El sueño americano... produce monstruos

¿Sabían que Richard Nixon fue asesinado? Yo tampoco. Y es que Niels Mueller y su coguionista Kevin Kennedy, partiendo de este sugerente título —que publicita el film como un thriller político, cosa que no es—, y quizá albergando la esperanza de captar a una audiencia potencialmente mayor de la que podrían obtener de otro modo, realizan una apuesta similar a la del Robert Bresson de Un condenado a muerte se ha escapado introduciendo ya en el título de la película la resolución de los hechos que se nos van a relatar, aunque aquí la idea funcione de un modo un poco más retorcido que bajo la directa literalidad practicada por el francés. Cuando comienza la película el relato nos sitúa en febrero de 1974 en pleno revuelo Watergate, eliminando toda posibilidad de una resolución afirmativa predicada por el título (Nixon murió veinte años después, en 1994). Mueller se dispone, por tanto, a contarnos la historia de un fracaso —el fallido intento de asesinato— y la de un fracasado —el protagonista del film: Sam Bicke— y, al mismo tiempo, la de un fracaso aún mayor: el del ansiado sueño americano.

Será Sam Bicke quien ejemplifique esa derrota del individuo frente a una sociedad erigida en monumental tributo al poder del dinero y la mentira. Mediante una estructura en flashback la película narra el proceso de degradación de Bicke (1) hasta retomarlo un año más tarde en el punto de arranque del film: momentos antes de subirse al avión que, en respuesta al cúmulo de frustraciones personales impulsadas por algunas desordenadas convicciones más o menos políticas, pretende hacer estrellar contra la Casa Blanca y así acabar con la vida de su presidente —afición bastante habitual en el país de la libertad— en el que Sam ve reflejados todos los males de la sociedad y los particulares de su existencia.

Pero Sam no es un ciudadano modelo: su carácter lo ha llevado al aislamiento, está separado de su esposa e hijos, rehuye a su hermano y ha perdido un buen montón de empleos. Su fracaso es triple: personal, familiar y social. Mueller se cuida, por tanto, de no presentar a Sam Bicke como un ejemplar John Doe, ese ciudadano puro, presidente en potencia de los EE.UU., al que la vida le ha jugado una mala racha. No. Sam no vive con los dos pies en la realidad, es más bien un pobre ignorante quizá demasiado inocente e idealista, incapaz de aceptar el mundo tal y como es. Será a través de las miradas de su exmujer, sus amigos, o el modo de evitar un posible encuentro con su hermano, como percibamos que el pobre Sam tiene serios problemas para aceptar la realidad.

A Sam se le ofrece una última oportunidad para prosperar trabajando como vendedor de mobiliario de oficina, pero eso si aceptara vivir bajo las reglas de una sociedad que utiliza la mentira como vehículo para la ascensión social, y el disfraz, la máscara, como recurso indispensable de supervivencia: su esposa trabaja de camarera en un hotel y se viste como una playmate para satisfacción de sus clientes, pero 'debe' hacerlo para "mantener a su familia", como le indica irritada a Sam; su amigo Bonny es negro y soporta con estoicidad los arrebatos de estupidez racista de los clientes de su taller, pero sin que ello presuponga que no los desprecie profundamente; pero Sam no es capaz de ver las dos caras de la moneda y es él quien sufre más por todo ello... El propio Sam, a petición de su jefe —un exitoso empresario pueblerino esculpido por un manual de autoayuda—, deberá afeitarse su bigote para aumentar el volumen de ventas (y no perder su empleo); el hecho, en sí casi insignificante, hace mella en su débil carácter y sirve como exponente de la cantidad de pequeños fascismos cotidianos que todos tenemos que soportar para poder (sobre)vivir en sociedad. Este acto lo invertirá Sam momentos antes de dirigirse al avión, en su primer acto realmente personal, pegándose un bigote postizo: recuperando su identidad.

Cuando Sam alcanza el punto de no retorno (ironía bien plasmada por el film: la mente enferma es la que no soporta la mentira y la sumisión a las reglas del capitalismo más brutal) y comete su acto de venganza con la ilusión de que un grano de arena sea útil al progreso social extirpando el mal de raíz, y de paso "ser alguien" recordado (en su enajenación dice "al menos me recordarán"); Niels Mueller, con dureza pero sin enfatizar, nos ofrece una serie de planos de televisores pertenecientes a los lugares que él ha habitado durante el film: el restaurante de su exmujer, su lugar de trabajo, el taller de su amigo... en los que se difunde la noticia de la acción de Sam; televisores que antes emitían perpetuamente el rostro de Richard Nixon, pero que ahora nadie está mirando, tan sólo unos espectros continúan viviendo a su alrededor. Sam ni siquiera será recordado por los suyos.

El asesinato de Richard Nixon es otra pieza más en este nuevo cine estadounidense off Hollywood de marcada conciencia política (auspiciado ayer por estrellas como Tim Robbins, el tándem Clooney y Soderbergh, y aquí Cuarón, DiCaprio y Payne) en el que el mensaje a difundir se sitúa siempre por encima de las cualidades formales expuestas en los films, aquí tan clásicas en su concepción (pese a su pretendido en ocasiones, aire de modernidad) como poco molestas en su plasmación y vehiculadas por la siempre efectiva caracterización de Sean Penn. Film aceptable e interesante, 'necesario' si se quiere, pero que confirma nuevamente (y ahí está el reestreno de La chinoise para ello) que si todo su atrevimiento proviene de proclamar a estas alturas que la sociedad capitalista engendra monstruos, mucho camino nos queda todavía por (re)andar.

(1) En curiosa coincidencia temática y fonética con el Travis Bickle de Taxi Driver.

Por Ángel Santos
cartel

Estados Unidos, 2004. T.O.: The Assassination of Richard Nixon. Dirección: Niels Mueller. Guión: Niels Mueller, Kevin Kennedy. Producción: Alfonso Cuarón, Jorge Vergara. Producción Ejecutiva: Arnaud Duteil, Avram Butch Kaplan, Kevin Kennedy, Frida Torresblanco, Alexander Payne, Leonardo DiCaprio y Joana Vicente Fotografía: Emmanuel Lubezki. Música: Steven M. Stern. Montaje: Jay Cassidy. Diseño de producción: Lester Cohen. Vestuario: Aggie Guerard Rodgers. Duración: 95 minutos. Intérpretes: Sean Penn (Sam Bicke), Naomi Watts (Marie Bicke), Don Cheadle (Bonny Simmons), Jack Thompson (Jack Jones), Brad Henke (Martin Jones), Nick Searcy (Tom Ford).