Miguel Marías es economista y crítico de cine. Desde 1992 es el Jefe del Servicio de Estudios de la Cámara de Oficial de Comercio e Industria de Madrid. Ha ejercido crítica de cine en revistas especializadas ("Nuestro Cine", "Banda aparte", "Casablanca", "Nuevo Fotogramas", "Archivos de la Filmoteca", "Nosferatu", "Viridiana", "Nickelodeon", "Dirigido por..."), publicaciones generales ("Revista de Occidente", "El Urogallo") y diarios ("Diario 16", "El Mundo").  Es autor de los libros "Manuel Mur Oti: Las raíces del drama", "Sin Perdón/Manhattan" y "Leo McCarey: Sonrisas y lágrimas". Ha sido director de la Filmoteca Española y Director General del ICAA. Ha sido, también, colaborador habitual en el programa de TVE ¡Qué grande es el cine! desde su inicio en 1995 hasta su cierre a finales de 2005. Actualmente prepara el libro "Otro Buñuel".

—¿Cómo ves, en términos globales la crítica especializada en este país?
—No la veo. Creo que la crítica especializada, lo que ha hecho, es desaparecer, está en estado de eclipse. Nunca fue muy bueno, excepto alguna cosa, pero en general bastante lamentable. Ahora se ha hablado un poquito de Fleischer, porque ha muerto, pero la única cosa que recuerdo haber leído interesante sobre Fleischer, es un artículo de Javier Sagastizabal en el año sesenta y tantos. Ni tan siquiera se le han hecho entrevistas, sólo en "Film Ideal". La labor de la crítica no es entrar en análisis o darle vueltas a las películas, yo creo que su función es sugerir. En la época que empecé a leer crítica —empecé a escribir al poco— sí que había un cierto consenso, aunque existieran diferentes "bandos". Ahora hay una especie de distensión disparatada e incomprensible, y sobre todo, hay una falta absoluta de coherencia. Encuentro que existe una diferencia muy notable en cómo se habla del cine español y cómo se habla del resto de los cines, algo realmente grave. Hay un doble rasero contra el que me rebelo, inútilmente claro, como también lo hago contra la elaboración de listas que publican las revistas a finales del año sobre lo mejor del cine español. Yo te hago una lista sobre las diez mejores películas, y quizás algún año, haya entrado una película española. Lo que resulta más interesante: me sería imposible realizar, ni con mucha fantasía, una lista de diez películas españolas, entre otras cosas, porque no tengo interés ni en retener los nombres de la mayoría. Además (en la lista) no quiero crear una situación de desnivel entre la primera y la décima. En una lista global, la primera y la décima están en un mismo nivel, digamos, alto, pero en una lista de películas españolas, igual la décima está veinte kilómetros más abajo. Una vez me colaron el truco de votar después de la primera, la quinta y luego la séptima (risas). Además del paternalismo, existe también otra situación, que interesa a directores, productores... bueno, a todo el mundo, en la que interesa decir que todo es muy bueno.

