Adolescencia y descubrimientos

«Pues esos falsos apóstoles, obreros engañosos, se disfrazan de apóstoles de Cristo; y no es maravilla, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz».
II Corintios, 11, 13-14.

Cuando a Stan Lee le preguntaban, allá por los años 60, cómo había dado con un personaje tan exitoso como Spider-man, el famoso editor y guionista siempre respondía que el 'trepamuros' era el primer superhéroe adolescente con problemas y que por esa razón sus lectores se habían identificado tan fácilmente con él. Salvando las distancias, y sin ninguna intención humorística por mi parte, siempre he pensado que el Damien de La maldición de Damien (Damien: Omen II, Don Taylor, 1978) era un diablo adolescente con problemas, a la manera del personaje de Marvel. Quizá por eso, porque la película explora una época de la vida de las personas proclive a las contradicciones, a los descubrimientos y a las inseguridades, es una secuela más interesante y menos fallida que las habituales del género.

Partiendo de la base de que La maldición de Damien no llega al nivel de La profecía en ningún momento, es de justicia reconocer en ella algunos aciertos, sobre todo en cuestión de guión —paradójicamente, en este apartado se hallan las mayores virtudes y los peores defectos del filme— y de calidad interpretativa, por encima de una dirección simplemente correcta, académica, con la esperada vuelta de tuerca en la truculencia de los asesinatos pero con una puesta en escena poco brillante, que palidece si se la compara con la original de Donner.

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Damien, interpretado con cierta gracia por Jonathan Scott-Taylor, tiene un papel mucho más activo en esta secuela, lo que permite explorar temas que en La profecía eran imposibles de tocar. Sus conflictos internos, su relación con sus tíos —que lo adoptan tras la trágica muerte de sus padres— y su primo, y el volcán que en él se desata cuando descubre su verdadera naturaleza, son motores que mueven la película con bastante fluidez y sin que el espectador tenga la percepción de que está asistiendo a una repetición, más o menos disimulada, de lo que se contaba en la primera parte. La maldición de Damien no es un refrito al uso, aunque comparta muchas similitudes con su predecesora, al fin y al cabo las dos van de lo mismo, eso es innegable, y el conflicto principal se establece entre aquellos que descubren la identidad de Damien y los que tratan de evitar que se haga pública, entre ellos el propio interesado, que en La profecía se limitaba a ser un mero espectador.

La importancia de los protectores de Damien, de sus acólitos, también crece en esta película (el primer versículo de la cita con la que empieza este artículo es el mismo con el que se cierra el largometraje). Uno de ellos, el sargento Daniel Neff, es el encargado de revelar al joven anticristo su condición, o, más bien, de sugerirle dónde debe buscar para comprenderse a sí mismo. El otro, el ejecutivo Paul Buher, tiene la misión de allanar el camino para que Industrias Thorn se convierta en el poderoso imperio desde el que Damien, cuando lo herede, gobernará el mundo. Esta subtrama es especialmente interesante, ya que el citado Buher quiere convertir el hambre del Tercer Mundo en un negocio redondo a través de la compra de terrenos en los países pobres, donde se cultivarán productos alterados en laboratorio con la ayuda de pesticidas de última generación. Las conexiones con la actual polémica de los alimentos transgénicos son más que obvias y evidencian la lucidez y capacidad de anticipación de los guionistas, Mike Hodges —quien comenzó a dirigir la película pero abandonó por desacuerdos con la productora— y Stanley Mann, y del autor de la historia, el productor Harvey Bernhard, quien también parió la de la primera parte. En cuanto al tercer acólito, me reservo su identidad para no destripar miserablemente el final del filme, pero su papel es igual de importante que el de los anteriormente citados.

El trabajo de los guionistas también brilla especialmente en el escalofriante prólogo, donde el arqueólogo Bugenhagen muestra a un colega 'el muro de Yigael', un fresco en el que se describen las diversas edades del anticristo, que tiene la cara de Damien. Con este arranque, además de capturar la atención del espectador, se otorga a la película una dimensión más épica, que rompe con el tono de la primera parte, justificado allí pero que no funcionaría en esta secuela. La posibilidad de que todo fuera una paranoia, de que los personajes hubieran perdido el juicio al confundir a un niño inocente con el hijo del diablo, queda desterrada a los primeros minutos de metraje. En La maldición de Damien ya no hay lugar para la duda; se va a establecer una lucha del bien contra el mal, de la oscuridad contra la luz, del anticristo contra el hijo de Dios, que cristalizará en la desaprovechada tercera parte.

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Frente a los hallazgos del guión también existen, como se ha mencionado antes, ciertos problemas fundamentales: lo previsible del desarrollo de la narración —las muertes de todos los que descubren o sospechan la verdad se suceden irremediablemente— y el hecho de que los guionistas rompan la continuidad con lo que se cuenta en la primera parte en un punto decisivo: si el personaje de Gregory Peck muere en La profecía cuando está a punto de asesinar a Damien con las dagas de Megido —lo único en la Tierra que pude hacerle daño— en una iglesia de Gran Bretaña, ¿por qué las dagas vuelven a aparecer en La maldición de Damien en el lugar donde Peck fue a buscarlas, la excavación de Bugenhagen en Israel, y no en Londres? O los guionistas pasaron por alto este detalle, cosa poco probable, o no tuvieron la suficiente imaginación para inventar una excusa creíble sobre cómo llegaron a las manos del tío de Damien las dagas.

Si la película funciona a pesar de estas consideraciones también es mérito, como en la primera parte, de la elección del reparto. William Holden y Lee Grant no tienen nada que envidiar a la pareja compuesta por Peck y Lee Remick, de hecho al primero se le ofreció el papel de padre de Damien en La profecía antes que al segundo. Los actores adolescentes, el citado Scott-Taylor y Lucas Donat, quien interpreta a su primo, Mark, están mucho más contenidos y hacen menos aspavientos que los 'yogurines' actuales de este y del otro lado del Atlántico. El mismo buen hacer es aplicable a los secundarios, sobre todo a los por entonces jóvenes Robert Foxworth, quien saltaría a la fama mundial poco tiempo después como el Chase Gioberti de la televisiva "Falcon Crest", y Lance Henriksen, el androide Bishop de la saga Alien o el Frank Black de la magnífica serie "Millennium", de Chris Carter.

Para el reparto se buscó la misma calidad que en La profecía, así que con la banda sonora no se podía hacer menos. Jerry Goldsmith, ganador del Oscar por dicho título, regresó a un material ya conocido para darle nuevos y más terroríficos bríos. El leitmotiv de los cuervos, que aquí sustituyen a los rottweilers del filme original, está al nivel del "Ave Satani", por lo que no se puede acusar al compositor de autoplagio sino felicitarle por saber ir más allá.

Por Daniel G. Rojo
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