O como jugar al risk por el mundo con una pistola

En un panorama cinematográfico tan divertido y competitivo como el estival, donde las cinematografías menores (en cantidad, no en calidad) deben vérselas frente al desembarco de los grandes estrenos provenientes de la meca del cine, siempre resulta estimulante ver como los distribuidores hacen gala de su merecida fama como excelentes comerciantes (y si no, díganselo a los de Disney y su polémica más que justificada) y nos dejan caer alguna película que realmente no saben cómo explotar y constituye una agradable y refrescante sorpresa entre tanto caluroso bombardeo de secuelas, nuevas revisiones, remakes encubiertos o demás productos similares.

He de reconocer que me da pena la gente que se acerque a una sala de cine a ver la presente película engañados y abrumados por un tramposo y efectista cartel (presidido por un Nicolas Cage perfectamente trajeado rodeado de explosiones) y un llamativo título (que dramáticamente en la película está muy justificado), esperando asistir a un carnaval de explosiones y tiros más propio de la factoría Bruckheimer o algún intento de blockbuster veraniego. Sin embargo, huelga decir que el largometraje deviene todo un hallazgo y una sorpresa, más por el carácter de denuncia que esconden sus imágenes aniquilando la civilización moderna a base de hirientes verdades lanzadas como puños, o mejor dicho, como granadas que explotan en la conciencia de cualquier espectador inteligente y minimamente sensible. Y eso, viniendo de donde viene... es todo un logro.

La mayor parte del mérito recae en su máximo artífice, Andrew Niccol, que despuntó con su espléndido guión de la película de Peter Weir El show de Truman y que más tarde debutó en la dirección con la excelente cinta de ciencia-ficción Gattaca. A la manera del mejor Michael Mann, Niccol ofece un espectáculo de primer orden realizando una película de ficción amparada en hechos reales, denunciando unos hechos por desgracia demasiado verídicos, y que, en lugar de decantarse por la denuncia directa y a veces efectiva de gente como Ken Loach, maquilla la realidad para englobarla en una trabajada e investigada trama de ficción que si cabe resulta más profunda debido a ese carácter amplificador en el que se esconde la adaptación de hechos reales modificados en un guión cinematográfico.

Del mismo modo que hizo Mann en la magnífica El dilema, Niccol basa su obra en la voluntaria supresión de la denuncia implícita en el realismo social para hacer una película sobre la realidad, construyendo un guión de hierro y otorgándonos una lección de historia sumergida contemporánea a través de la vida y milagros de uno de los traficantes de armas más importantes de las últimas décadas, Yuri Orlov (un esforzado y excelente Nicolas Cage que soporta todo el peso del metraje apareciendo en el 85% de los planos del film). A través de sus negocios como traficante desde finales de los 70 hasta inicios del presente siglo, Niccol nos muestra todo aquello que no se aprende en los colegios, ni se lee en los periódicos, ni mucho menos se ve por televisión. Desde África hasta Rusia, pasando por los Balcanes, Europa central o Sudamérica, el espectador es testigo de la involución del mundo donde las guerras han pasado a ser meros intereses económicos, donde las grandes potencias mundiales, o bien miran, o bien las denuncian públicamente para poder financiarlas en privado. El cineasta ofrece una visión hipócrita (y desgraciadamente real) de este mundo y las personas que lo hacen posible para, sin justificar a su protagonista, darle la suficiente entidad y complejidad para que el espectador se identifique con él a pesar del modo en que se gana la vida. En eso Niccol es muy precavido y sale airoso, ya que deja que sea el espectador quien juzgue a Yuri, y sobre todo es el propio Yuri quien intenta autoafirmarse en su moralidad en unos actos que a priori no lo son, pero que, tal y como afirma en un momento del largometraje: "Si yo no lo hago, se me adelantará alguien; así que mejor lo hago yo". La practicidad en la que se mueve el protagonista, aun a riesgo de parecer fría imparcialidad, le da un toque más profundo al personaje. Él no cuestiona las guerras que financia, ni siquiera si las armas que vende son para matar a sus conciudadanos o a gente inocente (el personaje del hermano de Yuri interpretado por Jared Leto, ejerce de Pepito Grillo, siendo la conciencia que le impulsa a tomar partido aunque sea una sola vez en su vida), porque sabe que alguien lo hará de uno u otro modo. La verdadera lucha que tiene Yuri es consigo mismo, miente para ocultar su doble vida a su familia, intenta escapar de la policía y hacer su trabajo. La única guerra que le preocupa es la que se libra en su interior, una guerra que, como todas, le irá devorando hasta acabar poseyéndole, y cuando no quede nada y su moralidad se destruya al perderlo todo (no por lo que hace sino por ser repudiado por su familia, su hermano asesinado y abandonado por su mujer e hijo), lo único que le quedará es su trabajo, que es lo que le hace humano y continuar viviendo. Triste pero cierto.

