Relectura innecesaria

Más que un 'remake' al uso del filme original de Richard Donner, La profecía (John Moore, 2006) es una relectura o reinterpretación del guión de David Seltzer —no en vano su nombre se mantiene en los créditos— de acuerdo a los tiempos que corren y para satisfacción de la audiencia del siglo XXI, que prefiere, en lo que al terror respecta, lo mostrado a lo sugerido, el susto fácil a la lenta creación de una atmósfera opresiva y terrorífica. Precisamente a la película de Moore le sobra lo primero y le falta en más de una ocasión lo segundo, esa explotación de los resortes del inconsciente que despiertan el miedo más ancestral, de la que Donner hizo gala en la primera encarnación fílmica de la saga de Damien. En algo se tenían que diferenciar los simples ilustradores de guiones de los cineastas, claro está.

De entrada, el primer cambio apreciable es la actualización de los prototipos de masculinidad y feminidad. El Robert Thorn de Liev Schreiber es un personaje mucho más frágil e inseguro que el de Gregory Peck y tiene menos reparos a la hora de mostrar sus sentimientos. Llora en el hospital cuando le comunican que su hijo ha muerto y su mujer ha quedado estéril y no duda en lanzarse a proteger a Damien cuando la primera niñera se suicida (algo que en la original hacía su madre). Igualmente, la Katherine de Julia Stiles —poco creíble por su excesiva juventud— es una mujer que toma decisiones y no necesita tener un hombre cerca para sentirse protegida, lo que sí le ocurría a Lee Remick. Pero, sin duda, el personaje que más se ha transformado es el de la segunda niñera, la malvada señora Baylock. Si Donner apostó por enseñar las cartas desde el principio con el rostro terrorífico y la interpretación clásica del villano de Billie Whitelaw, Moore se decanta aquí por las segundas intenciones valiéndose de la angelical Mia Farrow.

Otra de las grandes diferencias que separan la versión de 2006 de la de 1976 es la inclusión de una escena inicial donde se narra que el Vaticano es consciente de la inminente llegada del anticristo, única aportación digna de mención con respecto al guión original de Seltzer. En un alarde posmodernista, Moore vuelca en pocos minutos decenas de símbolos asociados con el Mal, desde los más ancestrales hasta el 11-S, demostrando así la importancia de la iconografía en la sociedad actual y su arraigo en el inconsciente colectivo, muy superior al de cualquier época pasada.

En su afán por hacer saltar al espectador de la silla —¿hasta qué grado es un capricho del director o una exigencia del estudio?—, John Moore ha incorporado también tres escenas nuevas, los sueños de Katherine y Robert, totalmente insustanciales y previsibles pero que cumplen su función a base de encadenar sustos fáciles, truculencias varias y efectos de sonido estridentes. Nada nuevo bajo el sol.

La mayoría de las muertes también se han escenificado de manera ligeramente diferente, sin resultar por ello más impactantes. De hecho, en más de una ocasión a Moore le sale el tiro por la culata por no haber sabido crear adecuadamente la atmósfera de tensión in crescendo previa al asesinato, algo en lo que Donner no erró jamás. Por lo demás, el desarrollo argumental sigue punto por punto el de su predecesora, sin desviarse del camino marcado por Seltzer hace tres décadas, lo que demuestra la excelencia del material primigenio.

Partiendo de la base de que un 'remake' de La profecía era innecesario, ya que ni se ha quedado desfasada estéticamente ni su contenido ha perdido vigencia, el largometraje de Moore es una digna pero inútil actualización posmoderna, que se eleva discretamente por encima de la media de las nuevas versiones de clásicos del terror de los 70 sin llegar al nivel del único hito reciente: La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, Marcus Nispel, 2003), que sí tuvo la suficiente valentía como para cambiar, siempre para mejor, el guión de la original.

Por Daniel G. Rojo
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