Usos de la crítica (II). Los caminos del señor son infinitos

Caminante no hay camino, se hace camino al andar

¿Por qué Gilliam perdió su batalla contra los molinos de viento y contra los elementos? ¿Por que Welles no culminó nunca su proyecto quijotesco? Las respuestas son diversas y posiblemente insuficientes. En cualquier caso, cabe decir que Gilliam fue derrotado por la mala suerte y por una inadecuada producción en la parte legal; aunque, finalmente, Lost in La Mancha, el "Cómo se hizo" que se elaboraba sobre su cinta acabó siendo una excelente adaptación de las aventuras de un director que llega a ser un Quijote.

Orson Welles, por su parte, no dejaba de ser un narrador clásico, pese a sus innovaciones y sus inquietudes (Fake era su gran salto adelante, sin duda) y posiblemente sintiera que el work in progress que elaboró sobre el Quijote, más allá de la persistente emoción que confieren sus imágenes, empezaba a constituir algo por delante de la concepción del cine de los sesenta. Por delante de su propia concepción del cine. Posiblemente deberíamos revisar el remontaje que se efectuó hace un par de años y que muchos ignoramos. Quizás los tiempos muertos y las repeticiones del material filmado nos acercasen a este insólito cine actual que hoy en día empieza a asomar a nuestras pantallas.

¿Cómo sale adelante un proyecto tan insólito como Honor de cavalleria? Bueno, desconozco cuáles son las estrategias de producción de un personaje como Albert Serra, que había rodado un largo previo (1), y que ahora asume el argumento, guión, producción y dirección. Posiblemente la razón primordial sea la modestia. Honor de cavalleria es un proyecto original, innovador y arriesgado. Pero no hace de ello su bandera, sino su identidad. Luce una fotografía excelente, pero la imagen no es el leit motiv sino el soporte. Albert Serra es otro director quijotesco que refleja el espíritu del hidalgo en el espíritu de su obra. Es este espíritu, esta sensación, que pretende transmitir lo que debe dar lugar a las reflexiones del espectador y de una crítica que no debería permanecer perdida en la Ínsula Barataria.

Todos los caminos llevan a Roma

Honor de cavalleria es una road movie, específicamente una película de camino (ojo, nada que ver más que el misticismo con monseñor ni con códigos varios), puesto que durante casi dos horas Quijote y Sancho transitan una serie de caminos, algunos claros, otros ocultos, en las estribaciones pirenaicas del Ampurdà. No obstante, no es una versión del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, según definió Cervantes.

Honor de Cavalleria se nos presenta como un deambular errático, sin rumbo, tremendamente onírico o, tal vez, metafísico. Los parientes más cercanos de este Quijote son los personajes de Gerry de Gus Van Sant, perdidos en su desierto, o los personajes sonámbulos de Sokhurov, o los cazadores de tigres disueltos en la selva de Tropical Malady... Serra no nos presenta las aventuras del Quijote, sino la reflexión sobre el concepto de aventuras, la reflexión sobre el concepto de Quijote. Nos enfrenta a un Quijote terminal, alucinado, descreído. Aunque también religioso, místico, orgulloso de la Caballería y de su pertenencia a la misma. Sin embargo, el tono de las imágenes, abstraído en la contemplación de la Naturaleza (en mayúsculas), es suspendido, cansino. Es un Quijote que ha quedado, definitivamente, atrapado en un mundo de ensueño. Cansado de las aventuras (¿vividas o soñadas?) no quiere, sin embargo, despertar de este sueño. Por ello Serra nos deja caer, con parsimonia, el contrapunto de un Sancho simplón, aparente débil mental, que, sin embargo, parece acompañarle para facilitarle un mínimo equilibrio con su fidelidad y su compañía. Sancho no parece entender lo que han hecho. Lo que el Quijote ha hecho. Al menos no parece darle demasiada importancia. Sólo sabe que debe seguirle y servirle cuanto pueda.

