Jesús Palacios (Madrid, España, 1964) es escritor y crítico de cine, cuyos intereses siempre han estado ligados al Lado Oscuro de la cultura. Su obra literaria así lo pone de manifiesto: "Psychokillers", "Los ricos también matan", "Nosotros los vampiros", "Desde el infierno. Una historia oculta del siglo XX", "Erik Jan Hanussen. La vida y los tiempos del mago de Hitler", etc. Entre sus libros de cine destacan "Goremania", "Satán en Hollywood. Una historia mágica del cine" "Goremania II", "Gun Crazy. Serie negra se escribe con B" (co-editor), "Euronoir. Serie negra con sabor europeo" (editor). Actualmente colabora, entre otros medios, en Fotogramas, El Cultural, Que Leer, y en distintos festivales (Las Palmas, Semana Negra, Sitges, Gijón, Semana Fantástica de San Sebastián).

—De todas tus experiencias (critica en revistas, libros, participaciones en obras colectivas, etc.)  como escritor de cine, ¿cuál es la que te proporciona un mayo placer intelectual y con cual te diviertes más?
—Indudablemente, escribir libros. Personalmente me considero ante todo y sobre todo escritor de ensayo o no-ficción, como se prefiera, y es con el trabajo de escritor con el que más disfruto y a través del cuál me expreso más plena y personalmente. Tengo la suerte de poder elegir siempre o casi siempre los temas sobre los que escribo, con lo cuál se trata de obras personales y afines a mis intereses, en las que intento equilibrar el contenido divulgativo, histórico o informativo, con mis aportaciones ideológicas y filosóficas más personales. Tratando de aportar siempre una visión peculiar, un giro distinto y distinguido, a temas acerca de los que creo todavía se puede decir mucho y mejor dicho. Luego, derivada de esta actividad, en cierto modo, está la de conferenciante o ponente, en cursos, ciclos de conferencias, charlas y mesas redondas, donde tengo la oportunidad de exponer personalmente esa visión propia de ciertos temas, a veces polémica, contrastándola en vivo y en directo con otros colegas y con los asistentes, lo que siempre hace que sientas que, de algún modo, aquello de lo que escribes y opinas por impreso es algo vivo, fresco y que interesa a mucha gente.

—Tus trabajos, con excepciones puntuales, han estado, continúan en verdad, marcados por el género fantástico, más concretamente por el lado más oscuro del ser humano. Podremos convenir que eres un especialista en esa parcela. ¿Esta circunstancia ha venido dada, la has buscado, es lo que te ofrecen?
—Me gusta considerarme especializado en el "Lado Oscuro" de la cultura. Y es algo que procede de mi más temprana vocación, a través  de la bendita (o maldita:) influencia de mi padre, ya fallecido, que era a su vez un hombre de curiosidad infinita y conocimientos autodidactas también casi infinitos, con una singular inclinación hacia lo fantástico, lo macabro, lo sobrenatural, lo extraño y lo esotérico. No puedo dejar de reconocer la enorme deuda que tengo para con mi padre, Joaquín Palacios, ya que nací gracias a él rodeado de una biblioteca de miles de ejemplares dispuestos a abrirme sus oscuras páginas. Además, apoyó siempre mi arriesgada decisión de abandonar, primero, los estudios y, más tarde, un trabajo regular como librero, para dedicarme a escribir. Con él editaba los fanzines "Excalibur" y "El Grito" (este último era, de hecho, iniciativa suya), gracias a los cuales se me abrieron las puertas de la profesión. Creo que mi inclinación genética al Lado Oscuro me hace partícipe de una línea más o menos subterránea pero continua a lo largo de la Historia, que busca las respuestas no en idealismos utópicos ni en consuelos religiosos o ideológicos, sino que las encuentra en la existencia misma y recurre al arte, a la estética, al humor, al sexo, para sublimar la naturaleza humana y aceptar su condición perecedera y contingente. Lo demás, son tonterías.

—Desde tus comienzos en el mundo del fanzine hasta la actualidad, ¿crees que ha habido cambios positivos en la forma de acercarse al cine, y por extensión a la cultura? Con Internet han surgido multitud de foros, espacios de debate o puntos de encuentro de personas de todo el mundo con intereses afines: ¿se podría decir que han venido a sustituir aquellas publicaciones?
—Ha habido cambios. Como todos, positivos y negativos. Yo tuve la suerte de vivir un momento relativamente dulce en la cultura española: la Transición y la llamada "movida", con su eclosión de creatividad, libertad y ganas de hacer cosas. Entonces todo parecía funcionar, estar interconectado y respirar (conspirar) al unísono. De ahí los fanzines, las maquetas, las radios libres y piratas, los cortos independientes, las salas de V.O., las tiendas de cómic, etc., etc. Después las cosas se han calmado y ha vuelto el pelo de la dehesa, el cucharón y la taza, y las raíces hispanas. Para mi punto de vista, pasamos de querer ser Londres, Berlín o New York a convertirnos en una suerte de república bananera con economía liberal y capitalista a la europea. Sin embargo, la revolución informática y de Internet ha posibilitado la supervivencia de las minorías, la creación de un nuevo código y de una nueva cultura, basada en el contacto y la información inmediata de la web. El problema es que tener un blog, crear una página web o inundar las autopistas de la información de chats, es más barato y fácil que, en su día, editar un fanzine o una revista, y eso permite que abunden también las iniciativas más torpes, poco o nada preparadas y tendentes al caos y a sembrar el error y la desinformación. Todo tiene dos caras, y frente al hecho de que cualquiera puede acceder a crear por medio de la web, está el hecho de que "cualquiera" puede ser un cretino e incluso un malintencionado y, sin embargo, participar del fenómeno. Hay que ser selectivos y estar preparados para todo.

—¿Cuál es o debería ser la función de la crítica? ¿Sigue existiendo (o ha llegado a existir) la separación entre público y crítica?
—En mi opinión, la crítica debería volver a ser considerada como un género literario, perteneciente a la rama del ensayo o la no-ficción, pero tan digno y artístico como la poesía, la novela o cualquier otro género. El error actual estriba en considerar al crítico como un simple emisor de opiniones más o menos autorizadas, que la mayoría de las veces es, por desgracia, un "artista" frustrado que, en realidad, no se dedica a la crítica por vocación sino por, precisamente, frustración. Sostengo la postura, que ejemplificó Oscar Wilde, del crítico como artista, cuya obra es tan importante o más que aquella en la que se basa para ejercer su crítica. Una mala película (o cuadro, o novela...) puede dar lugar a una magnífica crítica, y sin un ojo que lo vea, el cine no existe. El crítico debe ser un esteta, un estilista, un humorista, un poeta. En definitiva, un creador, que no se avergüence de crear en base a lo creado por otros (a su vez, subcreadores, como podría decir Tolkien), sino que, por el contrario, sea capaz de sublimar sus materias primas y constituirse en artista per se. Al crítico se le debe exigir buen estilo literario, sentido de la maravilla, capacidad creativa y no simplemente opinión o estrellitas. No importa tanto estar de acuerdo con su apreciación o valoración crítica de una obra como disfrutar de la lectura de su propia obra crítica. Lamentablemente, ni los lectores de crítica ni la mayoría de los críticos responden a esta necesidad, sino que se justifican unos a otros como simples opinadores mediáticos.

