Mutaciones en la crítica cinematográfica española
Hay textos que, por más que uno tenga muchas ganas de hacerlos, son realmente complejos. Éste es uno de ellos. No es mi intención retratar a la crítica cinematográfica de este país, lo que sigue a continuación no son más que un cúmulo de sensaciones que he experimentado en mis cuatro años como director de Miradas de Cine. Como cada vez me cuesta más ser exacto he tomado la opción contraria, ser sincero. Así que aquí empieza esta crónica de sucesos. Arrancamos por la última ocasión que he tenido de observar a un grupo de críticos cinematográficos reflexionando sobre el ejercicio crítico (1), ellos mismos aseguraban que era un esfuerzo baladí, que ya no merecía la pena. El discurso, apoyado principalmente por José Enrique Monterde (veterano crítico presidente del ACECC, tanto autor como coordinador de numerosos libros sobre diversos aspectos del mundo del cine y cronista habitual de Dirigido por... en el Festival de Cine de San Sebastián) y por Mirito Torreiro (veterano crítico cinematográfico, relevo en las filas de El País del fallecido Ángel Fernández-Santos, lo que posiblemente lo convierte en el crítico más leído de España) se basaba en los siguientes puntos: (a) Los medios de comunicación cada vez dedican menos espacio a la crítica cinematográfica y ciñen esta al ejercicio de cubrir los estrenos de cartelera. (b) El lector/espectador de crítica cinematográfica/cine ha sufrido un proceso de "imbecilización" progresivo que ha acabado por convertir a nuestra sociedad en un cúmulo de analfabetos, por lo que la batalla está perdida antes del comienzo. (c) La culpa principalmente de esta fabricación de imbéciles en cadena es de las salas de arte y ensayo que cada vez exhiben más medianías y, claro, de las distribuidoras que traen las películas. (d) No hay espacios ya para la crítica en "medios serios", puesto que Internet no cuenta, porque es un medio de comunicación, no de expresión (lo que convierte a Miradas de Cine en un juego de paletos amateurs), sin que se citaran en ningún momento revistas como Letras de Cine, únicamente revistas ya desaparecidas como Travelling o Scope, como prueba de que estos productos minoritarios estaban condenados a la extinción. (e) Ellos poseen la credibilidad absoluta, porque "el trabajo da la credibilidad". Únicamente Carlos Losilla supo entonar un mea culpa diciendo que los críticos seguramente tenían buena culpa de esta perdida de interés por la crítica cinematográfica y, en definitiva, de que la crítica cinematográfica española se encuentre en este estado de coma irreversible tan lamentable.
He de reconocer que es duro. En cada apreciación existen múltiples matices. Es indudable que los directores de los medios de expresión están tendiendo a reducir el espacio de la crítica de las artes, hasta que estos se conviertan en un texto flexible y accesible para que el lector conozca las sinopsis de las películas y si estas son buenas o malas según opine el crítico de turno. La evolución lógica de todos estos escritos acabará convirtiendo la crítica en un resumen del argumento y una puntuación del cero al diez, para que así los lectores sepan lo que deben o no deben ver en las salas de exhibición cinematográficas, o en casa con el cada vez más poderoso, a nivel industrial, soporte digital, o por televisión. Las revistas cinematográficas no son ajenas al problema. El hecho de que Dirigido por..., la única revista exclusivamente de crítica de este país, cada vez aparezca más deslavazada e inconexa; es increíble que una revista que posee las firmas de muchos de los mejores críticos españoles (Losilla, Quintana, Heredero, Rodríguez...) se base únicamente en cubrir los estrenos cinematográficos y en realizar estudios de cineastas y géneros clásicos. Por sí mismo no es un defecto. Hay muchos cineastas dignos de reivindicación y, como dice Carlos Losilla, no se puede entender a Tsai Ming-liang sin conocer a Antonioni. Pero esta mirada unidireccional está cada vez más cerca de la desaparecida Nickelodeon, o del modelo de programa de José Luis Garci "¡Qué grande es el cine!". La tristeza es que el crítico cinematográfico no posee ya ningún tipo de interés en aquello que no debe reseñar.