—Entonces crees que existe la prevaricación crítica.
—No, simplemente es algo nefasto: parte de la crítica quiere estar a bien. No quiere crearse enemigos, que es muy molesto. Eso requiere diplomacia y, también, influye el nombre del medio. Luego igual se toman represalias como no invitarte a pases de prensa o a festivales. Y ya no hablemos en críticos que aspiran a enviar guiones a directores sobre los que escriben. He leído entrevistas incomprensibles de gente que luego ha acabado de ayudante de dirección de su próxima película. ¡También ocurre lo contrario!, que haya gente que tenga miedo de poner muy bien una película española, porque luego dirán que es amigo tuyo. Es difícil apostar por directores españoles, porque es difícil encontrar en este país a un director que mantenga el nivel diez años seguidos. Bueno, está el caso de Borau, que si exceptuamos Niño nadie ha mantenido un nivel alto, a mí su última película, Leo, me gustó bastante, aunque pasó desapercibida. Si la hubiera hecho Claire Denis hoy todos dirían que es una obra maestra... También hay película interesantes, pero muy pequeñas, que como no las mueven distribuidoras gordas, pues pasan totalmente inadvertidas. También ocurre que vas al cine a ver una película y en la entrada figura otra; yo no lo acepto. Porque resulta que la película que figura la ha producido el dueño de los cines, ¡pues a mí no me da igual! Eso no se lo hacen a una película de Andrés Vicente Gómez, se lo hacen al pobre chico que está luchando para mover su película. En todo esto que te cuento no me estoy refiriendo a la crítica especializada, me refiero a la común, que es la que realmente pinta algo. La crítica especializada además no tiende a ver películas españolas, por pereza o porque no le interesa, y tiende a guiarse por la crítica de periódicos. Así ocurren cosas realmente extrañas, como cuando se hartaron de tirar piedras a una película llamada precisamente Piedras de Ramón Salazar, que es una película bastante aceptable, luego a la siguiente —20 centímetros— que era muchísimo peor la pusieron muchísimo mejor.

»A mí me gustaría que en este país hubiera algún descubrimiento autóctono. Es decir, que todo nos llega ya descubierto de fuera. Para mí fue una alegría, descubrir, aunque tarde, a Gordon Douglas. Gracias a eso pude seguir la etapa final de su carrera, posiblemente la mejor y descubrir Río Conchos, que me parece una maravilla. Los críticos parece que confundan "interesante" con "lo que se lleva". Yo cuando veo una película intento sacarle el máximo partido. También me divierto pensando cómo sería esa película si la hubiera hecho otro director. De aquí se podría plantear una "crítica-ficción" que sería realmente divertida, claro que corres el peligro de que la gente se confunda, y se crea que la película en verdad existe. Algún artículo sí se ha hecho sobre una película perdida o un director desconocido de serie B que eran totalmente inventados.

»Recuerdo que tuve que escribir cuando se estrenó Hombre del Oeste. La película estaba a punto de salir de cartelera y estaba en un programa doble con una película de Anatole Litvak. Para estar tranquilo me la quería ver seis veces (entonces no había vídeo y me tenía que aprender de memoria la película lo antes posible), y como la sesión continua era Mann-Litvak-Mann, no iba a pegar seis veces por verla (risas), así que me tragué tres veces la película de Litvak, que era Aimez-vous Brahms? La primera vez me pareció muy aburrida, pero la segunda ya empecé a pensar qué hubiera sido de esa película si la hubiera dirigido Hitchcock, primero con el mismo reparto que tenía (Ingrid Bergman-Yves Fontaine) y luego con mi reparto ideal. Siempre tratas de aprovechar lo más posible lo que tienes a tu alcance. Por cierto, que Litvak podía haber hecho una buena película, porque tenía mucho de los temas que le interesaban, no sé, quizás fue un encargo o dejó de interesarle. En fin, cuando yo voy al cine a ver una película, siempre trato que me guste. Unas veces lo consigues y otras no. Tengo un caso que me avergüenza reconocer y es que la primera vez que vi El árbol de los zuecos —un día que estaba cansado, que venía de trabajar, lo que no es la mejor situación para ver una película— estuve a punto de salirme varias veces de la sala. Aparecieron un par de escenas fulgurantes que me hicieron aguantar y al acabar la película descubrí que había experimentado el cansancio en la experiencia de la vida campesina. Las partes que me habían aburrido llegaron revalorizadas al final, con lo que me quedo la impresión de que era una película muy buena. La volví a ver al día siguiente, como se suele decir, de un tirón, sin producirme ya ninguna fatiga.

