Este rollo de las posesiones, las apariciones y las manifestaciones más o menos espectaculares del maligno, con el debido respeto, ya no impresiona a nadie. Las audiencias han mutado y ahora se adora al diablo sin disimulo, con delectación y afán exhibicionista. Como muestra del aliento azufrado que domina en esta tierra del demonio, sólo hace falta ir a ver una película cualquiera de adolescentes asesinados/asesinables: la nueva generación aplaude los crímenes, premia la maestría en la ejecución, el impacto estético del borbotón de sangre salpicando el rostro de la víctima. ¡Que se mueran los buenos!

Así pues, especialistas como somos todos en ponerle una vela a Dios y otra al Diablo, vamos con una entrañable galería de malos retorcidos, sociópatas obstinados y seres perversos en general. No los juzguen, harta desgracia tienen con haber nacido para ser odiados… o admirados, porque algunos de sus espantosos crímenes nos dan ideas irrealizables (como a Archibaldo de la Cruz), calmando así nuestra ira inexplicable contra nadie en concreto.

La selección es del todo sesgada y rehuye cualquier intención clasificadora. Estos son 15 de mis malos antológicos. Si no les gustan —como mis principios— no teman: ¡tengo otros!

Peter Lorre en M, el vampiro de Dusseldorf (M, 1931).- En el clásico langiano, un asesino de niños con cara de duende sicótico era perseguido tenazmente por la fauna más heterogénea emergida de los bajos fondos; lumpen corporativista que no dudaría en someterle a juicio sumarísimo y condenarlo de manera inapelable. El pobre hombre estaba majara perdido, pero uno sentía algo de lástima viéndolo cercado por tan nutrido grupo de antagonistas del hampa. Y es que si el negocio corre peligro, hasta los mismísimos ladrones son capaces de sacarle brillo a su código moral. Incluía un jurado "popular" constituido para juzgar el mal desde las mismas filas del mal, un elogio de la ineptitud policial y un anticipo visionario (como casi todas las películas realizadas entre los años 20 y 30 por Fritz).

Mickey Rourke En el Corazón del ángel (Angel Heart, 1987).- Este sí que estaba hecho un lío… y es que pocas cosas hay más dignas de lástima que un malo que no sabe que lo es. Ays, dan ganas de adoptarlos y todo, pobrecitos. El bragado Rourke, que conocería como actor cierto periodo de gloria antes de que la vida lo moliese a palos, está emperrado en resolver una serie de asesinatos donde él mismo se encuentra extrañamente relacionado con el lugar y el momento del crimen. Aunque claro, llamándose Harry Angel, qué se podía esperar de él… pues eso, que estuviese en tratos con el mismísimo Diablo.

¿? en Saw II (id., 2005).- La moda de los killers IKEA (elija su víctima entre un amplio catálogo y móntese usted mismo el escenario del crimen con bonitos muebles modulares) llegó al colmo de la imbecilidad con Saw y sus continuaciones, saga que promete contraatacar una vez al año sustentándose en el regodeo sádico de las plateas. Cuanto más sórdido, inverosímil y macabro, mejor.

El asesino transformado en un artista, obsesionado por performances y puestas en escena contundentes. No sabemos por qué el malo es malo, no sabemos por qué está tan enfermo el director… aunque intuimos que asistir a tamaña memez con pretensiones snuff no debe de ser bueno para el cerebro. ¿Qué se puede esperar de un invento que se regodea de ver censurado su cartel anunciante, como si ello constituyese, por sí mismo, un logro sin igual?

Orson Welles en El Tercer hombre (The Third Man, 1949).- El toque cínico es lo que diferencia a los "perversos" de los simples "malos". Y el más perverso —por lo plenamente consciente de sus actos— sería este Harry Lime, pragmático diosecillo que lo observa todo desde las alturas de la noria del Prater, contando puntitos y multiplicando por envase de penicilina sisado. Pocas cosas hay más cinematográficas que un cabrón con estilo, con la suficiente falta de escrúpulos como para dejar la elección de sus víctima en manos del azar. Podría quedarme con un café iluminado en plena noche, un vendedor de globos y una persecución subterránea, pero de El tercer hombre siempre  recordaré a Joseph Cotten y su declaración de amor a Alida Valli, quizás algo enturbiada por su evidente borrachera.

foto

Laurence Olivier en Ricardo III (Richard III, 1955).- Sí, lo mejor de las tragedias shakesperianas son esos malos de una pieza, auto convencidos de su propia maldad, volviéndose al público en mitad del monólogo y regodeándose en sus actividades maledicientes. Podría haber elegido a cualquier otro, pero es que el buen monarca inglés se lo curra que no veas: tullido, retorcido, dispuesto a cortejar a la hija de quien ha asesinado… y capaz de ceder su reino por un caballo. ¿Quién mejora eso?

Charles Boyer en Luz de gas (Gaslight, 1944).- Y es que hay que ser muy mala persona para intentar volver loquita a la pobre Ingrid Bergman, quintaesencia angelical antes de que se liase la manta a la cabeza y se fuese a vivir la vida loca con Rossellini (¡perdida, más que perdida!). 

