De terrores tailandeses

En los últimos años varios han sido los países asiáticos que se han convertido en focos de irradiación de tendencias dentro del panorama de cine mundial, estableciéndose entre ellos una encarnizada lucha por la ocupación del trono de la modernidad fílmica. Agotado el entusiasmo por la moda del cine coreano, todas la miradas parecen centrarse en la pujante cinematografía tailandesa, que se encuentra en estos momentos en un estimulante proceso de dinámica efervescencia creativa que la sitúan como una opción fresca y provocativa capaz de conjugar en su interior la más variada red de líneas expresivas que se mezclan y se entrecruzan conformando un revitalizador espacio donde siempre hay lugar para la experimentación, la reinvención o el reciclaje de los recursos expresivos en una búsqueda de nuevos caminos tanto genéricos y estilísticos que abarcan desde el cine de autor (cuyos nombres más representativos son Apichatpong Weerasethakul, Pen-ek Ratanaruang y Wisit Sasanatieng), el cine de acción (con el binomio Prachya Pinkaew-Tony Jaa a la cabeza), y el cine de terror, de gran tradición dentro de la cinematografía tailandesa pero que en los últimos años ha sufrido una mutación para su acercamiento a los mercados internacionales.

El folclore tailandés está lleno de seres terroríficos, por ejemplo los grasueh, extrañas criaturas (normalmente femeninas) compuestas por una cabeza voladora que arrastra bajo su cuello todas las vísceras que puede contener un cuerpo humano: corazón, intestinos, pulmones... o las phrai, mujeres fallecidas al dar a luz y que vagan por el mundo en busca de víctimas con las que saciar su odio. Sin embargo, en los últimos años, estas especies autóctonas han sucumbido por culpa de la globalización que afecta a todo el género de terror dentro de los países orientales, en beneficio de las ya cansinas y repetitivas niñas de los pelos largos de inspiración japonesa.

La primera película de terror thai que tuvo cierta repercusión a nivel internacional fue Nag Nak (1998) de Nonzee Nimibutr, una revisión de un cuento popular plasmado en la pantalla en un cinta clásica de los años setenta, en la que se narraba la historia de un soldado que tras regresar a su casa se encontraba con el espíritu de su mujer, muerta durante su ausencia. Sin embargo fueron los hermanos Pang los que se encargaron de situar el cine de terror tailandés en el punto de mira gracias a su film The Eye (Jian gui, 2002), un estilizado ejercicio visual con reminiscencias a El sexto sentido (The Sixth Sense, 2000), dotado de un excelente ritmo narrativo y un dosificado y elegante tratamiento del horror. Muchas fueron las secuelas que originó esta cinta, The Eye 2, The Eye 3, The Eye 10... que como siempre acabaron agotando la fuerza y la originalidad que pudiera tener la primera versión.

Otros hitos del terror thai de los últimos tiempos han sido el episodio de la coproducción panasiática Three (2002) filmado por Nonzee Nimibutr, Necromancer (2005), un thriller de gran presupuesto que mezclaba acción, crimen y magia negra, Art of the Devil (2004) de Tanit Jitnukul, de la que se acaba de realizar su continuación, todavía más salvaje que la anterior, y sobre todo Shutter, de dos jovencísimos directores, Banjong Pisanthanakun y Parkpoon Wongpoom, que han conseguido sin esfuerzo colocar su ópera prima en las pantallas de todo el mundo y acercarse con éxito a la mayoría de festivales especializados en género fantástico.

Quizás el aspecto más atractivo de Shutter radique en la posible cercanía y credibilidad de su planteamiento. ¿Quién no ha creído ver en alguna de sus fotografías una sombra misteriosa similar a un espectro? Basta con enchufar una noche de domingo el psicotrónico programa de Iker Jiménez, «Cuarto Milenio», para comprobar que hasta se le dedica todo un espacio a estas circunstancias.

Y es que al parecer, fue precisamente un espacio de televisión el que dio origen al proyecto, ya que éste se dedicaba a recopilar las fotografías en las que de una u otra manera aparecían entes o figuras de naturaleza inexplicable. La pareja de directores se puso en contacto con el programa para acceder a este material y así poder utilizarlo como base constitutiva, como documento casi de carácter verídico para la construcción del film.

Y es que para muchos Shutter puede parecer una cinta más de terror asiático, pero contiene algunos elementos que logran singularizarla y dotarla de cierta personalidad que la alejan del magma de títulos clónicos que nos invaden en la actualidad.

Uno de los más importantes es la forma en la que se utiliza la fotografía como leit motiv de todo el proceso argumental. Y es que los seres de ultratumba parecen mostrar predilección por alertar y asustar a los mortales a través canales alternativos que se sitúan en un plano de percepción indirecto. Es el caso de The Ring (Ringu, Hideo Nakata, 1998) en el que el fantasma utilizaba una cinta de vídeo para lanzar su maldición, o de Llamada perdida (Chakusin ari, Takashi Miike, 2003) en la que una melodía de móvil avisaba de la muerte inminente de su propietario. Quizás Shutter vaya más allá en este aspecto, al erigir la fotografía como eje fundamental de todo el mecanismo de desvelamiento de los enigmas que se van planteando en la narración. A través de ella conocemos a los personajes, sus miedos, sus secretos más ocultos... y a la vez va proporcionando pistas que ayudan en el desarrollo detectivesco de los actos. Por eso no es de extrañar que hasta el primer revelado de las instantáneas no se produzcan acontecimientos inquietantes, o que sea a través de un retrato la forma elegida para que se resuelva la clave de misterio que esconde el film.