—Eres un caso singular, no conozco a muchos críticos que se vean tantas veces una película para poder escribir sobre ella.
Yo nunca he tenido vocación de crítico cinematográfico, pero he acabado haciendo críticas prácticamente sin parar. Ha habido épocas en que me he retirado, pero siempre me han vuelto a liar. Ahora mismo me interesa bastante el cine actual, creo que hay mayor riesgo, o menor cantidad de películas malas, como prefieras. Nunca he tenido muy buena memoria, siempre se me olvida alguno de los siete pecados capitales o alguno de los diez mandamientos o los poemas de García Lorca (risas), pero siempre he tenido la capacidad de recordar muy bien las películas. Antes era más difícil ver cine, si querías estar enterado, te tocaba viajar a París y verte unas 50 películas. Ahora existe mucha comodidad, puedes pedir cualquiera por Internet. Sigo teniendo curiosidad por el cine, me sigue divirtiendo. Es un problema de carácter mío, sigo teniendo mucha curiosidad. Tanto con el cine como con los libros. Duermo poco, lo que me deja más tiempo para hacer más cosas (risas), y soy bastante rápido escribiendo, lo que me permite estar más activo. Estoy muy obsesionado con la justicia, me molesta ser injusto. Así que si tengo que verme un número indefinido de veces una película lo haré. Las películas tienen una tonalidad emocional que con un solo visionado igual no aprecias, porque estés cansado, porque estés de mal humor... a todos nos ha pasado ver una comedia con un humor de perros y no te hace maldita la gracia.

»He escrito, desde la época de "Nuestro Cine", en casi todas las revistas que han existido (y desaparecido) en este país. No sé si es porque conozco a gente muy variopinta, pero la verdad es que he pasado por casi todas. Yo nunca me he ofrecido a nadie para escribir una crítica, siempre me han convencido para que escribiera. Siempre he tratado de ser honesto, como cuando he escrito un artículo sobre un director del que sólo he visto unas películas de su filmografía. En el texto lo indico: he visto éstas y ésta me parece más relevante por tal y cual cosa, esto la gente generalmente lo oculta. Como en un libro llamado "Las mentiras del cine español", que tiene un título acertado, porque es uno de los libros con mayor cantidad de mentiras que yo he visto (risas), donde el escritor alaba películas que no existen o, que bien, son imposibles de encontrar.

—Háblame un poco de "¡Qué grande es el cine!": qué tal fue la experiencia, consideras que se hacia crítica o era algo más ameno, por qué TVE decidió no seguir con el programa…
—Esta es una idea que se le ocurrió a Garci de una manera muy rara. Esto surgió cuando Garci estaba haciendo crónicas del mundial de fútbol de Estados Unidos para TVE, allí les comentó si iban a hacer algo por el centenario del cine, teniendo en cuenta que muchas televisiones de Europa estaban realizando diferentes cosas. Al final del mundial, TVE, le dijo a Garci que sí estaban interesados y le pidieron consejo. A Garci se le ocurrió la idea de seleccionar una lista de películas, no las mejores, pero sí un grupo importante de lo que podría representar la historia del cine. La idea es que las películas no se proyectaran sin más, como otras cualquiera, habría que ponerlas en un cierto marco, más teniendo en cuenta de que cada una era de épocas, países y directores diferentes. De ahí surgió la presentación de la película, que trataba de situar un poco al espectador. Así que Garci se pasó la noche elaborando una lista de películas larguísima y se empezó a mirar si tenían los derechos vigentes. Luego elaboró una lista de colaboradores, bastante variopinta, para acudir al programa; la verdad es que muchos no nos conocíamos de antemano, aunque todo el mundo pensaba que éramos amigos de toda la vida; a Lamet, por ejemplo, yo no lo había conocido nunca. Se formó un equipo básico, con la idea en la mente, de que en cada programa estaría Garci, dos del equipo y un invitado adicional. Hay que decir que a esa lista final, TVE le puso algunas pegas. Creo que yo fui una de las personas a las que ponían pegas, por haber sido director del ICAA.

