Caminando entre osos
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En El enigma de Kaspar Hauser, el realizador alemán Werner Herzog narra la historia de un hombre criado en la soledad de una habitación hasta la mayoría de edad que es abandonado en sociedad por su misterioso cuidador, convirtiéndose en un fenómeno objeto de análisis, curiosidad y burla por parte del resto de personas con las que entra en contacto. A lo largo de su ya extensa filmografía, Herzog ha mostrado, tanto en sus documentales como en sus ficciones, una inclinación por volcarse en tipologías humanas que difieren de la normalidad, seres a menudo pequeños cuya manera de afrontar la vida nada tiene que ver con la del resto de personas. El hecho conocido de que a Herzog no se le permitiese ver una película por primera vez hasta la mayoría de edad puede haber condicionado su mirada: como si rescatásemos a alguien de una época remota, su visión es irrepetible. Timothy Treadwell, protagonista (y de algún modo co-autor) de Grizzly Man, prolonga coherentemente la ristra de antihéroes del cineasta, pues se trata de un tipo que dedicó más de diez años de su vida a convivir con los grandes osos grizzly de Alaska, literalmente caminando entre ellos (sin armas y sin temor aparente), acercándose a esta peligrosa especie probablemente más que ningún otro ser humano, y que finalmente fue descuartizado y devorado junto a su novia por un ejemplar de dicha especie pese a su convencimiento de haber sido aceptado por ellos y de que nunca le harían daño alguno. En la secuencia final de Kaspar Hauser, el protagonista es apuñalado y, antes de fenecer, relata lo sucedido sin atisbo de nerviosismo, con total calma y naturalidad, aceptando la muerte consciente de que su cuerpo no le pertenece a él, sino a la naturaleza. En un momento de Grizzly Man, el protagonista declara: «Nunca mataría a un oso en mi propia defensa». De nuevo la muerte como elemento aceptado merced a una visión del mundo ajena a las convenciones de la colmena, cuya inercia es tan poderosa y se encuentra implantada de un modo en que a menudo consigue dar la sensación de que es la única vía para otorgar una apariencia de sentido a la existencia humana.
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Grizzly Man surge, en un primer momento, desde el interés personal de su autor por sacar a la luz las grabaciones que Timothy realizó de sus incursiones en el territorio de los grizzlies, algunas de las cuales muestran a los osos nadando, jugando, descansando o peleando ferozmente. Pero también se incluyen amplias muestras de los soliloquios que Timothy declama ante su cámara, los cuales construyen poco a poco una personalidad compleja y definitivamente escindida, abrupta como el inhóspito paisaje que Herzog identifica con el mundo interior del personaje. Lo que comienza prometiendo otro conjunto de imágenes sobrecogedoras del llamado "reino animal" se transforma en la disección de una personalidad humana que no excluye aspectos turbios o contradictorios. La manera en que la penetrante voz en off de Herzog y su montaje nos presentan a Timothy destaca fundamentalmente por la sutileza y el respeto que muestra, pues no cede a la tentación de situarse por encima de él. Herzog le considera un documentalista, alaba algunas de sus prácticas e incluso comparte con él una mirada intuitiva, no teórica. Mas también se muestra escéptico ante muchas de sus proclamas y se desmarca explícitamente de su ingenua visión de la naturaleza, que para Herzog no puede ser otra cosa que caos y crueldad. Esta visión poliédrica, consciente de la imposibilidad de alcanzar certezas sobre su objeto de estudio, recuerda mucho a la empleada por Joaquín Jordá (finado hace pocos días en lo que es una perdida irreparable para el cine) en su film El encargo del cazador. En esta pieza de 1990, Jordá trazaba un retrato de su compañero generacional Jacinto Esteva que, como el trabajo de Herzog, resultaba incomplaciente al tiempo que respetuoso, buscando hurgar en la figura fantasmal de quien ya no está, multiplicando las percepciones que pueden tenerse sobre su figura hasta la disgregación de la personalidad reconstruida. En ambas obras parece apreciarse la presencia latente de una perturbación, de un algo intangible y espantoso que anida bajo el orden aparente, bajo las estructuras canónicas, y que nunca llega a materializarse directamente en pantalla. En Grizzly Man, Herzog tiene una breve aparición ante la cámara. Como sucedía con Jean-Luc Godard en su incursión interpretativa de Notre musique, el alemán constituye una figura sombría, crepuscular, inquietante incluso. Aparece encuadrado de escorzo escuchando la grabación sonora del instante en el que Timothy y su novia fueron atacados, para detener la grabación y aconsejar a una amiga de ellos que nunca la escuche e incluso que se deshaga de la cinta. El cineasta hace acto de presencia para preservar ciertos elementos de ser pasto de la mirada del espectador, para evitar forzar lo que no quiere ser visto. ¿Serán en el fondo Herzog o Jordá los auténticos manieristas de la contemporaneidad, los herederos de la mirada pre-pornográfica de Tourneur o Lang?