Pero claro, la culpa es de los demás. De los cines, de las distribuidoras, de los imbéciles espectadores, de las revistas, de las televisiones, de las editoriales, de Internet... el crítico es un ser intocable y perfecto, cuyo trabajo le ha otorgado la credibilidad. Vaya, que también le podía haber otorgado la credibilidad una zarza en llamas con la voz de Siegfried Kracauer, o un monolito que ha aparecido en el salón con el artículo Ali Baba et la politique des auteurs de François Truffaut grabado en cirílico. Reconozco que es fácil hacer chistes al respecto. Soy consciente que estoy cayendo en el mismo error que Monterde y Torreiro al generalizar el problema. Existen críticos ya no sólo brillantes, sino también —al margen de la edad, porque está mal entendido el hecho de que sea un problema generacional—, críticos interesados en qué está ocurriendo "ahí afuera", donde cualquier medio extranjero (francés, norteamericano, británico, sudamericano...) está cuatro o cinco años por delante de los medios españoles. Pero son pocos, no nos engañemos. Existe mucho victimismo y, también, mucho pasotismo al respecto. Hay una crónica específica de la enfermedad, pero nadie está preocupado por el remedio.
En la actualidad está ocurriendo un fenómeno magnífico. La cinefilia está mutando a mayor velocidad, incluso, que el propio cine. Hoy en día, gracias a Internet, el nuevo público cinéfilo tiene acceso a la mayor videoteca de la historia del cine. Un catálogo infinito de películas al que acceder y tener así la posibilidad de formarse, ya no como crítico, sino como espectador aventajado. Encontramos así gente brillante, ya viva en Vigo, Guadalajara o El Ejido —ciudades y pueblos sin acceso a salas de arte y ensayo, festivales o filmotecas donde saciar su curiosidad cinéfila—, que conoce a la perfección filmografías de autores que, igual, no tienen ninguna película estrenada en nuestro país. Esta gente se expresa a través del mismo medio, con lo que la figura del gacetillero de diario, cada vez más aséptica y menos sugestiva, es sustituida por foros, blogs o revistas como esta, cuya existencia sería imposible si no fuera gracias a la red. En un mundo globalizado donde ya estamos acostumbrados a que nos impongan miradas y gustos, es un placer que exista un medio democrático en el que poder expresarse en total libertad. Por supuesto esto crea un buen número de peligros, el básico: hay que saber aplicar un filtro a la información. Cualquier persona puede crear su propia plataforma y divulgar así sus opiniones, sin que estas tengan que ser validadas o interesantes. De acuerdo. ¿Pero eso implica que las críticas de El País o El Mundo han de interesarnos necesariamente? Por supuesto, la credibilidad bla-bla-bla bla-bla-bla... la realidad es que ya no interesa ni el medio, ni el formato, ni la película, ni el director; al menos en mi caso, acudo a leer a la gente que me interesa, ya sea Miguel Marías o Hilario J. Rodríguez, dándome igual sobre lo que opinen, únicamente por el placer de leerlos.
Se nos olvida que la crítica cinematográfica ha de ser una expresión creativa. No interesa, a no ser que uno sea fácilmente influenciable, la opinión del crítico en sí, lo que es necesario es su reflexión. Así que si el crítico no reflexiona, no interesa. La crítica cinematográfica es un género literario, y ni complementa, ni juzga, ni acompaña, ni ninguna de esas mandangas, a las películas. Ejercer la crítica es un acto de creación tan válido como el de realizar una película. Para adjetivar y puntuar ya existen las diversas tablas de puntuación que pueblan las revistas, incluida esta. La crítica cinematográfica, reversionando a Godard, ha de ser una cuestión moral, un ejercicio ético donde a partir de la escritura uno exprese su particular e inequívoca mirada sobre la película (o sobre lo que trate el artículo). Un trabajo subjetivo, no necesariamente analítico ni historiográfico, que debe huir del yoísmo, y que a partir de un ejercicio particular, devenga una reflexión colectiva. No desdeño los trabajos de análisis académico o con voluntad de diccionario, pues son de ellos de los que me nutro para completar mis reflexiones sobre lo visto, pero creo que la labor del crítico ha de ir más allá. Siempre habrá alguien más inteligente y con mayores conocimientos que haya escrito previamente sobre el film que habremos de escribir. Por eso no encuentro interesante escribir artículos de estudio de puesta en escena, los que comentan las películas plano a plano, etc., como digo, seguro que alguien lo ha hecho antes mejor que yo. Así que mi función como crítico es establecer la relación que existe entre la película y yo, y eso está sujeto tanto a mi modo de entender la belleza de la vida, como a mi particular estado emocional o a las tendencias artísticas que en ese momento me interesen, o simplemente, a mi manera de enfocar la mirada. Así la opinión carece de importancia. Tu relación con las películas es cambiante, así que da igual si estás más o menos equivocado, lo importante es que la sinceridad con la que afrontes la experiencia sea absoluta. Es necesario, quizás hoy más que nunca, el arrojo crítico. En este país donde ha desaparecido cualquier tipo de teorización cinematográfica, también ha desaparecido la voluntad de crear tendencias. Así que hay que arriesgarse, hay que apostar y hay que pelear. Te equivocarás una y mil veces, seguro, pero si un crítico pierde su ética, su curiosidad y su arrojo lo pierde todo. Será el momento en que te llamen de las televisiones para que expliques los errores de raccord en Ben-Hur (William Wyler, 1959).
