Escritor y crítico de cine, Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela, España, 1963) es lincenciado en Filología Anglogermánica y Filología Hispánica, colaborador habitual de Dirigido por..., Abc, Rock de lux, autor de "Tim Burton", "Lars Von Trier: el cine sin dogmas", "El cine bélico: la guerra y sus personajes", "Los mejores westerns, cabalgando en solitario", "El miedo: Trayecto hacia el cinematógrafo", "Miradas de la noche" (editor), "Una sandia es una sandia. Las películas de Tsai Ming Liang" (co-autor), entre otros. En 2004 publicó "Construyendo Babel", un diario personal a través de una serie de obras y autores literarios. Agradecemos desde aquí la inmensa amabilidad y hospitalidad del escritor gallego (y su familia), que nos procuró siempre de todas las facilidades para poder llevar a cabo con éxito esta entrevista.

—¿Cómo empezaste a escribir crítica cinematográfica?
Comencé a escribir crítica al convertirme en funcionario, cuando ya tenía cerca de treinta años. Un día mandé un texto a la revista Versión Original, y hasta hoy. Aunque en principio el cine suele gustarnos a todos de una forma inocente, al final acabamos haciéndonos preguntas íntimas sobre las películas que vemos. A mí eso me llevó a la escritura. Mis primeros resultados fueron muy abstractos; luego, a base de ensayar una y otra vez, mi estilo se fue destilando.

—Siendo uno de los críticos más prolíficos de este país, ¿te sientes parte de la crítica cinematográfica española?
No me siento parte de la crítica si se entiende ésta como "la banda de los cuatro" o como "el partido republicano". Yo entiendo la crítica primero como un modelo de escritura que refleja una individualidad y luego como todo lo demás. Me parece que, incluso en un terreno tan cribado como el de la crítica, hay territorios inexplorados y yo procuro transitar por ellos. Por eso me considero más un escritor o un aventurero que otra cosa. Nunca me he visto como una persona cuyas opiniones haya que llevar a misa, más bien me veo como un explorador que se adentra en las selvas del lenguaje y la cultura, en busca del asombro y de lo inesperado. No soy un crítico como puedan serlo Carlos Losilla, Àngel Quintana o Carlos Heredero, que para mí son las voces de referencia para empezar a pensar a partir de ellos. Yo soy un escritor que hace experimentos, nada más.

—Y, entonces, ¿cuál es tu reflexión sobre lo que está pasando en el mundo de la crítica aquí en España?
Sucede un poco lo que sucede siempre en el mundo de la cultura: la crítica está polarizada por una serie de personas que, después de diez, veinte o treinta años de trabajo, han conseguido que  algunos medios e instituciones se tomen en serio el cine. Puede decirse que se han ganado el puesto que tienen, pero eso no impide que constantemente lleguen personas más jóvenes a disputarles su permanencia en lugares que acaban resultando demasiado cómodos y que a veces hacen que uno se vuelva perezoso. Los más jóvenes, sin embargo, empiezan con mucho brío pero enseguida se dan cuenta de que se han metido en un mundo donde la resistencia lo es todo y donde no se suele regalar nada. Y se cansan demasiado pronto. Ese cansancio les hace sentirse menospreciados, infravalorados…

—Cuando hablas de la crítica, ¿te refieres a todo el espectro?,  ¿a la crítica periodística y la no periodística?
—En general, los críticos que la gente menciona más tienden a ser personas que llevan mucho tiempo dentro de esta profesión, personas que han acabado imponiendo si no su discurso, sí su presencia en distintos medios, en libros, algunos incluso en la televisión. Te pueden gustar o no, pero están siempre ahí y su opinión también. Algo así hace que muy a menudo los discursos de casi todo el mundo partan de ellos, se convierten en el centro desde el que se trazan muchos debates.