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En Stroszek (la otra película que Herzog rodó con el actor Bruno S., un discapacitado psíquico con un pasado terrible que encarnó también al enigmático Kaspar Hauser), un ex-recluso matratado y humillado decide viajar a Estados Unidos, el eterno país de las oportunidades, en busca de una nueva vida, de estabilidad y confort. Empero, sus sueños no tardan en desmoronarse al igual que el equilibrio mental del personaje, que en las secuencias finales emprende un cúmulo de acciones que rompen con la cotidianeidad, para abrazar de una vez por todas el caos, la imposibilidad de ordenamiento racional de lo real, revelándose la inutilidad de todo un sistema de vida contrapuesto al carácter aleatorio de los acontecimientos. Muchos directores de la modernidad cinematográfica han establecido relaciones personales de amor y/u odio con el cine y la sociedad estadounidense, y en el caso de los integrantes "oficiales" del llamado nuevo cine alemán hallamos la figura paradigmática de Wim Wenders. La relación de Herzog con esta cultura difiere sustancialmente de la de Wenders, pues atesora unas implicaciones político-sociales de gran calado, las cuales no se muestran de un modo frontal, discursivo, directo, sino que pueden ser extraídas de la mirada siempre intuitiva del director, de su personalidad fílmica. No es descabellado concluir, pues, que Grizzly Man o la propia Stroszek son films de carácter social o sociológico mucho más comprometidos (e incluso didácticos) que otros que pregonan a los cuatro vientos dicha condición.
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Una de las fugas de la película nos lleva a la casa de los padres de Timothy, donde éstos hacen un recorrido por la infancia y adolescencia del fallecido, dando una serie de datos fundamentales para perfilar un poco mejor, no su personalidad, sino el motivo de su deseo de convertirse en un oso, de ser un grizzly-man. Y es que, más allá de los aspectos psicoanalíticos, Herzog intuye en Timothy a una persona que ha sido repudiada por y a la vez ha repudiado a la sociedad humana, y ha llevado su órdago hasta las últimas consecuencias, logrando finalmente una cierta, retorcida si se quiere, fortaleza espiritual. Timothy es, como Bruno Stroszek, un ser desarraigado y frágil, fruto de un determinado sistema de organización social y económica, que no entiende por qué éste le ha repelido, le ha impedido desarrollarse como ser humano y le ha aplastado como individuo. En realidad, su estudio de los osos resulta, como mínimo, superficial, si no insustancial; se muestra como una persona acomplejada, a veces insoportablemente pueril y egocéntrica, e incluso da pie a dudar de la sinceridad de lo que dice a la cámara. Y, sin embargo, se redime a nuestros ojos en cuanto conseguimos, de la mano de Herzog, comprobar que se trata, como los protagonistas de Elephant o Last Days, de una víctima más del nuevo orden, de otro mártir inconsciente de su tiempo, de un nuevo aborto del sueño americano, o sea, del sueño occidental, o de la Alphaville godardiana por fin plenamente materializada, que abandona a sus criaturas con enormes carencias espirituales o humanas, con un paisaje interior desolado, en cuanto éstas no encajan convenientemente en los engranajes que lo sostienen. |
| Estados Unidos, 2005. T.O.: Grizzly Man. Dirección: Werner Herzog. Guión: Werner Herzog. Producción: Erik Nelson, Alana Berry. Fotografía: Peter Zeitlinger. Música: Richard Thompson. Montaje: Joe Bini. Duración: 103 min. Intérpretes: Timothy Treadwell, Willy Fulton, Jewel Palovak, Larry Van Daele, Werner Herzog, |
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