El código da crítica
Como si se tratase de un gran misterio depositado en el culo de un recipiente de cristal quebradizo. Con ganas de dar respuestas a criptogramas impostados, este mes y el anterior osamos tratarnos de tú a tú con la gente esa que pretende hacer de la opinión un oficio. Que en su derecho están, oigan... si cuela, cuela. El resultado ha sido un compendio de declaraciones explosivas (¿?), peloteo insulso y tópicos yoístas... amén de algún que otro renuncio.
Mientras tanto la polémica estallaba en Argentina en torno a una gililey que pretende "cobrarse" la subvención con un plano de n segundos de la banderita patria. Todos los cineastas de allá —y muchos de los de allá que trabajan acá— se llevaron las manos a la cabeza... el texto de la propuesta no tiene desperdicio e incluye perlas como: «el centro de la cuestión es acercar a la gente a los símbolos patrios con la doble finalidad de reforzar la noción de identidad argentina y de darle a la misma una especie de sello de calidad». ¡Menuda crack la senadora Silvia Giusti! Exigimos su aparición en la próxima entrega de Torrente.
En este mes hubo poco cine y demasiado tiempo para pensar... lo cual no implica que tengan cabida razonamientos particularmente brillantes. ¡Limitado que es uno!
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Dios era mujer: pos fale, pos fueno, pos m’alegro.- Llegó la herética, la maléfica, la malevolente película-adaptación del año. En El código da Vinci se pone en tela de juicio uno de los dogmas fundacionales del cristianismo (vamos, yo salí del cine con una crisis de fe que no vean: voy por la mitad de los 300 avemarías de penitencia que me endosó mi confesor), hecatombe ficcional que conducirá de cabecita al infierno a quien la vea dos veces seguidas sin propósito de enmienda.
Primera puntualización: no leo sub-literatura de metro, así que esquivé certeramente el superventas de Dan Brown, especie de Biblia apócrifa que llevo dos años viendo arrastrar bajo el brazo al tío ese de la corbata, a la moza con pelo a lo afro, a la mujerona del jersey negro o al mocoso del discman dorado. Algo deberá de tener, digo yo...
En lo estrictamente cinematográfico, El código… es un producto moderadamente entretenido que nos revela algo que todos sabíamos: ¡Amelie es divina! (aunque se esté quedando más chupada que la pipa de un indio... ¡Audrey, gana unos kilitos, mona, que de anoréxicas está la Industria llena!) Y Ian McKellen, un pedazo de actor que con un solo movimiento de su cachaba deja en paños menores al sosias bioscarizado de Hanks.
¿Polémica? Bueno, qué quieren que les diga... no conozco a ningún miembro numerario del Opus Dei (trato de ser selectivo con mis amistades), pero dudo que el cilicio que se apliquen mole tanto como el de Silas, el albino psicópata que se pasea por Francia disfrazado como el Guillermo de Baskerville de El nombre de la rosa. Ese rollito debe de gustarle más a Marilyn Manson o a Cristina Aguilera, que siempre me la he imaginado con un lado oscuro de padre y muy señor mío.
Como cuento, en definitiva, no está mal... aunque claro, el original le lleva 20 siglos de ventaja. Habrá que esperar: quizás termine calando de una vez por todas eso de la Naturaleza humana de Cristo (que tampoco es muy nuevo que digamos: desde La última tentación de Cristo a noveluchas como El quinto evangelio se atrevían ya con algo que consta en varios textos apócrifos).

Sólo espero que ahora, al visitar el Louvre, uno pueda por fin acercarse a menos de veinte metros de La Gioconda... con un poco de suerte, los turistas yanquis estarán de rodillas sobre la pirámide invertida, rezando a María Magdalena 'llena eres de gracia'... desde luego, un cambio de sexo —a efectos de marketing— no le iría nada mal a Dios Todopoderoso. ¿Han pensado en las posibilidades, señores del Vaticano? ¡Renueven la franquicia y póngale faldas, demonios!
