La batalla del underground
A finales de los años cincuenta cuando en Francia los jóvenes críticos de Cahiers comenzaban a empuñar sus cámaras como antes habían hecho con sus estilográficas y el mundo del cine debatía la noción de "autor", en el otro lado del Atlántico habitaba un emigrado lituano de duro acento y vocación de poeta, evangelista y francotirador que cual Simón el Estilita desde su columna semanal en un pequeño periódico neoyorquino libraba su particular batalla, perdida de antemano (o no, quién sabe), en favor del nacimiento de un nuevo cine (americano).
En sus crónicas semanales para el Voice Mekas relataba los hallazgos del nuevo cine —llamado (lamentablemente, por lo reduccionista del término) experimental, de vanguardia, o underground; cine, en definitiva— y los fracasos de las viejas fórmulas hollywoodienses. Un cine generalmente de corte no narrativo (al menos en el sentido usual del término), en el que la duración de los films ya fuese de 15 segundos u 8 horas, o su formato (del doméstico Súper 8 al 35mm) no tenía la más mínima importancia salvo para la conjugación de la obra en sí misma; un cine realizado por creadores con intereses dispares a los de las grandes compañías del espectáculo, un cine pobre, sin estrellas, sin intérpretes las más de las veces, un cine en el que la relación entre el artista y sus materiales estaba más próxima a la actitud del pintor o el escultor y diametralmente opuesta al del cine comercial llegado de todos los hollywoods del planeta; en definitiva y en palabras de Mekas: un cine compuesto por "films menos perfectos pero más libres".
Los nuevos cineastas estaban más allá de las discusiones sobre la función del "autor" cinematográfico o la necesidad de un "cine-arte" como alternativa al "cine-industria", que copaban en esos momentos los debates en Europa. Para ellos el cine era/es un arte, y el autor del film su único responsable y ahí se acaba la discusión. Un cine que no buscaba derrocar el poder establecido para después poder reemplazarlo (como los Cahiers en Francia), sino que estaba más allá del poder, renunciando de antemano a él. Su lucha era interior, y su objetivo era a la par ético y estético: alcanzar la propia verdad (1).
No se asusten, no vayan a pensar uds. que la suya era una cólera ciega contra todo lo que olía a clásico o gozaba de un mínimo éxito, Mekas luchaba por mostrar a los ojos de sus lectores toda la belleza del nuevo cine de filiación amateur (en el pleno sentido del término) de Stan Brakhage y de Robert Frank, de Maya Deren y Andy Warhol, Kenneth Anger y Ken Jacobs, de Cassavetes antes de convertirse en Cassavetes; pero también la de los films de Ophüls y Bresson, de Ford y Hawks, del debutante Godard y el veterano Sirk, y Ron Rice y Jean Renoir y Dreyer y Antonioni y Gregory Markopoulos y...
Mekas hizo de la crítica de cine algo sumamente íntimo, las páginas del Voice se convirtieron en diario personal y agenda del cronista (al igual que sus películas eran extensiones de estas páginas y de su propia vida); ya fuera en forma de anotaciones (de divagaciones, en sus propias palabras) en ocasiones maravilladas por la reciente y límpida impresión que causara un film, o ardientes, irónicas o coléricas en su repulsa de algo que consideraba abominable: títulos de artículos tan sugerentes como "lo que hará el diablo en el infierno al distribuidor de Lola Montès" ó "Por qué debemos apedrear a los críticos de cine", dan pistas sobre su personal mirada. En sus doce años de reseñas para el Voice (1958-1970) y para Film Culture entra todo: su visión es amplia y no solamente por la variedad de autores tratados a la que ya he hecho referencia (y conste que dejo en los márgenes a muchos más), sino porque además no se (auto)limitaba a la crítica de cine de estreno —de hecho, como no podía desperdiciar más espacio hablando del cine comercial del que ya todo el mundo escribía, invitó a un joven Andrew Sarris a hacer esa parte del trabajo por él (2)—. En sus páginas caben las reseñas de los grandes festivales y las pequeñas proyecciones de barrio o en el estudio de algún artista, el cine verdaderamente amateur, los experimentos ópticos, el cine de fotograma único y el elogio de las salas de cine pornográfico de Hoboken o las películas en Súper 8 realizadas por niños. Así, encontraremos en sus páginas análisis sobre la grandeza de John Ford, pero también entrevistas o charlas de amigos cineastas recogidas con un magnetófono en algún bar, crónicas de viajes por Europa, o el relato de las dificultades de Stan Brakhage para poder trabajar, rodar y mantener a su familia.
