José María Latorre (Zaragoza, 1945) es coordinador general de la revista especializada Dirigido por... desde 1982. Su obra como escritor cinematográfico abarca diversos ensayos, libros colectivos y colaboraciones en Dirigido, Nosferatu, Film Ideal, ABCD, Diario 16, La Vanguardia, entre otros medios. También ha escrito guiones para cine y telvisión, así como textos sobre literatura y música. Su dedicación principal, sin embargo, es la de escritor: ha publicado desde principios de los 80 más de veinte novelas y numerosos relatos. No me resisto a mencionar mis preferidos a día de hoy: el ensayo  "El cine fantástico", y el memorable relato fantástico "La amante de Hamlet", incluido en el volumen "Relatos desde la muerte". Su web oficial, www.jmlatorre.com, contiene información detallada sobre toda su obra y tiene abierto un foro de debate para el público.

La presente entrevista fue realizada a lo largo de unos siete meses a través del correo electrónico: la comenzamos en otoño de 2005 y la dimos por concluida el pasado mes de abril, tal vez de forma un tanto abrupta y precipitada por mi parte, agobiado por las fechas (nos habíamos marcado el objetivo de incluirla en esta primera parte del dossier) y también pensando en no abusar más de José María Latorre, el cual se lamenta en muchas ocasiones, con toda la razón, de la escasez del tiempo que tenemos, siempre deseando disponer de un poco más. Con la finalidad de buscar la comodidad a la hora de leer la entrevista, he reordenado las preguntas y respuestas respecto a su cronología original, de tal manera que aparecen agrupadas por su contenido relacionado. Espero sepan disculpar cualquier indicio de caos o anarquía, y las posibles carencias o excesos, todo ello debido a mi impericia. En el haber, no obsante, están  las respuestas de José María Latorre, donde encontrarán, estoy convencido, no pocos comentarios de interés, afortunadas reflexiones sobre el cine, la crítica y la vida en general.

—Has expresado en varias, en muchas ocasiones, que la crítica de cine debería ser expresión de cómo el autor entiende el mundo. Esta idea, que comparto plenamente, no se encuentra, sin embargo, muy extendida en la actualidad, ni siquiera en publicaciones especializadas. No hace falta retroceder en el tiempo hasta el Dreyer crítico o las teorías de Bazin, basta leer un «Fotogramas» de principios de los noventa y uno actual, para comprobar que algo ha cambiado... ¿Cuáles son, a tu juicio, las causas de esta especie de involución?
—Voy a tratar de explicarme lo mejor posible para no ser mal entendido. Para empezar, no me gusta la palabra «crítica», prefiero decir «análisis» o «comentario personal». No me gustan los trabajos que se limitan a decir si una película es buena o mala: no hay un baremo para medirlas y eso cada vez tiene menos interés para mí, sobre todo cuando provienen de personas cuya opinión me deja indiferente. Lo que se debería hacer es analizarlas en lo que ofrecen, sin ocultar la visión del mundo de cada comentarista, que siempre será distinto porque cada uno tiene su propia cultura (que a veces es falta de cultura), su propia personalidad, y eso daría frutos muchísimo más interesantes. Ahí entramos en el problema: no se encuentra cultura ni personalidad en buena parte de quienes hoy escriben o hablan sobre cine. Hay un exceso enfermizo de cinefilia, que impide tener miras más amplias y enrarece la atmósfera... Te asustarías si leyeras algunas cosas que llegan a la revista, de personas que quieren dedicarse a escribir, y eso sin hablar de las faltas de ortografía, de los atentados contra la sintaxis o de la pobreza del léxico. Estoy harto de duchas a lo Psicosis, de oír cómo se utilizan hasta la náusea frases de películas a las que por insistencia se ha convertido en míticas, como, p.ej., Casablanca o Blade Runner (¡sí, ya sabemos lo de la Puerta de Tannhäuser que dice el replicante, y lo siguen poniendo en el papel cada vez que hablan de ella!). Existen la música, la novela, el ensayo, la poesía, el teatro..., ¡existen tantas cosas que se deberían tener en cuenta! No sé por qué el que la escribe (a menudo «el que la redacta», pues en general hay poca escritura), tiene que desaparecer detrás del texto, a no ser que personalmente no tenga nada que ofrecer, lo cual también sucede, y eso puede acabar convirtiéndolo en un robot que se sienta en una butaca para dictaminar si un film es bueno o malo, es decir, autoconcediéndose el derecho a destrozar lo que quiera como si poseyera un don innato cuando, a veces, nunca se ha planteado problemas de puesta en escena ni sabe escribir un relato. Eso me parece una monstruosidad. Todavía hay quienes dicen: voy a hacer la «crítica» de tal película porque quiero «darle un palo». Otra cosa que detesto, y que da una idea no sólo de la incultura de algunos y de su catadura moral, es la práctica del insulto cuando no coincides con su gusto. En fin... No quiero decir que se deba practicar exclusivamente ese tipo de análisis estructuralista que a menudo recuerda a una autopsia, y para el cual una película es como un cadáver tendido en una camilla al que hay que rajar con el bisturí, y que a veces extrae conclusiones que podrían ser extraídas por cualquier espectador medio dormido. En cuanto a lo de «Fotogramas», no puedo decir nada porque nunca he leído esa revista.

—Comentabas en el foro de tu web personal que últimamente no acostumbras a leer demasiado sobre cine; no obstante, tal vez sí encuentras algunos autores u obras de interés. ¿Es así? ¿A quiénes o qué trabajos destacarías?
—Es verdad, no leo demasiado sobre cine y sí mucha literatura... Incluso me asusto al ver cuánto he leído y continúo leyendo (desde hace unos años apunto los títulos en una libreta), y cuando veo la cantidad de libros de literatura que sigo comprando, siempre con el propósito de leerlos algún día, y además pronto a ser posible. Los libros, artículos y reseñas sobre cine me suelen aburrir. Cuando a veces lo he intentado, me he encontrado con cosas que se han dicho y repetido mil veces, o con escritos farragosos que son así porque el que los escribe (o redacta) no sabe escribir (en ocasiones ni redactar) y que, al leerlos, descubres que en el fondo no dicen nada sino que se limitan a «coser» frases hechas, huecas o rimbombantes. Recuerdo que hace años me extrañaba la ligereza con que algunos usaban la palabra «alma», que tantas dudas me suscitaba personalmente. Por eso me satisface encontrar a personas cultas, como Carlos Losilla, que tienen una mirada personal, también sobre el mundo, y saben cómo expresarla. Volviendo al tema: yo mismo podría haber escrito muchos libros sobre cine, pero no he querido hacerlo, son un pequeñísimo porcentaje dentro de mi obra. Se ha llegado a tal saturación de libros sobre el tema del cine que veo a éste como una especie de cadáver sobre el cual se abalanza todo el mundo. Casi todos quieren tener «su» libro sobre cine.