—¿Sobre qué debe hablar la crítica?
—Sobre nada en concreto, porque la crítica, quiero pensar, no necesita ser programática. Hay quienes se preguntan por qué no se habla sobre Sharunas Bartas o sobre Christi Puiu; también hay quienes se quejan porque en algunas revistas no se escribe sobre cien cineastas cuyos nombres le resultan desconocidos a la gran mayoría… Todo eso me parece una soberbia tontería. Quien quiera hablar sobre Sharunas Bartas o Christi Puiu, puede hacerlo; y quien no quiera leer "Fotogramas", que no la lea. Es así de simple. Y, si trabajas para un medio donde te piden cosas concretas, las haces si te apetece o le dices al jefe que las haga otro. Lo que no se puede es establecer cómo o sobre qué deben hablar los demás. Muy a menudo me da la sensación de que hay bastante gente que no tiene nada que decir, con un discurso que sólo consiste en intentar callar a sus semejantes.

»Yo entiendo el ejercicio de la crítica como un diálogo en el que podemos y debemos participar todos. Uno puede hablar sobre la obra de Bill Mousoulis sin necesidad de exhibir una actitud de superioridad cultural. La crítica la entiendo como parte de un fenómeno cultural comunitario; yo le hablo a la comunidad sobre algo en lo que todos tomamos parte, cada uno desde una perspectiva diferente, cada uno eligiendo su propio camino. Supongo que uno se convierte en escritor o en crítico en cuanto comienza a razonar sus opiniones, proponiendo metodologías de análisis.

—¿No crees que hay diferencia entre la crítica periodística y la más especializada?
—No veo por qué haya de establecerse dicotomías entre la crítica. ¿Para qué? ¿Para menospreciar a una parte en relación a la otra? ¿Para distinguir entre críticos serios y críticos cómicos? Se me ocurre que quizás sería mejor hablar de judíos, musulmanes y cristianos, y acabamos antes; aunque también estaría bien hablar de hombres y mujeres, niños y ancianos, heterosexuales y homosexuales… Todo el mundo, creo, sabe distinguir entre un periódico y un libro, del mismo modo que sabe distinguir entre un argumento interesante y una tontería. Gracias a Dios, la crítica cinematográfica no se ciñe a un modelo único y tampoco a un ámbito concreto; es algo más multiforme que quizás valdría observar de forma amplia, sin intentar que se ciñese a los gustos de nadie. Está claro, eso sí, que uno tiene sus preferencias, y las mías, en cuanto a crítica cinematográfica se refiere, están más cerca de los periódicos y las revistas que del mundo académico. No me gusta la idea de una cultura institucionalizada, porque suele provocar daños irreparables, invita a forjar una idea del mundo que luego ni siquiera el mundo puede refutar. Además, me cansan las teorías cuando se utilizan como plantilla única para dar forma al discurso.

—¿El mundo universitario no te gusta?
—El mundo académico es bueno porque produce mecanismos de sistematización, es decir, una metodología clara, una base de análisis; pero la cultura tiene que tener una base relacionada más con la sociedad que con las instituciones, que a veces viven al margen de lo que ocurre en el mundo.

—Una persona que puede hacer crítica sobre el arte en general ha de ser una persona que tiene que saber vivir la vida, es decir, alguien que sepa valorar la belleza de la vida para poder encontrarla en el arte...
—Estoy absolutamente de acuerdo.

—... y tú eres la persona que ha incluido más trazos de su vida en las críticas que escribe; puede decirse que es el rasgo más característico de tu estilo y, además, cada vez tiene más presencia en tus textos.
—Cuando lees crítica, no estás ante una obra sino ante una opinión sobre esa obra, no estás ante el artista que realizó la obra sino ante un intermediario; me parece que eso es significativo. Yo, al escribir, me utilizo a mí mismo para autentificar mi discurso. No me conformo con ofrecer una opinión estética, me gusta describir de qué manera una película puede posicionarme ante la vida.

