Círculo de engaños
Primer círculo. El secreto de la pirámide
Deberíamos ser más humildes aquellos que contemplamos, comentamos o valoramos el cine desde un punto de vista crítico o analítico. Creemos ser la punta de lanza de la verdad y creemos también poder ser el martillo de infieles... y del mal cine. Pero, ¿podemos serlo? ¿Tenemos influencia alguna en la producción y valoración popular de las obras cinematográficas? ¿O simplemente nos flagelamos con aquello que nos disgusta?
The Da Vinci Code se estrena en el mundo entero de modo, literalmente, apabullante. Hay suficientes cintas para copar la mitad de las salas de estreno en Barcelona, la película inaugura el festival de Cannes, se monta una gigantesca pirámide para celebrar los fastos con el equipo que se desplaza promocionalmente en un tren, hechos todos ellos con puntual reflejo en los noticieros de prensa escrita y audiovisual y con la consecuencia de un más que probable récord de taquilla en el primer fin de semana y el letrero de agotadas las entradas... ¡hasta en las sesiones golfas! Junto a la película aparecen productos tan dispares como libros, CD Rom, viajes organizados por los escenarios del Código, manuales rápidos (del estilo Aprenda Criptografía en 7 días, La Biblia entre líneas...), videojuegos. Todos ellos gadgets de diferente calado que buscan alcanzar un target mucho más variado que el adolescente o freakie deseado por el marketing de Star Wars, Lord of the Rings o Lara Croft, por ejemplo. Frente a este auténtico desembarco hollywoodiense, la crítica mundial parece responder con extraña unanimidad a uno y otro lado del Atlántico: se trata de una película gris, aburrida y con poco interés.
Sin plantearme otra opinión no puedo dejar de pensar que estamos cayendo en la trampa de una estrategia comercial perfectamente organizada. La novela homónima de Dan Brown tuvo un éxito arrasador hace tres años en el mundo "cristiano" y batió en su momento los récords de ventas. Hace menos de medio año, en vísperas del estreno de la película, pareció estallar un escándalo al denunciarse a Brown por plagio de una obra anterior de semejante temática. ¿Por qué esta denuncia se demoró tanto? Habría respuestas obvias. Ambos libros habían sido publicados por la misma editorial, siendo absurda una confrontación legal en el seno de la misma empresa. Por otra parte, el veredicto judicial, que eximiría a Brown, llevó la noticia de la contraportada a la primera plana de los periódicos sólo uno o dos meses antes del estreno de la cinta. Tanta casualidad parece tener, lamentablemente para el orgullo de la crítica cinematográfica, mucho que ver con la inusual difusión en prensa no especializada de los comentarios críticos de América y Europa. Una estrategia que, lejos de ser negativa, puede haber tenido el efecto de hacer morder el anzuelo de la curiosidad a numerosos, miles, de espectadores potenciales, muchos de ellos lectores de la novela, otros desconocedores de la misma.
Sin embargo, orgullo de estirpe, tozudez, ceguera, nos llevan a ella. Me llevan a ella. Contra ella. Aún con el resquemor de estar haciéndoles el juego.
El segundo círculo. Brown y el ex niño prodigio
No voy a pretender otra cosa. Soy pedante, vacilón, "snob" o, quizás, pragmático. Hay mucho libro de gran calidad por leer y, por lo poco que leo, no estoy dispuesto a perder el tiempo con un best seller, aunque todos mis conocidos me lo recomienden. Ya me quedé servido con el también desbordante (aunque en otros sentidos) Quinteto de Avignon, dónde Lawrence Durrell analizaba, entre otros muchos temas, el mito templario.
Brown construye en su novela una suerte de thriller entre lo científico (versión CSI) y lo esotérico en el que un experto en simbología es perseguido por miembros del Opus mientras trata de descubrir el secreto de los templarios y la herencia de Jesús en la tierra. Dado que desconozco la novela, le otorgaré el crédito de la duda y supongo, no es difícil, que es mucho mejor que la película. Ron Howard es un director mediocre. No se merece el trato de artesano discreto. Es, directamente, pobre en recursos. Empezó con 1.2.3... Splash, un simpático cuento de sirenas que significó su primera colaboración con Tom Hanks (habría que añadir a la lista el exitoso Apolo 13). Cocoon ya no era más que un envoltorio vacío. Y, después, se dedicó a las superproducciones de gran metraje y poca calidad. La espectacularidad de Llamaradas se basaba en la segunda unidad y los FX, y Una mente maravillosa podía llevar a la psicosis a cualquier espectador que la contemplase con interés excesivo. Su versión del "Código" bebe pues de tan dudosos precedentes como El cuerpo (con Banderas como imposible sacerdote que analiza las pistas de la Santa Sábana), como de La momia (versión Sommers) o de La novena puerta de Polanski. Su ritmo se queda muy por debajo de los juegos de Spielberg e Indiana persiguiendo el arca o el grial. ¡Ah, aquellos tiempos en los que la simbología era interpretada por Monty Python y el amigo Brian o por Álex de la Iglesia en El día de la Bestia!