»TVE empezó a poner problemas desde el principio: el primero, que no querían películas mudas. A ver, la historia del cine tiene cien años, pero el cine mudo ocupa treinta años de esa historia. ¡No te puedes cargar toda esa parte! Una vez aceptaron que alguna muda —no quedaba claro ni cuáles, ni cuándo— podía entrar, salió un problema insalvable: en prime-time no se podían poner películas en versión original subtitulada. La mínima compensación que ofrecieron fue que, en el caso de que la copia lo permitiera, se emitiera en dual. Si se veía en directo, existía el truco de poder verla con los subtítulos para sordos a través del teletexto, pero casi nadie se dio cuenta, y además, los subtítulos no se podían grabar.

»Siguiente improbable, ya impensable, que conllevó una larga negociación, fue que se negaron a poner películas en blanco y negro. Era un verdadero disparate. Después de mucha pelea, se llegó a un trato para compensar la supuesta (ridícula) pérdida de audiencia que conllevaba programar cine en blanco y negro, a poner alternativamente una película en blanco y negro y otra en color, así sucesivamente (esto se mantuvo durante bastante tiempo). Al final resultó que las películas en blanco y negro sólo funcionaban en nuestro programa, en los demás era un fracaso.

»Nada más empezar el programa, en el tercero concretamente, estuvo todo a punto de irse a la porra ante la negativa de TVE de programar Ordet (La palabra). El mismo día que se programaba la película se llama a Garci para que improvise un nuevo programa, porque Ordet no se podía pasar en prime-time. Garci dijo que no podía hablar por los demás, pero que por él, el programa se podía directamente acabar. Porque una de las razones para hacer este programa, era precisamente para poner Ordet.

»Creo que el planteamiento de Garci no fue nunca "hacer críticas" de las películas, sino presentarlas, situarlas un poco en su contexto y comentarlas. Nunca tuvo un "programa" muy explícito, ni hubo un guión. Inicialmente, creo que la idea era reunir a un grupo muy heterogéneo de personas, de formaciones, orígenes y hasta edades variadas, a los que obviamente Garci encontraba por diversas razones interesantes y con los que le apetecía hablar de cine; aunque muchos ni nos conocíamos, o no habíamos hablado nunca, intuyó que podíamos tener una base de acuerdos sobre los que discrepásemos civilizadamente. Creo que en eso acertó, ya que por muy en desacuerdo que pudiéramos estar en ocasiones, ni nos peleamos, ni nos descalificamos mutuamente, ni estuvimos agrios. La variedad —con un abanico muy amplio—, aparte de dar diferentes puntos de vista, permitía que casi todo el mundo pudiera encontrar alguien con quien compartiera algo. De haber elegido yo a los participantes, como tengo manga menos ancha, no creo que el programa hubiera durado. No era pretencioso, ni trataba de agotar las películas, ni decir nada definitivo: era una tertulia de aficionados; inicialmente, el punto común era que nos supiésemos de memoria las películas y tuviéramos cierta facilidad de expresión. Cada programa era improvisado, nada se repetía o corregía, y si metíamos la pata, ahí quedaba. Nunca se distribuyeron tiempos ni temas, ni se acordó que hubiera que hablar o no hablar de cuestión alguna. Yo ni siquiera preguntaba con quién me tocaba. Aunque fuera lo que llaman "falso directo", en el fondo es como si fuera directo; como había varias cámaras (tres, creo) no sabías si te enfocaba. Mi criterio era que la cámara y el espectador no existen, y hablaba con otras tres personas.