—Las publicaciones que editan los fetivales son, por general, de los mismos críticos de siempre, y aunque estos puedan ser interesantes es una sensación terrible. Además existen pocos libros colectivos que suele ser una buena forma de variar.
—Van apareciendo nuevos nombres poco a poco, pero a veces con tanta lentitud que puede resultar desesperante. Sin embargo, tampoco puede pretenderse que los críticos de toda la vida desaparezcan de pronto, como si nunca hubiesen existido, porque al fin y al cabo si se publican libros en festivales o si existen determinadas revistas a menudo es gracias a ellos.

—¿Cómo te sientes ante las agresiones exteriores?, ¿eres hermético a las opiniones de colegas?
Hay películas que todo el mundo masacra, que a mí no me parecen crímenes contra la humanidad. Al mismo tiempo, tengo muchos reparos hacia cineastas que casi todo el mundo considera los referentes culturales de Europa. Desconfío tanto de las actitudes rutinarias hacia el cine comercial como de ciertos directores a quienes ya casi no se cuestiona. Por paradójico que pueda sonar, los críticos que más me interesan suelen ser aquellos con los que no estoy de acuerdo nunca o muy pocas veces.

—Lo preocupante es que haya tanta unanimidad sobre cuestiones que no están realmente tan claras, y a la vez que exista cierta tendencia por lo efímero, que un año se hable de Kiyoshi Kurosawa y al año siguiente se olvide.
Hay gente que ve dos películas de Apichatpong Weerasethakul y enseguida dice que es el mejor director de la historia del cine o que el cine está mutando a escala mundial gracias a él. Vaya por delante, no creo que haya que tener cuarenta o cincuenta años para tener opiniones autorizadas (ser sacrílego no es necesariamente malo). Hay personas que sólo piensan en Carl Theodor Dreyer; su visión del cine empieza y acaba ahí. Yo creo que Dreyer es, en efecto, un modelo que estará siempre ahí, pero no me parece que eso justifique que sólo se le mencione a él cuando se habla sobre los mejores directores de todas las épocas. Resulta triste que, a estas alturas, se siga diciendo que "Ciudadano Kane" es la mejor película de la historia del cine. Por eso creo que la actitud iconoclasta de la gente que comienza es buenísima; al menos proporciona originalidad, a mí me obliga a replantearme ciertas cosas e introduce algo de diversión en un mundo como el de la crítica, que a veces puede ser demasiado gris.

—Tampoco se trata de darnos la razón porque somos los jóvenes. Por ejemplo, un texto de José Enrique Monterde sobre Rohmer es difícil que podamos superarlo, sin embargo él no hablara como nosotros podemos hacerlo de un director como Kim Ki-duk.
Cuando leo un texto sobre "Ciudadano Kane" escrito en 2006, lo único que de verdad me interesa es la interconexión que ese texto pueda establecer  entre 1941 y 2006, entre Orson Welles y alguien que vive en pleno siglo XXI. Para conseguir eso, a veces es preciso saltarse ciertos modelos que le dan la espalda al presente. Y todo lo anterior puede conseguirlo cualquiera que esté vivo en estos momentos, tanto si tiene 60 como si tiene 20 años. En la crítica, me gustan aquellas personas que me dicen, aquí y ahora, para qué me sirve repetir actos culturales que provienen del pasado. La cultura tiene que ser mutante, adecuarse y cambiar. También los críticos. Y los hay proteicos, que cambian y absorben, que se adecuan, que buscan, exploran… Misteriosos, transparentes… Fluyen de forma constante, y en sus aguas nunca te bañas en el mismo río dos veces.
Cuando los críticos ya no son capaces de evolucionar, suele notársele mucho porque comienzan a repetir ideas y esquemas.

—Se puede seguir hablando del pasado para aportar nuevas visiones, incluso revisando y poniendo en duda lo que se ha venido diciendo de determinadas películas.
—Efectivamente. Hay que reevaluar. Estoy en contra de las teorías culturales, porque quién las ha establecido, por qué, cómo, cuándo, dónde... Nadie me ha llamado para pedir mi opinión [risas]. Resulta necesario estar abiertos, ser receptivos a los cambios que se producen, sin descuidar la guardia, claro.

