Ascenso y caída

Después de una primera entrega excelente y una segunda bastante interesante, el cierre de la trilogía de Damien prometía una traca final digna de un anticristo en todo su esplendor. Lamentablemente El final de Damien (The Final Conflict, Graham Baker, 1981) no cumplió con ninguna de las expectativas. La película, firmada por un realizador novato a quien el proyecto le venía grande, en insulsa y fallida por culpa de un guión flojo, que nadie sabía como terminar, a juzgar por los resultados en pantalla, y unas actuaciones acartonadas, a excepción de la del protagonista, un Sam Neill que hasta entonces no había trabajado fuera de Australia y Nueva Zelanda.

Poner punto y final a la saga de La profecía (The omen, Richard Donner, 1976) no era tarea fácil a nivel narrativo, al fin y al cabo, ¿quién puede matar al diablo? Con esa losa sobre su cabeza, Andrew Birkin, quien años después colaboró en la brillante adaptación de El nombre de la rosa (Der name der rose, Jean-Jacques Annaud, 1986), escribió un guión con tramas poco cohesionadas, trilladas y aburridas, cuyo interés desciende conforme avanza el metraje hasta llegar a un final sin clímax, que se desinfla como un balón pinchado. Damien Thorn, dueño de una famosa multinacional con ramificaciones en todo el mundo, consigue el puesto de embajador en Gran Bretaña para poder frustrar la segunda venida de Cristo, que según un evangelio apócrifo tendría lugar en 'la isla del Ángel': Inglaterra. La trama del asesinato del recién nacido Jesucristo, que Damien pone en marcha a la manera de la matanza de los inocentes de Herodes, se entrecruza con la de un grupo de monjes que ha recuperado las dagas de Megido —las únicas armas que pueden hacerle daño— y se dispone a matar con ellas a Thorn, antes de que éste acabe con Jesús. Los intentos de los monjes son tan previsibles y penosos que el espectador puede imaginarse el resultado de antemano, por lo que carecen del más mínimo interés narrativo. Su puesta en escena es igualmente anodina, más propia de un telefilme gris que de una película rodada en 2.35:1.

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La búsqueda y asesinato sistemático de todos los niños nacidos en la misma noche que el hijo de Dios ilustra muy bien lo extensa que es la red de acólitos de Damien —su reunión en una caverna es una de las pocas escenas impactantes del filme— y lo lejos que están dispuestos a llegar para complacer a su señor. Sin embargo, Baker desaprovecha todo el potencial de los discípulos oscuros limitándose a encadenar una serie de escenas en las que estos comenten los infanticidios y a olvidarse después del tema (ahí está otra vez ese guión inconexo y deslavazado, que parece hecho a base de fragmentos de borradores mal hilvanados).

Entre medias de las dos subtramas, una periodista británica se inmiscuye en la vida de Damien y, además de acabar en su cama, descubre que es el anticristo y que su hijo se ha convertido en uno de sus más ciegos seguidores. Desafortunadamente, los trazos tan gruesos con los que está construido el personaje impiden cualquier posibilidad de identificación o empatía por parte del espectador.

Las carencias del guión y la floja dirección de Graham Baker no inspiraron mucho al reparto. Las interpretaciones, sólidas y creíbles en las dos primeras partes de la saga, dejan mucho que desear en ésta. Ni el grupo de sacerdotes ni los colaboradores de Damien brillan por su entrega, Lisa Harrow hace lo que puede con su papel de periodista y sólo Sam Neill parece creérselo un poco. Su papel es el único que permite cierto lucimiento, sobre todo en los soliloquios donde reza a su padre, el diablo.

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Entre tanta decepción, se salvan algunas críticas veladas a la política y las altas finanzas, herramientas de las que Damien se vale para construir su imperio del mal. El anticristo trata de tú a tú al presidente de los Estados Unidos y maneja información privilegiada sobre los conflictos bélicos mundiales, que emplea en beneficio propio, como es natural. Su multinacional utiliza como tapadera la ayuda humanitaria para provocar revueltas y agitaciones y derrocar gobiernos... en fin, que en lugar de Thorn Industries hoy podría llamarse Halliburton y ser portada de periódicos e informativos. Digna de ser salvada es también la banda sonora de Jerry Goldsmith, que aparca los coros, sin suprimirlos del todo, en favor de una partitura sinfónica y épica, a la medida del enfrentamiento entre Dios y el diablo que el filme debería haber sido.

La maldición de Damien es la crónica del ascenso y la caída de su protagonista y también de la saga cinematográfica. El final, con un Jesucristo en plan superhéroe que fulmina al maligno con un rayo de luz cegadora, es el último clavo en la tapa de un ataúd de 108 minutos de duración, que poco aporta al género y que merece verse por 'completismo', nada más. Como todo es posible en la industria del cine, la Fox se las arregló para despertar del coma a la serie y rodar una cuarta parte, un infame telefilme protagonizado por la hija secreta de Damien que en España llegó a estrenarse en salas comerciales. Ojalá el 'remake' de La profecía sirva para elevar, aunque sea un poco, el bajo nivel con el que se despidieron las andanzas de la bestia en la Tierra.

Por Daniel G. Rojo
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