—¿Se puede (y/o debe) ser creativo y personal en una reseña de periódico, restringida a un espacio normalmente escaso? ¿Qué opinas de cómo está orientada actualmente la sección de críticas en "Fotogramas": recuerdo que, en los ochenta y noventa, teníais mucho más espacio para cada texto?
—Una reseña es, simplemente eso: una reseña. Es prácticamente imposible alcanzar un alto nivel creativo y literario en un género que es, por definición, informativo. A pesar de ello, es deseable que la reseña tenga un mínimo sentido de la corrección formal, que en general suele echarse de menos. Una redacción correcta, un lenguaje bien empleado y un sentido coherente y cerrado, además de contener datos e información correctos. Sin embargo, una crítica, como su propio nombre indica, es otra cosa. Exige un nivel propio de su género literario, el crítico, y dado que va a exponer opiniones, gustos y prejuicios personales, el autor debe escribir con estilo, gracia y calidad literaria suficientes para hacernos pasar a segundo plano su opinión, discutible, y despertar nuestro placer como lectores. En "Fotogramas" actualmente el espacio crítico se ha reducido en mucho, pero sigue tratándose de críticas y no de reseñas, y es notable el respeto que los editores y redactores de la revista muestran hacia sus críticos colaboradores, pues en general estos hacen gala de estilos personales y opiniones a veces contrapuestas y paradójicas, que otros medios no permitirían o limarían en exceso. Por ello, a pesar del espacio escueto que ocupan en la publicación, hay que agradecer a "Fotogramas" que respete la autoría y estilo de sus colaboradores críticos. Ahí no importa tanto la extensión como la naturaleza del género: que sigue siendo crítica y, por tanto, literatura.

—¿Sin embargo, no crees que "Fotogramas" ha perdido con el cambió dado a la sección de críticas un valor añadido importante? (Hace tiempo, francamente, que es intercambiable con otras publicaciones).
— "Fotogramas" es un producto que responde a unas necesidades generales, y que si ha rebajado sus contenidos es porque el propio cine y el espectador en general también lo han hecho. Es triste y quizá la misión de una revista de cine fuera la contraria: persuadir al lector y espectador para que aumente su exigencia y criterio. Pero la realidad es que la industria manda, el público se deja llevar por ella, y las revistas se convierten en cómplices de ambos frentes. No es distinto con el resto de las revistas de cine, incluyendo, a su manera, "Dirigido", y en el caso de ciertos grupos de comunicación puede ser indignante si tenemos en cuenta que sus revistas de cine y generalistas apoyan siempre positivamente los productos cinematográficos que ellos mismos producen y distribuyen, sin el menor pudor o conciencia crítica. Es lo que hay, aunque no por ello debamos estar contentos ni dejar de buscar otras alternativas.

—Mencionas "Dirigido" que es casi la única plataforma mensual dedicada a la crítica especializada que existe en España. Este escenario tan pobre, ¿nos deja por detrás de la crítica internacional? ¿Es Internet una vía de escape?
—Es cierto que el fenómeno de la inexistencia de verdadera crítica impresa es mayor en nuestro país que en otros, aunque sea también algo universal. Sin embargo, es muy interesante ver que las revistas norteamericanas, y muchos libros de escritores yanquis, llevan ya años criticando duramente, con la historia del cine en la mano, el mediocre estado del Hollywood actual, la carencia de interés de los estrenos, y la estupidez en que ha caído el público americano, se puede leer en libros como los de Biskin o Baxter, y en revistas como "Premiere", "Empire" y otras... Algo que pocos dicen por impreso en nuestros medios, aunque sí muchas veces con la copa en la mano. Francia es otro caso aparte, sus revistas de cine mantienen un nivel excepcional, desde el clásico "Cahiers" hasta "Cinepháge" y las de cine fantástico, pero es que ellos inventaron el cine de autor, el cine clásico, el film noir y la novela negra, el fantastique, y encima, siguen haciendo y viendo buen cine francés. La comparación con España (e incluso con Italia o Alemania) puede ser deprimente. Y por mucho daño que hicieran en ciertos aspectos, en otros el estructuralismo y el postestructuralismo, han sido y siguen siendo ideas impactantes, útiles y necesarias, y es imposible pensar en la crítica moderna más creativa sin citar a Barthes, Baudrillard y tantos otros. Hoy tienen a Houellebecq, un novelista de ideas digno de la tradición de Voltaire, que es fan de Lovecraft... En cuanto a Interenet es una vía de escape, y existen magníficas webs al respecto... Pero es también, como creo que ya dije antes, un bosque peligroso erizado de espinas venenosas: desinformación, opiniones poco o nada cualificadas, falta absoluta de rigor en la información y más aún en el estilo... Por el simple hecho de que cualquiera puede crear una web, un blog o participar en un chat, y decir lo que quiera, sin que existan criterios de calidad o rigor. No obstante, demos gracias al diablo por Internet.

—La crítica no debería permanecer nunca estancada, sino en continuo movimiento. ¿Cómo la ves actualmente en términos globales en este sentido? Comentabas al comienzo la importancia de charlas o mesas redondas como espacios derivados de la escritura. ¿Crees que se les da suficiente importancia?
—El ideal de la crítica cultural en su sentido más amplio no es solo ir a la par que los medios sobre los que ejerce su crítica, sino por delante de los mismos. En los mejores ensayistas actuales o recientes, quienes mejor literatura escriben, ya se intuía desde hace décadas mucho de lo que ahora vemos que ocurre. Harold Bloom habló hace mucho ya de la necesidad de rescatar el Canon Occidental y, por otro lado, del resurgimiento del milenarismo religioso en USA; Camille Paglia advirtió el peligro de la especialización universitaria y de la corrección política aplicada a la cultura, de las coartadas sociales como medida para el arte; Tom Wolfe habló hace muchas décadas de la izquierda exquisita y su pérdida de identidad y norte y mucho después de la desaparición del "alma"; los mejores comentarios políticos y sociales de los últimos decenios los han hecho científicos como Sagan, ya desaparecido, o Richard Dawkins; viajeras como Rebecca West ya retrataron en los años 30 el polvorín yugoslavo y centroeuropeo que se desataría en los 90, y, naturalmente, Oscar Wilde ya vio con claridad el abismo de mediocridad que se cernía sobre el arte y la cultura, convertidos en simples bienes de consumo... Los ejemplo se pueden multiplicar hasta la saciedad, y todos los que escribimos crítica y ensayo debemos tenerlos bien presentes, pinchándonos en nuestros ijares para correr siempre por delante. En ese sentido, las mesas redondas, cursos, conferencias participativas y demás, son esenciales... Pero siempre y cuando se separen de algún modo del estricto marco que las rodea, académico o no. Mientras no se derrumbe también la estratificación piramidal que hace sentir a los que están al otro lado de la mesa una inferioridad cierta ante el ponente o ponentes, y mientras estos no se hagan cargo de su verdadero papel creador, creativo y abierto. Es como los museos y bibliotecas, como los supuestos santuarios del saber, que en realidad se convierten en tumbas para viejos dioses sin poder alguno para intervenir sobre el mundo. Nuestra obligación, como la de Sísifo, es devolver la magia a la cultura, aunque sepamos que todo lo que nos rodea pretende y consigue siempre lo contrario.

