el lector / internauta es despachado como si de un consultorio sentimental se tratase: «¿Qué le pareció la película X?», «¿Ha dicho X? Creí que tenía seguidores inteligentes», etc, etc. ¡Pero qué ingenioso que puede llegar a resultar uno cuando tiene siempre la última palabra!

El prólogo del libro termina con una declaración de principios algo triste: «Sean benévolos y tolerantes conmigo. Yo no lo soy con nadie».

Menudo elemento.

The Hidden Blade.- Yôji Yamada (nacido en 1931) repite la jugada de El ocaso del samurái con esta espada escondida, trasunto milimétrico (en prólogo, nudo y desenlace) de su otro filme basado en los relatos de Shuuhei Fujisawa, un tipo especializado a su vez en esta convulsa época de la historia del Japón y cuyos libros tienen tiradas harrypotterianas (¡23 millones de unidades!).

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Buceo en su filmografía y alucino... en casi cincuenta años de profesión, Yamada ha rodado 80 filmes, incluyendo 16 entregas de una cosa titulada Free and Easy y —¡atención!— el serial cinematográfico más largo de la historia: Tora-san (It's Tough Being a Man), de la cuál lleva... ¡48 partes rodadas desde 1969, todas ellas interpretadas por Atsumi Kiyoshi! (El cual la palmó hace diez años, señalando así el final de la hiper-saga).

No se dejen engañar pues por el halo reposado y triste de sus filmes más conocidos en occidente; el credo de Yamada es simple: «Hacer una película que haga reír hasta que a los espectadores les duela el estómago».

Gus, déjalo ya, por favor…- La trilogía del sopor se cierra con Last Days, película que nos narra (miento: narrar, lo que se dice narrar, no narra nada) las últimas jornadas del icono rock de finales de los 90, Kurt Cobain (sí, aquel tipo rarito que se acostaba con Courtney Love —sostengo que era la más talentosa de los dos—, jugaba a las distorsiones con su guitarra y se lavaba el pelo dos veces al año, cuando le pillaba un aguacero en mitad de la rue).

A Gerry le perdoné muchas cosas, quizás porque se agradecía la novedad, se reconocía la valentía. Van Sant estaba en crisis y ensayó un golpe de timón radical, haciendo penitencia en cuerpo ajeno (el de los espectadores). Después vino Elephant, aquel elogio del cameraman, los personajes alelados y los institutos cuarteados a pasillos.

Last Ddays es la puntilla, el exabrupto final. El tal Blake vaga por los alrededores de su espléndido rancho, aislado en su incuestionable genialidad. Evidentemente, es un personaje torturado con dificultades para relacionarse con los demás, dispuesto a hacer un bonito cadáver antes de los treinta. Convive —es un decir— con una especie de okupas, que no sabemos muy bien qué relación guardan con él (¿compañeros de grupo, amigos, productores?).

En definitiva, si algún día se estrena, esta no forma parte de las películas imprescindibles por las que llevamos suspirando tanto tiempo. No sé qué pecado tratas de purgar Gus, pero... ¡¿qué te hemos hecho nosotros, tío!?

La SGAE contraataca: ¡vigila en tu boda!.- Movería a risa, si no fuese porque utilizan prácticas propias del fascio (sí, 'Teddy', sí: ¡fascistas!) La SGAE ha demandado al propietario del salón de bodas La Doma de San José, sito en San Juan de Aznalfarache, a quien exige más de 43.000 euros. ¿Por qué? Abróchense los cinturones: «la SGAE entiende que el local de celebraciones ofrece música sin pagar los derechos de autor. En la denuncia, aporta como prueba un informe de unos supuestos detectives (Agencia Domca) que resulta que sólo son investigadores (no están inscritos en el Registro de Detectives Privados de la Unidad de Seguridad Privada de la Policía), y un vídeo de cuatro minutos grabado en una boda sin autorización de los recién casados. En resumen, que unas personas que se autodenominan "detectives" se colaron en el banquete nupcial de madrugada y tomaron planos generales sin el consentimiento de los contrayentes».(1)

Acojonante... Dios, mientras escribo este artículo estoy escuchando música de Alberto Iglesias... ¡y ahora hago mención de ello en un medio de difusión sin pagar el impuesto revol... el canon, quiero decir! Estoy de mierda hasta el cuello y yo sin saberlo... miro por encima de mi hombro... acaricio tembloroso el teclado... el miedo es libre, ¿quién sabe si mi compañero de piso no será un hijoputa soplón dispuesto a denunciarme? ¿Está hablando por teléfono con alguien? Maldita sea, ya suben por las escaleras... què volen aquesta gent que truquen de matinada???

(1) http://www.internautas.org/html/3330.html

 

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Jorge-Mauro de Pedro es redactor jefe de Miradas de Cine, lector empedernido y cinéfilo compulsivo, de gustos más que discutibles...