—Recuerdo que recomendabas la recopilación de críticas del guionista James Agee, y destacabas su personalidad tras ellas. Me pregunto si has encontrado algún otro autor no reconocido por su labor crítica que te haya interesado. Aprovechando el tirón, ¿fueron tan importantes los críticos franceses? ¿Qué te parece la labor como teórico y crítico de Carl Th. Dreyer?
—Hilario J. Rodríguez también es una persona muy culta, con una visión personal del mundo. A veces le discuten lo que escribe, cosa que se puede hacer, por supuesto, con él y con todos, pero no cabe duda de que tiene una voz propia. Hay algunos, pero otros, sí, me aburren profundamente. Agee era un grandísimo escritor, un excelente novelista (su novela «Una muerte en la familia» debería ser de lectura obligatoria; tiene otra, pero no existe traducción española) de fuerte personalidad, y eso se nota en lo que escribió sobre cine. En cuanto a los críticos franceses, su aportación más importante fue, a mi modo de ver, que consiguieron llamar la atención sobre films y cineastas en los que antes nadie se fijaba o, en todo caso, eran tratados despectivamente. Los escritos de Dreyer son buenos, buenísimos, pero permíteme que prefiera las películas que hizo. No veas en ello nada peyorativo, ni mucho menos, ¡pero rodó films tan extraordinarios...!

—También prefiero, sin lugar a dudas, las películas de Dreyer a sus escritos, los cuales tuve ocasión de leer durante la pasada primavera (1): me sorprendió encontrar a un autor que teorizaba sobre el cine, mucho antes de que lo hicieran los famosos miembros de «Cahiers», con bastante más rigor que éstos a mi juicio. Pienso que la política de autor emprendida por la crítica francesa también provocó que se mirara a otro cine de manera injusta y muchas veces bastante despectiva; he leído artículos de Truffaut y de Rohmer, por ejemplo, en los que se sitúan muy por encima de la obra que analizaban incluso insultando. Igualmente defendían ideas tan discutibles como que un mal film de autor tiene más interés que un buen film que no es de un autor...
—Eran otras circunstancias y otra época, y es necesario situarse en ella  para entender bien lo que sucedió. Todo estaba muy vivo y era frecuente ver un film dos o tres veces para escribir una opinión. Pero es verdad: Truffaut, sobre todo, podía ser muy insultante; y hoy se sigue practicando el insulto escribiendo aún peor de como lo hacía Truffaut. No obstante, hubo cosas buenas, menos buenas e incluso nefastas. Eso del cine de autor o no autor ha dado lugar a grandes aberraciones, y apuntas bien una de ellas. Ciertos cineastas franceses fueron víctimas injustas de esa postura, pero también algunos de otros países, lo cual se suele olvidar... Por ejemplo, el desprecio al cine de Fellini llegó, a través de aquellos críticos, hasta los años ochenta y noventa, e incluso hoy existen residuos. Es curioso que los revisionistas franceses quieran hacer justicia, ¡vaya utopía!, precisamente sólo con el cine francés.

 —La revista especializada «Dirigido por...», que coordinas desde hace más de veinte años, es un indiscutible referente de la crítica española. ¿Cuáles crees que son las características más relevantes de la revista para conseguir el nivel de calidad que tiene?
—Hablaré de supervivencia. Sus dos principales características son las que a menudo le reprochan: hay gran diversidad de opiniones entre quienes escriben (o redactan) en ella, y no una política de revista, por llamarla así, lo cual asegura la variedad aun a riesgo de la dispersión; y observar los cambios de tendencia de los espectadores lectores. Estoy convencido de que si hoy publicáramos un número similar a los que aparecían en los años setenta u ochenta, e incluso noventa, la revista no se vendería. Y también a la inversa: si en los setenta, ochenta o noventa hubiéramos publicado un número similar a los que aparecen hoy, tampoco lo habríamos vendido. Si me refiero a las ventas, y por lo tanto a la supervivencia, es porque detrás de la revista no hay nada más que la inversión personal de unos señores que hacen cuentas todos los meses. Coordino «Dirigido por...» desde el año 1982 y he tenido que ser testigo de muchos cambios. En lo referente a la calidad, eso no es general de la revista sino que depende del interés (de la cultura) que puede tener cada colaborador y del deseo que pueda tener el lector de acceder a opiniones diferentes de la suya.

