El origen de la bestia
«Esta noche, señor Thorn, Dios le ha dado un hijo».
La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976)
«La profecía cambió mi vida. Con ella se inició mi carrera».
Richard Donner
Aunque no vista los ropajes del realismo social, ni sea una sátira política o un retrato generacional, La profecía es hija de su tiempo. Como todas las buenas películas de terror, refleja, aumenta y lanza a la cara del espectador los miedos, las ansiedades y las preocupaciones de ese preciso momento. Con el final de la década de los 60 terminó también la psicodelia y el 'flower-power' y se apagó la llama revolucionaria del mayo francés. La crisis del petróleo de 1973, el desgaste producido por la interminable guerra de Vietnam y la Guerra Fría o el caso 'Watergate' dieron el golpe de gracia al sueño americano y abrieron la puerta a unos años, los 70, caracterizados por la desesperanza y la pérdida de fe, sobre todo en el mundo anglosajón. ¿Qué mejor momento para la llegada del anticristo?
La idea original de La profecía se atribuye a Robert Munger, quien acabaría siendo asesor religioso de la misma. En una comida con el productor Harvey Bernhard, Munger le hizo la siguiente reflexión: ¿Qué ocurriría si el anticristo hubiera nacido en la actualidad y fuese un niño? Emocionado por las enormes posibilidades de la idea, Bernhard escribió inmediatamente una sinopsis de diez páginas que entregó al guionista David Seltzer. Tras un periodo de documentación de tres meses, Seltzer redactó en cuatro semanas el guión de La profecía, rechazado por todos los grandes estudios hasta que cayó en manos del cineasta Richard Donner, quien la tarde misma de su primera lectura se lo ofreció a Alan Ladd Jr. —entonces encargado del departamento creativo de la Fox y su presidente entre 1976 y 1979—. A la semana siguiente comenzó la preproducción y el resto es historia.

Si La profecía se ha convertido en una de las cumbres del cine de terror es por la credibilidad que emana. En ella no hay aquelarres, machos cabríos, sectas satánicas, estrellas de cinco puntas o cruces invertidas. Está construida como un 'thriller' psicológico que juega hábilmente a confundir al espectador: ¿Damien es de verdad el hijo del demonio o están todos locos? Naturalmente, esto no habría sido posible sin un reparto sólido, serio y verosímil como el encabezado por Gregory Peck y Lee Remick, y sustentado por un grupo de secundarios nacidos para interpretar a sus personajes: David Warner, Billie Whitelaw —la niñera cuyo rostro malévolo es suficiente para provocar pesadillas durante varios días— o el veterano Patrick Troughton, familiar para los fans de la Hammer. En esa misma línea de verosimilitud se mueve la dirección de Donner. «Nunca me planteé La profecía como una película de terror. La concebí como un filme de misterio y suspense». (1) Durante todo el metraje, el acercamiento del cineasta se centra en el plano psicológico, cuya más pura expresión son los frecuentes planos detalle de los ojos de los personajes —incluidos los de los rottweilers—, metáfora de su evidente lucha interna, que alcanza su cima en la escena entre Remick y Whitelaw que tiene lugar en la habitación del hospital, justo antes de que fallezca la primera.
La acertada puesta en escena de las muertes es otra de las grandes virtudes de la película. Ninguno, salvo el de la niñera diabólica, parecen asesinatos, sino accidentes o suicidios, lo que refuerza el carácter ambiguo y contradictorio de lo que se cuenta: o una mano ultraterrena está detrás de los hechos o es que los protagonistas, perdidos en su delirio, ven más allá de lo que hay. Sirva esta referencia a los protagonistas para constatar la excelente química que se produce entre Peck y Warner como pareja de investigadores del misterio, cuyas aventuras en Italia y Jerusalén logran que el interés del espectador durante la parte central de la película, en lugar de decaer, como es habitual, no pare de subir hasta llegar a un último acto, con el descubrimiento de los tres seises, la lucha con la niñera y la escena de la iglesia, simplemente magnífico.
A pesar de la ausencia de sangre, las muertes tienen la suficiente truculencia como para satisfacer al aficionado al cine de terror más curtido y encoger el corazón del espectador asustadizo. Mención especial merecen el ahorcamiento de la primera niñera, clímax de una escena, la de la alegre fiesta de cumpleaños de Damien, que Donner construye a traición para pillar desprevenido al espectador; el empalamiento del padre Brennan, una secuencia en la que se consigue lo imposible: crear sensación de opresión y terror en un lugar al aire libre tan inocente como un parque de día y con la sola presencia de un personaje, que no se ve amenazado por nadie; y la decapitación del fotógrafo, la guinda del pastel de La profecía y punto culminante de un acertado montaje de Stuart Baird, quien actualmente está trabajando en Casino Royale (Martin Campbell, 2006), la nueva aventura de James Bond.

La profecía costó 2,5 millones de dólares y se rodó entre Gran Bretaña, Italia e Israel. Un presupuesto impensable en la actualidad, teniendo en cuenta el reparto o las localizaciones, y que da buena cuenta del espartano sistema de producción que seguían los grandes estudios, en lo que al cine de terror se refiere, durante esa década: el máximo con el mínimo. Ya en la fase de posproducción Alan Ladd Jr. autorizó el gasto de 250.000 dólares adicionales para pagar al compositor que Donner quería para La profecía: Jerry Goldsmith. La inversión se rentabilizó con creces, ya que el músico creó una partitura perfecta —con la que ganó su primer Oscar—, una misa negra cuyo tema central, Ave Satani, además de poner los pelos de punta a cualquiera, se ha convertido en el elemento identificador por excelencia del filme y de las dos secuelas que le siguieron. De la tercera, un penoso telefilme protagonizado por la hija de Damien y en el que Goldsmith fue sustituido por Jonathan Sheffer, mejor ni hablamos.
(1) Declaraciones extraídas del documental The omen revealed.
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