BAFF 2006. Resaca made in Taiwan.- El festival de cine asiático de Barcelona —como L’alternativa, como el MECAL— constituye todo un acontecimiento para este que les habla. Quizás porque mi alienante rutina 'clase media' me impide desplazarme hasta los certámenes de más prestigio sin recibir ipso facto el finiquito, quizás porque si tuviese la oportunidad... tampoco lo haría. (Bah, miento como un bellaco: daría cualquier cosa por cubrir Cannes, por estar a pie de playa rodeado de starlets de pezones recauchutados, por asistir desde la fila 1 al mágico día en el que abucheen una película de Oliveira o... ah, sí, por disfrutar antes que nadie de la última de Von Trier, ver despuntar su nariz afilada medio palmo por encima de la del resto).
Les ahorraré cualquier apreciación sobre la docena larga de filmes vistos, porque realmente no se trataba de eso. El BAFF sirve de maravillosa excusa para encontrarse con gente igual de flipada que uno, con 'volaos', yonquis de la sala oscura y demás hierbas, que vaya usted a saber cómo se las apañan para crecer entre el duro asfalto de la Gran Vía. Durante poco más de una semana, uno se siente parte integrante de una logia sin rito de iniciación ni liturgia casposa, por mucho que seamos tan dados a las conspiraciones... tenía algo de mágico saber que un puñado de tarados estaban escuchando las disertaciones de Christopher Doyle mientras fuera más de un millón de almas celebraban el triunfo del equipo local en la liga. Pertenecer a un club o a otro (al de los taraos o al de los imbéciles... o a ambos a un tiempo, ¡por qué no!) es una elección personalísima, qué duda cabe.
Les contaré de tardes en bares universitarios (epicentro de cualquier ocio clandestino), de conversaciones en cafeterías que siempre hacen esquina, de azucarillos, teína, dos cortados y un frankfurt ingerido contra reloj. Y le quitaré épica, porque no la necesito para justificar mi elección: el cine por encima de la vida (¡tamaño gilipollas...!).
Reconocer a gente en la cola. Gente curiosa, gente diversa. Amantes de sensaciones, que no implica necesariamente que compartan contigo el pecado capital de la cinefilia. Curiosidad infinita, eso es. Por ver lo que nos cuentan desde el otro lado del mundo, por aprender nuevas formas de contarlo, por disentir de la mayoría, por soltar con cierto aire mesiánico un "¡menuda mierda!", un "¡eeeeesa es una puuuta obra maestra, chaval!!".
Y llega el lunes y vuelves a verlos, prácticamente en el mismo lugar donde los dejaste ayer. El leve gesto con la cabeza se convierte en un saludo formal. Como con Alberto, un tipo al que apenas he visto cuatro veces en dos años y que me cae jodidamente bien. Me consta que de vez en cuando escribe también sobre cine (¿en pasadizo.com?). Es de los míos, de los que junta palabras para justificar una acreditación ganada a pulso sólo con el entusiasmo que le echa. Le quita tiempo a las cosas "que importan" para estar aquí, para aguantar hasta la tercera sesión del Club Aribau, que concluye pasada la medianoche (enorme putada para quien debe ponerse en pie a la seis de la mañana). Todos estamos un poco locos, todos lo aceptamos con resignación. Como Daniel y sus crónicas diarias para www.contrapicado.net, interrumpidas abruptamente por el tedio y la desilusión. Enrique reivindicando la copa América, escurriendo la mirada tras unas falda multicolor. Stefan leyendo un libro doblemente ininteligible (porque no conozco al director que tantas páginas merece y porque... joder, está escrito en serbio).
