Dulces prohibidos
"Provocativo thriller psicológico". "Giro de la situación realmente chocante". "No te dejará indiferente", etcétera... Estos son los comentarios que suelen acompañar (de hecho acompañan, no me he inventado ninguno) a las películas tipo Hard Candy (disculpas por la generalización) que llegan a ritmo regular de una o dos por año a nuestras pantallas arropadas habitualmente por el éxito en festivales (Sitges y Sundance, en esta ocasión), de corte independiente (de nuevo: director debutante con prestigio en el mundo del videoclip (1), presupuesto modesto, actores desconocidos, grabación en formato digital...) con la dosis justa, nunca excesiva, de carga intelectual y con elementos suficientes para atraer al público más al día (perdón de nuevo por la generalización) a las salas. Si todo ello viene aderezado además con cierta polémica, que nunca está de más (de nuevo: insultos al director, recomendaciones prohibitivas de sectores reaccionarios) tenemos ante nosotros la pequeña obra maestra de la temporada (y van...).
El tema escabroso elegido en esta ocasión es el de las citas a través de Internet y sus variantes pedófilas, todo ello muy al día, ciertamente; así que llegados a este punto uno que siempre es desconfiado, puede empezar a temerse lo peor.
Pero por suerte y pese a sus defectos la película no se convierte en un despropósito nada más comenzar debido en gran medida a las intensas interpretaciones de sus (tan sólo) dos actores: Patrick Wilson y la joven Ellen Page (2). La situación limitada desde su planteamiento al duelo entre los dos personajes y reducida prácticamente a un único espacio, se apoya en un guión bien construido y de diálogo ágil, pero con demasiada tendencia a los giros sorpresivos que ofrecen una nueva perspectiva sobre la situación y a la derivación hacia lugares comunes del thriller que diluyen poco a poco su interés. Estos ingredientes se acompañan por una tensa puesta en escena en casi perpetuo plano medio, en la que David Slade alterna momentos de gran control sobre el campo visual (el arranque en el que sólo vemos la pantalla de ordenador y las manos que teclean; los interesantes juegos con los colores de fondo tras los personajes), con el dejar hacer a sus actores y la inserción entre éstos de momentos de cierto impacto, efectivos en ocasiones: la sensación de aceleración y confusión de Jeff ante las provocaciones de Hayley... y no tanto en otras: las transiciones con efectos de imagen acelerada en el coche que tratan de adornar un tiempo muerto. Deudoras unas y otras (es decir para bien y para mal) de su formación en el vídeo musical.
Pero de nuevo durante la proyección nos asalta la temida sensación de "esto ya lo he visto en alguna parte", y uno comienza a preguntarse qué sucedería si jugáramos al juego del intercambio de personajes (puestos a jugar con las apariencias como nos propone la película). Y si en el lugar del propuesto Jeff Kohlver fotógrafo-con-debilidad-por-las-jovencitas, colocásemos a Jeff Kohlver experto-ladrón-de-guante-blanco o al secuestrador-y-exconvicto-Jeff, etcétera y en el lugar de la joven de equívoca apariencia Hayley se nos apareciese la audaz-detective-de-homicidios-Hayley o la célebre-periodista-H.Stark-en-busca-de-impactantes-exclusivas. Uno podría entonces acusarme (y lo comprendo) de ser un tanto reduccionista, pero creo sinceramente que estos cambios no afectarían en gran medida al resultado global de la película que seguiría siendo un "provocativo thriller psicológico" con un "giro de la situación realmente chocante" y que "no te dejará indiferente", pero eliminando con la operación, y creo que esto sí es importante, todos los síntomas y efectos de polémica y de supuesta novedad en cuanto al tema tratado, limitados a lo argumental y por tanto de carácter meramente superficial en los que la película basa en gran medida su razón de ser.
Los constantes cambios en la percepción del comportamiento de los personajes al vaivén de los caprichos de la eficacia de la trama, provocan a fin de cuentas y superada la sorpresa inicial un distanciamiento progresivo del espectador, con lo que cuando la película solicita del espectador una toma de partido definitiva por uno de ellos ya estemos desapegados (por no decir mareados) de ambos y nos limitemos a asistir al espectáculo (provocativo o simplemente gratuito, según se mire) de la representación. El viaje hacia los bajos fondos de los personajes se vuelve en el tramo final de la película un tanto desagradable, no tanto visual (esto ya depende del aguante de cada cual) como moralmente; llegando a conclusiones un tanto maniqueas (no quiero desvelar la trama puesto que entre otro de los defectos del film me temo que se halla el del visionado único de acuerdo con el descubrimiento de su resolución) construyendo una apología de la venganza, aquí el fin sí que justifica los medios, como método a seguir ante la ineficacia de los cauces usuales de la justicia (nada encontraremos aquí de la ambigüedad de Fritz Lang o del amigo Fuller en sus acercamientos a este tema).
(1) Con trabajos como Donkey rhubarb para Aphex Twin.
(2) Sandra Oh y Jennifer Holmes se limitan a aparecer en una secuencia.
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