Vicios de un ejército resentido
La crítica es el bastión del enemigo, compuesto por seres despreciables que se dedican a diseccionar, destripar, triturar obras maravillosas, desdeñando el tiempo, el sudor y la valiente iniciativa que en ellas se encuentra depositada. Ni uno de los especialistas que escribe sobre cine es capaz de filmar algo que se acerque remotamente a las obras que en forma sistemática vapulea. El crítico tiene envidia de no saber crear su objeto de admiración, de no poder poseerlo, y debe conformarse con un placer sublimado que encuentra en la escritura. Su frustración crece en círculos concéntricos y se descarga impíamente en obras que no consiguen colmar su vacío existencial, y que, dicho sea de paso, jamás podrían colmarlo. Si uno examina una crítica particularmente hostil, se dará cuenta de que nadie odia tanto al cine como el crítico; odia haber quedado por fuera del proceso de producción audiovisual, odia estar obligado a sentarse durante horas frente a engendros que aborrece, y sobre todo, odia la inocencia infantil del espectador común, quien sabe emocionarse y gozar del cine sin los preconceptos y las exigencias que surgen de la atribulada experiencia, de las miles de horas sobrantes e inútiles de exposición al celuloide. Una carga impresentable que lleva todo crítico (1).
¿Cómo contrarrestar a este horrendo ejército de sombríos y resentidos analistas? Asumiendo que el enemigo está en uno mismo, que todo cinéfilo trae a un crítico malhumorado dentro, y que debe luchar para evitar que opaque su percepción. A partir del momento en que uno va al cine con el ceño fruncido de antemano, cuando tiene la seguridad de que eso que va a ver no le va a gustar, ya esta cediendo terreno a ese demonio. Es necesario darle la misma oportunidad a todas las películas que nos toca comentar, intentar sentirlas y verlas desde dentro, no en un afán quirúrgico de descubrir sus defectos, sino con la intención de disfrutarlas, en la actitud sumisa y abierta del espectador bien predispuesto. Si la película no logra llegar de esta forma probablemente no tenga remedio alguno, y quizá entonces merezca ser destratada, pero cuando los prejuicios conducen a los análisis, ya desde el vamos, vamos mal.
Los pedantes de siempre. Una característica de la crítica de cualquier parte es la de ser demasiado pretenciosa. Todo crítico debería partir de la base de que él es sólo un puntito acuoso y de breve existencia que vaga perdido por el cosmos, que su opinión no vale más que la de cualquier otro mortal, que su crítica no va a cambiar el mundo, y que sus escritos son sólo éter que se pierde directa o indirectamente en más éter.
Si bien el oficio de crítico no va a ayudar a nadie a ligar mejor con el sexo opuesto y no existen premios al "mejor crítico del año", de todas formas se puede ver en toda redacción al menos un individuo altanero que trata de sobresalir y de demostrar a toda costa la cantidad de cine que vio y la erudición de sus observaciones. Algunos lo disfrazan bastante bien, y por ejemplo citan en un mismo párrafo decenas de películas que ningún lector podría aspirar a ver, o nombres de directores que no van a cuento. Muchos de estos críticos (por lo general los mismos) eligen cuidadosamente palabras sofisticadas que aprendieron recientemente para parecer más cultos de lo que realmente son. Cuando uno habla con ellos, asegurarán haber visto cuanta película le nombren, pero lo cierto es que: a) quizás las hayan visto, pero no recuerden ni la mitad de lo que ocurría en ellas; la memoria, por fortuna, es limitada y selectiva. Pero lo más probable es que b) mientan, que no hayan visto muchas de ellas y no quieran admitirlo. Existe suficiente buen cine como para quedarse postrado durante una década viéndolo a tiempo completo, y todo crítico con un mínimo de humildad debería admitir que no es posible abarcarlo todo.