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—Leyendo tus escritos entiendo que para ti cobra vital importancia en el cine la idea de entretenimiento. Recuerdo una critica tuya, que puede servir de ejemplo en este sentido, de "Demolition Man" en Fotogramas muy positiva. Esto que pudiera llegar a  parecer una mera pose a contracorriente, considero que se trata de una visión muy particular y personal del hecho cinematográfico...
—Creo que hay una visión jerárquica equivocada del fenómeno cinematográfico y, en general, del fenómeno cultural o artístico. No creo que se trate de poner en esquema piramidal un tipo de cine o de género por encima de otro u otros, sino de verlos como líneas que discurren en paralelo, caminos alternativos, que ofrecen así distintas opciones al espectador, lector o usuario inteligente, capaz de aprovechar cada camino para llegar al destino que le interesa o apetece en ese momento. Es ridículo que, si sientes deseos de ver paisajes extraterrestres, diseños espaciales y decorados fantásticos, te pongas a ver, por ejemplo, una película intimista de Bergman. Como, a la inversa, si deseas introducirte en la visión compleja y crítica de la crisis de un matrimonio burgués, entres a ver "La guerra de las galaxias". Pienso en el espectador, especialmente el que se dedica de forma profesional o fanática al medio, como un individuo consciente, creativo y activo, que no se deja manipular por las obras y su contexto comercial, sino que, al contrario, se apropia de las mismas para su disfrute intelectual y hedonista. Creo en la posibilidad de un entretenimiento inteligente, como Demolition Man, como creo también en la de un aburrimiento disfrutable como virtud, como el de, por ejemplo, El año pasado en Marienbad o La noche. Una semana normal en mi vida cinéfaga puede discurrir pegado al DVD viendo, por ejemplo, Necronomicon de Jess Franco, Demons de Lamberto Bava, El rey de Nueva York de Abel Ferrara, De la vida de las marionetas de Bergman, Made in USA de Godard, Los ojos muertos de Londres de Alfred Vohrer, Homicidio de William Castle y algún episodio de "House", "Buffy" o "El prisionero".

—Esta jerarquía piramidal ¿dirías que es uno de los principales problemas a los que se enfrenta (o ha enfrentado) la crítica? ¿Consideras que el cine de animación es una de esas líneas de expresión peor tratadas en este sentido?
—Evidentemente, esa jerarquía de valores en escala piramidal responde a una tradición aristotélica occidental, y se aplica a casi todo en esta vida. A veces, como todo, es razonable hacerlo, pero en cuestiones de gusto y estética es tan arriesgado como injusto. No se trata de renegar de ciertos valores objetivos (en la medida en que sean demostrables), sino de relativizar la validez que estos puedan tener para cada individuo o colectivo con capacidad de discernimiento propio, educación, cultura general y gusto particular. Naturalmente, el crítico que pretende fundamentar su posición única y exclusivamente en esta escala de valores adopta aquella escala que le resulta más apropiada según sus propias inclinaciones, gustos y prejuicios... Pero a la vez, rechaza de plano el resto, sin cuestionarse la validez de sus presupuestos iniciales ni los cambios que su misma actitud sufre con el paso del tiempo y con la experiencia. Se ciega a componentes que cuestionan evidentemente su escala de valores, apoyada en ciertas posturas tradicionales o académicas. El ejemplo del cine de animación es perfecto, porque ¿cómo juzgar la actuación de un personaje de animación en relación a la de un actor de carne y hueso? ¿cómo juzgar el esfuerzo creativo de un filme dibujado paso a paso con respecto, por ejemplo, a una película intimista con dos personajes en una habitación? ¿tiene algún sentido todo ello? ¿tiene sentido que todavía cine de animación signifique para muchos críticos cine para niños? A distintos medios hay que aplicar distintas valoraciones.

—Una de las mayores dificultades que encuentro (y pienso en mi experiencia personal) en esta idea de las líneas paralelas, por las que discurren las diferentes corrientes (géneros, temas, soportes etc.) del arte, es la de abstraerse completamente de los propios prejuicios que se tengan sobre una disciplina o un autor...
—Es que no hay que abstraerse de ningún prejuicio. Prejuicio es el hipócrita nombre peyorativo que damos a los gustos cultivados y desarrollados por nuestras inclinaciones personales, casi diría genéticas, y por su contacto con el mundo exterior de las modas y modos. Es imposible e indeseable gustar y participar de todas las infinitas líneas en paralelo que se presentan ante nosotros. Elegir es obligatorio y forma y conforma nuestro carácter, gusto y experiencia, a su vez que esas elecciones son resultado de ese carácter, gusto y experiencia. Todo es discutible. Todo es disfrutable. Pero no se puede discutir ni disfrutar de todo. En la elección está el reflejo de nuestra personalidad cuando no la personalidad misma... Lo interesante es que aunque alguien pueda escribir, filmar, componer, etc., etc., algo que no forma parte de nuestro conjunto de intereses, logre sin embargo llegar a interesarnos en su obra: véase cómo, por ejemplo, escribe D. H. Lawrence sobre ciertos aspectos del sexo que me parecen ingenuos y equivocados, aunque su forma de expresarlos a veces resulte fascinante y llena de poesía. O cómo los buenos directores americanos consiguen meternos de lleno en una película sobre béisbol, fútbol o golf, deportes que ni entiendo ni disfruto viendo o practicando... A la inversa, existe el trágico don de convertir cosas interesantes o que forman parte de nuestro gusto particular en objetos carentes de gracia, interés o fascinación alguna (véanse los psychothrillers al uso que han convertido al asesino en serie en tópico aburrido y vacío... Por poner un ejemplo). Viva el prejuicio.

—Es sorprendente que defiendas el prejuicio con tanto ahínco y luego demuestres un gusto tan heterogéneo y una mirada tan abierta ante cualquier opción o disciplina. ¿La elección se enriquece si es sobre un mayor espectro? Por ejemplo, ¿denostar una serie de televisión por el mero hecho de estar realizada en ese formato no es un prejuicio tal vez equivocado e incluso poco tolerante? Quizás habría que diferenciar entre prejuicio y elección, tienen connotaciones distintas.
—Espero no ser malinterpretado al referirme a prejuicio y gusto como sinónimos. Se trata, claro, de una ironía... Pero con un fondo de verdad. Ciertamente, el prejuicio, como el propio término implica, exhibe una falta de rigor, de juicio, de experiencia, que lo convierte en algo negativo, pero también es verdad que los prejuicios son inevitables en muchos sentidos, y forman parte de nuestra personalidad pública y privada, aunque a veces se oculten un poco en público. Con los años llega un momento en el que descubres que aquello que creías era un prejuicio (concepto negativo) es, en realidad, un gusto esencial y propio (concepto positivo), que el paso del tiempo y la experiencia solo ha ratificado para los demás y para uno mismo. Por ejemplo, yo siempre he detestado visceralmente el flamenco. Pero no sólo el "malo", sino también el bueno: el cante de las minas, la verdadera rumba gitana, las saetas llenas de sentimiento... Curiosamente, no solo no me disgusta la música árabe y de oriente próximo, desde la tradicional a la moderna, sino que me gusta el raï de Cheb Khaled y gente así. Como esto me parecía incongruente, traté a lo largo del tiempo de escuchar flamenco del "bueno", me autoconvencí de sus valores étnicos, musicales y culturales, me forcé a seguir la carrera inicial de gente como Ketama, etc., etc. Resultado: con algo más de cuarenta años no pienso perder ni un segundo más de mi tiempo oyendo flamenco, bueno o malo. Es genético: lo detesto, no lo soporto. Y para el resto del mundo se trata, sin duda, de un prejuicio, ofensivo incluso, si se piensa en cómo disfruto del cine malo de Jess Franco, Ed Wood o Lucio Fulci... O del pop de Rafaella Carrá. De ahí que, en muchos casos, prejuicio y gusto sean lo mismo, solo que nuestra hipocresía nos impida a veces reconocerlo. Naturalmente, en un plano ideológico e ideal me gustaría que el flamenco me gustase, por la simple razón de que así ampliaría mi capacidad de disfrute hedonista con un elemento estético más... Pero como esto es utópico lo cierto es que no se puede hacer nada más que asumirlo con dignidad y sin vergüenza alguna. Ello implica, claro, no ser ofensivo con quienes tienen este gusto, sino respetarles siempre... en la medida en que ellos te respeten a ti, y no traten de agredirte con su bondad, intentando convencerte de las virtudes del flamenco (o de lo que sea). Hay que entender que no se trata de que sea música "mala" o "buena", sino que, simple y llanamente, no pertenece a mi mundo y soy mucho más feliz ignorándola. Supongo que lo mismo podría decir alguien que detestara la televisión en general, pero, por otra parte, la televisión como medio es tan compleja como puedan serlo el cine, la literatura, la música o cualquier otro medio (o media), y juzgarla en conjunto sería como ampliar mi prejuicio con el flamenco a toda la música en general... Y eso ocurre pocas veces, aunque alguna. Desde mi punto de vista personal, el cine clásico americano tradicional, narrativo, de guión, historia y personajes, está ahora en las series televisivas, unas mejores y otras peores, pero, en general, todas ellas muy superiores al cine de Hollywood que nos llega y que se ha hundido en la mediocridad. Basta con pensar en qué hace, por ejemplo, Bryan Singer para la tele ("House") y qué hace para el cine (Superman).