Sus escritos evolucionan por tanto y como no podría ser de otro modo, en paralelo a su vida (esa unión de la que hablaba Truffaut, adquiere en este caso una conjugación extrema) y ya sea al frente de la Film Makers' Coop (una cooperativa de cineastas surgida en Nueva York en la que sus trabajos se proyectaban regularmente y los sueldos se distribuían equitativamente), la Anthology Film Archives (3), o como simple espectador, sus notas se van radicalizando a medida que la censura ataca al nuevo cine y volcándose en un mayor activismo en favor de los nuevos creadores, de la libertad de expresión y la defensa de lo bello: "El mal y la fealdad se cuidarán solos; es el bien y la belleza lo que necesita de nuestros cuidados".
No es de extrañar que el Mekas crítico en ocasiones resulte incluso más interesante que las películas que defiende, más "educativo" por el modo y la pasión en que lo hace, más allá de que compartamos o no los casos concretos de sus enardecidas defensas o de sus furibundos ataques (me temo que hoy día sería casi impensable para un crítico defender por igual a Stan Brakhage, a los films de Andy Warhol o Dreyer y reprochar un mal film a un autor por el que siente especial debilidad). Su visión es global y a través de ella no busca imponer un único modo de pensar, sino que trata por todos los medios de transmitir a sus lectores un nuevo modo de mirar, liberándolos de paso de todos sus expectativas preconcebidas de cómo debe ser o no debe ser un film —de lavar la mirada, como decía Mizoguchi—. Y ahí reside su importancia: el poder asistir mediante la lectura de su Diario de Cine (4), a la apasionada defensa de un modelo cinematográfico que casi desconocemos y con ello a una generación de cineastas que ha sido relegada al olvido por cinéfilos y críticos con la triste excusa de que se trata de "cine experimental" y no merece nuestra atención; películas que no tienen cabida, por supuesto, en las televisiones, pero ni siquiera en la mayor parte de la programación de filmotecas y museos (5).
¿Se equivocaba Mekas? No lo creo. Y perdonen que haya utilizado el pasado para referirme al "nuevo cine", porque probablemente este cine siga existiendo aunque quizá nosotros estemos demasiado ciegos para verlo sin un Jonas Mekas que trate de abrirnos los ojos. Pero todo eso no importa. Lo que importa de verdad es que, en palabras de Cernuda, la tarde es buena para marchar al río, así que basta de hablar de críticos y películas y ya que estamos inmersos en este modesto (al menos en lo que a mí concierne) dossier sobre la crítica, dejemos ahora a Mekas que despida la función:
«19 de septiembre 1963».
LA FUNCIÓN DE LA CRÍTICA DE CINE
¿Cuál es la suma total del otoño? ¿Cuál es su contenido, su forma, su propósito? Su estilo, ciertamente, tiene unidad. Pero ¿qué significa? Eh, pero ¿qué significó el verano, con todo su verdor, su sol y sus flores? Fuentes de color rojo y marrón surgirán pronto. Eso es lo que significaba el verano.
Y ustedes me preguntan sobre películas. No sé qué significa una película. Estoy más bien buscando alguna luz detrás de ellas, detrás de las imágenes; estoy tratando de ver al hombre.
Fue Barbara Wise quien me dijo el otro día, y tenía razón: "El crítico de cine no debería explicar de qué se trata la película, tarea realmente imposible, sino ayudar a crear la actitud adecuada para ver la película". De eso se tratan mis divagaciones simplemente.
¿Dónde estaba? Sí, divagando. Les diré la verdad: todo lo que he aprendido en mi vida (y he visto muchas películas) se limita a esto: las hojas caen en otoño. Allí estaré con mi cámara cuando caigan.»
Acérquense a Mekas, no se arrepentirán.
(1) Leer a este respecto el estupendo artículo de David Gutiérrez Camps para Enfocarte en http://www.enfocarte.com/6.27/cine.html
(2) “Tuve que abandonar mi distintivo de crítico y convertirme, prácticamente, en una comadrona. Tenía que extraer, sostener, proteger todas las cosas bellas que estaban ocurriendo en el cine y que eran masacradas o ignoradas por mis colegas y por el público.”
(3) En la que continúa su trabajo hoy en día.
(4) Todas las citas provienen del volumen editado e nuestro país por la Ed. Fundamentos: Diario de Cine. El nacimiento del nuevo cine americano. (1975).
(5) Entre nosotros se está recuperando parte de este cine gracias a la estupenda programación del Xcentric (en el CCCB) o a la necesaria retrospectiva sobre Stan Brakhage que tuvo lugar en el Reina Sofía el año pasado; o la exposición de los films de Paul Sharits en el Espai d’Art de Castellón.
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