¿La solución pasaría por una renovación crítica? Es fácil decir que sí, pero también es fácil equivocarse. Ya he hablado del filtro necesario para aplicar en cualquier medio de expresión, la "generación Internet" está plagada de críticos en potencia, pero también de mucha morralla discursiva. Como dice Álvaro Arroba, director de la muy necesaria Letras de Cine —la revista con la línea editorial más agresiva de la crítica cinematográfica española— el problema del cine es que cualquiera puede hablar de él con una opinión formada. Lo que no implica que esa opinión sea medianamente interesante, o todo lo contrario. Queda claro que lo que no hay que hacer es perder el interés, hay que ver mucho cine, es cierto, pero no olvidemos que el mundo de las artes es cambiante y está interrelacionado, por eso el crítico siempre ha de estar investigando, buscando, experimentando. Hemos de combatir como sea la apatía crítica y, conociendo sus errores, evitar caer en los mismos. Posiblemente el error más común de la "generación Internet" sea que en su espíritu de respuesta a los modelos establecidos esté desdeñando una mirada al pasado. Dicho con ejemplos: es más fácil encontrar hoy a un joven que conoce toda la filmografía de Hou Hsiao-hsien o Bela Tarr y que sin embargo no haya visto una sola película de Andrzej Wajda, Satyajit Ray o Jean Eustache (este es un comentario escuchado/leído de críticos tan necesarios como Àngel Quintana o Carlos Losilla). Como he dicho antes, es el nuevo perfil del cinéfilo: alguien que conoce perfectamente Sátántangó (1994. Bela Tarr), M/Other (1999. Nobuhiro Suwa), Trouble Every Day (2001. Claire Denis) o Blissfully Yours (2002. Apichatpong Weerasethakul), y que no ha visto Breve encuentro (Brief Encounter, 1945. David Lean), Río Rojo (Red River, 1948. Howard Hawks), Los canallas duermen en paz (Warui yatsu hodo yoku nemuru, 1960. Akira Kurosawa) o El año pasado en Marienbad (L'année dernière à Marienbad, 1961. Alain Resnais). Es un error, pero pocos errores son tan fácilmente subsanables, además de tremendamente sugestivos. Y esto vale para todos.
Para que exista una renovación crítica en condiciones es necesaria una convivencia, y esto no se está dando más que en casos puntuales, como en el libro sobre Claire Denis Fusión fría coordinado por Álvaro Arroba para el festival de cine de Gijón, en la sección de crítica cinematográfica de Rock de Luxe que coordina Quim Casas, y en revistas electrónicas como Tren de sombras o Miradas de Cine, donde hemos dado pie a la colaboración con críticos de otros países. Pero son movimientos escasos, y reconozcámoslo, minoritarios. Parece que todo sea adverso para ejercer la función crítica, bueno, al menos desde aquí, intentaremos seguir plantando batalla, procuraremos no desinflarnos, aunque nos ninguneen o directamente nos insulten. Pero voy a hacerme mías las palabras de Roger Ebert sobre Sam Peckinpah: «miro sus películas y supongo que representan una continua parábola sobre un profesional que hace lo que sabe hacer bien, dentro de una agonía personal y profesional» (2), eso es lo que intentamos hacer desde Miradas de Cine, y como cierra Fritz Zorn su brutal libro Bajo el signo de Marte, nosotros también nos declaramos en estado de guerra total.
(1) El encuentro estuvo incluido dentro del taller que organiza el ACECC (Associació de Crítics i Escriptors Cinematogràfics de Catalunya) sobre crítica cinematográfica. En la mesa redonda estaban: José Enrique Monterde (moderador), Manel Quinto, Carlos Losilla, Desirée de Fez y Mirito Torreiro. Se celebró en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) a principios de abril de 2006.
(2) EBERT, Roger. Las grandes películas. Ediciones Robinbook. Sello Ma Non Troppo. Barcelona, 2003.
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