—Me gusta esa definición que haces de elección como reflejo de la personalidad: ¿crees que los críticos en España, por lo general y en la actualidad, eligen según ellos mismos? Expresado a la inversa, ¿falta personalidad en la crítica española?
—En primer lugar, habría que indicar que lo que falta es crítica española. La mayoría de lo que pasa por ser crítica cultural, cinematográfica o literaria, es habitualmente reseña más o menos extensa, en la que quien suscribe no se moja para no despertar así las iras de editoriales o distribuidoras. Por otro lado, se ejerce la "discriminación positiva": se da preponderancia a criticar aquello que nos gusta por encima de lo que nos disgusta, llevando el concepto de crítica positiva tan lejos que el propio epíteto de crítica pierde todo sentido. Es imposible, por ejemplo, que el cine español mejore, cuando todo el mundo dice y escribe (mintiendo a sabiendas) que es buenísimo. Y para colmo, está el tema de la autocensura: según el medio en el que escribas, y el holding o grupo empresarial al que pertenezca, sabes ya que hay ciertas cosas, que pueden ir de la corrección política a las meras consideraciones de valor, que no puedes/debes decir, al precio de acabar en la calle. Y eso puede ser peor que la censura externa, que a veces, por cierto, también existe. Finalmente, diría que en España la crítica no se practica como género literario y que, como valoración personal de una obra concreta, está sometida a demasiadas presiones como para que sea sincera las más de las veces.

—Ante esas presiones que existen por un lado y la simplificación que se ha ido operando en la cultura por otro, creo que es necesario rebelarse, intentar enfrentarse a ello para que cambie (no sólo el mundo de la crítica). ¿Crees que aún hay tiempo y espacio para ello? ¿Cómo?
—Creo que en el caso de los "profesionales" del mundo de la cultura es una obligación mantener una actitud rebelde, personal, individual y abierta. Por desgracia, el término "profesionales" en sí mismo posee un aspecto francamente negativo, y es la creación de todo un statu quo de "funcionarios de la cultura", no necesariamente funcionarios estatales, que toman su relación con esta como una especie de obligación, de trabajo, que desempeñan con el mismo entusiasmo e interés que, por ejemplo, un funcionario de Correos, un señor que pone tampones en Hacienda o un empleado de Telefónica... Con mis respetos a todos ellos. Lo que quiero decir es que, en muchos casos, periodistas, críticos, redactores, informadores y escritores que se ocupan del mundo cultural lo hacen solo como un trabajo más, con poco entusiasmo o con mucho entusiasmo pero conocimiento superficiales, utilitarios y en nada imbuidos de la alegría de vivir de y por el arte. Los "profesionales" se obligan leer entera una novela que no les gusta, a ver todo lo que se estrena en cartelera, aunque sea un bodrio, por aquello de que trabajan en una revista de cine, a leer escritores que les disgustan o tragarse programas de televisión infectos, por su valor sociológico o por si tienen que entrevistar algún personaje... Pierden el tiempo que deberían dedicar a conocer la historia, el desarrollo, el pasado y el presente de la cultura, las tradiciones y vanguardias, las conexiones con otros mundos (la ciencia, la pintura, el deporte incluso...). En definitiva sacan adelante el trabajo como si no existiera Historia, por eso un libro como "El Código Da Vinci" puede ser juzgado, positiva o negativamente, sin que casi nadie se haga eco, por ejemplo, de la tradición a la que pertenece (el thriller ocultista), de su falta de originalidad (teniendo en cuenta los muchos libros de ocultismo anteriores dedicados al tema), pero quizá también de la gracia que posee por su capacidad de suscitar pasión y escándalo (comparándolo con otros escándalos religioso/culturales del pasado reciente). Todos se limitan a lo más superficial, y como mucho a señalar sus inexactitudes históricas, dejando al caradura de Dan Brown abierta la sencilla puerta de contestar: "Es sólo una novela...". Sí, pero... ¿por qué se vende para muchos como Historia? ¿Qué la hace peor que "El nombre de la Rosa"? ¿Por qué la leen con delectación cristianos que no se sienten ofendidos? ¿Y lectores que no conocen novelas del mismo género tan clásicas e infinitamente mejores como "El maestro del Juicio Final" de Leo Perutz, "La cámara ardiente" de Dickson Carr, "El caso de las trompetas celestiales" de Michael Burt, "La noche de todos los santos" de Charles Williams y hasta "La torre de los siete jorobados" de Carrere o "La sombra blanca de Casarás" de Aragón, en la que se busca el tesoro de los Templarios en la Sierra de Madrid...? ¿Interesa que no se conozca nada de esto, que reediciones de estos clásicos pasen desapercibidas frente a bodrios que los imitan malamente, pero reciben toda la atención crítica del mundo, ayudados incluso por quienes los critican negativamente, al prestarles una atención inusitada y exagerada? Ayer, vi un momento a Iker Jiménez en la tele decir de "El código..." que, bueno o malo, guste o no guste, no deja indiferente a nadie... Precisamente es indiferencia lo que me produce a mí, como cualquier novelucha de género con un interés relativo, pero que el mundo mediático y su estupidez y mediocridad reinante ha elevado a motivo de escándalo, además, como si fuera algo novedoso (¿Nadie recuerda ya a Scorsese y su Cristo casado, según la novela de Kazantzakis, que recoge esta vieja tradición gnóstica? ¿Nadie recuerda ya el escándalo que causó?). Lo que quiero decir es que, a partir de "El código...", podrían contarse muchas cosas interesantes, empezando por ese retorno al gnosticismo primitivo, casi inconsciente, que se ha operado en todo el mundo y sobre todo en los Estados Unidos renacidos (véase lo que cuenta Harold Bloom al respecto muchas veces). ¿No puede ser ese Cristo "humanizado", "casado", un resultado del cristianismo renovado estadounidense, triunfante durante las eras Reagan y Bush? ¿Habla alguien de ello?.

