El código Brown-Howard

Polemizar es gratis. Sobre todo cuando de religión se trata. Lo malo de ello es que lo condiciona todo. Es decir, si hubieran sido otras las circunstancias, se hubiera abordado el comentario de El código Da Vinci sin mayores complicaciones, exponiendo sus virtudes y defectos sin otra valoración más allá de la meramente artística. Empero, éste no es el caso y, por tanto, resulta muy difícil abordar la película de Ron Howard y, sobre todo, la novela de Dan Brown sin tener en cuenta todo el revuelo organizado. Revuelo, insisto, tan gratuito como, en el fondo, eficaz. No deja de ser paradójico que la Iglesia, es decir, quienes han inventado la vida de Jesucristo, mutándola y transformándola a través de los siglos, se rasguen las vestiduras ante la exposición de una tesis (la humanidad del personaje y sus relaciones con María Magdalena), que ya había sido expuesta, entre otros, por Nikos Kazantzakis hace cincuenta años. Por tanto, ¿qué elemento ha sido el condicionante de este aluvión de críticas y prohibiciones? Sin duda alguna, el arte de nuestros días: el marketing. El código Da Vinci es una novela de muy escaso valor literario, pero posee una extraña capacidad de atracción que hace sumergir al lector en el ritmo vertiginoso de sus páginas con pasmosa facilidad. Y si a ello añadimos la fabulosa campaña de publicidad creada por el Vaticano y extendida a todos los medios de comunicación, tenemos la respuesta a los cuarenta millones de ejemplares vendidos. Pero, no nos engañemos, algo parece señalar que la publicidad ha sido mutua. De hecho, el Opus Dei se ha convertido en la secta de moda en Estados Unidos (en España lo viene siendo, sobre todo en los sectores políticos de extrema derecha, desde los tiempos franquistas), acaparadora, incluso, de portadas en célebres publicaciones. Es lo que tiene la reciprocidad. Y éste es el panorama en el que ha aparecido la película de Ron Howard. Como se puede comprobar, tremendamente propicio para un film que no es sino una exacta traslación visual de la narración de Brown.

Entrando de lleno en la película y dejando a un lado toda la controversia generada, El código Da Vinci no es más que un entretenimiento puro y duro, un espectáculo grandilocuente y excesivo realizado, sobre todo, para los fanáticos de la novela de Dan Brown. El guión de Akiva Goldsman no cambia apenas una letra del original literario convirtiendo la labor del guionista es un sencillo "cortar y pegar". Sin duda, un arma de doble filo sobre la que vale la pena detenerse. El aspecto positivo de este guión es que da lo que promete, que no defrauda a quienes esperábamos una adaptación lo más fiel posible a una novela de semejante calado. Lo negativo es que se encuentra despersonalizado, que no ha habido un trabajo lo suficientemente serio para otorgar a los personajes un mayor grado de madurez o complejidad, convirtiéndose éstos en una mera proyección virtual de su origen narrativo. Goldsman, por consiguiente, opta por el camino fácil: antes que remodelar el original, puliendo los defectos y construyendo los personajes desde cero, transita por los mismos senderos que el propio Dan Brown, incidiendo en las mismas irregularidades que el escritor.

Aun así, El código Da Vinci pronto se revela como una obra de importantes aciertos. Por un lado, el film hace gala de un casting excelente en el que un conjunto de buenos actores se convierten en exactas réplicas de las creaciones de Dan Brown. Por otro, la dirección de Ron Howard sabe extraer el ritmo interno de la novela y ofrecerlo en unas contundentes imágenes, transformando El Código Da Vinci en el mayor acierto de su carrera. No es, como cabría esperar, en las secuencias de acción donde Howard se muestra más diestro y certero. Para nada. De hecho, varios de estos bloques están resueltos con cierto convencionalismo (la huida del museo del Louvre, por ejemplo). Las secuencias en las que el cineasta se involucra plenamente tienen que ver más con los momentos íntimos entre Langdon y Neveu (la despedida de ambos en un idílico espacio abierto) o en construir una lograda tensión in crescendo en las explicaciones sobre el Santo Grial entre Langdon y Teabing, momentos muy difíciles de realizar, y más en el contexto de una obra de claras tendencias comerciales, muy poco dada a la inacción, y en los que Howard se muestra como un cineasta capacitado.

Sin embargo, todos los aciertos formales y de ritmo logrados por Howard se ven empañados de una cierta desconexión interna habitual, por otro lado, en las adaptaciones de extensos best-sellers. Condensar más de quinientas páginas en dos horas y media hace que, por ejemplo, la figura del obispo Aringarosa quede lamentablemente desdibujada, al igual que la presencia de Bezu Fache, constante y amenazante a lo largo de la novela y aquí meramente testimonial. Aun así, no parece que la culpa sea de Goldsman o Howard. Para que dichos errores quedaran plenamente subsanados, el film debería haberse disparado en minutaje y haber atenuado su propio ritmo, algo muy peligroso para los intereses comerciales de la cinta.

Con todo lo positivo y lo negativo, El código Da Vinci es una buena película. Una pieza realizada en el momento exacto, oportunista como pocas, y plenamente satisfactoria para quienes, como un servidor, sólo esperaban un buen espectáculo, alejado del cine de autor y de mamotretos teológicos.

Por Joaquín Vallet R.
cartel

EEUU. 2006. TO: The Da Vinci Code. Director: Ron Howard. Producción: John Calley, Brian Grazer, Kathleen McGill, Louisa Velis. Producción ejecutiva: Dan Brown, Todd Hallowell. Guión: Akiva Goldsman, sobre la novela de Dan Brown. Música: Hans Zimmer. Fotografía: Salvatore Totino. Montaje: Daniel P. Hanley, Mike Hill. Dirección Artística: Allan Cameron, Richard Roberts. Vestuario: Daniel Orlandi. Duración: 149 minutos. Intérpretes: Tom Hanks (Robert Langdon), Audrey Tatou (Sophie Neveu), Ian McKellen (Sir Leigh Tebing), Jean Reno (Capitán Fache), Paul Bettany (Silas), Alfred Molina (Obispo Aringarosa), Jürgen Prochnow (André Vernet).