—Hablar de «Dirigido por...» suscita, sin embargo, un debate alrededor de sus carencias, de la evolución que ha ido teniendo a lo largo de los años y también del poco alentador estado de las cosas en España, que tal vez le haya beneficiado en el mercado, pues prácticamente es la única opción (con ese formato) existente para el aficionado. ¿Cómo ves todo esto desde tu posición de máximo responsable?
—Aquí entramos en otro terreno, aunque estrechamente vinculado con el anterior. No es la revista que haría si fuera mía. Es evidente que aparezco como máximo responsable de ella, y debo asumirlo, mas no tengo poder para tomar las últimas decisiones sobre los contenidos, que siempre son de uno de los propietarios,  aunque haya habido propuestas mías que han sido admitidas: p.ej., la idea de ir publicando «dossiers», o la última página, «En busca del cine perdido», que en principio ideé para llevarla yo mismo... La línea me viene dada impuesta, así como la obligación de que haya buenas fotografías. Es necesario combinar temas, ofrecer una parte de cine clásico (lo llamo así para entendernos, aunque es un término discutible) y otra de cine actual. Los datos de ventas han informado de que se suele vender más cuando se anticipan artículos sobre films de inminente estreno, sobre todo cuando son esperados por los aficionados, y eso va a seguir así, al menos por el momento; pero se trata de combinarlos con otros menos comerciales y aprovechar el apogeo del dvd para incluir artículos sobre films que de otro modo no aparecerían. Lo que detesta el propietario son los festivales, y cada vez quiere que se les conceda menor atención. Probablemente todo sería distinto si los espectadores tuvieran otro perfil, pero es cierto que las cosas no son hoy como hace varios años: no hace falta pensar mucho ni mirar demasiado a nuestro alrededor para darse cuenta de que hay mucho menos interés por la cultura, por toda la cultura, y pocos lectores aceptarían gustosamente, como sí sucedía antes, artículos sobre, p.ej., Herzog, Schmidt o Syberberg (hoy serían otros nombres); muchos pasarían esas páginas sin leerlas y tal vez acabarían no comprando la revista. Soy pesimista, y creo que en el futuro aún será peor. Son cosas que suceden cuando se depende, como es el caso, de las ventas, pues la revista no hay más apoyo oficial que un puñado de suscripciones que concede el Ministerio para los centros oficiales. Yo no haría hoy ninguna revista, tampoco de cine o de literatura, porque me interesa muchísimo más la creación, pero si tuviera que hacerla sería tipo «Turia» o «Revista de Occidente», es decir, con formato de libro y sin fotos. También debo decir, y no pretendo echarme flores, que algunos de los que escriben en la revista no escribirían si yo no estuviera, porque les encargo todo cuanto puedo, y ellos lo saben. Y del mismo modo, si por mí fuera algunos no escribirían. No es extraño que no aparezcan más revistas especializadas con este formato: no creo que duraran demasiado en estos tiempos. Está claro que cada vez se lee menos, no sólo revistas, también libros. Quedan las publicaciones que pertenecen a instituciones oficiales, como «Nosferatu», en el País Vasco, que suele ser buena, o «Archivos de la Filmoteca», de Valencia, pero incluso no veo el futuro claro para ellas, pues dependen de las decisiones políticas.

—El sello que edita la revista también publica libros dedicados al cine: una serie mayor dedicada a ensayos sobre temas y directores, y una colección denominada «Programa doble», con análisis de dos películas. Una oferta interesante que parece no tener la continuidad deseable, al menos los ensayos (sólo se han publicado, creo, doce en veinte años). Supongo que aquí también entra el problema de la rentabilidad económica. ¿Se tienen programados nuevos títulos? Además la editorial también tiene desde hace más de diez años otra revista mensual, «Imágenes de Actualidad», la cual se acerca en formato a lo que ofrecen otras publicaciones sobre cine editadas en España, como «Fotogramas» o «Cinemanía». ¿Qué implicación tienes en ella, aparte de la atractiva sección sobre libros que firmas? ¿Apareció con el fin de asegurar la supervivencia de «Dirigido»?
—Al principio estaba previsto editar más, pero las circunstancias no lo han permitido. Son libros de alto coste (el papel es caro, más las fotografías, la impresión...), cuesta tiempo amortizarlos y la revista no es precisamente una potencia económica. Pero dos colaboradores están escribiendo uno. El caso del «Programa doble» es diferente: son libros que cuestan menos y se pueden vender más baratos, pero tiene algunas limitaciones. Te explico cuatro: una, el tema del almacenaje: van apareciendo libros y, por bien que se vendan, siempre aumenta la cantidad que queda en el almacén; otra, que no siempre se pueden encontrar tantas fotografías de un film, en especial si es europeo, y eso limita la selección de títulos; otra, que la aparición de los dvd con extras también pone límites, ya que muchas películas disponen con eso de explicaciones y datos sobre el rodaje; otra, en fin, es que la venta de los libros oscila en función de los films que aparecen en cada uno de ellos. El cine (llamémosle de nuevo) clásico no tiene mucha salida, a no ser que se trate de las películas habituales, esas a las que siempre se recurre, gusten más o menos, estés más o menos harto de ellas (te puedes imaginar: Lo que el viento se llevó, Casablanca, La guerra de las galaxias...). Si en un libro pones, p.ej., recurriendo de nuevo a Hitchcock, Vértigo o Psicosis, va a tener más salida que si pones Falso culpable o Topaz, que son espléndidas, por no decir que más interesantes todavía. O Ford: Centauros del desierto vende bien, pero no Dos cabalgan juntos o Escrito bajo el sol. Y me repugna tener que hablar en términos económicos, pero se trata de una inversión, y las personas que invierten no se sienten precisamente felices si un libro se vende poco. «Imágenes» funciona bastante bien, aunque resulta muy cara. Hay que agradecerle que ayuda un poco al mantenimiento de «Dirigido». Mi aportación a ella se limita a la relación con los distribuidores y a la publicidad. No intervengo para nada en cuestiones de redacción, que las coordina uno de los propietarios. Sólo la página de libros (antes eran dos), donde lo que más me interesa es la columna de las adaptaciones, por la que tuve que luchar para poder conservarla, ya que se edita mucho libro sobre cine pero abunda lo malo; en cambio, en esa columna suelo incluir buenas novedades literarias.