—Entonces una forma de rebelarse sería a través de esos iconos mediáticos como el libro de Dan Brown (que, por cierto, aparece bastante como un ejemplo ideal para exponer distintos escenarios), proponiendo una mirada sobre ellos más rigurosa y reflexiva que aporte otros elementos para suscitar el interés por conocer.
—Como ya te decía al principio de la entrevista, lo que menos debe importar, en cierta medida, al crítico, es el objeto del que parte su análisis. De películas o cuadros horribles se han escrito textos hermosos, y a partir de un libro como el de Brown, cuyo tema no deja de tener interés por mediocre que sea el modo de tratarlo, se pueden abordar tantas ideas interesantes, tantos textos, subtexto y contextos como el crítico sea capaz de encontrar. Indudablemente, una forma de subvertir el sistema de valores reinante es, precisamente, deificar los objetos despreciados por la cultura "oficial", apropiarse de los restos de la cultura de masas, su detritus, para reorganizarlo a nuestro gusto e incluso utilizarlo como arma contra lo que nos disgusta o aburre (la ironía del Pop Art y la mirada warholiana, en la que se mezclan de forma indistinguible la crítica del objeto tratado y la genuina fascinación amoral por el mismo). Pero no es el único medio. A veces puede ser más divertido y novedoso abordar la Cultura o el Arte con mayúsculas con la misma mirada pop... Hablar de El Bosco, por ejemplo, como quien hablara de Moebius o Jack Kirby, de Flaubert como si hablaras de Stephen King... Es algo que creo extremadamente saludable para la salud mental y la higiene cultural: tratar de forma académica la cultura pop y de masas, y de forma pop y ligera la Alta Cultura. De esa manera se puede mostrar lo ridículas que son a menudo las categorías preestablecidas y lo engañosas que son las conclusiones a las que llevan. Balzac o Tolstoi podían ser tanto egregios novelistas... Como populares folletinistas y activistas sociales. Los cuadros de Corot fueron la expresión pictórica del Naturalismo... Pero también a veces óleos eróticos para burdeles y coleccionistas libertinos. A la inversa, podemos extraer de las novelas de Féval o Sué serias conclusiones sobre el debate religioso y social en el XIX francés o encontrar en los cuadros históricos, tan menospreciados, de Alma-Tadema la expresión profunda del retorno al paganismo clásico de finales del XIX inglés...

—¿Y darle la vuelta o revisar lo que se ha dicho de ciertas obras convertidas en mito? Uno está un poco harto ya de leer siempre sobre lo mismo, las mismas cosas, y en ocasiones, comprobar que tras eso existe además una postura falsamente elitista... ¿Está el mundo de la crítica y de la cultura infectado por el tópico?
—Hombre, tampoco es cuestión de darle a todo la vuelta porque sí, o de andar ahora con boutades, epater le burgoise y demás zarandajas. El mundo digamos que "underground" ha abusado tanto de ello, de la broma inteligente y del terrorismo cultural gratuito, que ha llegado a anular su poder de subversión (desde el momento en que Dadá y Situacionismo se convierten en objeto de museo, empiezan a perder su componente más revulsivo y crítico). En el fandom y lo que le rodea, el cine de género, el gore, el manga, la ciencia ficción, etc., se ha abusado tanto de la caspa y el descerebre, en ciertos casos, o de la queja y la palinodia, en otros, que, al final, no se sabe si los fans son tontos o se lo hacen y si los freaks de la ciencia ficción o el manga en realidad lo que quieren es vivir del cuento (del suyo), sin mayor mérito que el que poseen quienes viven del otro cuento (el del mainstream). Y probablemente sea porque, como dices, vivimos del tópico y del topicazo en todos los niveles de la cultura. De hecho, como decían los alquimistas, lo que está arriba es como lo que está abajo, y, por desgracia, el mundo de la contracultura o la cultura pop reproduce los mismos esquemas, tópicos y prejuicios que caracterizan al mundo de la Alta Cultura, la cultura oficial y el mainstream. La solución, si la hay, pasa por el descontento constante, la curiosidad interminable, el ansia de autosuperación y la visión global de la cultura y sus interminables nodos y conexiones neuroculturales, que interrelacionan prácticamente todo, enriqueciéndolo constantemente. Dejad que los memes se acerquen a mí.

—Citabas antes a sociólogos como Baudrillard y Barthes, ¿consideras que falta, y no sólo en España, acaso más sociología en la crítica cinematográfica? ¿Escribir de cine, al igual que éste mismo, debería ser un camino propicio para explorar sobre lo que ocurre a nuestro alrededor? ¿Basta con un análisis, por muy personal que sea, de la puesta en escena?
—No creo que se pueda considerar sólo como sociólogos a Baudrillard y Barthes, sino como verdaderos pensadores, en los que la sociología se da la mano con el análisis cultural, la antropología, la semiótica, etc., etc. Creo que lo que falta en la crítica de cine, y en general, en España, no es solo sociología sino, en realidad, capacidad interdisciplinar para relacionar el cine con todas las realidades culturales, sociales y estéticas posibles e imposibles. Falta la magia del dj que puede combinar la música de distintas épocas, los sonidos que produce al manipular los discos de vinilo y los elementos electrónicos puestos a su alcance por la tecnología actual para elaborar un discurso propio, nuevo y sorprendente, en base a materiales ya dados. Como creo haber dicho antes, el crítico de cine en España es, demasiadas veces, un director de cine frustrado. En general, casi siempre es un experto en cine e historia del cine, pero con escasos conocimientos de otros medios artísticos. Juzgará habitualmente una escena de John Ford en comparación, por ejemplo, con otra de Griffith o de Hawks, en lugar de pensar en el cuadro de Russell o Remington que, quizá, podía tener Ford en la cabeza... De hecho, en España se ha tendido a ver demasiado el cine como espejo de la sociedad, en una época en la que quizá la sociedad sea espejo de su arte: mediocre, adocenado, aburrido y facturado en serie. Pero digresiones aparte, hace falta esa manera de escribir que te lleva, como en Camille Paglia, en un mismo párrafo de la Nefertiti de Tel-el-Amarna a Elizabeth Taylor o Barbra Streisand. Houellebecq pasa en sus novelas de analizar el fanatismo islámico o la pornografía a momentos de pura ciencia ficción o evocaciones lovecraftianas... En España, muchas veces, las opiniones sobre cine o literatura más interesantes vienen de personajes que son ajenos a la "profesión" de críticos del medio: Savater, Luis Alberto de Cuenca, Arrabal... Una vez más, el problema final radica en considerar la crítica como algo inferior al objeto sobre el que se ejerce, por una parte, y, por otra, a convertirse en críticos especializados con una carencia de interés lamentable por el resto de las facetas del arte... Y hasta de la vida, que deberían ser uno y lo mismo.

