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Siempre se comenta que, siendo Madrid la capital de nuestro país, no parece normal que no tenga un festival de cine en condiciones, uno como los que año tras año se celebran en Valladolid, Sitges, Gijón, San Sebastián, Málaga, con sus jurados, sus premios, sus primicias, sus alfombras rojas, sus protagonistas, sus cronistas. Es cierto, no es normal.
Lo que también es cierto es que poco a poco en los últimos años, ya no por su internacionalidad (dado que su importancia impacta únicamente a un ámbito estrictamente provincial, siendo generosos), Madrid ha ido creciendo en cuanto a pequeñas muestras (como la que ocupa estas líneas, ya en su tercera edición) o pequeños festivales como el de Cine Alemán, o el Documentamadrid, o el recién estrenado hace escasas semanas Festival de Cine Erótico. Granito a granito se construyen todas las edificaciones, y desde luego lo que sí puede decirse es que en la ciudad la cosa cada vez está más diversificada. De momento recemos por el éxito de propuestas como esta y confiemos en que algún día se convierta en un festival como los de Sitges o San Sebastián.
Pero muestra, que no festival. Las diferencias, más que obvias. Películas que en su gran mayoría ya han pasado por todos los grandes eventos cinematográficos y que en cuestión de semanas o días engrosarán nuestras carteleras (algunas ya lo hacen), ausencia de jurado y por tanto de premios, carencia de secciones, y menor número de títulos. Solo viene el director a presentar la película cuando es española, y a veces ni eso. El resto las presenta algún crítico o el director de otro Festival, uno de los de verdad. En las sesiones a las que asistí, las películas contaron con las presentaciones de la actriz Leticia Dolera, el director Jaume Balagueró y las tres actrices de su película, Paco Plaza y parte de su equipo, Angel Sala y Jesús Palacios.
No obstante, pese a las diferencias con los festivales, la muestra es un escaparate (que en esta ocasión ha sido organizado por el nuevo canal tamático de ciencia-ficción Sci Fi) de lo más atractivo para los amantes del cine de género fantástico, amigos por igual de sangre y visceras o de naves espaciales, de niños con peligrosos poderes o muchachitas sedientas de venganza. Y de las hachas, con especial protagonismo en varias de las películas presenciadas, con las salas abarrotadas de gente que se muere por aplaudir ante una cabeza cercenada. Y esas cosas, solo ocurren en eventos como este.
Voy a comentar brevemente (y por orden de visionado) lo más digno que pasó por nuestras retinas (y que se quedó allí para siempre en algunos casos) y me ahorraré los comentarios sobre Ultraviolet (aparte de porque me libré de verla, también porque cuatro fuentes distintas me dijeron que era la peor película que habían visto en su vida), Evil Aliens, Frostbite y Zulo (estas dos últimas no las vi, aunque los comentarios escuchados tampoco fueron muy halagüeños).
Blood Trails, de Robert Krause (Alemania, 2006)
Una copia sin subtítulos trató de poner a prueba nuestro inglés. Todo el público salimos airosos de la prueba pues diálogos no es que hubiese muchos, y lo cierto es que se agradecía, pues no le hacían ninguna falta a la película para lo que nos quería mostrar. Una muchacha se marcha con su novio al campo para regenerar su deteriorada relación con tan mala suerte que un desquiciado con el que tuvo un encuentro bastante particular un par de días antes decide acompañarlos en tan íntimo viaje. Juntos aprenderán que es mejor no hablar con desconocidos, que cuando se tala un árbol hay que gritar: "¡Árbol va!" y que una rueda de bicicleta puede cercenar el cuello de una persona. Así, lo que empezó siendo un viaje idílico, no es difícil de imaginar, termina como el rosario de la Aurora, mezclando un humor bastante negro con un sadismo algo sofocante por momentos, concretamente en el tramo final. Breve, intensa y un perfecto comienzo para lo que se avecinó después.
