Las máscaras del diablo: precursores y descendientes de La profecía
«Su hija no dice que sea un demonio. Dice que es el diablo en persona. Si hubiera visto tantos psicóticos como yo, comprendería que eso es lo mismo que decir que eres Napoleón Bonaparte».
El exorcista (The exorcist, William Friedkin, 1973).
«—¿Es usted un hombre religioso? Quiero decir: ¿cree en lo sobrenatural?
—Creo en mi porcentaje».
La novena puerta (The Ninth Gate, Roman Polanski, 1999).
«Las personas dicen que Dios ha muerto, pero, ¿cómo podrán pensar eso si yo les enseño al diablo?».
El exorcismo de Emily Rose (The Exorcism of Emily Rose, Scott Derrickson, 2005).
La presencia del diablo en el cine es casi tan antigua como la del propio ser humano. El celuloide siempre ha sido un material por el que demonios, anticristos y falsos profetas se han movido a sus anchas, desde Fausto (Faust, F. W. Murnau, 1926) hasta Constantine (Francis Lawrence, 2005). Las líneas que siguen no tienen por objeto analizar en profundidad dicha presencia sino servir de somera introducción al especial que Miradas de Cine publica este mes coincidiendo con el estreno del 'remake' de La profecía, de John Moore, que llega a las pantallas de todo el mundo, como no podía ser de otra manera, el 6/6/6.
La película original, filmada por Richard Donner y estrenada el 25 de junio de 1976, es uno de los títulos fundamentales del cine de terror de todos los tiempos, pero no podría entenderse, ni quizá haber existido, sin las que a juicio del que suscribe son sus dos principales precursoras: La semilla del diablo (Rosemary's Baby, Roman Polanski, 1968) y El exorcista.

Desde siempre, el diablo cinematográfico ha sido un personaje secundario pero de vital importancia en las películas en las qua aparecía, una figura apenas entrevista que ponía en marcha determinados sucesos o inspiraba/obligaba a determinados personajes a hacer algo, un demiurgo que no necesitaba aparecer físicamente en muchos minutos de metraje para impregnar todos y cada uno de los fotogramas. La semilla del diablo es el ejemplo más perfecto y depurado de esa forma de entender la presencia del diablo en el séptimo arte pero también la película con la que todo cambió, la que dio carta blanca al maligno para convertirse en un personaje principal y, por qué no, en el protagonista. La última escena, en la que una aterrorizada Mia Farrow por fin entiende toda la verdad de lo que le ha ocurrido, es el catalizador de ese cambio. El ser de la cuna, que «tiene los ojos de su padre» y aparece en pantalla dos segundos, abrió la puerta a la evolución del subgénero demoníaco. Ya que soñar, o imaginar, es gratis, incluso podríamos suponer que ese mismo bebé es el que el padre Spiletto da en adopción a Robert Thorne en la película de Donner. ¿Por qué no?
Cábalas aparte, La semilla del diablo merece el lugar que ocupa en el género de terror por muchas más razones que la citada anteriormente. Primera adaptación de una novela que dirigió Polanski, la película cuenta con innumerables bazas, como un reparto excepcional —en el que destacan los veteranos Ruth Gordon, Sidney Blackmer, Ralph Bellamy o Patsy Nelly y una joven y por entonces desconocida Mia Farrow—, una dirección artística de lujo, un edificio que por su imponente presencia se convirtió en un protagonista más —los míticos apartamentos Dakota, de Manhattan, frente a los cuales John Lennon fue asesinado en 1980— y un guión aterrador, sin efectismos y con una fidelidad a la novela de Ira Levin casi literal, escrito por el propio cineasta, cuyos primeros minutos pueden descolocar al espectador que se siente en la butaca sin saber muy bien lo que va a ver. Y es que en su arranque se parece más a una historia romántica, con vecinos chismosos de por medio, que a una película de terror. Lamentablemente, en España este encanto inicial se rompió por culpa de quien decidió traducir Rosemary's baby como La semilla del diablo.