—No eres la única persona que me ha comentado la falta de interés en otras facetas del arte. Es probable que alrededor del cine (por la preponderancia del audiovisual) sea más pronunciado este fenómeno, pero a mi juicio se da también en otros ámbitos, en la música especialmente, también en la literatura o en el teatro...
—Es el demonio de la "especialización", que se introduce como un germen nocivo en todas las facetas de nuestras vidas. Desde el trauma que ocasiona separar Ciencias y Letras, hasta el experto en cine gore o en manga, que no sabe nada del teatro del Grand Guignol o de la escuela de Ukiyo-E, hay una línea directa, que obliga a la gente a compartimentar sus experiencias, gustos e intereses, con un sentido falsamente práctico, que puede ser necesario en los campos materiales de la existencia (en el trabajo diario, en nuestra relación con los objetos tecnológicos, etc.), pero que aplicado a la cultura resulta absurdo y contraproducente. Efectivamente, ocurre en muchos campos, pero quizá en el cine, no tanto por su cualidad audiovisual como por su "reciente" aparición en el mundo del arte, pareciera darse especialmente esa tendencia. Como si saber de cine fuera solo eso: saber de historia y técnica del cine. ¿Cómo juzgar una película de Greenaway sin saber algo de arquitectura, de teatro inglés, de alegoría, de arte...? Bueno, pues se hace. ¿Qué respeto, por seguir con el ejemplo de Greenaway, puede merecerme alguien que juzga, y encima en general negativamente, un filme como "El contrato del dibujante", sin conocer el teatro eufuista inglés, la tradición alegórica de Blake o Bunyan, la pintura de Reynolds, etc., etc.? Peor aún, no es que no se pueda tener opinión crítica sin todos estos conocimientos: el problema radica en que el cinéfilo no quiere tenerlos. No le interesan. Y cree e intenta hacer creer a los demás que no son necesarios para el ejercicio de su profesión, si es crítico, o de su opinión, si es un simple cinéfilo. De ahí, la tremenda pobreza de nuestra crítica cultural y, sobre todo, cinematográfica. El cine en el cine, decía aquél anuncio, y esta gente parece decir: al cine solo por el cine... Y de la misma manera que yo digo "el cine en casa", que es donde hoy, gracias al DVD, mejor se ve, también añado que "al cine por la pintura, por la literatura, por la música, por la filosofía, por la Historia y por todo lo que haga falta". Personalmente, no imagino nada más aburrido que saber mucho de cine, sin poder relacionarlo apenas más que con tres o cuatro tópicos al uso. De ahí que el propio concepto de "cinefilia" me sea tan antipático y más que a una pasión por el cine, me suene a enfermedad venérea.

—¿No crees que esa cinefilia acérrima también se abraza a determinadas modas e ignora incluso otro cine? En el mismo contexto, me doy cuenta que hay mucho nuevo comentarista y/o aficionado que está muy interesado en las ofertas actuales, nuevas narrativas e industrias, pero que no sólo desconoce la historia del cine sino que además demuestra no tener demasiada preocupación por conocerla. Tal vez, a pesar de esto, en cambio sí estarían más dispuestos a acercarse a otras disciplinas actuales, lo cual a lo mejor conduciría a un interés, tarde o temprano, por el arte en general sin adjetivos temporales.
—Una vez más, lo que hay que encontrar es el equilibrio. La verdadera revolución de Internet y la Era Digital es hacer que el Tiempo se vuelva casi ahistórico, y podamos acceder con una facilidad e inmediatez inéditas hasta ahora, a prácticamente todo lo que se ha producido en el pasado, lo que se produce en el presente y, a veces, hasta a lo que se producirá en el futuro. Viendo así los tres tiempos, ocupando prácticamente el mismo espacio, la perspectiva debería ser más halagüeña, activa y creativa que nunca, pero quizá no lo sea porque, por un lado, los árboles tapan el bosque, y por otro, el que se pueda acceder más fácilmente a materias culturales y artísticas, no significa que estas puedan competir con otras igual o más accesibles (chats de amistad, temas de deporte o espectáculos superficiales y rápidos, servicios personales, compra/venta, etc., etc.). Sin embargo, a quienes presumimos de trabajar en el medio cultural sí debería exigírsenos esa capacidad de comparación, conocimiento y curiosidad que los instrumentos mediáticos y la tecnología digital pone a nuestro alcance. Ahora, más y mejor que nunca, nuestra torre de marfil dispone de ventanas a todo el universo, al pasado y el futuro, a otros mundos... No mirar por ellas es autolimitarse, autocensurarse y empobrecer el discurso crítico de forma inevitable e irreversible. ¡Qué suerte poder ir a ver, por ejemplo, el nuevo bodrio de Poseidón, pero tener en casa la edición en DVD de la clásica La aventura del Poseidón, mientras pides por Amazon la novela original de Gallico, y a la vez, pinchas en Google: Paul Gallico, enterándote de todos sus hechos y milagros, al tiempo que, en otra ventana del ordenador, puedes admirar "La balsa de La Medusa" o los grabados apocalípticos de John Martin, y preguntarte hasta cuándo y dónde se remonta el género/catástrofe! Cuando no lo hacemos así, desmerecemos del nombre de escritores, críticos o comentaristas culturales, y nos ponemos por debajo de quienes criticamos tantas veces.

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—Es evidente que actualmente se lee mucha menos literatura, y además se ha llegado a un punto en el cual se lee, más que nunca, al dictado. Si en general el publico se educa de esta forma, parece difícil que la crítica vuelva a ser considerada un género literario, y se recupere su práctica... Por otro lado, esto se contradice con mi experiencia alrededor, sobre todo, de Miradas: hay gente interesada en leer y escribir buena literatura (crítica incluida naturalmente).
—La lectura como pasión intelectual, como ejercicio conscientemente hedonista e interactivo (no hay nada más interactivo en mi opinión, que la relación que se genera entre un autor, aunque lleve muerto siglos, y un nuevo lector de su obra), es algo que nunca ha sido masivo. A los best-sellers de hoy se corresponden los folletines y folletones de ayer y los pliegos de cordel de anteayer. Lo verdaderamente asustante es que quienes leían un culebrón rosa o amarillo en el siglo XIX no se sentían "cultos" ni "intelectuales", simplemente disfrutaban consumiendo un bien cultural popular, muchas veces anónimo, equivalente del cine comercial o la televisión de hoy, mientras que el lector actual de best-seller cree estar haciendo algo realmente meritorio intelectualmente. Cree que es más listo y mejor que el que no lee, por leer a Dan Brown, Noah Gordon, Jean Auel o Dean Koontz... Antes, un personaje "culto" del XIX, con todos los prejuicios que conlleve la cuestión, creía serlo al leer, por ejemplo, a Balzac, Hugo o Zolá, en lugar de o más que a Dumas, Zévaco o Féval... Pero ahora, leer cualquier cosa promocionada y que posea la más mínima coartada cultural o social, hace al lector medio creer que participa de un fenómeno intelectual, artístico. Se trata de la mayor maniobra jamás concebida por la sociedad para relegar la literatura, específicamente la novela, a un lugar meramente ornamental y cuya influencia en los lectores es, sobre todo, normalizadora, sedante y atontecedora. Frente a esa novela del XIX y primera mitad del siglo pasado, que era vehículo de ideas políticas, sociales, metafísicas, culturales y religiosas vivas, polémicas y reales, y que, curiosamente, imbuía también gran parte de la literatura popular (los propios Dumas, Féval, Sué, Zévaco, etc., en sus folletines de aventuras defendían ideas sobre la pena de muerte, el cristianismo, el socialismo, la monarquía, etc., etc., muchas veces enfrentados los unos con los otros), ahora hay una novela/droga, que con temas pseudohistóricos provee al lector apresurado la sensación de estar "aprendiendo" algo sobre Historia o Ciencia o lo que sea, pero cuyo fondo no afecta en absoluto a la realidad social o cultural que se vive. Naturalmente, la novela del XIX fue sustituida en el XX por el cine, y ahora este, quizá, ha llegado en su siglo y pico de existencia, gracias a su propia velocidad mediática, al mismo callejón sin salida. No creo, por otro lado, que se trate de una conspiración universal para acabar con la literatura o la inteligencia, sino de una suma de circunstancias, algunas conspiratorias y otras simplemente utilitarias y hasta lógicas, que han llevado a este panorama de mediocridad en el que, en un mundo más alfabetizado que nunca, se escribe y lee con mayor mediocridad también que nunca. Quizá por eso mismo: por dar alguna utilidad al hecho de haber aprendido a leer y no porque se aprenda a vivir y pensar leyendo.