Redactores que vienen arrastrando las maletas, recién aterrizados de un festival austriaco. Un doctor con cara de personaje de Chéjov que aprovecha la huelga del sector para empaparse de cine, acompañado por hermosas mujeres algo acojonadas por su "mundo interior" («¿será así de "rarito" en todo»?). Un tímido recalcitrante, un falso serio para quien no lo conozca llamado Josep Marín —al que le tocará, como cada número, leerse este interminable artículo y corregir mis desmanes léxico-ortográficos—, tapándose los ojos ante las burradas que ve en la pantalla, pero disfrutando como un enano de perversiones en 35 mm. La encargada de comunicación (¡cuánta imaginación tenemos inventándonos cargos!) empapuzándose de palomitas, ajena a los desmanes sanguinolentos, como si tal cosa. El jefe dando entrevistas, embarcado en algún proyecto que será... o no será. Esa chica de Madrid que lo acompaña y que demuestra que detrás de todo barbudo escasamente fotogénico hay una mujer sorprendida. Y una alicantina que firmará la crónica del festival (la buena, no ésta): musa sin su abate, forofa impertinente, perversa dalia negra entre cardos borriqueros...
¿El cine? Bah, el cine. ¿Acaso consumen películas con otra finalidad que no sea la de hablar de ellas con los amigos? Pues ténganlo bien presente, porque siempre podrían prescindir de la imagen, pero jamás de esa compañía dispuesta a escuchar sus razones. Las que sean.
Duelo oriental en OK Corral.- Poco a poco he ido introduciendo la malévola práctica de incluir comentarios de compañeros de redacción. Es una táctica rastrera y traicionera (después de todo, son correos electrónicos para "consumo" interno; ninguno de ellos realiza disertaciones alambicadas por este cauce más práctico que teórico).
¿Pero no sería una pena que sus palabras acabasen en el cesto de los correos eliminados, sin más? Fíjense que tres andanadas soltaron —prácticamente el uno a continuación del otro— con la excusa del festival de cine asiático...
Beatriz Martínez.- "(…) el cine asiático no se restringe a esa nómina de autores que dais algunos. Siempre los mismos nombres, por favor, ¡un poco de imaginación! Tsai Ming Liang, Hou Hsiao Hsien, Apichatpong, Kawase... claro, hacen un cine súper elevado e intelectual. Y otros autores más modestos pero igual o más interesantes dejan de estar en vuestra nómina sólo porque no hacen planos de diez minutos y medio. No me gusta nada esa actitud, lo siento, creo que es demasiado elitista.
Siempre me ha gustado el cine de autor, pero también hay que dejar paso a otras opciones; al cine de género, por ejemplo. Un ejemplo de esta hipocresía. El año pasado todo el mundo se rindió ante Johnnie To con Election. Estuvo en la Sección Oficial de Cannes y fue aplaudida. Era un filme sobrio, de autor. Pero... las mismas personas que ensalzaron su figura en aquel momento... ¿han visto sus pelis de acción? ¿Han visto Fulltime Killer, por ejemplo? Seguro que les da un síncope con tantas balas de por medio. Peor aún... ¿han visto sus comedias románticas? Si Johnnie To no hubiera hecho Election... ¿alguien se habría fijado en él? To no es un gran director por Election, sino por la narrativa que ha ido experimentando durante toda su obra, tanto en los buenos filmes como en los malos. Y hay muchos directores como él en la sombra, esperando ser descubiertos. Creedme.
Al día veo dos películas orientales. Veo cosas buenas, también muchas malas. No sé si el futuro del cine está en Asia. Pero tengo claro que es donde más cine interesante se hace en estos momentos. Es un polvorín en estado constante de mutación, algo que no ocurre en Europa, un continente que está bastante muerto últimamente. Y sobre todo: es muy variado. Acción, terror, drama, comedia, musical, experimentación... todos los géneros se dan en Oriente. Cinematografías con tanta tradición como Japón, y otras tan jóvenes y efervescentes con la tailandesa... lo siento, no soy objetiva: ¡¡me parece un panorama excitante, que se construye a cada momento!!".