—La diversidad de opiniones, ciertamente, es lo mejor de «Dirigido por...», sin embargo la dispersión se ha convertido para los más acérrimos defensores de las revistas con línea editorial en uno de sus mayores defectos, aunque personalmente creo que no existe cuando se publican los «dossiers» temáticos, algunos realmente extraordinarios precisamente por su variedad. La pega más evidente (me consta que vas a estar de acuerdo conmigo) que, por el contrario, veo en la revista es el apartado de la actualidad, especialmente las entrevistas, de gran interés cuando el grueso de ellas las realizaba Antonio Castro (una pérdida considerable también en la cobertura mensual de los estrenos) y que ahora, salvo excepciones, resultan vagas, impersonales, intrascendentes...
—Es difícil encontrar a alguien que haga entrevistas tan bien como las hace Antonio, porque además es una persona culta, con visión propia y con una mirada personal sobre el mundo, pero todo lo que dices está relacionado con la política del propietario de la revista, estrechamente vinculada con eso a lo que se llama actualidad. Antonio sólo podía hacerlas cuando un realizador venía a España, por lo general para promocionar su película, y cuando la entrevista podía aparecer en la revista ésta había salido de cartel, y el propietario quiere ante todo actualidad porque mantiene la opinión de que un film deja de interesar a los actuales cinéfilos una vez que ha sido estrenado y que éstos buscan las opiniones y las entrevistas antes de que llegue a las pantallas. Además, las entrevistas de Antonio coincidieron con una época en que la revista había bajado en cifra de ventas de una manera alarmante, y con una feroz campaña en contra de él. No obstante, procuro que siga escribiendo en la revista porque es alguien que, aparte de ser un amigo, tiene cosas que decir. No escribe críticas de actualidad porque ahora hay muchos colaboradores, tantos que no todos ellos pueden escribir cada mes, y no quiere competir en eso, lo cual me parece bastante comprensible. Lo de las revistas con línea editorial bien marcada no siempre sale bien. Aún recuerdo lo que sucedía con «Nuestro cine», vinculada al P.C., donde se celebraban consejos de redacción para dictaminar de qué películas había que hablar bien y, a la inversa, de cuáles hablar mal, incluso muy mal. Fue una época sonrojante, aunque hay que reconocer que sirvió para llamar la atención sobre algunos cineastas como Zurlini o Antonioni. Eso puede agradar a quienes apoyan la tesis del diktat cultural, pero ofrece muchos inconvenientes (tendrías que haber leído las cosas que se escribieron contra gente como Hitchcock, Ford o Fuller, o las reseñas sobre films de cineastas que consideraban interesantes, como Visconti y sus Rocco y sus hermanos o El gatopardo, pero a los que juzgaban equivocados ideológicamente por salirse de la línea que habían marcado para ellos; años más tarde algunos de quienes escribían allí lo han reconocido). Me sigue pareciendo bien, pese al riesgo de dispersión, que haya una diversidad de criterios, de opiniones, siempre y cuando, insisto en ello, estén bien expresados y sean fruto de una personalidad, de una postura frente al mundo, porque los lectores también son distintos, no responden a un único esquema, y el paisaje se enriquece.

—Es una lástima, en todo caso, que las entrevistas realizadas actualmente, sobre todo a directores americanos o que trabajan en Hollywood, sean tan ligeras y poco relevantes. El otro aspecto que echo de menos en la revista es el debate, la polémica que hubo en algún lejano número: visiones diferentes (hasta cuatro llegaron a publicarse del «Drácula» de Coppola) de un mismo film. Por otro lado, ¿se sigue algún criterio en concreto a la hora de asignar artículos de películas de actualidad?
—Lo de las entrevistas es como es, y no creo que cambie la situación en un futuro próximo. También me gustaría que hubiera más miradas diversas sobre un mismo film, pero su ausencia está relacionada con las órdenes de uno de los propietarios, el que más supervisa el contenido de la revista, las cuales apuntan a lo que antes he comentado. Lógicamente, para que haya más de una opinión en torno a una película hay que verla, y, por lo tanto, habría que esperar a su estreno, de manera que tardarían un mes o más en ser publicadas, y para entonces no le interesa que salgan porque a menudo ya han desaparecido de las salas de proyección. Insisto en que también lo echo de menos como coordinador. El criterio para asignar comentarios de películas actuales es parecido (apoyado, hay que decirlo, por algunos de los propios comentaristas, que van a festivales y exigen escribir sobre las películas que ven en ellos): el primero que los ve, el que puede anticipar el comentario, es el que se encarga. Hace muchos años, cuando la actualidad no era tan tiránica y el perfil de aficionados y lectores distinto, el trabajo se adjudicaba a la persona a la que más le gustaba la película, que era el sistema seguido, p.ej., en «Film ideal»: se podía esperar a que la vieran varios. Hubo una idea de publicar en todos los números una especie de contracrítica de un film concreto, pero se rechazó rápidamente porque eso se podría convertir en una especie de sección de (aquí sí pongo comillas) «vengador justiciero». Y no se trata de eso sino de analizar desde visiones diferentes, no de hacer una contracrítica por sistema, por llevar la contraria.

—Hace bastante tiempo que no participas en la actualidad; sin embargo, siempre has abordado tu visión de películas recientes en la sección «Ultima Sesión» («Críticas de TV» se llamaba antes, me parece). ¿A qué se debe, además, supongo, de que la revista tenga bastantes colaboradores? Siguiendo con tus trabajos como comentarista cinematográfico, dos apuntes. Me sorprendió que no escribieras ningún artículo para el «dossier» de John Huston publicado en la primavera pasada (2): tu visión sobre su cine, que según creo no tienes en muy buena estima, me parece muy interesante; ni siquiera votaste sus películas más destacadas a tu juicio. Una cuestión que ya te han formulado, muy perspicazmente, en tu foro y que me gustaría que me comentaras, es la moderación que destaca en tus actuales trabajos sobre cine con respecto al fuerte sentido crítico de algunos escritos de hace más de quince años: por ejemplo, me da la impresión que aquel duro escrito —en mi opinión, con parte de razón— sobre "El precio del poder" de Brian de Palma ahora no sería tan virulento.
—Cuando en 1982 me hice cargo de la cooordinación de la revista, continué escribiendo durante un tiempo artículos y comentarios sobre películas de estreno, pero no quería que nadie pensara que abusaba de mi situación y lo fui dejando. Había, y hay todavía, muchos colaboradores, y tampoco tenía el menor deseo de competir con nadie sólo para escribir sobre un film. Poco antes había ideado la sección de "Film Studio" para llevarla yo, y también la dejé. Cierto: no todos lo agradecieron, pero temo que eso es algo que forma parte de la naturaleza humana. Son cosas que suceden, igual que cuando alguien se acerca para fingirse amigo, sólo con el propósito de entrar en la revista o que lo favorezcas en el reparto de artículos. Debo decir, en honor a la verdad, que coincidió con mi cada vez más creciente dedicación a la creación literaria: había publicado mis dos primeras novelas en diciembre de 1981, y desde entonces, transcurridos unos meses en los que me dediqué a intentar normalizar mi situación en Barcelona, seguí con mi obra, hasta el extremo de que hace ya varios años que se lleva casi todo mi esfuerzo. La verdad es que me satisface muchísimo más escribir una novela, un cuento o un relato que un comentario sobre cine, aunque, como puedes ver, no he abandonado esa actividad. Digamos que me prodigo menos, en beneficio de la literatura. Y sí, procuro comentar alguna película actual en la sección de la televisión, a la que procuro tratar de un modo personal, más creativo, sin recurrir a lo convencional (no se puede hablar de la mayor parte del cine actual según los esquemas de la «puesta en escena»: estamos viviendo otra situación en otra época). No colaboré en el número dedicado a Huston porque en ese momento no me apetecía (o iba mal de tiempo, no recuerdo). De todas formas, ya he tenido ocasión de escribir sobre algunas de sus películas, en especial de las que más me interesan. Si no voté fue porque no era capaz de alcanzar la cifra de quince títulos, y me molestaba tener que incluir las que me desagradaban menos. En cuanto a lo del sentido crítico, creo, sin embargo, que lo tengo más agudizado que antes; lo que sucede es que cada vez detesto más esos escritos, por así llamarlos, que sólo se basan en decir si una película es buena o mala, hasta con insultos. Cuando era más "duro", yo solía analizar. También puede influir en ello dos cosas: una, que la edad serena algo, sobre todo cuando descubres que en la vida hay cosas muy bellas e importantes aparte del cine, sin tener por qué renunciar por ello a unas ni a otro. Creo que empecé a madurar cuando descubrí que podía seguir viviendo sin ver obligatoriamente, con urgencia, tal film de tal cineasta (me parece que fue uno de Preminger); otra, que me molesta que algunos críticos adopten una posición de superioridad con respecto a la obra que juzgan (aquí entra todo, desde la literatura hasta el cine, pasando por la música, la pintura...), y que lo hagan además redactando mal, hasta con faltas de ortografía; y está el hecho de que yo escribo literatura creativa y me molestaría que algún comentarista de libros (no digo crítico, porque apenas los hay en España, sólo "plumillas" al servicio de las editoriales, de los grupos, que no se molestan siquiera en tratar de descubrir una obra por su cuenta y se limitan a repetir lo de siempre sobre los mismos autores de siempre) lo hiciera conmigo. No he vuelto a ver esa película de De Palma, ni creo que lo haga, pero estoy seguro de que en ese caso volvería a opinar lo mismo; quizás el estilo sería menos "contundente", pero el fondo apenas variaría.

