Alumbrando los rincones

Cuando Antonio Drove llegó entre enfermo y desesperado ante Douglas Sirk a su retiro de Zurich, le espetó a bocajarro —como si de un personaje de Dostoievski se tratara— una petición, casi una orden, pero que en realidad sonaba como una súplica: «necesito que me hable usted de su concepto de felicidad, de la brevedad de la felicidad y de cómo vivir con la infelicidad» (1). Ciertamente esta no es la clase de pregunta que se suele hacer a un cineasta, más bien a un guía espiritual, pero Drove necesitaba hacerla. En su brillante respuesta, que 'salvó la vida' de Drove, Sirk incluía lo siguiente: (La gente) "cree que la felicidad tiene que llegar a ellos, que tienen que ser felices, que la felicidad se les debe... y no es así." Ese "se les debe" es lo que más me trastorna. Realmente, como sucede con los grandes maestros, lo que Sirk nos dice es algo que todos sabemos, pero simplemente, y quizá con razón, no queremos detenernos a considerarlo, porque el resultado de este tipo de investigación es siempre doloroso. ¿Quién nos ha dicho que tenemos que ser necesariamente felices?, y además, ¿qué es exactamente la felicidad? Sí, no se preocupen, la felicidad está ahí, pero hay que tener el valor de identificarla y luego actuar en consecuencia.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el cine? Todo y nada, obviamente; pero en esto es en lo que pienso cuando veo Siempre hay un mañana. Y también pienso que Clifford Groves y yo somos unos cobardes. Porque un día cualquiera llaman a nuestra puerta y ante nosotros aparece la chica del abrigo blanco, aquella a la que conocimos hace veinte años ya, como saliendo del más profundo de los pozos, acercándose a nosotros desde la oscuridad, 'revelándose', como una vieja fotografía y ya ni siquiera la reconocemos de tanto tiempo que hemos olvidado. Y nos dice: "Soy yo, Norma Miller."

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Norma Miller, Norma Miller... repetimos su nombre como Antoine Doinel los de Christine Darbon y Fabienne Tabard frente al espejo, y su eco resuena en nuestra cabeza, como todos esos nombres que alguna vez nos resultaron familiares —de un compañero de la escuela por ejemplo— y que alguien nos devuelve de pronto a nuestro presente trayendo consigo imágenes imprecisas y sensaciones que están más allá de él, más allá de la propia persona a la que representa ese nombre... y ahí está ahora Norma Miller caminando por nuestra casa como si tal cosa —esa casa que nos pertenece y que no tiene nada que ver con nuestro pasado—, como un fantasma envuelta en su elegante abrigo blanco, el más blanco que hayas visto nunca.

Norma Miller es como el Jeff de The Lusty Men, un fantasma en busca de su juventud, o como Jane Greer regresando Out of the Past en su traje, también tan blanco, que refleja toda la luz de Acapulco. Eso es: out of the past, exactamente. Y Norma Miller no quiere nada, no pide nada, sólo quiere recordar; pero con ello nos hace ver que una vez, hace tiempo ya, fuimos jóvenes y no sé si podremos soportarlo. Barbara Stanwyck se nos aparece encarnada ahora en Norma Miller, como antes en la Naomi Murdoch de All I Desire, o como la Stella Dallas de Vidor, o Moe Doyle en Clash by Night, poco importa el nombre: pero siempre desde el exterior contemplando el interior, y deseando entrar a aquel lugar que en un momento le perteneció, o pudo haberle pertenecido.

Norma Miller regresa para alumbrar con la ayuda de Metty y Sirk los rincones más olvidados de nuestro hogar; y con ella trae la paz (y el terror) a Clifford Groves, doblegando a su paso los ángulos y las duras perspectivas que Sirk había trazado para él. Pero la luz puede cegar y Norma Miller ha despertado de su letargo al Hombre-Robot-Parlanchín construido con paciente esfuerzo por Cliff y ahora se dirige hacia el borde del precipicio poco a poco, y poco a poco comienza a recordar... "sí, es cierto, una vez fui joven, y quizá si solamente echo a correr quizá pueda volver a ser joven otra vez..." ¿Y quién soy yo para reprochárselo? ¿Quién no se ha enamorado de Barbara Stanwyck alguna vez? Sí, definitivamente Dorothy Malone estaba en lo cierto: nos hemos alejado tanto del río... Quién se acuerda ahora que una vez Barbara Stanwyck y Fred MacMurray fueron amantes y que Phyllis y Walter Neff se mataron por amor. Nadie se acuerda ya porque aquello era una película de la Paramount en 1944 y esto..., esto es otra cosa.

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Mirad ahora al pobre Clifford Groves, que había conseguido sobrevivir en su letargo, como un niño grande e inocente, ignorante entre sus juguetes, sus hijos y su mujer, considerándose feliz; mientras suena de nuevo Blue Moon y espera nervioso a que todo salte por los aires. Así que cierra la puerta Cliff, será mejor que no salgamos a la terraza porque allí el aire es demasiado puro y quizá podamos ver más claro pese a estar cegados por tanta luz. Quédate en casa, levanta la vista por última vez hacia el avión en el que viaja tu pasado, el tiempo esfumado y cierra la puerta de una vez. Siempre hay un mañana, siempre hay un mañana. La felicidad llegará. Sí, cierra la puerta y prepárate para tu final feliz.

(1) Experiencia recogida en el emocionante e imprescindible libro de Antonio Drove: Tiempo de Vivir, Tiempo de Revivir. Conversaciones con Douglas Sirk. Editado en 1994 por la Filmoteca de Murcia, prologado por Víctor Erice y epilogado por Miguel Marías.

Por Ángel Santos Touza
carátula dvd

USA, 1956. Título original: There's Always TomorrowDirección: Douglas Sirk.  Productora: Universal International Pictures. Producción: Ross Hunter. Guión: Bernard C. Schoenfeld, basado en una historia de Ursula Parrott. Fotografía: Russell Metty. Montaje: William Morgan. Dirección artística: Eric Orbom y Alexander Golitzen.  Música: Herman Stein, Heinz Roemheld, Joe Gershenson. Duración: 84 minutos. Reparto: Barbara Stanwyck (Norma Miller), Fred MacMurray (Clifford Groves), Joan Bennett (Marion Groves), Pat Crowley (Ann), Jane Darwell (señora Rogers), William Reynolds (Vincent Groves), Gigi Perreau (Ellen Groves), Judy Nugent (Frankie Groves).