—A mi parecer uno de los factores más importantes que han propiciado el desprecio por la literatura (como paradigma, pues no es lo único) es el capitalismo, atroz y alienante en el que vivimos; en cualquier caso llegados a ese punto, ¿no sería lógico pensar que entonces algo no funciona, que hemos hecho las cosas mal?
—El problema es: no funciona... ¿para quien? Evidentemente para esa minoría privilegiada que somos los que vivimos por, para y de la cultura. Ciertamente el capitalismo exacerbado en el que nos hemos sumergido, con su secuela inherente de consumismo per se, es uno de los factores principales de la mediocridad cultural actual. Que la literatura, el arte, sean meros objetos de mercado, cuyo prestigio supuesto está por encima de su verdadera función (sea hedonista, social, religiosa o política), convertir la posesión de un libro o un cuadro, la visión de una película o un concierto determinado, en algo más importante que el verdadero disfrute de la lectura, la visión o la audición de todo ello, es aberrante y no hay mejor prueba que ver las masas de gente que lee (masas pequeñas en comparación) en el metro o el autobús prácticamente siempre el mismo libro. Llegar a la oficina o el despacho con, sigamos con él, "El Código Da Vinci" supone un acto de integración social, permite hablar de algo, mostrar que estás al día y a la vez, importantísimo, en el mismo día que los compañeros... Pero aparecer en esa misma oficina con un libro de Jean Ray, Algernon Blackwood o Meyrink, por ejemplo, te convierte automáticamente en alguien des-integrado socialmente, te impide hablar con los compañeros, puesto que no solo no estás al día, sino que no estás en su mismo día, sino en otro pasado. Intenta explicarles que lo que lees es el mismo género que Dan Brown pero con mejor calidad... ¡Cómo si importara! La mayoría leerán después a Lucía Etxebarría, o a Stephen King, o a Tom Clancy o a César Vidal o a... Cualquier cosa. Y si siguen interesados en el género lo están antes en sus facetas externas (buscarán más novelas donde aparezcan templarios, masones, illuminati, cátaros, etc., etc.) que en su calidad literaria e imaginación. Pero, claro, eso nos importa a nosotros... Pero a la mayoría le importa vivir en la sociedad del bienestar más evidente que ha existido nunca. En nuestro Occidente civilizado y capitalista, donde el arte se desvirtúa y se convierte en mercadería, se vive mucho mejor que en el místico Oriente y mejor que nunca en comparación con las sociedades feudales, aristocráticas o monárquicas del pasado reciente. En todas ellas floreció el mejor y más elevado arte, pero lo disfrutaban muy pocos. Quizá la democracia, y no sólo el capitalismo (pensemos en la mediocridad del arte socialista), no se lleve bien con el arte... Recuerda aquello de "El tercer hombre" sobre los Borgia y el Renacimiento y sobre los suizos y los relojes de cuco...

—Es muy significativo el ejemplo que pones de la gente que lee en el metro ¡el mismo libro!; llevo mucho tiempo advirtiéndolo (salta a la vista) y resulta realmente terrorífico por todo lo que apuntas. Por tanto, ¿cómo se puede llamar tan tranquilamente bienestar a una sociedad que parece dirigida de lleno a prohibir pensar? ¿Y cómo decir que realmente eso funciona?
—No caigamos en el concepto de Sociedad como un ente aislado, del que no formamos parte. La Sociedad no es una entelequia abstracta, por mucho que la demagogia de los extremistas de izquierda o de derecha (si es que eso tiene hoy algún sentido que no sea el meramente folklórico) insistan en ello, sino el organismo de convivencia que formamos todos y cada uno de nosotros, nos guste o no. Aunque no podamos influir como sería justo y necesario, y las democracias occidentales estén llenas de trampas que conducen a la esclerosis interesada del sistema y, en definitiva, a una dictadura de las instituciones democráticas, lo que sí es cierto es que nuestra sociedad refleja el sentir y la actitud de la mayoría de quienes la forman... Y eso significa que dentro del contexto general de nuestra sociedad lo que llamamos cultura en un sentido limitado a las actividades artísticas, hedonistas y estéticas, le importa muy poco a casi nadie. Ocupamos, quienes vivimos de la cultura, el escabel del bufón. Somos los payasos de la corte. Por eso a veces nos dejan decir barbaridades, aunque generalmente se nos utilice como quintacolumnistas de la masificación y la normalización. Pero ¿cuánta gente quiere decidir por sí misma qué leer, qué ir a ver, qué música escuchar o qué opinión de arte tener? Aunque luego, en su esfera privada puede que muchos nos sorprendieran, lo cierto es que la gente lo que quiere principalmente es la comodidad de saber ya de antemano qué está bien y qué está mal. Qué película hay que ir a ver y qué libro leer. De ahí el éxito de conceptos como el cine ONG, todo ese realismo social depauperado que funciona porque la gente cree que al ir a ver "Princesas", "Los lunes al sol" o "Mar adentro", hace algo por las putas, los parados o los parapléjicos... Pero no nos engañemos: el arte es prescindible salvo para quienes, en el fondo, vivimos de él.

—Claro, claro, tienes razón en lo de que todos formamos parte de la Sociedad (no quise expresar la idea contraria), aunque podamos estar descontentos y luchar contra sus elementos que nos parecen nocivos. Y aquí considero la educación esencial para alimentar y posibilitar mejoras en este sentido, y aunque no me refiero solamente a la educación que se pueda adquirir en el colegio, es esta la que debería, creo, sufrir una transformación drástica. Discrepo sobre lo que dices respecto al arte y la cultura: no creo que sea prescindible porque es, como tú mismo apuntabas antes acerca de la literatura, un camino para aprender a vivir y pensar. De hecho mantengo que los gobiernos deberían fomentar, con rigor, su difusión y comprensión, y
amparar su preservación.