»Se pidieron muchas películas, que no siempre TVE tenía o estaba dispuesta a dejar al programa. Yo creo que nunca gustó a alguien (o a varios) en TVE, y nunca lo mimaron o publicitaron; más bien lo silenciaban. No sé si Garci sabe por qué lo interrumpieron 6 meses, en pleno centenario del cine español, cuando se llamaba "¡Qué grande es el cine español!" y creo que estábamos permitiendo descubrir o revalorizar películas muy desconocidas; a mí me interesaba demostrar que se podía hablar de Erice, Mur Oti o Rafael Gil igual que de Godard, Sirk o Hathaway, y que las películas españolas podían merecer una segunda mirada, que era lo más importante (después de las propias películas) del programa: volver a mostrar los planos o escenas que comentábamos, momento en el que se veía lo que quizá la primera vez no se había percibido. Y no creo que a Garci se hayan molestado en explicarle por qué el programa no se renovó a partir de diciembre de 2005. Desde luego no fue "de mutuo acuerdo" ni con preaviso; desde luego no porque algunos fumásemos (hubiéramos dejado de hacerlo a la menor indicación, antes de la ley dictatorial hoy vigente); desde luego no por su coste (era el programa más barato, con mucho, de TVE, en 1995, y creo que es lo único que no se ha encarecido en España en diez años, ni con la entrada del euro); tampoco por índices de audiencia, que eran muy estables y muy aceptables para la hora y TVE2, aparte de que la cantidad de publicidad es un indicador mucho más fiable; tampoco por razones "políticas": se creó con el PSOE en el poder, se lo cargó seis meses el PP, volvió con el PP, siguió con el PSOE. Salvo para los que nada entienden o piden adhesiones inquebrantables, la mayoría, supongo —no nos pedimos la ficha policial—, éramos más bien de izquierdas, aunque de todo hubiera, y por qué no, los hay de derechas que entienden de cine y con los que se puede hablar, y la mayoría no pertenece, imagino, a ningún partido político.

»Ignoro si era ameno para los espectadores, supongo que para unos más y para otros menos, unas veces sí y otras no. Para nosotros diría que sí, nos gusta el cine y nos gusta hablar de cine. No creo que normalmente resultásemos pedantes ni retorcidos. La experiencia fue buena; yo diría que para la gente que vive fuera de Madrid y Barcelona, por las películas; quizá nuestro entusiasmo revitalizara algún interés por el cine.

—¿Ves mucha diferencia entre el estado de la crítica en la época de "Film Ideal" y la actual? A nuestro dossier le falta cierta perspectiva histórica, parece que la situación actual no es la mejor posible (más bien lo contrario), ¿ha existido esta sensación siempre o realmente vivimos una situación de crisis?
—Yo no estuve en "Film Ideal". Y en su buena época no estaba en ningún sitio. Si juzgo como lector, desde luego, era mejor aquella época. Cierto que yo estaba aprendiendo, pero era, creo, más innovadora, más imaginativa, más variada, más polémica, más atrevida y más informativa. No es que entonces fuera buena, es que hoy apenas existe crítica digna de tal nombre. Y no considero crítica la mera crónica de estrenos, se ejerza en diarios, en revistas, en TV, en la radio o en Internet.

—¿Ves relación entre el estado del cine español con el de la crítica cinematográfica española?
—Sí. Creo que van más de la mano de lo que los cineastas se creen. Y desde que la mayoría de la crítica ha atendido el afán desvergonzada y reiteradamente expresado de la autodenominada "industria" y de los sedicentes "profesionales de la profesión" (Godard dixit) y muestra una indulgencia nauseabunda hacia toda película española que sea del montón y no carezca de "padrinos" (en el sentido más coppoliano), sólo contribuye a fomentar el conformismo y a echar a perder a jóvenes a los que trata de genios sin el menor fundamento.

—Actualmente tanto el cine como la cinefilia se hallan en estado de cambio, algo que parece sólo estar afectando a una parte de la crítica. ¿Qué realizadores contemporáneos le resultan interesantes? ¿Y que críticos?
—¿Qué cinefilia? ¿Afectando cómo? No me queda muy clara la pregunta, así que no sé qué contestar. Para empezar, creo que habría que aclarar conceptos. Para mí Griffith, Murnau, Renoir o Ford son mucho más "contemporáneos" (palabra que encuentro imprecisa o bien insignificante) que Spielberg, Lucas, Von Trier y casi todos los españoles. En el sentido en que Jan Kott pudo escribir "Shakespeare, nuestro contemporáneo". Lo clásico es lo antiguo que todavía está en vigor, que resulta "moderno" aunque tenga un siglo, o cinco. Lo de esta temporada, aunque se lleve mucho, puede ser rancio, retrógrado, prehistórico o simplemente imbécil, feo y malo. A lo mejor es muy actual, pero eso no es un mérito, lo comparte con todo lo que pasa ahora, y puede muy bien carecer del mínimo interés.