Para entrar a vivir, de Jaume Balagueró (España, 2006)
Igual que el Cuento de Navidad de Paco Plaza, y Adivina quien soy de Enrique Urbizu (que no pude ver, aunque según me comentaron era la más floja de las tres), la película de Balagueró se halla incluida dentro del proyecto Películas para no dormir que rescata el espíritu de la serie creada en los setenta (esta me pilló demasiado joven) por Narciso Ibáñez Serrador, y que incluye seis piezas de terror realizadas para la televisión creadas por directores españoles que por lo general han demostrado estar interesados en el género. Desde luego las dos que pude ver dejaron el listón muy alto y podrían convertirse en un sonoro éxito televisivo en el momento en que se emitan. No mentía Balagueró cuando en la presentación de su película la definió como de "terror total" ni tampoco al decir que era la película más violenta de cuantas había realizado. Lo que comienza como la visita de una joven pareja de enamorados a un piso en venta, se va transformando paulatinamente en un relato con tintes gore, opresivo hasta la médula, y sangriento como pocos de los que vimos en los cuatro días de muestra. Y a pesar de lo dicho, también muy divertido, pues llega el momento en que el relato se convierte directamente en una persecución donde la loca malvada (una sobreactuada, algo muy eficiente para ese papel, Nuria González) trata por todos los medios de retener (o en su defecto aniquilar) a sus nuevos inquilinos. Dejó con muy buen sabor de boca y con ganas de más.
Cuento de navidad, de Paco Plaza (España, 2005)
Sin duda de lo mejor de la muestra, y probablemente se habría llevado el premio del público de existir algo así, pero no olvidemos cual es una de las diferencias fundamentales entre esta muestra y un festival: Ausencia de premios. A través de las navidades de cinco niños (es significativo a este respecto el hecho de que nunca se muestre el rostro de adulto alguno salvo el de la malvada de turno interpretada por Maru Valdivieso), Paco Plaza nos teletransporta a nuestra infancia (la mayoría del público era de mi quinta, o sea, jóvenes), aquellos años ochenta dominados por V y El equipo A, las películas malas de zombies en los videos beta, Karate Kid y Star Wars, los walkie-talkies en lugar de los móviles (los walkie-talkies que traicionan a los protagonistas igual que los móviles lo hicieron hora y pico antes en la película de Balagueró) ¡Qué tiempos aquellos! No obstante no creo que sea un requisito indispensable haber vivido aquello desde el mismo punto de vista que los protagonistas con la consiguiente identificación para que la película funcione. Con un sentido del humor más allá de toda compenetración retrospectiva con el espectador, la película funciona en gran parte gracias a la naturalidad en las interpretaciones de los jóvenes protagonistas (nada que ver con los niños que se dedican simplemente a declamar sus textos en teleseries como Los Serrano, por ejemplo), y a sus divertidos diálogos, situaciones y guiños, no ya a los años ochenta, sino al cine en general.
Memorables apariciones estelares de Loquillo y Elsa Pataky como protagonistas de una película de zombies con doblaje sudamericano que ven los jóvenes aprendices de chantajistas y dos partes bien diferenciadas, la primera, más cómica, en la que los chavales descubren a una Papa Noel que ha caído en un hoyo y deciden no sacarla de ahí hasta que confiese, pues ven en "el parte" que se trata de una peligrosa atracadora que se ha llevado dos millones de pesetas (de las de antes, sí), y la segunda, más centrada en el terror, pero en el fondo sin perder el sentido del humor que acompañará al espectador desde el bosque hasta el parque de atracciones (impagable la canción de las eurovisivas Baccara) pasando por "los futbolines". Lo dicho, ¡Qué tiempos!