—Esa actitud en la crítica no es, por desgracia, la más extendida. Nos sorprendió muy negativamente un comentario crítico sobre "Tropical Malady" en Cinemanía, de apenas un párrafo, que venía a decir que era el típico film para la crítica sesuda...
—El problema es que a veces hablamos con tal rapidez que no evaluamos el impacto de lo que decimos. Pero también es importante saber qué parcela ocupa cada revista en el mundo de la crítica cinematográfica. Cinemanía y Fotogramas, por ejemplo, son revistas que proporcionan mucha información, y un crítico a mí me parece que debe saber canalizar información, de tal manera que realice una criba para dejar fuera lo que considere superficial y para recoger lo más interesante. Revistas como Cinemanía y Fotogramas pueden resultar insuficientes en materia de análisis, pero sinceramente creo que nunca han intentado ser la vanguardia de la crítica.

—¿A tu entender cuál es concretamente la tarea de la crítica?
—Un crítico ante todo debe escribir bien y luego todo lo demás. Si, además de escribir bien, consigue decir cosas de provecho, quizás estemos hablando de un genio. Gonzalo de Lucas, por ejemplo, no es un crítico que aparezca continuamente en periódicos y revistas, pero es un escritor estupendo, con uno de los mejores libros de cine que se han escrito jamás: "Vida secreta de las sombras"; es un ejemplo de escritura y también un ejemplo de planteamiento teórico abierto. No obstante, hay más gente que me gusta mucho... Los textos de Miradas de Cine, en general, me llaman la atención de forma muy positiva; si fuera una revista impresa, tendría mucho éxito comercial. Letras de Cine es una revista que hace cosas interesantes e importantes; en sus páginas se pueden encontrar al menos a cuatro críticos de primera, aunque a veces corren el peligro de caer en la prepotencia e invalidar así su discurso. También me gusta mucho Israel Paredes, que tiene un libro inédito sobre John Cassavetes que es magnífico. Hay mucha gente interesante, tanto entre los veteranos como entre los jóvenes.

—En Miradas de Cine no tenemos línea editorial, al contrario que Letras de Cine; en esto nos parecemos más a Dirigido por... ¿Qué opinas sobre la línea editorial?
—Las revistas con línea editorial tienden a ser como un partido político cualquiera, normalmente caracterizado por discursos sobre la pureza y sobre quiénes son los buenos y quiénes son los malos… Son un coñazo. Prefiero las comunidades provisionales, vivir en la diferencia, a la expectativa, sin saber bien qué va a suceder y tampoco qué se va a decir. En Dirigido quiero pensar que, pese a las diferencias entre todos los colaboradores, hay un objetivo común: mejorarnos nosotros y de paso mejorar el mundo.

—No sueles ir a festivales, ¿por qué? ¿Qué aspectos negativos y positivos les encuentras?
No me siento cómodo en ellos. Ves muchas películas en muy poco tiempo, le das demasiado al pico y al final todo acaba transformado en una masa amorfa. Aun así, supongo que los festivales están bien para darte a conocer, para hacer vida social, para establecer contactos, para que luego te llamen para colaborar en los libros colectivos, para dar conferencias o para participar como ponente en los cursos de verano de El Escorial.

—¿Cuáles te parecen, en todo caso, los más interesantes?
Para estar al corriente de lo que sucede en el mundo, el de Valladolid. Si quieres conocer el estado del cine, Gijón, Rotterdam y Buenos Aires. Hay muchos festivales y bastantes cubren las lagunas de los otros; cada uno prioriza en función de sus intereses.

—¿Qué crítica extranjera lees?
—Jonathan Rosenbaum, Mark Peranson, Olaf Moller, Quintín, Dave Kehr, Gilberto Perez, Chris Fujiwara...

Entrevista realizada el 2 de abril de 2006 en Marchamalo, Guadalajara, España.

Por A.G. Calvo y J.D. Cáceres
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