Sergi Sánchez es crítico cinematográfico en Fotogramas, La Razón y El Cultural de El Mundo, y profesor de Análisis Fílmico y Crítica Cinematográfica en la ESCAC. Ha sido guionista y coordinador del programa Días de Cine. Autor de David Lean, la geografía de la emoción, Akira Kurosawa, el ruido y la furia, Tom DiCillo: el mago de Oz, Michael Winterbottom: el orden del caos y Las variaciones Hartley.

—Empecemos por una pregunta abierta. ¿Cómo valorarías el estado actual de la crítica cinematográfica española?
—La crítica cultural debería servir para establecer un debate y crear un estado de opinión a partir de la dialéctica, del descubrimiento de nuevas tendencias, del análisis, etc., y eso en España hace muchísimos años que no pasa. Creo que en la crítica española no existe debate, ni análisis, ni ningún tipo de planteamiento serio ni riguroso. La crítica está al servicio de la actualidad pura y dura, y por desgracia, muchas veces al servicio del poder económico de los medios de comunicación o de las grandes y pequeñas productoras. No hay espacio para ejercer la crítica como Dios manda. El espacio que se le da a la crítica en los periódicos es irrisorio. En las revistas especializadas, excepto en algún caso muy puntual, el espacio también es lamentable.

—Si habría que echarle la culpa a alguien, ¿crees que es culpa más de los medios que de los críticos?
—No. Yo creo que es culpa de los medios y de los críticos. Es el pez que se muerde la cola. Es complicado ejercer la crítica como es debido, tú tampoco puedes luchar contra molinos de viento. Si no hay espacio la crítica no se va a pelear con los medios de comunicación, que son los que les dan de comer, y a éstos, no les interesa realmente la crítica. Se crea un círculo vicioso, donde el crítico tiene muy poco que hacer. La crítica es un instrumento que cada vez está más, si no controlado, sí influenciado, por distribuidoras y productoras. En este camino, lo único que puede salvar al crítico, es la independencia de criterio. El saber luchar contra las presiones de los medios y las productoras. Es lo único que le queda.

—¿En los medios que tú publicas (Fotogramas, La Razón, El Cultural de El Mundo), sientes algún tipo de cortapisa? ¿En cuál te sientes más a gusto?
—Yo tengo la suerte de que no tengo ningún tipo de presión, en ninguna parte. ¿En qué medio me siento más cómodo? Te diré en La Razón. ¿Hay presión en Fotogramas? En mi caso nunca la ha habido. Obviamente hay una presión indirecta, porqué Fotogramas tiene una línea de trabajo en la que el crítico habla de las películas que a él le gustan. Por eso el 90% de las críticas que Fotogramas publica no bajan de las tres estrellitas. Eso es un tipo de sesgo, claro. Pero a mí nadie me dice cuantas estrellitas he de poner, simplemente si me gusta mucho o poco tal película.

—A mí me hace creer que la crítica cinematográfica importa poco en revistas como Fotogramas o Cinemanía, lo que me lleva a pensar que igual la crítica cinematográfica ya no le importa a nadie. Sin embargo, ya sabes, talleres y coloquios sobre la crítica suelen tener un seguimiento masivo de gente joven.
—Es cierto, aunque tampoco entiendo muy bien porqué pasa (risas). En el taller de crítica cinematográfica en el que doy clase hay sesenta o setenta personas que se apuntan cada año para ser críticos. Me parece sorprendente porque la realidad es otra. La crítica creo que le importa a poca gente. El lector de crítica, que no hay muchos, pero alguno queda, ya conoce de qué pie cojea cada uno y de qué crítico se pueden fiar más o menos.

—La crítica cinematográfica a un nivel, digamos, profesional, en el fondo no está formado por más de quince personas. ¿Me equivoco? Parece que los relevos en este grupo sólo pueden ocurrir por defunción del crítico y, en ese recambio, el nuevo crítico contará con menos espacio en el medio.
—A ver, ser crítico tiene poco sentido (risas). Pero si algún sentido tiene de cara a un medio es el prestigio. La crítica da prestigio. Un medio tiene que tener un crítico, no porque al lector le interese la crítica, sino porque da prestigio, ya sea de teatro, cine o música. Cuanto mayor sea el nombre del crítico, mejor. Y el labrarse un nombre dentro de la crítica es fruto de una larga carrera. Una vez ese nombre está labrado, al medio le interesa poner a esa persona como estandarte del medio. De ahí que sea tan inamovible el estatus del crítico en periódicos.

