De límites y limitaciones en el cine español
Con motivo de la escritura del presente comentario, espero que crítico, sobre Remake, último trabajo del realizador barcelonés Roger Gual, decidí recuperar en DVD el que fue su largometraje inicial, Smoking Room, una película que co-dirigió junto al argentino Julio Wallovits en 2002 y que les situó a ambos dentro del interminable catálogo de "jóvenes promesas" (luego casi siempre incumplidas) del eternamente necesitado cine español. La excusa argumental de este primer trabajo no era otra que la iniciativa de los trabajadores de una empresa multinacional para intentar instalar una pequeña estancia en la que poder fumar debido a la prohibición existente en dicha compañía, en una época en la que aún no se había generalizado semejante prohibición, la cual me parece, por cierto, un flagrante recorte de libertades individuales por parte de nuestros bienamados políticos (los cuales cada día pretenden dictarle a la gente qué tiene que hacer en más aspectos de su vida) que solamente algunas personalidades insobornablemente independientes, como es el caso de Javier Marías, se han atrevido a denunciar públicamente. Con todo, el tema del tabaco sí/tabaco no quedaba en un segundo término ya que lo que verdaderamente parecía interesar a los directores era mantener a una serie de tipologías humanas en un ambiente opresivo y dedicarse a diseccionar sus personalidades y comportamientos sociales acudiendo para ello a un montaje espasmódico y a un constante recurso al primer plano de los actores que se mostraba extraordinariamente efectivo para arrancar de ellos reacciones espontáneas, directas. Una inmediatez que, sin embargo, chocaba con cierta antinaturalidad (endémica de buena parte del cine español), cierta literalidad en los diálogos, en su dicción y construcción, que cortocircuitaba las percepciones del espectador.
Remake, firmada por Gual en solitario, repite algunos de los elementos que caracterizaban a su primera película, aunque en esta ocasión la narración parece mucho más relajada, tal vez por el cambio de ubicación de la acción. Mientras Smoking Room se emplazaba casi en todo momento en los pasillos asépticos y amenazadores de un edificio urbano, Remake transcurre en un entorno agreste y rural, una masía catalana en la que variopintos personajes acuden para un reencuentro amistoso. Décadas atrás, todos ellos abrazaban los ideales propios del movimiento hippie y vivían allí en comuna con sus hijos, pero poco a poco fueron abandonando el lugar para llevar una existencia mucho más acorde con el sistema capitalista, de modo que tan sólo uno de ellos continúa siguiendo un (aparentemente desastroso) modo de vida al margen de dicho sistema. Partiendo de esta premisa argumental, los personajes del film exploran el paso del tiempo, los sueños juveniles enterrados, la dificultad de asumir responsabilidades como padres, o los sempiternos conflictos generacionales, a través de secuencias concebidas en varias ocasiones acudiendo a planos largos y sostenidos en los que suele entremezclarse lo esencial y lo banal. En realidad, la película resulta mucho más interesante, siempre a mi juicio, cuando todos estos conflictos, a veces tratados de un modo excesivamente directo, permanecen en un segundo plano y dejan, como ocurre sobre todo en la segunda mitad del film, lugar a acciones inconexas y/o inacabadas que no persiguen ningún objetivo dramático o cómico predeterminado. Gracias a esta serie de instantes aleatorios, viñetas deslavazadas y caóticas, el realizador logra abrir la narración y así consigue incidir en la desorientación de los seres humanos, la falta de referentes espirituales sólidos o la soledad y el aburrimiento del hombre en el paisaje post-industrial.
El trabajo de Gual con los actores resulta notable, aunque sigue apreciándose algo de forzado en algunas líneas de diálogo y en interpretaciones concretas, como la de una desganada Silvia Munt o la de los niños que aparecen en una de las secuencias de la película, literalmente increíbles. La rigidez de estos actores choca con el carácter desinhibido de veteranos como Juan Diego o Eusebio Poncela. Otros intérpretes, como Gustavo Salmerón o Marta Etura, mantienen el equilibrio entre ambas opciones... Mención aparte merece el trabajo de Álex Brendemühl, presencia absolutamente impagable por su inimitable forma de hablar, escuchar y moverse, que añade un elemento inquietante a su personaje, el cual parece remitirnos (aunque tal vez él preferiría que no fuese así) al que le lanzó a la fama: el Abel de Las horas del día (2003). La mención a la magnífica película de Jaime Rosales no es baladí; en Remake hay algo de esa tensión soterrada, de esa desfachatez narrativa perturbadora, de esa enfermedad de lo banal que va más allá de la presencia de Brendemühl, sensación potenciada por algunos afortunados recursos de puesta en escena de Gual, como los cortes bruscos entre secuencias (que raramente llegan a "resolverse" de modo convencional) o, como ejemplo concreto, los silenciosos planos finales de la película, con los que se certifica el carácter irresoluble de los problemas que asolan a los personajes, así como la dificultad para enjuiciarlos por sus comportamientos o trayectorias vitales, algo que el director logra evitar en todo momento.
El film puede recordar en algunos de sus pasajes al cine de Rosales o a las últimas películas del también catalán Marc Recha, si bien desde una perspectiva posiblemente menos arriesgada, aunque siempre interesante precisamente por su carácter indefinido, movedizo, imperfecto incluso, y por su evidente renuncia a intentar emular los códigos genéricos del cine de consumo masivo. Mientras estos realizadores han conseguido, no sin dificultad, desplazar la mirada sobre la realidad hacia posiciones externas que revelen lo que subyace bajo su dudoso orden, logrando en cierto modo restablecer los lazos de unión con una modernidad cultural que este país nunca llegó a conocer, Gual parece centrar todos sus esfuerzos, si no en colaborar en dicha reconstrucción, al menos sí en evitar el peligro de que su film se integre en la corriente de complacencia desconectada de las nuevas búsquedas narrativas que caracteriza a la mayoría del cine nacional. Remake es una película desigual, a ratos irritante, a ratos realmente intensa, desequilibrada en conjunto, pero muy atractiva dentro del panorama del cine español contemporáneo. Cuando uno la visiona tiene la sensación de que el resultado es teóricamente mejorable, de que sería factible llegar más allá... Pero tal vez el objetivo para un cineasta que desee trabajar con una cierta regularidad en España no pueda, en estos momentos, ser otro que lograr huir de las tendencias dominantes, burlar el peligro del cliché y levantar una película que, al menos, atesore sutiles esbozos transgresores. Remake cumple este objetivo con creces, y resulta así más interesante que películas como la muy celebrada, publicitada y peloteada Volver, de un Almodóvar acomodaticio y fatalmente ensimismado en sus propios caprichos melodramáticos. La cuestión queda, pues, en el aire: ¿Estamos en condiciones de pedirles más a quienes trabajan en una cinematografía que ha desterrado a casi todos sus autores internacionalmente consagrados a la inactividad y/o a la marginalidad? |
| España, Argentina, 2005. Dirección: Roger Gual. Guión: Javier Calvo y Roger Gual. Producción: Pablo Bossi, Antoni Camín. Fotografía: Cobi Migliora. Música: Guillermo Scott Herren. Montaje: Alberto de Toro. Diseño de producción: Bet Pujol. Dirección artísica: Stephan Carpinelli. Duración: 95 min. Intérpretes: Juan Diego (Damián), Silvia Munt (Patricia), Eusebio Poncela (Álex), Álex Brendemühl (Fidel), Mario Paolucci (Max), Mercedes Morán (Carol), Gustavo Salmerón (Ernesto), Marta Etura (Laura), Juan Navarro (Víctor). |
|