Soporífera película del realizador James Ivory con un reparto de lujo y una pretenciosa puesta en escena que en ningún momento hace olvidar la mediocridad de la película. El director que fuera capaz de rodar dos obras maestras, como fueron Regreso a Howard´s End y Lo que queda del día, no parece estar en su mejor momento creativo.
Ralph Fiennes interpreta a un antiguo diplomático estadounidense, ciego y desencantado del mundo de la política, que trata de encontrar su lugar en el mundo, en el Shanghai previo a la Segunda Guerra Mundial, construyendo un local nocturno como él siempre había soñado. En la misma ciudad, una antigua condesa rusa, interpretada por Miranda Richardson, trabaja como prostituta para sacar adelante a toda su familia, tras haber tenido que huir de la Unión Soviética.
El melodrama, género en que fácilmente podríamos encuadrar la película, ha sido un discurso prolíficamente empleado en la industria cinematográfica de todos los tiempos. Aunque sería muy osado decir que ya está todo dicho en este género, sí que es cierto que la película carece de aportes o novedades que la legitimen. El argumento elaborado por Kazuo Ishiguro, responsable de la novela y el guión de Lo que queda del día, es previsible y aburrido, con algunas incoherencias y resoluciones excesivamente simplonas.
Tanto a Ivory como a Ishiguro la fama les precede, por lo que el espectador espera a lo largo de toda la película que ésta arranque de una vez, mostrando una calidad acorde a estos dos pesos pesados. Pero van pasando los minutos y llega un momento en que ya es demasiado tarde y la película se acerca a su fin, imposibilitando que la cinta desarrolle ninguna tensión ni que tenga ningún cambio de orientación que la redima. Nos encontramos, pues, ante una obra con un planteamiento kilométrico que no conduce a ningún sitio, que decepciona y que carece de puntos de inflexión que dinamicen el argumento hasta estar instalada en su punto final. Demasiado metraje para tan poco que contar; demasiado desarrollo para llegar a un final previsible y abrupto.
Tampoco los personajes principales y secundarios, correctamente interpretados, tienen la menor transformación a lo largo de las más de dos horas de película, que se me antoja plana y simple, plagada de secundarios que aparecen y desaparecen sin sentido ni continuidad.
Puede extrañar que con una duración tan larga la película no sea capaz de contar prácticamente nada, pero esto no es algo que debamos achacar a ninguna negligencia del guionista, sino a imperativos de producción y marketing. Si, además de contar la historia principal, tenemos que explicar al espectador lo que ha ocurrido en Rusia tras la Primera Guerra Mundial, lo que estaba aconteciendo en China en el período de entreguerras y las diversas posiciones diplomáticas de las distintas potencias que acabarían enfrentándose en la Segunda Guerra Mundial, no quedará mucho sitio para profundizar. Necesariamente nos encontramos ante personajes estereotípicos y frente a una falta de sutileza en los diálogos que llega a resultar muy molesta. No es, por tanto, un problema únicamente de calidad, sino de formato y proyección; y es que es harto difícil contar una historia de estas características, que requiere un conocimiento del background de los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial, pero que va dirigida al público masivo.
En lo que a la realización se refiere, Ivory peca de pretencioso, pues trata de continuar la tradición de películas románticas ambientadas en el trasfondo de la guerra. Intenta emular los grandes movimientos de masas de las películas épicas, al más puro estilo de David Lean (Doctor Zhivago) o, incluso, Steven Spielberg (El imperio del sol). No obstante, los propios modos de hacer cine y el encarecimiento de dichos recursos estilístico-narrativos hacen que esta película muestre una precariedad. Lo que debería ser una puesta en escena fastuosa se queda en lo puramente ostentoso. Ivory quiere acometer un proyecto que sólo era posible en otros tiempos y que, hoy día, está reservado a las superproducciones. Es por ello que la pretenciosidad de la historia contrasta con la falta de grandes planos generales, y panorámicas descriptivas que el argumento demanda. A veces nos gustaría ampliar el reducido campo de visión que nos muestra el ojo de la cámara, nos gustaría ver más lejos de lo que la profundidad de campo lo permite; tal vez por imperativo económico estamos ante una obra constreñida a la que, visualmente, y a pesar de su ostentación, podría habérsele sacado mucho más partido con un presupuesto mayor.
La condesa rusa es un alarde de medios, un ejemplo paradigmático de buena producción y de impecable dirección artística; es uno de esos productos cinematográficos anodinos de gran factura con un elenco de actores de renombre como principal gancho que, unido a una promesa de romanticismo y épica belicista, es el perfecto producto para contentar a ambos miembros de la pareja un domingo por la tarde.
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Reino Unido, USA, Alemania y China, 2005. T.O.: The White Countess. Director: James Ivory. Guión: Kazuo Ishiguro. Producción: Ismail Merchant. Música: Richard Robbins. Fotografía: Christopher Doyle. Montaje: John David Allen. Diseño de producción: Andrew Sanders. Vestuario: John Bright. Duración: 135 min. Interpretación: Ralph Fiennes (Todd Jackson), Natasha Richardson (Condesa Sofia Belinskya), Vanessa Redgrave (Tía Sara), Lynn Redgrave (Olga), Madeleine Potter (Greshenka), John Wood (Tío Peter), Madeleine Daly (Katya), Hiroyuki Sanada (Matsuda), Allan Corduner (Samuel), Luoyong Wang (Liu).
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