—Tienes un libro escrito junto con Javier Coma, «Luces y sombras del cine negro». ¿Cómo fue la experiencia? ¿Por qué no has repetido? ¿Qué inconvenientes le encuentras?
—Fue un trabajo bastante fácil y tranquilo. Le pedí a Javier que escribiera desde Barcelona una especie de historia cultural-política del siglo americano (el XX, claro), y yo desde Zaragoza le fui añadiendo las películas. Sólo hubo un desacuerdo: hablando de El halcón maltés, de Hammett, escribí que no era, ni de lejos, la mejor novela de ese autor, y Javier me dijo que él no podía afirmar ni firmar eso. Tuve que renunciar a la frase. El mayor problema fue que ese libro fue escrito en una época en la que era difícil ver cine negro: algo de Bogart y poco más. Incluso en la filmoteca de Catalunya apenas había copias. Luego, todo cambió y se vio cine negro hasta la saturación. Pero en aquel momento eché en falta ver bastantes films. Si no he vuelto a escribir en colaboración se debe a que me gusta que lo que escribo sea absolutamente responsabilidad mía, para lo bueno y lo malo, en los aciertos y en los errores. He participado en varios libros colectivos, pero de manera individual, como autor de uno o de varios capítulos firmados con mi nombre. El inconveniente es siempre el estilo: cada persona tiene un estilo de escritura diferente y no es fácil armonizarlos para un texto hecho por dos.

—Permíteme unas pocas preguntas-tipo: ¿De todos tus trabajos sobre cine o relacionados con él, de cuál o cuáles te sientes más satisfecho? ¿Relees lo que escribes? ¿De qué temas, directores o películas nunca has escrito y te gustaría (o te habría gustado) hacerlo algún día?
—Una vez publicado, procuro no releer lo que he escrito porque si alguna vez lo he hecho siempre he tenido la tentación de tachar y corregir. El paso del tiempo hace olvidar, además, las circunstancias en que fueron escritos los artículos o los libros, y a veces, por necesidades de la fecha de cierre de las publicaciones, tuve que escribir demasiado deprisa. Nadie lo sabe, pero yo lo notaba y eso no me agradaba. Me gusta, en mi recuerdo, el libro Los sueños de la palabra, y también La vuelta al mundo en 80 aventuras, libro que debe ser leído al seguido, sin elegir las películas, pues a pesar de que pueda no parecerlo hay un ritmo, una continuidad. También el libro sobre Nino Rota, aunque estaba lleno de erratas de imprenta (apenas pudo ser corregido, siempre por el tema de fechas), si bien ahora me parece, en lo que recuerdo, insuficiente: en estos momentos podría ser dos veces más extenso de lo que era. También guardo buen recuerdo de algunos artículos, pero estoy seguro de que si los releyera me pondría a corregirlos. En cuanto a temas, directores o películas, no echo en falta nada, sobre todo en estos momentos. Si continúo escribiendo y un día se tercia, podré hablar sobre películas o cineastas de los que aún no he hablado.