Por ello, el inocente acto de tomar una fotografía se tiñe con las notas de la incertidumbre y la inquietud más malsana en Shutter. Esto provoca una indirecta reflexión acerca del arte de captar imágenes. ¿Es real lo que vemos, se encuentra filtrado por nuestro punto de vista o nuestra sugestión? ¿Es capaz una cámara de captar el alma de las cosas, de reflejar su esencia? ¿Puede capturar aquello que a nuestra vista pasa desapercibido? ¿Tomamos fotos para no olvidar lo que una vez fuimos en el pasado, para recordar aquellos momentos que tuvieron cierta relevancia en nuestras vidas y que necesitan ser inmortalizados para no perderse en los recuerdos difusos de nuestra memoria...?

Estas son alguna de las cuestiones que quedan planteadas de manera implícita en Shutter. Al final, el fantasma sólo es un medio para que el protagonista no niegue su pasado, tome conciencia de sus errores y los asuma si quiere seguir adelante. A veces la verdad que plasman las fotografías es mucho más terrible que cualquier espíritu vengativo. Por eso el film termina siendo un tratado sobre la culpa, sobre el sentimiento de desazón que se siente al descubrir que las cargas en la conciencia no desaparecen ni siquiera cuando crees haberlas enterrado para siempre. El lastre moral, el peso del remordimiento es el verdadero fantasma que acecha y se encarga de juzgar nuestros actos y actitudes, una filosofía bastante arraigada dentro de la cinematografía tailandesa, como se puede comprobar en todas y cada una de las obras de Pen-ek Ratanaruang.

No podemos decir que Shutter sea una película imprescindible, ni tampoco perfecta, pero sí honesta y un producto de terror digno. Pisantanakun y Wongpoom son dos jovencitos de veintipocos años, y esta es la primera vez que se ponen detrás de la cámara. Y el caso es que saben cómo manejarla, saben cómo pulsar las teclas adecuadas para crear con ella misterio, y emplean de manera eficaz todos los recursos fílmicos que tienen a su alcance: montaje, efectos sonoros, música... de forma que consiguen establecer un clima de constante turbación que atrapa, entretiene y en ocasiones asusta de verdad.

Es cierto que existen muchos guiños a películas de reciente cuño que provocan un cierto sentimiento de hastío. Por ejemplo, la presencia del fantasma funciona cuando se encuentra en el interior de las fotografías, pero no cuando se materializa físicamente, ya que esa misma imagen la hemos visto ya plasmada en la pantalla hasta la saciedad, arrastrándose por las escaleras, reptando por las paredes, apareciendo en la carretera, saliendo de una pila de agua... Son muchos los referentes que podríamos nombrar: La maldición, The Ring, Llamada perdida, Premonition... y sólo he nombrado las japonesas más conocidas, porque si entramos en Corea... se me ocurren muchos títulos más. Sin embargo es una película de Hong Kong con la que se pueden establecer un mayor número de similitudes, Inner Senses (2002) de Lo Chi-Leung, la última película que protagonizó el desaparecido Leslie Cheung, y que tiene un planteamiento y desarrollo final realmente parecidos a este Shutter tailandés.

Sin embargo, hay que reconocer cierto virtuosismo a la hora de planificar escénicamente algunos fragmentos, como el que se desarrolla en la sala de revelado o aquél en el que el protagonista es sometido en la oscuridad a una sesión de fotos por el fantasma, viendo únicamente su rostro iluminado a través de los flashes de la cámara. En general se aprecia un minucioso cuidado por el detalle, por una depurada plasmación de la imagen, siempre a través de la creación de planos que intentan diseccionar al mismo tiempo la naturaleza perceptible y la íntima de unos personajes atrapados por el obturador de una máquina que les obliga a mirarse a sí mismos, a reflejarse en el espejo de sus propias miserias, de sus propias mentiras. El ojo de una cámara inquisitiva con conexión con el más allá al que no se le escapa ni un solo detalle de cada uno de nuestros actos bochornosos. Tendremos que estar atentos por si la próxima vez que nos saquen una foto, salimos borrosos.

Por Beatriz Martínez
cartel
Tailandia, 2004. T.O.: Shutter. Director: Banjong Pisanthanakun y Parkpoom Wongpoom. Guión: Banjong Pisanthanakun, Sopho Sukdapisit, Parkpoon Wongpoom. Producción: Yodphet Sudsawad. Música: Chartchai Pongprapaphan Fotografía: Niramon Ross Montaje: Manop Boonwipas y Lee Chatametickool Diseño de producción: Suras Kardeer Dirección artística: Teranet Jongaramrungrueng y Kamolwan Wiriyapakdee Vestuario: Pracharaphan Sathitrachot Duración: 97 minutos Intérpretes: Ananda Everingham (Tun), Natthaweeranuch Thongmee (Jane), Achita Sikamana (Natre), Unnop Chanpaibool (Tonn), Chachchaya Chalemphol (Mujer de Tonn), Abhitaji Jusakul (Editor), Jitrada Korsangvichal (Enfermera).