La versión cinematográfica de El código Da Vinci es inane, confusa e insuficiente, probablemente debida a un guión mal resumido: un hombre agonizante tiene tiempo de dejar pistas por todo el Louvre mediante anagramas y códigos, los aliados devienen enemigos a golpe de guión, del mismo modo que el montaje acaba bruscamente con diversos personajes en unos asesinatos más súbitos que brutales, hay flashback de la infancia del "prota" que no aporta nada al conjunto, hay personas que deben ser protegidas pero que son lanzadas al ojo del huracán... Sin embargo, el antiguo niño prodigio no hace sino empeorar el conjunto. Howard no sabe cómo resolver las escenas de acción (hay mucho coche arriba y abajo, eso sí), no sabe sacar partido de la pareja protagonista (unos herméticos Tom Hanks y Audrey Tautou) y, por encima de todo, soluciona la papeleta con una verborrea que, lejos de aclarar la trama, confunde al espectador con un exceso de referencias enigmáticas. Hay tantas idas y venidas sazonadas con templarios, apóstoles, códigos y sectas que llega un punto en que nos sabemos a dónde van o qué buscan los protagonistas. Tanto código por descifrar, que nos hace olvidar qué estamos haciendo ante esta película (aunque en muchas escenas parece pasarles lo mismo a Hanks y a Tautou). Los flashbacks digitalizados y la narración de Hanks o de McKellen (1) en off dan la sensación de estar ante una emisión del National Geographic o del History Channel. Tal es la sensación de insuficiencia que ni el propio Howard se cree la película. En determinada escena los fugitivos aterrizan en un jet privado. La policía les espera a pie de pista. El piloto les dribla y el avión se introduce en el hangar. Cuando la policía registra la nave sólo el dueño, sardónico, les recibe. Luego sube a su coche y se va. Se asoma al asiento de atrás dónde se esconden los fugitivos... Howard se siente tan inseguro que precisa un flashback, uno más, donde se explica que salieron del avión mientras frenaba y entraron en el coche. ¿Era preciso?
El círculo interior
Hay algo peor que una mala película. Una película hipócrita. El código Da Vinci, película, es ambas cosas. Durante la mayor parte del metraje se lanzan diversas diatribas contra la iglesia oficial cristiana y en especial contra el Opus Dei.
En realidad no se especifican demasiados argumentos. No se valora la posición neutra de la iglesia respecto a distintos conflictos bélicos, no se habla de la posición en contra del preservativo, no se especifica su postura respecto de la homosexualidad, no se denuncia su apoyo o su silencio ante gobiernos dictatoriales. Y, de hecho, para evitar problemas legales, se deja claro que se habla sólo de determinadas personas del Vaticano y de determinados jefazos de la secta ultra conservadora. Todo se reduce, en apariencia, a una peli de buenos y malos. Buenos laicos y malos religiosos... Pero al final se va aún más allá.
Cuando el líder laico acaba siendo un doble agente queda claro que es peor que el peor de los curas satánicos. No tiene reparo en mentir, traicionar, matar y hacer matar. Así queda patente que los del Opus no son tan malos. O, al menos, no son malos por ser del Opus. El policía venal y violento revela finalmente su corazoncito al saberse manipulado. Resulta, pues, que tampoco es tan perverso...
Hay demasiadas sectas en el mundo. Del Opus a los Legionarios de Cristo, de los mormones a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días, lo grave es la infiltración que todas estas sectas tienen en los mecanismos del poder y en su capacidad de influir en una población pobre e ignorante que cree a pies juntillas un fanatismo disfrazado de verdad. Se quemó a Servet hace siglos y casi se quemó a Galileo. Pero aun hoy en día se ignoran los millones de muertos por sida a los que se niega la posibilidad de usar el preservativo. Aún hoy en día hay gobiernos occidentales que pretenden borrar a Darwin y sus estudios... Hector Babenco y Peter Matthiessen nos llevaron de su mano, en cine y novela, a Jugar en los Campos del Señor. Aquellas obras irregulares pero apasionantes fueron mucho más certeras e implacables en denunciar la frivolidad, el egoísmo y la mezquindad de la iglesia en su relación con los más desprotegidos. Este código vacío tiene miedo de mojarse denunciando una entidad caduca, negativa y, quizás, innecesaria. Se revela, a la postre, su único interés en ejercer de divertimento. Un interés lícito pero ni tan siquiera conseguido en este caso particular.
No sé qué futuro le espera a la Iglesia en su actual fórmula. Quizás desaparezca, quizás no. Pero el poco valor que tiene El código De Vinci, posiblemente hará que no tarde en desvanecerse de nuestros recuerdos. Polvo eres...
(1) Un Ian McKellen que demuestra su maestría y es, de largo, lo mejor de la cinta, manteniendo él solito el interés de las escenas en las que aparece.
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| EEUU. 2006. TO: The Da Vinci Code. Director: Ron Howard. Producción: John Calley, Brian Grazer, Kathleen McGill, Louisa Velis. Producción ejecutiva: Dan Brown, Todd Hallowell. Guión: Akiva Goldsman, sobre la novela de Dan Brown. Música: Hans Zimmer. Fotografía: Salvatore Totino. Montaje: Daniel P. Hanley, Mike Hill. Dirección Artística: Allan Cameron, Richard Roberts. Vestuario: Daniel Orlandi. Duración: 149 minutos. Intérpretes: Tom Hanks (Robert Langdon), Audrey Tatou (Sophie Neveau), Ian McKellen (Sir Leigh Tebing), Jean Reno (Capitán Fache), Paul Bettany (Silas), Alfred Molina (Obispo Aringarosa), Jürgen Prochnow (André Vernet). |
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