—Regresando a ese «exceso enfermizo de cinefilia» al que aludías antes: ¿sería como un culto superficial, es decir preferir lo inmediato en detrimento de la reflexión? ¿Consideras que esa cinefilia ha olvidado o no se preocupa por la historia del cine, por conocer la obra de cineastas denominados clásicos? ¿Qué importancia o influencia achacarías a los festivales cinematográficos?
—Ante todo se trata de un exceso de cine, y del olvido de que existen otros medios de expresión. Los aficionados a la música y a la literatura, p.ej., que conozco, no limitan sus conocimientos a la literatura y a la música, sino que procuran ir más allá y consideran que la oferta cultural abarca muchas más cosas que un solo terreno. Sucedía lo mismo con los cineastas: hay muchos que sólo tienen una base cinematográfica, aunque a veces tampoco se note, mientras que quienes hacían cine antes solían ser personas más cultas, más interesadas por saber, por conocer: no sólo realizadores que tienen fama de intelectuales, como Dreyer, Bergman o Godard, sino otros como, por citar a cineastas muy diferentes, Lang, Henry King, Castellani o Matarazzo. Y el problema se agrava porque cada vez más todo forma hoy de un mismo «paquete», del que es necesario conocer su composición. Y observo que para muchos cinéfilos sólo existe el cine. Eso ha creado cosas monstruosas, como, recuerdo, que alguien que no había leído nunca a Shakespeare me dijera que Welles era el que mejor lo había adaptado al cine. Todo eso son coletillas, lugares comunes o la bola de nieve que se va agrandando cada vez más hasta resultar imparable y  que acaba instalándose en la mente de las personas poco reflexivas. ¡Cuánto daño han hecho y hacen todavía ese tipo de cosas a la cultura, en general! Hace unos años, estuve de jurado en un festival de cortometrajes y pude comprobar que la mayor parte de quienes los habían filmado se dedicaban a imitar a ese norteamericano, Quentin Tarantino, que a su vez imita a otros, bebe de fuentes ajenas... Y me han asegurado que muchos, hoy, imitan a otro individuo, éste español, cuyo nombre no quiero ni pronunciar, un tipo que tiene éxito popular... Esa cinefilia no se interesa por la historia del cine, sino que recurre una y otra vez a ciertos «totem» del cine pasado que, a fuerza de repetidos, producen hastío, con chistecillos, bromas, citas (siempre las mismas). Por seguir con un nombre que ya he citado, tomemos el caso de Hitchcock: nadie muestra el menor interés por films como Falso culpable y Topaz, que son de los mejores suyos...,  parece como si no existieran más que Psicosis (sobre todo la dichosa escena de la ducha), Vértigo y, acaso, Con la muerte en los talones (y para algunos más serios quizá La ventana indiscreta). Se han convertido en carnaza para mitómanos. Los festivales tienen un grave problema: hoy proliferan tanto que apenas significan nada, aparte de los ya conocidos, de los veteranos. Ahora me hablan muy bien del festival de Gijón.

—En un diario de hoy (3) aparecía la siguiente cita del científico alemán Georg Christian Lichtenberg: «no te dejes contagiar, no des ninguna opinión como tuya antes de ver si se adecúa a ti, mejor opina tú mismo». Resulta, me atrevería a decir, perfecta para decírsela a buena parte de la crítica actual (y probablemente en otros ámbitos): no existen comentarios personales que expresen una opinión propia, sino unas pocas opiniones (interesadas, establecidas...) generales y unos apoyan una y otros la contraria. Llegamos finalmente al terreno que comentabas de aquellos que desean escribir sobre un film para «darle un palo», de la desaparición del comentarista tras el texto, o de la falta de personalidad...
—Es una buena cita. Y sí, sirve para muchos ámbitos, porque parece que en España todo el mundo sabe de todo y opina sobre todo sin tener la menor base intelectual para hacerlo. Con respecto a las citas, hay que tener mucho cuidado al utilizarlas en un escrito y no se debe abusar de ellas: hay que hacerlo con sentido porque al ser incluidas en un texto proporcionan un plus de legitimidad cultural al producto del que se está hablando, cosa que no siempre merece. Yo he utilizado, y en ocasiones utilizo, alguna, pero procuro hacerlo lo menos posible. Quizá tengo presente algo que leí hace muchos años a propósito de esto (no recuerdo de quién se trataba): el autor venía a decir que siempre es mejor intentar exponer tu propia opinión, de acuerdo con tus  razonamientos personales, que apoyarlos sobre escritos de otros porque eso es un estímulo para la comodidad mental. Tampoco me gustan los entrecomillados irónicos y trato de evitarlos en la medida que puedo: si buscas cómo expresar algo, lo encuentras sin necesidad de echar mano a entrecomillados pretendidamente burlones y distanciadores. Lo del palo me desagrada, es un apriorismo que detesto, creo que hace falta más humildad y ética, pues al fin y al cabo el ejercicio de la crítica, por llamarla así, debería ser el ejercicio del pensamiento, que en definitiva sirve para que uno se conozca mejor a sí mismo y a cuanto lo rodea. No se puede, no se debe, leer un libro, ver una película, escuchar una música o mirar un cuadro desde una postura de superioridad, como adoptan algunos críticos. Otra cosa que detesto es que hay quienes escriben, o redactan, desde fuera, como si lo que han extraído del film (sigamos con el cine) no afectara a su vida; un ejemplo, una persona no puede aplaudir que haya en una película un discurso antiburgués y luego, en su vida privada, se comporte como un burgués. O la postura de críticos como Garci, que cuando se disponen a hablar de una película parece que se encuentren en una iglesia y necesiten un reclinatorio.

—El hecho de que cada vez se lea menos y se tenga tan poco interés por la cultura, por el conocimiento en general, es consecuencia del auge audiovisual, y el cine ha salido beneficiado considerablemente de ello. Sin embargo, ¿se puede llegar a creer que esta forma de comunicación, de arte, pudiera suplir (como por cierto se insinúa aproximadamente en la película de la factoría Disney "El planeta del tesoro": el joven protagonista lee un libro audiovisual, el cual va mostrando imágenes en tres dimensiones...) a la literatura o la pintura, o que las pudiera englobar en una sola? Muchas veces has manifestado tu pesimismo al respecto, no obstante ¿ves posibilidades, caminos para fomentar la cultura, el interés por ella? ¿Es la educación uno de esos caminos? ¿No se podría aprovechar la posición privilegiada del cine para llegar a un enriquecimiento cultural?
—No creo que sea sólo consecuencia del auge de lo audiovisual, aunque no cabe duda de que ha sido un elemento importante. Habría que considerar todo lo que ha acontecido cultural, social y políticamente en estas últimas décadas, incluida la famosa globalización, y cómo se han ido destruyendo, en ocasiones conscientemente, y otras de forma inconsciente, las ideologías, el cultivo del pensamiento, la gran literatura (ésta caída en el nombre del mercado, de la ligereza, de la pose), tantas y tantas cosas... Soy pesimista. Creo que, como anticipó Fellini en alguno de sus films (por ejemplo en el final de Roma con los motoristas), estamos ante la invasión de una nueva forma de bárbaros. Para que la situación que se ha creado llegue a crear una forma de comunicación o de arte digna de tal nombre será preciso que transcurran muchos siglos, y no creo que el planeta, al paso que vamos, dure tanto tiempo. Internet, por ejemplo, es un estupendo invento, pero observo que con él muchos tienden peligrosamente a la facilidad, incluso a la facilonería... conocer un poco de todo, por encima, sin conocer realmente nada a fondo, y eso sin entrar en los numerosos errores de bulto que he advertido en algunas consultas. Se necesitarían varias vidas para conocer las cosas mejor, no basta con cuatro o cinco vagas nociones. Y eso es lo que más me repugna: la falta de curiosidad intelectual. En cuanto a lo del cine, analiza lo que ves a tu alrededor y estoy seguro de que dejarás de confiar en él como, digámoslo, herramienta de aprovechamiento de la situación.