Sheitan, de Kim Chapiron (Francia, 2006)
El planteamiento inicial de esta interesante película francesa de Kim Chapiron recuerda inmediatamente a otra reciente pieza de terror proveniente de los Estados Unidos, que en absoluto hubiese desentonado en esta muestra, pues el espíritu de ambas equilibra entretenimiento, diversión y terror por una parte, con buen cine por la otra. Me refiero a la segunda película de Eli Roth, Hostel. En Sheitan podemos ver a tres jóvenes amigos que salen de una discoteca al final de una noche de juerga (y sin saberlo, al principio de una extraña aventura con desagradables consecuencias). El primero sale con una de las camareras (aparentemente su novia, aunque luego se verá que no es tal), el segundo con una de las golfillas (como él mismo las denomina al comienzo de la noche) que se encontraban en el local, y el tercero con una ceja abierta de un botellazo. A continuación se marcharán a la casa de campo de la golfilla, en un pequeño pueblo donde los lugareños son a cada cual más peculiar, y cada uno a su manera (desde el exagerado y divertido personaje de Vincent Cassel hasta el tonto del pueblo, pasando por la ninfómana de su sobrina o los pandilleros psicopáticos), lo que se traducirá en una continua sensación de desconcierto tanto para los protagonistas como para el espectador. Este desconcierto proviene de una permanente impresión de que los protagonistas se encuentran de alguna forma "en el punto de mira", pero que en ningún momento se materializa en algo factible (un claro ejemplo de esto es la secuencia de la piscina, en que la sobrina ninfómana se arrima acarameladamente al protagonista más tropezón –el del botellazo-, y tras el rechazo de éste se aproxima a los pandilleros psicópatas y lo que parece una violación masiva termina revelándose como un simple juego, pero hasta el momento en que ella comienza a reírse la tensión puede cortarse con un cuchillo).
La película juega continuamente con el hecho de que "algo" importante va a suceder, probablemente algo escabroso, pero mantiene la tensión con suma habilidad sin descubrir "qué" es lo que va a ocurrir hasta la parte final. Lo más importante es que no se hace hincapié en ello, la acción va transcurriendo y es el espectador el que supone o presiente que esto es así, pero en ningún caso los protagonistas indican o apuntan con sus palabras o sus hechos a este suceso. Por supuesto, en el tramo final todo es menos sutil, comienza a descubrirse el juego, pero ya es tarde para abandonar, el espectador está atrapado y además se compensa la falta de intriga con todo lo que cualquier amante del tipo de cine que va a esta muestra podría esperar. Y al concluir nos damos cuenta de que en realidad acabamos de contemplar un retorcido cuento de navidad, uno más, como el de Paco Plaza, aunque tal vez con un sentido del humor que en algunos momentos puede resultar enervante para el que se la quiera tomar demasiado en serio. A mí, en cualquier caso, me dejó muy buen sabor de boca.
The Woods, de Lucky McKee (EE.UU., 2006)
Del mismo modo que Richard Kelly con su fabulosa Donnie Darko, Lucky McKee demostró hace pocos años ser una de las jóvenes promesas del cine fantástico americano con su primera película May, que trataba de una jovencita inadaptada cuyo máximo deseo era tener un amigo. The Woods, su segunda película tiene también por protagonista a una adolescente (por el título intuyo que del mismo modo que Sick Girl, la contribución de McKee a la serie Masters of Horror, y que aún no he podido ver —debe ser algún tipo de fijación). La protagonista de The Woods es una chica problemática enviada por sus padres (ojo a la aparición estelar de Bruce Campbell), aunque tal vez sería más apropiado decir de su madre, a una residencia de señoritas donde no tardará en descubrirse que pasan cosas extrañas. El resultado es una película de terror, con momentos inquietantes, momentos divertidos (en estos eventos donde pueden verse tantas películas seguidas de temáticas similares, es donde uno se da realmente cuenta de lo cercanos que están en muchas ocasiones dos géneros tan aparentemente desvinculados como pueden ser el terror y la comedia), véase la institutriz con el tic nervioso, y sí, momentos sangrientos, pero también semieróticos (una relación lésbica brevemente insinuada con un genial montaje musicado, lo cual es un acierto, pues no se trata de Interiores de un convento, sino de The Woods), o violentos (la pelea en los comedores, por ejemplo). Un cúmulo de sensaciones a la que tal vez se le puede achacar la previsibilidad en algunos momentos, pero plenamente disfrutable y aunque espero cosas aún mejores de su director, es una más que buena muestra de cine de terror. Como curiosidad, dejar notar que "la voz del bosque" es la de Angela Bettis, la protagonista de May.