»Hago cada año una lista de mejores películas vistas, sin ceñirme a las estrenadas comercialmente en Madrid (ver "Senses of Cinema"), que indica los muchos directores hoy en activo, vivos, que me interesan, apasionan o entusiasman tanto como los difuntos o ya retirados; la mayoría, por desgracia, permanecen escandalosamente inéditos en nuestro país. Contrariamente a una idea que circula profusamente, y que muchos dan por buena, creo que el cine, al menos desde 1995 y todavía, está atravesando una buena etapa creativa, muy interesante y poco uniforme; lo malo es que se estrena todo lo malo y casi nada de lo bueno. Godard, Straub, Rivette, Marker, Garrel, Rohmer, Bergman, Erice, Wang Bing, Kiarostami, Hou Hsiao-hsien, Abel Ferrara, Tsai Ming-liang, David Lynch, Aki Kaurismäki, Noémie Lvovsky, Claire Denis, Danièle Dubroux, Leos Carax, Jean-Claude Brisseau, Chantal Akerman, Agnès Varda, Alain Resnais, Jacques Doillon, Nicolas Philibert, Robert Guédiguian, Claire Devers, Nicolas Klotz, Aliekseí German, Aleksandr Sokurov, Hong Song-soo, Charles Burnett, Im Kwon-taek, Wong Kar-wai, Ermanno Olmi, Nanni Moretti, José Luis Guerín, Mercedes Álvarez, José Luis Garci, son sólo unos pocos, jóvenes o no, que me interesan muy vivamente; hay otros que lo hacen en menor medida, o intermitentemente, de Gus Van Sant a Brian De Palma, de Edgardo Cozarinsky a Raoul Ruiz, de Marco Bellocchio a los hermanos Dardenne, de John Carpenter a Wes Craven, de George A. Romero a Tobe Hooper, de Robert Altman a Jim Jarmusch, de Hal Hartley a Peter Watkins, de Claude Lanzmann a Marcel Ophuls, y no sigo para no fatigaros o aburriros, repartidos por el mundo. O gente que empieza y promete, incluso aquí, como Albert Serra o Isaki Lacuesta, y que no hay que meter en el mismo saco con estafadores, trileros y cantamañanas, por mucho que digan cosas que suenan bien (y que no hacen; copiadas de lo que dicen Erice o Guerín).

»En cuanto a la crítica me sigue interesando Jean Douchet, Raymond Bellour, Bernard Eisenschitz, Sylvie Pierre, Jean Narboni, y (aunque menos que antaño) Robin Wood o Thomas Elsaesser. Nuevos (para mí) me interesan algunos americanos, en particular Chris Fujiwara, también Gilberto Perez, algunos australianos como Adrian Martin, el japonés Hasumi Shigeiko,  el filipino Noel Vera, el ruso Yuri Tsyvian, el francés Pierre Léon. Y hasta algunos españoles jóvenes, algo erráticos, que mejorarán cuando vean más cine antiguo y se hagan menos dogmáticos.