Más retorcido que el ama de llaves de Rebecca, Charles envuelve las continuas atenciones hacia su esposa en una prosa sibilina, dispuesto a hacerle ver con impertérrita conmiseración que está de manicomio, por mucho que él, amantísimo consorte, trate de minimizar sus desvaríos histéricos. Menos mal que Joseph Cotten andaba en las inmediaciones, antes de su viaje a Viena…

Robert Walker en Extraños en un tren (Strangers on a Train, 1951).- Qué mejor actor para interpretar a un demente que uno acostumbrado a rebotar de sanatorio en sanatorio, entre el delirium tremens y los ataques de ansiedad… Robert —que se casó con la hijísima de Ford, John Ford, para ver como el matrimonio quedaba anulado apenas unas semanas después— será por siempre jamás Bruno Anthony, entrañable niño de papá con muchas ganas de arreglarte la vida intercambiando asesinatos. No te pide nada que él no esté dispuesto a hacer, pero… asegúrate de que tú también cumplirás tu parte del trato.

Glenn Close en Atracción fatal (Fatal Attraction, 1987).- Michael Douglas era un Rodríguez feliz de su condición hasta que esta mujer del diablo se cruzó en su camino. Créanme: no ha habido hombre que haya lamentado más echar una cara al aire. Chantajista emocional, secuestradora ocasional, escaldadora de conejitos, obsesiva y taladrante, esta mala tiene sus motivos —¿y quién no?— aunque esté dispuesta a llegar demasiado lejos en su cruzada anti-bragetil. Desde entonces, se ha convertido en la peli de cabecera que todas las chicas obligan a ver a sus novios que se van a estudiar al extranjero, auténtico chute de bromuro para prevenir malos pensamientos y actos impuros con parisinas desinhibidas o mexicanas desbordantes.

Henry Fonda en Hasta que llegó su hora (C’era una Volta il West, 1968).- El bueno por antonomasia ("¿cómo demonios vas a hacer de malo con esos ojos azules?", le decía Sergio Leone) se transmutó para el Thomas Alba Edison de los spaghetti-westerns en un entrañable hijo de puta, dispuesto a cepillarse a media familia de campesinos o descerrajarle un tiro en el entrecejo a un mocoso superviviente. Luengas gabardinas, rifles de repetición y escupitajos pastosos. Frank era un malo de opereta, sí, con su barba de tres días y la mirada torva. Pero aún así se merendaba al chico de la armónica, un Charles Bronson tan "expresivo" como siempre. Por cierto, el trabajo preferido de Henry Fonda cuando hablaba de su propia carrera.

Harvey Keitel en Teniente Corrupto (Bad Lieutenant, 1992).- Trabajar para Abel Ferrara (que de por sí solo ya parece practicante de misas negras y frecuentador de akelarres) exige desprendimiento, generosidad y espíritu suicida. Todo eso lo atesoraba en un tiempo Harvey, que bordó el papel de policía chungo maleado a pie de calle, antes de que Denzel Washington se llevase un oscar por hacer una parodia de este personaje en Día de entrenamiento. Unas apuestas cubiertas con dinero ajeno, la violación de una monja, algo de drogas y unas conductoras sorprendidas en un semáforo por un salpicador de pinturas metalizadas con placa de policía.

Roman Polanski en Chinatown (id., 1974).- Su aparición es puntual, fugaz, casi cómica. Pero ese modelito que me lleva (tan parecido al de Garci cuando recogió el oscar por Volver a empezar), ese dandismo viciosillo, esa navaja, ese Jack Nicholson acojonado, ese "¿Sabes lo que les ocurre a quienes meten las narices donde no les llaman?"… mención aparte, pues, para este director que se marcó el cameo de la década, en un filme con otro malísimo socarrón acostumbrado a contarlo con una cámara (John Huston).

Dennis Hopper en Terciopelo Azul (Blue Velvet, 1986).- Las cosas que se pueden llegar a ver desde dentro de un armario… por ejemplo, a Dennis beneficiándose a la hijísima de la Bergman, mientras se pega un chute de oxigeno y la insulta un poquito, para terminar acunado por su «¡¡¡mamiiiiiii, mamiiiiiiii!!!»… desde luego, It’s a strange word!

foto

Michael Rooker en Henry: retrato de un asesino (Henry, Portrait of a Serial Killer, 1986).- Fríamente, sin motivos personales. Puedes tener un mal encuentro y cruzártelo al volver del curro, sirviendo de primer plato a su inexperto escudero, todavía virgen en las lides del degüello. Sabe qué hacer con un aparato de televisión y es firme defensor de las pantallas de tubo vs. planas. Descuartizador algo chapucero, acostumbra a dejar maletas abandonadas en descampados solitarios. Abstenerse estómagos sensibles.

Kevin Spacey en Se7en (Seven, 1995).- Está de moda el convertir al malo en el auténtico ‘prota’ de la película, en el tío más inteligente del condado —y si, también en el más tarado—. El otrora buen actor Kevin Spacey se dedicaba a perpetrar asesinatos con rúbrica bíblica, a enumerar a viva voz los siete pecados capitales que tanto parecen obsesionarle. No sabemos exactamente cuál fue su trauma infantil, pero juramos no practicar jamás la pereza. ¿Resulta el mal mucho más terrible cuando tiene, sencillamente, apariencia humana?

Robert Mitchum en La noche del cazador (The night of the Hunter, 1955).- El predicador que practicaba con denuedo aquello de que "la caridad bien entendida empieza por uno mismo". El amigo de lo ajeno que sabía como ganarse el cariño —y algo más— de viudas y huérfanos desamparados. El ogro que todo cuento para niños tiene que tener, haciendo equilibrios entre el amor y el odio. Manos entrecruzadas, lucha eterna, un velo meciéndose en el fondo del mar, sombras proyectadas contra las paredes de una buhardilla. ¡Arrepiéntanse!

Por Jorge-Mauro de Pedro
foto