Cinco años después que el largometraje de Polanski se estrenó un filme que ha trascendido géneros y barreras convirtiéndose en un icono de la cultura moderna: El exorcista, revitalizador por antonomasia del terror en la industria norteamericana de los años 70 y principal precursor, gracias a su éxito y a que puso de moda al diablo en el cine, de La profecía. Aunque cuenta con todo el efectismo del que carecía La semilla del diablo, ambas películas tienen en común la ambigüedad con la que tratan el asunto demoníaco: ¿es todo real o sólo ocurre en las cabezas de sus atormentadas protagonistas? La película de Friedkin, mucho más que la novela de William Peter Blatty en la que se basa, es una historia que transcurre en la frontera donde se tocan o difuminan muchos conceptos antitéticos, fe o incredulidad, ciencia o religión, posesión o locura, esperanza o desesperación, y que deja al espectador amplio espacio para la reflexión y la interpretación, truncado en parte por 'la versión que no te dejaron ver', estrenada en 2000, que no es la preferida por el director, al contrario de lo que se dijo en la campaña publicitaria, sino por el novelista (1).
El demonio que poseyó a Reagan —una Linda Blair encasillada para siempre en este personaje— llenó también las arcas de la Warner Bros. y, además de avivar el género, provocó cuatro continuaciones: dos secuelas y dos 'precuelas'. De hecho, Warner rechazó producir La profecía porque en ese momento —mediados de los 70— tenía entre manos El exorcista II: el hereje (The Exorcist II: The Heretic, John Boorman, 1977). Parece que dos películas simultáneas sobre el diablo eran demasiado hasta para un gran estudio.

Este pequeño árbol genealógico de cintas satánicas estaría incompleto si no se mencionara a una hermana bastarda de La profecía, La monja poseída (To the Devil... a Daughter, Peter Sykes, 1976), el canto de cisne de la legendaria productora Hammer Films. Basado libremente en la novela homónima de Dennis Wheatley, este ejemplo de la 'explotaition' más descarada mezcla conceptos prestados de El exorcista y La semilla del diablo y comparte ciertos puntos con el primer filme de la saga de Damien. Las interpretaciones de Richard Widmark, Christopher Lee y de la debutante Nastassja Kinski, y el buen oficio —carente de genio pero resultón— de Sykes salvan del hundimiento a un filme cuyo guión —Lee interpreta al líder de una secta herética que planea convertir a una ninfa con hábitos en la esposa del diablo y la madre del anticristo— hace agua pasadas las primeras y prometedoras escenas.
Con el cambio de década terminó la edad dorada del terror moderno pero la figura del diablo jamás perdería ya el estatus alcanzado entonces, aunque fuera degradada en subproductos o comedietas como Reposeída (Repossessed, Bob Logan, 1990) o Little Nicky (Steven Brill, 2000). A lo largo de los 80 y los 90, la sombra del maligno planeó en títulos tan dispares como Legend (Ridley Scott, 1985), El corazón del ángel (Angel heart, 1987), Ángeles y demonios (The Prophecy, Gregory Widen, 1995), El día de la bestia (Álex de la Iglesia, 1995), El abogado del diablo (The Devil's Advocate, Taylor Hackford, 1997), El fin de los días (End of days, Peter Hyams, 1999) o La novena puerta.
Y llegamos a la primera década del siglo XXI, en la que el género ha reverdecido con nuevas incorporaciones, como El exorcismo de Emily Rose, productos mixtos a medio camino entre la acción y el terror, Constantine o Hellboy (Guillermo del Toro, 2004), y una desmedida fiebre por el 'remake' que ha llevado a revisitar todos los éxitos, mayores y menores, del cine de terror setentero, entre los que no podía faltar La profecía.
(1) A este respecto, conviene consultar los extras de la edición en DVD de la versión original, en la que Friedkin y Blatty discuten las variaciones que se incluirán en la, por entonces en preparación, nueva versión.
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