—Hablemos un poco de los medios, o mejor, de las plataformas de divulgación crítica, que desafortunadamente, son bastante pocas. ¿Cómo encuentras la situación actual de "Dirigido por..." respecto a la época en que colaborabas para ella? ¿Era "Nickelodeon" la respuesta a un estado de las revistas paupérrimo?
—"Nickelodeon" no hablaba de estrenos, ni apenas del cine actual, salvo por supervivencia o de refilón. No se sometía a la dictadura de festivales, distribuidoras y exhibidores. Así le fue. Y no era una respuesta a nada. La mayor parte de las revistas se limitan a pasar revista a lo que se estrena. Lo que no tendría interés ni siquiera en París. No digamos en Madrid, Londres o Roma. De ahí que me resulten ilegibles, una pérdida de tiempo, hasta si tienen algún texto aceptable o correcto. Hay, además de rutina y desgana en abundancia, mucho capricho, mucha manía, mucho prejuicio, favorables o negativos, que ni se molestan en justificar o argumentar. Yo últimamente escribo más bien en revistas "on line" como "Rouge", "Senses of Cinema" (ambas con base en los antípodas) y "Undercurrent", y escribo en inglés más que en español. No es algo deliberado, pero traduce mi sensación de exilio. Tal vez soy un dinosaurio en vías de extinción, pero es difícil sentirte a gusto en un sitio, si el de la página de al lado dice (¿piensa?) lo contrario que uno, ¿no? Además, como yo no he pretendido nunca vivir de escribir de cine, no me importa si pagan o no, si lo hacen mal o bien, lo hago sólo si me apetece lo que me plantean o me dejan escribir sobre lo que quiera; si no me divierto, ¿para qué voy a molestarme?

»Cierto es que la crisis de las revistas es general, la mayoría tienen vida dura, irregular y breve, o se estropean. Hoy, "Cahiers du Cinéma" me interesa igual de poco que "Positif": cosas sueltas, excepcionalmente, sobre todo entrevistas con algunos cineastas; casi nunca una crítica. Lo mejor que queda, y lo único que leo de arriba abajo sistemáticamente, cada número desde su comienzo, es "Trafic", que dirige ahora Raymond Bellour y fundó Serge Daney, y "Cinéma" (debe de ir por el nº 10), dirigida por Bernard Eisenschitz. Son las únicas donde hay una cierta reflexión teórica e interés, tanto por lo más remoto como por lo actual, sin discriminaciones culturales. Las dos francesas, claro, y digamos herederas evolutivas de un "Cahiers" que dejó de existir hace unos 15 años o un poco más. Fuera de eso, lo mejor que leo últimamente suele estar en Internet, en revistas "on line", que a veces son selecciones de revistas impresas difíciles de encontrar y otras son meramente virtuales. Son irregulares, pero hay cosas que leer. De todos los países, sobre todo tipo de cine.

—Permíteme cerrar con unas preguntas abiertas, pero que a mi, personalmente, me interesan mucho y a las que puede valer una sola respuesta: ¿Cuál es la función del crítico? ¿Cómo se debe afrontar un texto crítico? ¿Cómo puede un crítico mantener siempre viva la ilusión, la curiosidad, la pasión por ver cine y escribir?
—No sé si soy la persona adecuada para responder tales preguntas. No me considero crítico aunque lleve casi 40 años publicando. Para mí, soy un espectador documentado que piensa y escribe. Un aficionado. Y como me sigue gustando el cine del pasado, me interesa el que se hace y me divierte escribir... sigo. Curioso soy por naturaleza, y las cosas me siguen indignando o entusiasmando.

»La función de la crítica es, fundamentalmente, dar pistas. Uno es libre de seguirlas o no, y, hecha la comprobación, estar o no de acuerdo. Pero es lo que yo agradezco, porque es imposible (y arriesgado, además de agotador y malo para la salud y para conservar el gusto por el cine) ver todo, y todo dura tan poco que es fácil perderse algo valioso, y las buenas pistas siempre se agradecen. También pudiera servir, y hoy no lo hace, para proponer criterios y jerarquías. No todo es igual, y hay que distinguir entre lo bueno, lo malo y lo mediocre, entre la originalidad y el plagio, entre lo verdadero y la falsificación, entre la sinceridad y el camelo, entre lo nulo y lo infame, entre lo bueno y lo verdaderamente admirable. Y no debería comulgar con ruedas de molino, pero lo hace con verdadero empacho. A menudo, y eso es triste, es falsa; suele notarse, hay elogios vacíos que encubren el miedo, el interés o la conveniencia, el conformismo o la falta de opinión del crítico: hay elogios que me dejan convencido de que al que los firma no le gusta nada la película, y otros me indican que a mí no me va a gustar. También, si es escrita, debería ser al menos decente literatura. No se puede usar un medio —la lengua— para maltratarlo, ni siquiera con descuido. No se trata de hacer cosas "brillantes", sino claras. Si cuentas o explicas algo, si lo escribes, será para decir algo, para comunicarlo, para que te entiendan. Y eso falta a menudo, pese a parecer lo mínimo.