—¿Crees que todas las causas que citas, que han propiciado ese derrumbamiento de la cultura, en general, tienen un origen común? Parece que se están cumpliendo progresivamente, aunque de forma más dañina, lo que predecía gente como George Orwell. Últimamente, no dejo de pensar tampoco en un film de Sidney Lumet de 1975, "Network", cuya diatriba contra los medios de comunicación está de enorme actualidad (especialmente visionario me parece ese momento en que el dueño de la cadena de televisión trata de adoctrinar al presentador para que transmita su «evangelio»). ¿No es posible corregir desde la raíz, a partir de la educación, esa falta de curiosidad intelectual, de incentivar el pensamiento y la reflexión?
—Hablar sobre las causas nos llevaría mucho tiempo y, en cualquier caso, rebasaría los límites de una entrevista. ¡Se han dado cita tantas cosas! Por supuesto, la televisión ha llegado a extremos nauseabundos. Sé que es fácil decirlo una vez más, pero es otro gran invento que está siendo pernicioso a causa de su mal uso, y el ejemplo que pones del film de Lumet me parece oportuno. En teoría, tratar de corregir todo eso desde la raíz, a partir de la educación, sería una buena tarea, pero me temo que ya es demasiado tarde: soy de los que creen que la educación ha recibido una inyección letal, y eso tiene que ver también con los propios progenitores, con el propio ambiente familiar. ¿Has observado la conducta y el lenguaje de niños y adolescentes? ¿Has analizado sus gustos, por así llamarlos? ¿Te has fijado alguna vez en su penoso vocabulario? ¿Has hablado con profesores y alumnos? Además, ¿cómo van a corregirlo unas personas que han contribuido también a que la situación cultural, incluso la convivencia, sean las que son? En ocasiones río con amargura cuando oigo que alguien reprocha a los niños y a los más jóvenes que leen poco: ¡los padres tampoco, e incluso algunos profesores, y los que leen suelen hacerlo al dictado, inducidos por lo que se les mete por los ojos y los oídos desde los poderosos medios de comunicación! Recuerdo que hace años, no tantos, aunque a veces da la immpresión de que desde entonces haya transcurrido una eternidad, existía una inquietud cultural, un deseo de conocimiento, y todo lo que sabías o creías saber te parecía poco. Ahora he visto alardear de no saber nada, proclamarlo con orgullo. En una charla que di hace pocos meses en un colegio, comenté que me gustaba que la novela de terror no fuera gratuita, sino que tuviera una base..., filosófica, social..., lo que fuera, y en el coloquio un alumno se mostró en desacuerdo porque, dijo, lo gratuito estaba muy bien y hay estupendos conciertos gratuitos... (eso sí, sobre todo conciertos...). A veces tienen problemas incluso para entender el significado de una novela, un cuento o un film.

—Es difícil ser optimista analizando el panorama actual, ciertamente, pero no puedo creer que no se pueda hacer nada al respecto (aunque tal vez no existan cauces válidos para ello) y que nos aboquemos (me incluyo) a un cierto conformismo o a un pesimismo exacerbado. Tal vez no se trata tanto del problema de la falta de curiosidad intelectual, sino de un hecho anterior que es la pérdida de la propia identidad, del libre pensamiento. ¿Qué ventajas proporciona realmente hoy un sistema como el capitalismo? ¿Se pueden tener visiones del mundo, de la vida, diferentes, aun contrarias, en un sistema que busque la equidad, la igualdad?
—Desde hace meses se defiende mucho la familia (yo no, en absoluto), sin que nadie parezca darse cuenta de que el modelo tradicional está muerto —4—. ¿Qué familia se quiere defender con tal encono? ¿La que ha generado niños violentos y monstruosos? ¿La que origina violencia contra mujeres? ¿La de maridos y esposas que no se pueden soportar? ¿La que aparca a niños en las guarderías y no les presta atención bajo el pretexto de que es necesario realizarse, como dicen, laboralmente? ¿La que centra su poca vida en torno a un electrodoméstico llamado televisor? Antiguamente había en ella una base contra la que tarde o temprano te rebelabas, en cuanto te dabas cuenta de su naturaleza conformista, represora, pero la base estaba allí, igual que en la escuela, y quedaba lo que debía quedar, igual que sucede con las lecturas, con la música, con la cultura en general... Pero las causas, insisto, son variadas. Nada puede ir adelante si no hay una transformación social profunda. Es verdad que se valora más que nunca el adocenamiento, que cada uno sea igual al otro..., incluso en la aceptación de los (falsos) gustos que vienen impuestos desde fuera del individuo. Una de las primeras cosas que se deberían recuperar es la individualidad, el respeto y el derecho a la diferencia, a la disidencia, a la rebeldía, incluso empezando por las cosas más pequeñas: p.ej., si yo fuera un niño a quien no le interesara tener un móvil, nadie debería señalarme con el dedo por no tenerlo. El capitalismo ofrece cada vez menos ventajas, salvo para quienes detentan los poderes (sociales, políticos, económicos, eclesiásticos...), sobre todo porque cada vez tiende más a borrar las identidades personales y a crear un modelo único e inalterable de ciudadano consumidor pasivo, pero se pueden tener visiones distintas, e incluso opuestas, bajo cualquier sistema, aunque no sea fácil. Por cierto, me produce horror lo que he oído decir acerca de que pronto se podrá ver televisión en los teléfonos así  llamados móviles..., ¿no hay ya bastante basura..., no es suficiente con las demasiadas horas que se dedica a ver televisión como para que, encima, se incite a estar pendiente de ella por las calles o en cualquier lugar fuera de casa?