The Hills Have Eyes, de Alexandre Aja (EE.UU., 2006)
La nueva película de Alexandre Aja era probablemente la más esperada de la muestra. Su anterior película, Alta tensión, me sigue pareciendo una de las mejores películas de terror de la última decada, y tenía muchas ganas de ver lo que había dado de sí el remake de una de las películas de culto del mejor Wes Craven. No me decepcionó, y a la mayoría del público tampoco, exceptuando las diez o doce personas que abandonaron la sala esporádicamente, a medida que la película iba aumentando en truculencia e iba reduciéndose el número de protagonistas vivos. Y es que hay que reconocer que la sensación de angustia era por momentos difícil de soportar, si bien el ambiente de la muestra no es el más apropiado para implicarse poniéndose en el pellejo de los protagonistas y sufrir aunque sea con gusto, pues cada vez que aparece un hacha el público se prepara para aplaudir como si les fuera en ello la vida. Lo cierto es que cualquier persona ajena a la situación podría sentirse verdaderamente atemorizada si intentase analizar las reacciones ante ciertas situaciones de los que allí nos encontrabamos. La revisión de Aja apenas aporta nada argumentalmente a la versión original (unas explosiones nucleares que transformaron a los que se ocultan tras las colinas en lo que ahora son y una memorable incursión en la pequeña y westerniana ciudad que habitan), pero lo que es visualmente, y aunque la película de Craven me gusta mucho, la deja a la altura del betún. El brutal prólogo deja bien patente el hecho de que lo que nos espera no va a ser precisamente suave. Aja no escatima en truculencias y destaca mucho más que su predecesora la transformación del héroe, un demócrata pacifista que se ve transformado en un auténtico serial killer merced a una situación límite que le dejará marcado de por vida. Un auténtico baño de sangre de los que hacen época, entretenido como pocos, y tal vez excesivamente violento para espíritus aún no insensibilizados ante la violencia como otros espectadores más trillados en el género, pero en todos los casos digno de verse y sufrirse y que confirma a Aja como uno de los grandes creadores de cine de terror del momento.
The Great Yokai War / Yôkai Daisensô, de Takashi Miike (Japón, 205)
Hoy en día el concepto de radicalidad en el cine tiene multitud de acepciones. Es de agradecer (yo al menos lo agradezco) que mientras que algunos directores radicalizan su cine en base a poner a prueba la paciencia del espectador (el último Gus Van Sant, Apichatpong Weerasethakul, Alexander Sokurov), otros como Takashi Miike lo hagan tratando de acercar a este al límite de lo soportable, no en términos de paciencia, sino en el contexto de lo sensible. Esto es, provocando asco o aversión (lo que, mal que nos pese, siempre implica un mínimo de atracción) a través de la visceralidad y la violencia, tanto física como emocional. Si además no se hace de forma gratuita, sino que se pretende algún tipo de comunicación con el espectador, por pueril o tópica que pueda resultar, como ocurre en ocasiones con Miike, pues aún mejor. Tal vez por todo eso, esta sea una de sus propuestas más sorprendentes, y sin embargo, tan coherente como la que más con todo su cine anterior. Es sorprendente que un hombre que ha mostrado terribles torturas en la pantalla dejando enormes charcos de hemoglobina combinados con muestras (o festivales) de necrofilia, incesto o sodomía, haga una película orientada a toda la familia, lo que en definitiva incluye a la audiencia infantil, quizá sus principales destinatarios. Es coherente que no lo haga como si de repente le hubiera fichado la Disney, pues aunque The Great Yokai War sea una película que puedan ver los niños (presuponiendo que día a día ven cosas mucho peores en la televisión, porque tampoco hay que engañarse, la película no es precisamente como Los Teletubbies), lleva el inconfundible sello de Miike desde el primer momento. Con un abundante empleo del ordenador y las nuevas tecnologías que el director nipón ya ha empleado en otras ocasiones (recuerdo gratamente el comienzo de Happiness of the Katakuris) el director japonés se recrea en la elaboración de unos personajes totalmente bizarros para participar en una historia de buenos y malos que no lo son tanto. Muy divertida y entretenida. No se pedía más.
