Si se mueven, ¡mátalos!
Sólo fueron tres disparos. Pero todos mortales, dolientes, rabiosos. Sam Peckinpah y el compositor Jerry Fielding echaron las tripas en Grupo salvaje (1969), Perros de paja (1971) y Quiero la cabeza de Alfredo García (1974), tres obras maestras de uno de los cineastas proscritos de Hollywood. Jamás pudo montar una película como él quiso, y jamás encontró el beneplácito de la crítica norteamericana y buena parte de la forastera. La primera le acusaba de brutal, violento e incendiario. Irónico si tenemos en cuenta que, en esos años, EE.UU. desayunaba todos los días café con Napalm, cereales con metralla y zumo de Watergate. Siempre la paja en el ojo ajeno. Y la segunda veía en su celuloide la degradación técnica, estética y moral de una cinematografía a la que consideraba en estado de coma.
La eclosión del cine inglés, francés y alemán, a finales de los sesenta, permitía a los popes europeos tirar con balas de plata. Acertadas en el caso de los viejos estudios, las viejas estrellas y el viejo cine de género. Pero injustas para hablar de un hombre que precisamente trataba de despertar a la industria norteamericana con sus guantes de boxeo. Porque el cine de Peckinpah es como subirse a un cuadrilátero con Tyson. Llueven golpes por todas partes y no hay sutura capaz de contener la hemorragia. Una soberana paliza que le deja a uno anestesiado, fuera de juego, incómodo con sus propias reacciones, como si nunca hubiera visto una película. La música fue uno de los brazos ejecutores de sus somantas de palos. Tres veces llamó a Fielding, y tres veces negó este al maestro para que pudiera ser mártir y resucitar. Negó, sí, porque sus partituras, en contraste con las imágenes del cineasta, dejaban más posos dulces que agrios. Se fijaban más en la melancolía incurable de sus personajes que en sus actos violentos.
El reciente lanzamiento en DVD de Grupo salvaje abre la puerta del sepulcro y arroja luz sobre la primera colaboración de dos pistoleros a los que el mundo no pudo cambiar. Murieron con las botas puestas, Colt en mano, el sombrero calado y la petaca de whisky en el chaleco. Palmaron de pie, con un par de huevos. El primer banco que asaltaron juntos es acaso el mejor western crepuscular de la historia, elegía del vaquero que se resiste a enterrar el hacha y da un último golpe para redimirse ante los ojos de su alma. Siempre los más crueles y despiadados. La cinta arranca con el tiroteo mejor filmado nunca y termina con la sangría más atrozmente bella. Nadie ha manejado —ni maneja— la cámara lenta como Peckinpah. John Woo tampoco. Curiosamente, esos dos momentos son de los pocos donde Fielding decidió callar. Que hablen las pistolas...
El músico asoma la cabeza cuando no silban balas: en los ratos de intimidad del Grupo, en las maravillosas secuencias de Agua Verde, el pueblo mexicano donde se refugian, y mientras cabalgan por la frontera, metáfora de unas vidas siempre al límite, quizá sin alma pero sobradas de corazón, de humanidad. Fielding se centra en las arrugas de dos inmensos William Holden y Robert Ryan, la sonrisa de Ernest Borgnine, la mirada de Edmond O'Brien, las carcajadas y requiebros de Ben Johnson y Warren Oates. Los primeros planos de todos ellos reflejan lo que significa vivir y morir. Versos que cantan otros. Los versos de La Golondrina, la canción que despide el filme.
Adonde irá, veloz y fatigada,
La golondrina que de aquí se va....,
O, si en el viento se hallará extraviada,
Buscando abrigo y no lo encontrará....,
Adonde irá, veloz y fatigada,
La golondrina que de aquí se va.....,
O, si en el viento se hallará extraviada,
Buscando abrigo y no lo encontrará.....,
Junto a mi techo le pondré su nido,
En donde pueda,
La estación pasar,
También yo estoy,
En la región perdida,
O, Cielo Santo, y sin poder volar.
Junto a mi techo le pondré su nido,
En donde pueda,
La estación pasar,
También yo estoy,
En la región perdida,
O, Cielo Santo, y sin poder volar.
Dejé también mi patria idolatrada,
Esa mansión que me miró nacer
Mi vida es hoy errante y angustiada,
Y ya no puedo a mi mansión volver.
Dejé también mi patria idolatrada,
Esa mansión que me miró nacer
Mi vida es hoy errante y angustiada,
Y ya no puedo a mi mansión volver.
Ah! Ven, querida amable peregrina,
Mi corazón al tuyo estrecharé,
Oiré tu canto, tierna golondrina,
Recordaré mi patria, y luego lloraré.
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