—¿Crees que el exceso de cinefilia es trasladable a otras disciplinas? Comentas que algunos aficionados a la música o a la literatura están interesados por otras manifestaciones culturales, sin embargo, ¿se puede asegurar que en todos los casos es así? La cuestión termina llevando, quizás, a las mismas conclusiones: falta de curiosidad intelectual, el dañino efecto de los medios de comunicación, la inexistencia de una educación rigurosa...
—Estoy seguro de que en todas partes hay excesos enfermizos como los que se dan en el terreno de la cinefilia. Sin embargo, insisto: algunos aficionados a la literatura, al menos entre los que conozco, se interesan por la música y por el cine, y algunos aficionados a la música se interesan por la literatura y el cine, mientras son pocos los aficionados al cine que muestran interés real por la literatura y la música, lo cual me parece lamentable porque con ello sólo consiguen tener menos conocimientos culturales, disfrutar menos de la existencia: limitarla. Otra cosa es que sus conocimientos sean menores en esos dos terrenos y que a veces escriban o digan cosas bastante peregrinas. No pretendo decir que siempre sea así, estoy convencido de que no, pero sí se encuentran más casos entre ellos. La falta de curiosidad intelectual genera pereza mental y cada vez desconfío más de las personas que se autolimitan de esa manera. Lo que dices a propósito de los medios de comunicación es cierto: fíjate en que gracias a ellos, en líneas generales, el cine ha quedado como una suerte de culto fetichista en el que casi siempre se adora lo mismo: el asesinato en la ducha en Psicosis, el «nadie es perfecto», el «a dios pongo por testigo de que nunca volveré a pasar hambre», o las frases de Humphrey Bogart en Casablanca y la canción que tocan al piano en esa película, o individuos que imitan a Groucho Marx, o...

—Señalas que existe una manifiesta propensión en internet por conocer un poco de todo sin profundidad alguna y sí de un modo superficial, facilón. Mi experiencia personal así me lo ha demostrado y creo que se trata de un reflejo más del contexto social y cultural en el que nos estamos moviendo. Sin embargo, el potencial de internet debería permitir, y realmente lo permite (aunque tal vez de forma demasiado atenuada) un puente de comunicación para fomentar cuestiones importantes, alimentar el deseo de aprender y conocer, facilitar el acceso a la cultura y un largo etcétera. ¿Qué posibilidades ves en esta vía, llamemos alternativa, de comunicación? Los sitios dedicados a promover todo eso, ¿crees que podrían dejar de tener, como ocurre ahora, un alcance minoritario?
—No creo que sea alternativa, para mí es hoy dominante. Claro que internet tiene un potencial, pero por ahora está siendo muy mal utilizado. Hay un fenómeno creciente: confundir tener unas vagas nociones sobre varios temas con tener conocimiento real sobre ellos: crear una ilusión de conocimiento.  Internet es una herramienta, no un fin. Suministra puntos de partida o datos para luego trabajar personalmente, nunca puntos de llegada definitivos sobre nada, porque además no hay nada definitivo en ningún terreno. Nunca lo ha habido, ni nunca lo habrá. Quedan la reflexión y el trabajo. Pero es desolador ver, como me sucede en las charlas que suelo impartir en colegios, la falta de interés que hay entre los alumnos (incluyo, por supuesto, a las alumnas) hacia todo cuanto no sean canciones, fútbol, ropas, móviles o internet para chatear o facilitarse los exámenes... Hay excepciones, faltaría más, pero en un amplísimo porcentaje es así. No soy de los que opinan que es una generación muy preparada, al contrario. El manejo de una máquina sólo es eso, el manejo de una máquina, pero es preciso tener una mente pensante. Además me subleva que alardeen en público de no tener cultura ni interés. Llegará un momento en que los que acaban sus estudios sólo sabrán algo, más o menos bien, de eso que han estudiado, pero su desconocimiento del resto resultará aterrador. Insisto en que estoy hablando en general. No sé qué sucederá en el futuro, pero no soy optimista. Todo depende de las personas, no de la herramienta, que puede ser buena pero mal utilizada. Internet es un estupendo invento, pero si los seres humanos no lo saben aprovechar...

—Continuando con internet, y teniendo en cuenta la dependencia absoluta que tienen las publicaciones editadas en papel del mercado (y de las diferencias de costes de una y otra), ¿crees que es un buen lugar para la edición de una revista? Me comentabas antes que no harías ninguna actualmente, pero hablabas también de un modelo ideal para ti poco común (y probablemente nada popular), que se asemejase a un libro... No sé hasta qué punto se podría ofrecer algo similar traducible al lenguaje de internet, pero tal vez la libertad y la flexibilidad es mucho mayor. ¿Qué diferencias encuentras entre ambos soportes, electrónico y papel? ¿Cuáles serían las ventajas y desventajas de uno y otro?
—Es cierto, no haría ninguna revista. Pero en estos momentos me atraería más una revista en forma de libro, como "Turia", y que no dependiera para nada de la actualidad..., que fuera un lugar para la reflexión, de diferentes maneras y sin insultar a nadie que lo hiciera de forma diferente a la de uno, sin despreciar las aportaciones de nadie. En este terreno soy muy personal: me gusta más el soporte papel. Pero tampoco trato de convencer a los demás: es mi gusto. Nunca leería una novela en la pantalla del ordenador, porque no se trata sólo de la lectura sino del ritual de pasar por la librería, acariciarlo, mirar sus páginas, olerlo (aunque hoy corres el peligro de envenenarte, dada la mala calidad del papel, sobre todo en las ediciones de los más poderosos económicamente: hiede).

(1) La primavera de 2005 aprovechando que en Miradas de Cine preparabamos un estudio sobre el cineasta danés, publicado luego en junio, número 40.

(2) El dossier se publicó en dos partes, en abril y mayo de 2005: números 344 y 345.

(3) En el diario El Mundo en un número del mes de octubre de 2005.

(4) Hace referencia a las protestas, que tuvieron lugar durante la primavera y el verano de 2005, emprendidas por determinadas asociaciones (como el FEF) contra la ley —aprobada en abril de 2005— que permite en España el matrominio entre personas del mismo sexo y, con ello, su legitimación para convertirse en padres/madres adoptivos/as.

Entrevista realizada por correo electrónica entre octubre de 2005 y abril de 2006

Por José David Cáceres
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