Scary Movie 4, de David Zucker (EE.UU., 2006)
Nueva entrega de la saga que parodia todas las películas (preferentemente de terror) de la última hornada, y que en esta ocasión centra su punto de mira en La guerra de los mundos y La maldición, con divertidas (hasta cierto punto) alusiones a Brokeback Mountain, Million Dollar Baby, Saw o El bosque entre otras. Tras el visionado del trailer he de reconocer que tenía ciertas esperanzas puestas en la película siendo consciente de sus limitaciones, pero he de reconocer que cuanto más la recuerdo menos me gusta y menos gracia tienen todos y cada uno de los gags. La presencia de David Zucker en la dirección (el creador de la saga Aterriza como puedas) no resulta ni mucho menos tan solucionadora como pudiera parecer en un principio y lo cierto es que el guión es endeble incluso sabiendo y aceptando desde el primer momento que está concebido única y exclusivamente para servir de soporte a una sucesión de chistes entre los que desgraciadamente los malos se encuentran en mayoría. En una palabra, y abreviando que es gerundio, olvidable.
Sympathy for Lady Vengeance, de Park Chan-wook (Corea Sur, 2005)
Junto con la película de Aja, ésta es la que más ganas teníamos de ver la mayoría, por lo menos aquellos que pensamos que Oldboy (la anterior película de su director) es la mejor película que pasó el año pasado por nuestras salas. De nuevo, y en principio parece que cerrando una trilogía temática (ya que tanto esta, como Oldboy, como la previa Sympathy for Mr. Vengeance son totalmente independientes en lo tocante a personajes), la venganza es el leit motiv de la película. Si en Sympathy for Mr.Vengeance los protagonistas secuestraban a un niño que moría por error, lo que ocasionaría una serie de desgracias encadenadas, en esta ocasión, al principio vemos como la protagonista sale de la cárcel tras una larga estancia de trece años por la misma razón: haber secuestrado y matado a un niño pequeño. Y como el protagonista de Oldboy (aunque él pasó quince años encerrado) también planea una venganza. El enfoque de la película es bastante tarantiniano en el empleo del montaje con continuos flashbacks cortos con la única función de presentar a personajes (a través de subtítulos con la imagen pausada —recurso también utilizado brillantemente por Paco Plaza en el citado Cuento de Navidad), entrelazando continuamente el presente con diferentes etapas del pasado, y también en el tratamiento de la violencia y el empleo del sentido del humor de un modo que en ocasiones lleva a la risa después de haber visto cosas verdaderamente horribles y perfectamente dignas del llanto como el asesinato de un niño, y no quiero revelar excesivamente más detalles sobre el argumento en su apartado final, puesto que la película aún no se ha estrenado en España, pero sí es cierto que conllevará polémica allá por donde pise por esta misma razón, por lo mismo que la generan las películas de Tarantino, porque muchas veces puede molestar contemplar lo cafres o lo degenerados o lo tremendamente destructivos que podemos llegar a ser los seres humanos, y aunque esto parezca contradictorio al parecer que estoy hablando de la realidad cuando, como siempre digo, todos deberíamos saber que se trata de una ficción, no lo es porque precisamente esa ficción esta inspirada en cientos de realidades similares e incluso mucho peores si se me apura.
La película pone al espectador contra las cuerdas infinidad de veces, haciéndole dudar de sus sentimientos, de si quiere realmente que ocurra lo que sabe que va a ocurrir o lo considera del todo punto injustificable. Al contrario que en Oldboy, donde la perspectiva del espectador podría ser más distante en lo tocante a la venganza, pues todo parecía salido de un comic, con que tenía un toque más fantástico, menos cercano aunque no menos palpable, en Sympathy for Lady Vengeance ocurre lo contrario, todo parece demasiado real, y la última media hora puede resultar muy dura. En esos momentos es donde mejor se diferencia a unos espectadores de otros. Los que están insensibilizados ante la violencia cinematográfica (lo cual no estoy seguro de que sea bueno o malo, pero es un hecho), entre los que me incluyo, y que pueden llegar a reírse en determinados momentos (por ejemplo la foto colectiva cerca del final) y a la vez ser capaces de comprender la brutalidad que se les está mostrando y de sufrir tanto por la víctima como por el verdugo, y aquellos que directamente no pueden soportarlo, a los que por supuesto comprendo perfectamente, pues como digo la película puede llegar a ser muy dura dependiendo del cristal con el que se mire. Cada espectador sabe en que grupo se encuentra y sabe si está o no preparado para Lady Vengeance. El que se atreva, probablemente disfrutará de una película divertida, conmovedora y demoledora. El que no, nunca sabrá lo que se pierde y tal vez preferirá no saberlo.
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