Los caminos del infierno están empedrados de buenas intenciones

El valor de la película posiblemente radique en nosotros mismos. La película está constituida tanto por las imágenes como por las sensaciones que nos producen. Esta ensoñación que se transmite a través de las imágenes llevándonos a plantear temas posiblemente tan dispares como sean las personalidades de cada espectador: la contemplación o la integración en la Naturaleza, la fidelidad a unos ideales frente a la realidad de la vida, la creencia en un orden superior.

Más allá, no obstante, de todo ello, está la primera sensación que recibe el espectador. Y, junto a la fascinación que las imágenes nos suscitan, va surgiendo, inevitable, una tremenda sensación de tedio. Honor de cavalleria es excesiva en su metraje, sencilla en sus planteamientos pero francamente difícil de digerir. Esta búsqueda del misticismo, esta contemplación del interior a través del exterior, acaba por desencadenar en el más ferviente de los espectadores un intenso sopor... Entonces ¿por qué defenderla? ¿Por qué reivindicarla? ¿Tiene sentido rechazar una película discreta como Agua por ir más allá de lo que pretende a nivel comercial? ¿O la rechazamos por insuficiente y por hipócrita? ¿Tiene sentido defender una película con capacidad de Valium superior? ¿Bastan las buenas intenciones? Los detractores argumentarán, sin duda, que Honor de cavalleria carece de guión, que el montaje disperso no es una estructura sino una ausencia total de criterio y que su desmesura, su indefinición, no tratan más que de ocultar el vacío más absoluto. ¿Depende sólo de con qué cristal se mira? ¿Depende de la idiosincrasia de cada uno? ¿De su formación, de su nivel cultural, de su ambiente? Y, en cualquiera de los casos, ¿nos corresponde a nosotros esta facultad de juzgar?... Para mí, y creo que en buena parte también para mis compañeros de Miradas, la respuesta no es tanto la intención de juzgar, de situarse por encima de nadie, de pretender detentar la verdad absoluta. No es la intención de decir la última palabra, sino la intención de dar la palabra. Dar voz a aquellos directores, a aquellos creadores cuya obra esté condicionada por los criterios comerciales y esforzarse por facilitar que alcance el mayor numero posible de espectadores. Y, en definitiva, aportar criterios que permitan al mayor número posible de personas valorar nuevas creaciones con libertad y con nuevos puntos de vista. Se habla de Almodóvar en Cannes, mucho; pero ya se habló mucho de Volver tras su estreno en nuestro país. Pese a la aparente buena acogida en la Quincena de Realizadores, se han dedicado pocas líneas en la prensa catalana y española a Honor de Cavalleria por su estreno o por su pase en el festival... ¿Por aburrida? Quizás. Pero esta gesta de Albert Serra es, sobre todo, distinta, atrevida, innovadora, atractiva... y heroica. Y esto no lo cuentan los "media". Nosotros no deberíamos ignorarlo.

(1) Crespià, la pel·lícula, no la ciutat (2004), suerte de musical coral en el que participaban los vecinos de la localidad y que nunca se ha estrenado comercialmente.

Por Antoni Peris Grao
cartel

España, 2006. Dirección: Albert Serra. Guión: Albert Serra, basado en un argumento de Albert Serra, Jimmy Gimferrer y Montse Triola, a partir de la novela "El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha" de Miguel de Cervantes. Producción: Albert Serra. Fotografía: Christophe Farnarier y Eduard Grau. Montaje: Ángel Martín. Diseño de producción: Jimmy Gimferrer. Música: Ferran Font. Duración: 110 min. Interpretación: Lluís Carbó (Don Quijote), Lluís Serrat (Sancho), Glynn Bruce, Lluís Cardenal, Bartomeu Casellas, Jimmy Gimferrer, Xavier Gratacós, Eliseu Huertas, Enric Juncà, Josep Pagès, Jordi Pau, Rufino Pijoan, Eduard Sancho, Jordi Sancho, Albert Pla.