Alejandro Díaz.- "No estoy de acuerdo con esta clase de generalizaciones (que en realidad no pueden demostrarse por ninguna de las partes); ni de lejos, vamos. Ni tengo tan claro que sea en Asia donde se hace más cine interesante en estos momentos (a lo mejor en países de Suramérica o de África de los que no solemos —yo el primero— ver muchas películas se hacen también obras de gran calidad... ¿quién sabe?), ni, sobre todo, pienso que en Europa las cosas anden muertas... creo que es un gran error pensar esto de una cinematografía que tiene en su seno a realizadores del interés de Nanni Moretti, Gianni Amelio, Ermanno Olmi, Alexander Sokurov, Manoel de Oliveira, Jan Svankmajer, Eric Rohmer, JL Godard, Andre Techiné, Philippe Garrel, Claire Denis, Olivier Assayas, Theo Angelopoulos, José Luis Guerín, Aki Kaurismaki, o, por poner un ejemplo al que casi nadie está prestando atención, algunos realizadores austríacos como el conocido Michael Haneke pero también otros como Michael Glawogger, Ulrich Seidl, Michael Sturminger o Ruth Mader, entre un largo etcétera, dista mucho de estar "muerta". Además, no debemos olvidar que algunos de los directores más interesantes de Asia hunden sus raíces en el cine europeo, como pueda ser el caso de Tsai o Hong Sangsoo (uno de los mejores sin duda ninguna, y que cuenta con producción francesa), entre otros. En cuanto a Election, única película de To que conozco, lo admito: me parece una excelente película cuyas, para mí, evidentes referencias más inmediatas están en el thriller mafioso estadounidense de gente como Scorsese o De Palma (cine estadounidense).
Sinceramente (…), pienso que no conviene destacar cinematografías concretas de manera global porque en todas ellas hay realizadores oportunistas vendidos a lo coyuntural y autores con voz y maneras de expresión personales. Otra cosa es que a estos cineastas se les publicite más (como ocurre en Francia) o se les tire al hoyo (como han hecho en España con Erice, quien, aunque se le acuse de vivir de rentas, no olvidemos que ha sufrido flagrantes atropellos por parte de los productores...)".
Jaime Natche.- "Evidentemente, muchachos, es absurdo generalizar. El cine es el cine y no conoce fronteras. A mí, en principio, un festival de cine asiático no me llama más la atención que un festival de cine escandinavo o centroeuropeo. Soy consciente de que, en cualquier caso, hay cantidad de películas que desconozco, que seguro que valen la pena y que justifican cualquier defensa (siempre parcial) que pueda hacerse de una geografía.
Hablo de Apichatpong, de Zhang-ke o de Hou, porque no tengo todo el tiempo que quisiera para ver películas y tengo la obligación de ser selectivo; asomándome a las reseñas y los tablones críticos de Cahiers, Fim Comment o Sight & Sound (escritos por gente que sí se ve todo el cine, porque se gana la vida con ello), trato de fijarme en el cine que reúne opiniones más favorables. Creo que eso es lo contrario del "elitismo".
Y seguro que eso nos obliga a perdemos autores sin descubrir por la crítica internacional o de ambiciones más modestas, como también nos perdemos las películas recientes de Ermanno Olmi, Philippe Garrel, Pedro Costa, Sharunas Bartas, Harun Farocki, Aleksandr Sokurov, Benoit Jacquot, Arnaud Desplechin, Claire Denis, Werner Herzog, Philippe Grandrieux, Danièle Huillet & Jean-Marie Straub, Raoul Ruiz, Chantal Akerman, Arnaud Des Pallières, Jean-Claude Brisseau, Bruno Dumont, Chris Marker, Raymond Depardon y de otros cineastas europeos que, a priori, pueden ser tan buenas como las asiáticas y que, igualmente, no se difunden adecuadamente en este país.
No creo que el cine europeo esté en baja forma (véase la lista precedente), tan sólo creo que no vemos el adecuado. Tanto en Europa como en Asia, como en cualquier otra región, se hace mucho cine bueno y malo, pero hay que saber separar el grano de la paja. ¡¡Abrazos internacionales!!"