Géneros desprestigiados. El cine de géneros ha cargado desde siempre con la maldición del menosprecio crítico. Paulatinamente, los años suelen elevar de categoría y agregar algo de prestigio a los géneros más antiguos, siendo el western, el musical, el terror, el policial, el thriller, la comedia, los dibujos animados o el cine de aventuras, géneros hoy ya consagrados y de considerable aceptación crítica general. Otros no han tenido tanta suerte, como el cine de artes marciales, que comenzó a conocerse tardía y muy parcialmente en occidente, y se considera aún un género menor y sin valores artísticos, a pesar de sus parecidos con el musical tanto a nivel estético como por la antigüedad de sus orígenes. Otro género desprestigiado es el gore, condenado a ser visto desde siempre como cine de explotación, o la pornografía, el cual es, por razones prácticas, un terreno al que la crítica ni se acerca; esto se explica ya que por entusiasta que fuese, ningún crítico especializado exploraría los millares de películas pornográficas que se conciben internacionalmente y la ínfima calidad media de estos productos aleja hasta al mejor intencionado. Algo parecido venía pasando hasta ahora con el anime, pero recientemente películas de Miyazaki, Otomo o Mamuro Oshii han sabido atraer hacia estos espacios la mirada crítica occidental.
En la gesta de cada nuevo género o subgénero existe al menos una obra maestra de aceptación tardía, que los críticos no saben captar en su momento. La respuesta inmediata de la crítica a toda nueva tendencia cinematográfica con dividendos comerciales asegurados es el desprecio absoluto, una actitud que puede con el tiempo distenderse y aminorar, pero que es, cuando menos, generalizadora e intransigente en sus comienzos. Para no caer en este error común de la crítica, lo fundamental es no dividir arbitrariamente al arte en parcelas o géneros "mayores" o "menores" (casi todo el mundo lo hace, aunque sea en forma inconsciente), y saber comprender las "reglas" internas de funcionamiento de cada género, para poder captar la ruptura, la innovación, los desafíos estéticos que de allí surgen.
El culto a lo sugestivo. Si hay un mérito que cabe señalar al cine de géneros es el de su absoluta falta de pretensiones. A diferencia del cine que apunta a la reflexión o al compromiso social —y que siempre ha gozado del respaldo de la crítica—, sus películas son en su mayoría pensadas para la fruición inmediata. La idea de ciertos críticos de que el cine debe de "hacer pensar" tuvo sus orígenes a comienzos del siglo XX, y surgió como una respuesta al arte como entretenimiento, al que se le achacaba la transmisión de los valores de las clases acomodadas, y, por extensión, se lo veía como instrumento de manipulación y dominio. La escuela de Frankfurt, que estuvo dotada de grandes pensadores pero sobrevaloraba el poder de los medios, arremetió apocalípticamente contra "la industria cultural" y contra casi todo el cine existente. Los argumentos esgrimidos en su momento fueron muy bien recibidos, aunque algunos puedan sonar hoy un tanto absurdos. Se decía que el cine no permite la reflexión porque «(…) el espectador no puede fijar las imágenes, estas pasan rápidamente y golpean al espectador, que cuando se dispone a contemplar la imagen que lo impactó es nuevamente golpeado por una imagen diferente (…)» (2). Sobre los productos culturales ideados para el esparcimiento se argumentaba: «Divertirse significa estar de acuerdo. (…) Divertirse significa siempre que no hay que pensar, que hay que olvidar el dolor, incluso allí donde se muestra. La impotencia está en su base. Es, en verdad, la huida, pero no, como se afirma, huida de la mala realidad, sino del último pensamiento de resistencia que esa realidad haya podido dejar aún. La liberación que promete la diversión es la liberación del pensamiento en cuanto negación» (3). La disociación como opuestos inconciliables en los términos "reflexión" y "diversión" probablemente sea el mayor error de la crítica desde que el cine es cine. Aún hoy se sigue encumbrando al cine serio, sugerente, reflexivo y elíptico en detrimento de ese otro cine "superficial" y de entretenimiento, y así es que megabodrios reflexivos se convierten en obras maestras y películas íntegramente disfrutables como Sin City (ídem, Robert Rodríguez, 2005), Celular (Cellular, David R. Ellis, 2004), Kiss Kiss Bang Bang (ídem, Shane Black, 2005), o El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, Zack Snyder, 2004), son defenestradas y tachadas de "superficiales".