»La falta de rigor, la desgana... es un problema muy español. Cuando leo crónicas de periódicos franceses como Le Monde o Libération veo artículos con cara y ojos, pero España es como es (risas). Francia tiene una tradición crítica que no tiene ni tendrá nunca España, nosotros seguimos pagando el peaje de la oscuridad del franquismo en todos los sentidos, aunque tratemos de ignorarlo u olvidarlo. En los medios de comunicación españoles no hay el rigor de un medio de comunicación americano. No todo el mundo es el crítico de cine del New York Times. Algunos críticos están muy cansados, y ese cansancio desemboca en una desidia que evidencia una falta de amor por el cine. Eso es imperdonable, un crítico tiene que amar el cine. No puede ser que un crítico esté en un festival con desgana y quejándose todo el rato. Un crítico no puede ser que sólo se vea las películas de sección oficial y luego irse al hotel  a descansar. El crítico debe permanecer y seguir viendo cine, así podrá entender las tendencias que se están creando en el cine contemporáneo... y eso en España pasa poco. Un ejemplo claro: el caso de Tsai Ming-liang. Cuando se estrena El sabor de la sandía en Berlín, la crítica española lo trata con displicencia. Olvidándose de que tiene ocho películas, que tiene todos los premios internacionales que puedan existir, que es un realizador ya consagrado. Pero a la crítica española le cuesta leer crítica extranjera ni le cuesta descubrir nuevos autores, las críticas del festival lo machacaron.

—Sin embargo cuando se estrenó la película de Ming-liang en España su parecer cambió. ¿Falta autocrítica en este país?
—Yo la autocrítica no la veo por ninguna parte. Lo que hacen muchos críticos en los festivales es ver una película, salen de ella, deciden si les gusta o no, y en función de eso hacen sus críticas. A veces hay algo de sectarismo que molesta un poco. Por eso intento mantenerme al margen, es la única manera de mantener más o menos intacto mi propio criterio. Hay críticos que van poco al cine, excepto al festival que le encargan cubrir. Gente que cree que no se ha hecho nada bueno desde los años 70. A ver, si has dejado de creer en el presente del cine, ¿por qué no te dedicas a otra cosa? A un paleta se le puede juzgar si ha puesto mal un ladrillo, pero al crítico parece ser que no.

—Los críticos, como son siempre los mismos, acaban escribiendo mucho y sobre las mismas películas. ¿Es posible obtener resultados dignos con esta sobresaturación de artículos?
—Hombre, ¡qué puedo yo decir! (risas) Al menos intento hacerlo de una manera digna. ¿Sabes qué pasa? Esto es algo también muy español: la crítica está muy mal pagada. Así que si quieres vivir de este oficio, debes escribir mucho. Y aun así no vives de ello. En mi caso, bueno, yo escribo muy deprisa, teniendo en cuenta que me encanta escribir, a mí no se me hace muy difícil. ¿Si escribiera menos el resultado sería más digno? No te lo puedo decir. Ojalá tuviera que escribir menos. Pero bueno, es una cuestión de carácter, yo soy una persona obsesivamente trabajadora y no me puedo estar quieto. El ejemplo de los libros de los festivales, que muchas veces se encargan de forma precipitada. Un libro como el de Michael Winterbottom (1) tuve que escribirlo muy deprisa. Salió digno, pero tuve que adaptarme a los imperativos del tiempo. He puesto este ejemplo, pero vaya, pasa en todos los festivales y con todos los libros. En Estados Unidos te puedes pegar dos años escribiendo un libro, porque puedes vivir de ese libro. Aquí vives de eso un mes, si tienes suerte. Que es el mes que dedicas a escribir el libro, porque no tienes más tiempo.

—¿Quedan críticos que viven sólo de la crítica? 
—Ángel Fernández-Santos era crítico de El País y vivía de eso. Carlos Boyero hace colaboraciones en la radio, pero fundamentalmente es el crítico de El Mundo. Pero es muy difícil, son casos excepcionales.

(1) SÁNCHEZ, Sergi. Michael Winterbottom. El orden del caos. Festival de Cine Internacional de Donostia/San Sebastián. Filmoteca Vasca. San Sebastián, 2002.

Entrevista realizada en Barcelona en noviembre de 2005.

Por Alejandro G. Calvo
foto