…y la caperucita feroz se zampó al lobo rojo.- Hard Candy, que se llevó un par de premios en el generoso Festival de Sitges, vendría a ser un cruce entre La muerte y la doncella y Audition. Una película de situación con dos personajes no del todo antagónicos: una muchacha de 14 años y un ¿pedófilo? a punto de ver rebanadas sus partes nobles.

Cuenta la peliculita con una de esas heroínas precoces tan de moda últimamente. No tenemos claras sus motivaciones (¿justicia, venganza?), pero esta émula de Lorena Bobbit está dispuesta a hacernos pasar un mal rato a costa de los cojones ajenos... ¡qué repelús, oigan!
Con todo —y como la gran mayoría de productos adscritos al cine de terror— la trama va ganando en inverosimilitud con el trascurrir de la acción, trocándose en un rocambolesco 'tuya-mía' entre un capullo y una tarada, dejando, además, no menos de media docena de cabos sueltos. Aun así, he aprendido la lección: créanme que jamás me volveré a descargar fotos sicalípticas de la red, no vaya a presentarse en mi casita esta lolita de club Mensa con su afilado bisturí.
Tarde de western.- Todos tenemos un racimo de películas (entre 6 y 99) que hemos visto un montón de veces. Y no porque sean especialmente buenas, no: sencillamente tienen ese algo que nos impide separarnos del receptor cada vez que las reprograman.
Me pasó durante toda mi pubertad con Ben-Hur, un rollo macabeo absolutamente adictivo. Daba igual en qué punto de la historia la pillase: tenía que ver a Messala ensangrentado sobre la arena del estadio, era más fuerte que yo. Y el milagro... ¿qué me dicen del milagro final? Si daban ganas de ordenarse sacerdote, joer...
Otra de las encuadrables dentro de mi lote de "imperdibles" es Horizontes de grandeza. Aquella epopeya de odios y amores entre latifundistas con demasiadas cabezas de ganado, hermosas maestras en tierra de nadie y donjuanes venidos de ultramar.
Horizontes de grandeza cuenta con uno de mis duelos favoritos de toda la historia del cine, junto al de Barry Lyndon o La princesa prometida: aquel gallardo Gregory Peck sopesando la pistola "de caballero", llevándose la mano al rasguño de su frente y... disparando al suelo. O la interminable pelea a puñetazos entre el héroe y el capataz frustrado en sus envites amorosos.
Pero si tuviese que quedarme con un momento (Garci, ¿qué tal sienta la jubilación?), elegiría aquél en el que un fanático Charles Bickford decide internarse solo en El cañón blanco, ante el conato de motín de sus hombres. Ese Charlton Heston montando y cabalgando hasta situarse a su altura, mientras detrás va aumentando la polvareda de vaqueros que cambia de opinión, al ritmo de la excelsa partitura de Jerome Moross. Para terminar con los dos hombres cabalgando hombro con hombro... y aquella mirada de tremendo desprecio hacia su patrón y padre putativo, transformada definitivamente la admiración en lástima. Un superwestern convertido en oda a los formatos panorámicos, los ojos de Jean Simmons y la labor de aquellos secundarios que sabían convertirse en protagonistas con apenas 20 minutos de papel.
Ah, se me olvidaba... la película la filmó —al igual que Ben-Hur— un tal William Wyler, que para la crítica europea pasó durante décadas por el Ron Howard del cine de entonces. Ya saben: "historias plagadas de clichés, anquilosadas, lastradas por las formas". ¿Se referirían a Jezabel, La loba, Los mejores años de nuestra vida, La heredera o El coleccionista?
Cinematografía de lo cotidiano.- ¿No lo han probado nunca? Yo sí: cada día, al ir o venir del trabajo, me monto espectaculares movimientos de cámara a costa de esa abigarrada multitud que se arrastra por los pasillos, entre dos trasbordos o trepando a trompicones por escaleras angostas. Si supieran que trabajan gratis para mí como extras de una superproducción indie...