Si en lo referente a la narrativa y desarrollo de personajes Niccol se muestra seguro en todo momento, la forma no chirría en relación al fondo. El aspecto visual no está menos trabajado, y es que el cineasta se preocupa de utilizar (y bien) los elementos cinematográficos para poder conseguir una continua sensación de desasosiego y amargura al ver las imágenes que desfilan y que, aunque a veces rayen la delgada línea roja que supone un cierto tipo de humor con la caída en el absurdo (el tramo de la desmantelación del avión en África, en otras manos hubiera caído en el más absoluto de los ridículos, pero Niccol lo sortea muy bien saliendo bien parado), en general consigue secuencias dignas de elogios, como los créditos iniciales, donde asistimos a la vida de una bala, desde que nace en una fábrica hasta que termina su vida... penetrando en la cabeza de un niño, o la inteligente utilización del sonido que superpone el sonido de una caja registradora con cada casquillo de bala que sale disparado de un Ak-47...

Ya sea mediante sus imágenes o su historia, El señor de la guerra encierra reflexiones muy serias acerca de nuestra sociedad y sobre todo de las grandes superpotencias, como es la liberación de Yuri por parte del gobierno norteamericano porque les conviene que siga traficando y sacar tajada, encubriendo las operaciones de ventas de armas de los Estados Unidos que constituye la mayor fuente de ingresos del país más rico del mundo, o la reflexión final, una puñalada por la espalda en toda regla: los principales países que trafican con armas son EE.UU., Francia e Inglaterra, tres de los principales estados que forman parte del Consejo de Seguridad de la O.N.U... Ahí queda eso.

Por eso y por mucho más, El señor de la guerra constituye una agradable sorpresa cinematográfica a pesar del mensaje que encierra. Hay que destacar la valentía con la que Niccol se enfrenta a su país disparando con un arma muchas veces más efectiva que un rifle: una cámara. La última reflexión que comparto es la que me hizo mi compañero de Miradas al salir de la sala. Resulta extraño que en su país de origen no la hayan boicoteado, censurado, relegado a un puñado de salas, mutilado o prohibido... qué se yo.

Por Emilio Mtez.-Borso
cartel
USA.2005. T.O.: Lord of War. Dirección y guión: Andrew Niccol. Producción: Philippe Rousselet, Andrew Niccol, Nicolas Cage, Norman Golightly, Andy Grosch y Chris
Roberts. Fotografía: Amir Mokri. Música: Antonio Pinto. Montaje: Zach Staenberg. Diseño de producción: Jean Vincent Puzos. Vestuario: Elisabetta Beraldo. Duración: 122 min. Interpretación: Nicolas Cage (Yuri Orlov), Ethan Hawke (Jack Valentine),
Jared Leto (Vitaly Orlov), Bridget Moynahan (Ava Fontaine), Ian Holm (Simeon Weisz), Eamonn Walker (Andre Baptiste Sr.), Sammi Rotibi (Andre Baptiste Jr.), Shake Tukhmanyan (Irina Orlov), Jean-Pierre Nshanian (Anatoly Orlov), Jasper Lenz (Gregor).