—Cuando digo que la cultura y el arte son prescindibles, hay que entenderlo como una verdad relativa, pero no por ello menos verdad: el hombre necesita un mínimo bienestar físico y social para poder disfrutar del ocio. Para que el espíritu y la mente se puedan alimentar hay que tener el estómago lleno, y vivir sin miedo a la contingencia constante de una muerte súbita, de la violencia física y del abuso moral. No quiere decir esto que la estética, el arte y la cultura no sean necesarios, y que desde un punto de vista ideal lo sean tanto como el pan o el agua, pero sí que, en definitiva, están al final de la lista de necesidades básicas, y, por lo demás, cuantas más dificultades ofrezcan para ser disfrutados, menos demanda habrá de los mismos. Por ley de vida, la tendencia humana al principio del placer (o del mínimo esfuerzo, que es lo mismo) hace que si ver un "simple" partido de fútbol requiere menos esfuerzo intelectual para disfrutarlo, que ver una película de Tarkovsky o Fellini, escuchar a Mozart, a John Cage o a Marilyn Manson, o leer a  Sterne, Ariosto, Borges o  Capote, se elegirá siempre, o casi siempre, ver el partido de fútbol. Ya sé que luego el mayor esfuerzo recibe mayor recompensa... Pero explícaselo a los demás. Ahí entraría el famoso capítulo de la educación y la enseñanza, que reconozco me supera. Yo, que viví el aperturismo y la Transición al final de mi EGB y en mi BUP (cosas que ahora ni existen), abandoné pronto los estudios, completamente alérgico a los mismos, y, sin embargo, puede decirse que eran más abiertos y liberales que los del pasado inmediato que les precedió. Sin embargo, envidio a quienes, doce años antes que yo, estudiaron y aprendieron latín, griego, francés, y otras cosas que, a nosotros, ya no se nos enseñaban o se nos enseñaban pronto y mal. Y si veo o escucho lo que se enseña hoy día a niños y adolescentes, me quedo perplejo. ¿La solución? No lo sé. Reconozco que la labor docente me supera y que mi desconfianza hacia el ser humano me lleva hacia el autodidactismo y la enseñanza libre de restricciones, exámenes y paredes. Pero no sé si tal cosa es posible, debido, una vez más, al innato espíritu acomodaticio del ser humano. Puede que parezca una postura pesimista, pero la veo más como algo realista y sin esperanzas utópicas que, finalmente, sí acaban llevando, cuando no se cumplen (lo que ocurre inevitablemente), al cinismo, el pesimismo y hasta el fascismo. Y, por cierto, cuanto menos interviniera el gobierno en la cultura, mejor, porque el hecho de que necesitemos que el Estado apoye la cultura es índice de que sin esa presión no habría cultura o, al menos, gran parte de la misma desaparecería. Esto implica dos cosas: una, que el Estado impondrá siempre, en mayor o menor medida, el tipo de cultura y arte que le convenga a sus fines poco o nada altruistas y espirituales. Y dos: que si la cultura y el arte no pueden sobrevivir sin apoyo estatal, quizá estarían mejor muertas... Por eso, por el apoyo inevitable del gobierno, nos convertimos no en artistas, sino en bufones consentidos.

—Pienso en Estado como una idea cercana a los postulados de Rousseau, tal vez otro ingenuo como yo, y en la separación de poderes (que en España no existe). Y como parte integrante directora de la sociedad no tendría que estar fuera del debate cultural, menos aun si a los medios poderosos dependientes del dinero esta no les interesa o la utilizan a conveniencia. Además esa separación de poderes podría aplicarse a otros ámbitos más concretos, como la educación y la cultura, y entonces no existiría el deseo de amparar determinadas metodologías y propuestas en base a difusos y peligrosos intereses.
—Yo de la Ilustración, más que con Rousseau, me quedo con Voltaire, Casanova, La Mettrie y, naturalmente, el Marqués De Sade. Creo que Rousseau está sobrevalorado, y que sin el cinismo, el materialismo y el sadismo, su mensaje desequilibra la balanza hacia un idealismo utópico irrealizable, que provoca la aparición de un liberalismo bienpensante excesivamente ingenuo, cuya vocación humanista acaba por volverse contra él mismo, convirtiéndole en semillero de totalitarismo y dictadura. Naturalmente, no todo Rousseau es desechable, lo que ocurre es que su visión del ser humano "bueno por naturaleza" y del "buen salvaje" ha empañado tanto la necesidad de realismo, de reconocimiento de la agresividad, la violencia y otros impulsos propios de la naturaleza humana, que ha creado a la larga esa corrección política, feminista, pseudoliberal, que finalmente intenta imponer la bondad por la fuerza de sus instituciones y prohibiciones. Obviamente, la separación de los poderes del Estado es más que deseable, especialmente la realización auténtica de un estado laico (¿por qué he de aguantar las opiniones políticas de los Obispos y sus decisiones y exigencias al respecto, cuando yo no soy católico o cristiano?), pero es difícil que algún gobierno resista la tentación de la corrupción y el poder, por lo que debería autorregularse democráticamente con mucha más frecuencia de lo que lo hace, y deberían existir superestructuras no partidistas que controlaran el cumplimiento de las promesas electorales y el seguimiento de una política honesta... Pero eso también es idealismo, claro. No obstante, Rousseau no era tan ingenuo como quienes hoy se han convertido en sus herederos.

—El ejemplo que ponás de "La aventura del Poseidón" es muy gráfico: pone de manifiesto tu voluntad por conocer y tu curiosidad, y esto la educación oficial nunca lo ha fomentado, nunca ha sabido enfocar una formación alrededor del conocimiento y el aprendizaje. Otros medios como Internet pueden suplir esta tara, pero creo que no es lo correcto, pues debería ser un complemento; no pretendo ir contra la vocación autodidacta, pues mi caso es parecido, pero sí resaltar la necesidad de recuperar la educación como baluarte de, entre otras cosas, la individualidad de cada uno.
—Una vez más, lo que hay que distinguir es el ideal de la educación, donde volvemos a encontrar la sombra del "Emilio" rousseauniano, de la realidad de la misma. Lo bueno sería lograr un equilibrio entre una educación que propiciara y promoviera el interés natural del estudiante, a la vez que le "obligara" sutilmente a cumplir unos requisitos esenciales de conocimientos y cultura general. Pero esto es tan ideal como difícil, puesto que no todo estudiante desea serlo, no toda persona desea aprender y es muy difícil despertar la curiosidad en quien no la siente y hasta en quienes reniegan del conocimiento como fuente de placer o interés... Entonces el "profesor" se cuestiona también a sí mismo como fuente de autoridad: ¿qué derecho tiene nadie a imponer una educación en quien no la desea? De ahí que las instituciones educativas, como las cárceles, tengan que utilizar hasta cierto punto la coerción, la obligación y hasta el castigo, puesto que de lo contrario muchos estudiantes ni siquiera aprenderían a leer y escribir. Pero eso, claro, ahuyenta a los más sensibles, que buscan otra manera de aprender... ¿Inevitable? Quizá, aunque de lo que no hay duda es de que el sistema educativo actual se puede y debe mejorar, y que una vez más, el descargarlo de autoritarismo no es la única respuesta, porque, en realidad, está propiciando una "inteligencia débil", unos "conocimientos blandos", que hacen descender el nivel cultural de las nuevas generaciones hasta un punto alarmante.

—Después de todo, ¿estas reflexiones nos conducen a algo positivo? ¿Cuál es el futuro que espera al arte en general, y a la crítica en particular?
—La supervivencia. El arte deberá re-crearse a sí mismo, utilizando los nuevos medios a su alcance, pero sin caer en fáciles optimismos, muchos de los cuales se han revelado ya inoperantes (los medios audiovisuales e interactivos, así como gran parte de la revolución de la web, Internet y la realidad virtual han pasado de utopía tecnorrevolucionaria a pasto de la publicidad, los grupos y holdings empresariales, el uso y abuso por parte de comerciantes sin escrúpulos y su utilización para invadir la privacidad del ciudadano e influir en sus decisiones y comportamiento cotidiano). Por otro lado, si la crítica vuelve a verse a sí misma y practicarse como un arte, es sin duda el que más futuro y presente tiene. Ya se ha escrito, pintado, compuesto y filmado todo... Pero se ha dicho muy poco sobre todo lo que se ha escrito, pintado, compuesto y filmado.

Entrevista realizada por correo electrónico entre abril, mayo y junio de 2006

Por José David Cáceres
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