No he inventado nada nuevo, ¿acaso no presumía Hawks de rodar a la altura de los ojos? Bueno, pues yo me transmuto en steady y zigzagueo por entre la marea, hago violentos zooms sobre escotes, planos detalle de naturalezas muertas junto a rebosantes papeleras, construyo panorámicas en el andén, travellings en contra del movimiento del metro antes de detenerse en la estación. Si además hay hilo musical o algún virtuoso callejero ejecutando una particular versión del Wonderful Life, el efecto ya es completo: acompañado de unas notas perfectamente integradas en la diegética de la narración (no se lo voy a poner fácil: la primera vez, yo también tuve que buscar 'diegética' en el diccionario) me convierto en desbocada cámara subjetiva. ¿A que molo?
No, no soy un imbécil total. Tan sólo alguien que trata de hacer más llevadera la monotonía.
La victoria es anticinematográfica.- Porque hasta los triunfos más trabajados terminan degenerando en apoteosis catetas, permitiéndonos descubrir el rostro descompuesto del atleta ebrio de mujeres, pancartas, vítores y burbujas de champaña. Esto viene al caso por cierto equipo de la tierra, recientemente coronado como príncipe de las Europas en menesteres balompédicos.
Lo ideal después de disfrutar de un partido de este calibre sería apagar el televisor e irse a la cama. Pero no, tras los laureles viene el culto a Baco, la voz ronca y el sabor rancio del vómito de gloria. No hay peor manera de medir la calidad de un hombre que en la victoria, que parece dar carta blanca a la estupidez. 24 horas de ondear de bufandas, tipos supuestamente equilibrados enfundados en la camiseta de su jugador favorito (¡Dios, han pagado 80 euros por esa "elegante" equipación, pero siguen considerando caros los libros de texto que gastan sus hijos!), altos mandatarios morreando la copa a pie de césped. De puta pena.
Un último apunte. Aunque a efectos cinematográficos sólo me interese la derrota (ese Henry agotado junto al banderín de córner), hay que reconocer que sociológicamente el fanatismo futbolero puede arrojar interesantísimos datos. Así, mientras en la Florida la alegría desbocada se acaba traduciendo en el asalto de supermercados o tiendas de electrodomésticos, en Barcelona estamos hechos de otra madera: el objetivo son las tiendas de ropa chupi-cara.
Força Barça... o sea, te lo juro.
Escribir es polemizar.- Sí, porque escribimos para reivindicar nuestra cochina condición, para hacer una apología indecente de lo que somos, de lo que queremos, de lo que no tenemos. Un personaje de Tierras de penumbra soltaba una frase bien lúcida al respecto: «leemos para saber que no estamos solos». Pues yo diría que escribimos... a pesar de sabernos solos.
Escribir es herir. En una conversación animada se pueden llegar a decir muchas barbaridades sin enemistarnos lo más mínimo con nuestro interlocutor (¿será verdad, después de todo, que el viento dispersa a los cuatro vientos las palabras?) En cambio al expresarnos por escrito parece que dotemos de cierta inmanencia a lo que decimos...
Quizás por ello todo suene "más fuerte", "más combativo"... más. No se puede opinar siempre "a favor de", remando cómodamente en el sentido y la dirección en que baja la corriente, a tiro hecho. Tampoco es bueno cuidar en exceso lo que se dice, andarse con mil ojos, releer tres docenas de veces lo que uno escribe y preguntarse si va a ofender a alguien con ello. El principal problema de la prensa escrita es ese: la autocensura.
Polemizar es sanísimo. Lástima que demasiada gente acabe haciendo algo personal de la disparidad de pareceres... ¿o no? Si uno no estuviese dispuesto a ser atacado por nadie, no escribiría sin denuedo sobre lo humano y lo divino. No hay nada más ridículo que dedicarse a opinar y pretender quedarse al margen, como si después de todo esto no fuese con uno.