De superficies y estructuras. La palabra "superficial" se ha vuelto un comodín que la crítica utiliza para desprestigiar al cine que no le satisface. Lo curioso es que no existe necesariamente en el término una connotación peyorativa, y la superficialidad puede ser en muchos casos una ventaja, si lo que se pretende es ir al cine sencillamente en busca de emociones, o de dejarse llevar por una trama seductora.
Susan Sontag escribió en 1967 un excelente ensayo (4) en el que defendía los valores artísticos de ciertas obras de la literatura pornográfica como "Historia de O", "Madame Edwarda", y "Trois filles et leur mère", entre otras. El argumento de mayor peso que la crítica utilizaba para excluir a la literatura pornográfica de los dominios del arte era que en ella los personajes escapan a lo humano y que devienen cuerpos deshumanizados y caricaturescos, carentes de densidad emocional. Sontag rebatía que en estas obras «Los personajes están dotados de emociones de tipo muy intenso aunque obsesivas y, en verdad, totalmente asociales. Tienen también motivos aunque no sean motivos psiquiátrica o socialmente "normales"». Siguiendo esta lógica, personajes protagónicos como los de Kill Bill, Sin City, los de Park Chan-wook, o los de gran parte del cine de acción de Hong Kong son caracteres extremos y obsesos en lo que concierne a concretar sus venganzas. Distan sobremanera las motivaciones de ellos, las de Indiana Jones, las de Spiderman o las de Luke Skywalker de las de cualquier hijo de vecino, y allí precisamente es donde radica su enorme atractivo.
La ventaja de parte de este cine "superficial" es el de conformar en su narración, en su estructura interna, en su estética, un todo coherente que poco tiene en común con lo social, o con lo "humano", es decir, con la complejidad de los seres humanos, con su relacionamiento y su vida cotidiana, sino que precisamente apunta a lo extrahumano, a realidades alternativas que poco tienen que ver con el entorno inmediato del espectador y que, regidas por reglas propias le permiten tomar distancias de la rigidez mundana. No todos parecen darse cuenta del ejercicio mental que implica adoptar las pautas de funcionamiento de contextos distintos a los que se habitan, y el cine de géneros ha pavimentado desde siempre, bellos esquemas donde situarlos.
Las mentes más estrechas reniegan de la ciencia ficción, ven a los dibujos animados como un género inútil, fruncen el ceño cuando en una película de artes marciales un personaje vuela o logra piruetas inconcebibles. Tan anclados están a su realidad inmediata. No es de extrañar que un niño que ve regularmente la televisión, que se encuentra en contacto frecuente con los géneros "menores" y que en consecuencia entra y sale continuamente de mundos alternativos, no tenga dificultades para aprender a manejar un programa o un juego de ordenador, para captar esquemas abstractos, adaptarse a nuevos contextos, para el cambio en general. El cine de géneros desestructura, rompe barreras mentales, estimula la imaginación. También debe decirse que está repleto de pastiches infumables, ingenuo sería negarlo, pero de seguro provee al cine de una vitalidad, una inspiración y un vuelo creativo que no suele encontrarse en ese otro cine más "serio" y de prestigio crítico.
(1) Quien escribe estas líneas no pretende excluirse de la "crítica infecta" aquí castigada. La mayoría de las observaciones presentes en este artículo no hubiesen podido ser tales sin una dolorosa aunque necesaria introspección.
(2) Walter Benjamin, "La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica", en Discursos interrumpidos 1, Ed. Taurus, Madrid.
(3) Herbert Marcuse "Eros y civilización", Joaquín Mortiz, México.
(4) Susan Sontag, en Estilos radicales, "La imaginación pornográfica". Punto de lectura 363. Santillana, Buenos Aires.
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