No sabemos muy bien cómo, pero estamos en el ruedo. Bienvenidas sean las cornadas.
Misión 'cola de conejo' III.- El niño de la cienciología y la sonrisa blanqueada vuelve a pagarse tres meses de vacaciones por medio mundo con la excusa habitual: explosiones envolventes y morreos a lindos floreros.

Se agradece la sinceridad: desde el principio no sabemos lo que persigue Ethan, ni falta que nos hace. El mcguffin sublimado: la película concluirá sin que se nos desvele el supuesto desencadenante de la trama porque lo realmente importante (¿habrá leído el guionista a Kavafis?) es el viaje.
Un parque eólico a las afueras de Berlín, los alrededores de El Vaticano, Shanghai y sus espectaculares rascacielos... sin olvidar esa escena cumbre en el puente, pequeño clip de un cuarto de hora rodado con la prestancia y seguridad que dan los grandes presupuestos. Misión Imposible, tercera vacilada, es un delirio chorra degustable precisamente por sus excesos. Una especie de Jackass donde Johnny Knoxville ha sido sustituido por un 007 cabeza bote, dispuesto a partirse la espalda cada 10 minutos.
Me imagino las risas que se debieron de echar Philip (solvente como malo, aunque no memorable) y su amigo Tom durante su intercambio de mamporros... pero si vuelvo a verlos juntos, casi mejor en una de Paul Thomas Anderson, ¿no?
Por cierto, señores críticos: no interesan.- En este número se publica la segunda parte del estudio de la crítica, un ambicioso proyecto que emprendimos siglos ha (que emprendieron, que emprendieron... ya conocen mi absoluta indiferencia hacia tanto nombre consagrado, hacia tanto apellido con pedigrí salido de vaya usted a saber dónde. Permítanme situarme al margen, aunque sólo sea por cultivar mi pose de outsider barato o resentido autoexcluido, que viene a ser lo mismo).
Aunque no se lo crean, me lo he leído de cabo a rabo (vale, vale, miento... se trató de una lectura en diagonal). Y estoy con ustedes: ¡menudo ladrillo! Hay que ver las memeces que decimos unos y otros cuando nos ponen una grabadora delante y nos convierten en protagonistas artificiales en un asunto del que somos meros cronistas (a pesar de las ansias de super-stars que tenemos algunos).
La prueba fehaciente de que las reflexiones sobre su oficio les interesan única y exclusivamente a los propios críticos (y sólo a ellos) es el descenso de un 20% en las visitas a nuestra web experimentado durante el mes pasado. Debió de aumentar nuestro prestigio, qué duda cabe, pues cualquier publicación que bordea el malditismo se convierte de inmediato en referente "de culto". Particularmente, me parece un poco triste que se fijen en nosotros después de 50 números paridos con sangre, sudor y lágrimas, hablando de gente tan "prescindible" como Wilder, Hawks, Kurosawa, Lang o Welles. ¡Si hubiésemos sabido que la clave era hablar de quienes escriben de la gente brillante, en lugar de abordar directamente a estos últimos...!
Quizás los que más y mejor han sabido ridiculizarnos han sido los foreros de Cinexilio, que reparten duro y a la cabeza en www.cinexilio.tk (> Actualidad > El debate sobre el estado de la crítica).
En resumidas cuentas: está comprobado que el único modo de "armar ruido" ahí fuera es dar nombres y apellidos, para que los susodichos se sientan interpelados. Pues vaya... ¿y cómo explicarles que lo único que nos interesa es el cine? ¿Que no deben de temer por sus supuestas poltronas, que ni ellos ni nosotros viviremos nunca de esto? Venimos en son de paz (sepárense los dedos al estilo Spock). Creemos en la cohabitación, aunque nos sabemos parte del futuro.
¿Tanto jode?
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