»Ha habido un largo periodo en el que los cinéfilos —a veces inteligentes— eran ágrafos; por eso hemos tenido que seguir en activo gente ya vieja para el oficio, por falta de relevos. Ahora parece haber gente que se atreve a ir escribiendo un poco más. Lo malo es que a veces toman por modelos a los que dicen groserías e insultan a las madres de los cineastas, jugando a la "visceralidad", y otras veces adoptan patrones académicos y pedantes que nunca he podido soportar: me duermen, dicen de forma retorcida lo que puede enunciarse con naturalidad, si no es nada del otro mundo, ni complicado, si hay palabras adecuadísimas en el diccionario, sin tenerse que ir a maltraducir de otra lengua, de una jerga especializada ajena al cine...

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Estas son las precisiones que Miguel Marías quiso añadir a la entrevista:

¿Por qué me dejé tentar la primera vez que me ofrecieron escribir sobre cine, y la segunda, y la tercera, y así durante 40 años, sin haberme jamás propuesto esa meta ni como fin en sí, ni como trampolín o etapa o tedio para lograr otro objetivo (que, dicho sea de paso, es casi lo más habitual: se supone que permite "darse a conocer" y llegar a conocer a gente del "mundillo"), y proponiéndome, como mucho, que lo que pudiera ganar (poco, lo mejor pagado suele ser mercenario o aburridísimo, y no me va ni lo uno ni lo otro) me ayudara a financiar "el vicio" (a pagarme las entradas, a comprar libros y revistas, luego vídeos y DVD)? Probablemente, porque ya pensaba en las películas después de verlas (y durante su visión), y establecía (carácter asociativo, memoria, etc. Por eso entiendo muy bien a Godard y encuentro lo mejor que se ha hecho en varias décadas sus Histoire(s) du Cinéma). Desde el año 1962 empecé a tomar notas. Con ciertas películas que me gustaban/interesaban especialmente, empecé a ponerlas en orden, darles forma, pasarlas a limpio (por el mero hecho de que siempre escribí a máquina, no porque las fuera ni a dar a leer), tratando de racionalizar y explicarme a mí mismo por qué me gustaban tanto. Creo que Two Rode Together, The Man Who Shot Liberty Valance, Paris-When it Sizzles, Alphaville, À bout de souffle, Pierrot le fou, Vivre sa vie, The Cardinal, Strangers When We Meet y Marnie, la ladrona, algunas muy largas, fueron las primeras que escribí para mí mismo. Siempre me ha gustado y descansado escribir, lo hago deprisa y con cierta facilidad, y es mi modo de expresión natural: mi timidez me impidió hablar en público hasta que, haciendo un esfuerzo deliberado, di dos conferencias en 1974 o así. Así que no es anormal del todo que lo aceptase. Y me divierte, me gusta escribir sobre cine. No tengo mucha inventiva, de vez en cuando he escrito cuentecitos (todos menos uno, inéditos) y, como todo el mundo, poemas estrictamente privados (aunque tengo uno sobre Buñuel que seguramente empezará mi libro), guiones, pero lo que más me divierte es escribir sobre cine. Nunca he querido ser director, aunque cada  vez que he visto Le mépris, durante una media hora, he sentido el "gusanillo". Creo, además, que para lo que prepara la crítica —en lo que tiene de analizar por qué algo funciona o no— es para ser productor, un tipo de productor "solidario" que en Francia hubo, y aún se da, pero en España no. (Los que podrían serlo por carácter son un tanto vagos, demasiado pasivos, probablemente demasiado convencionales y poco atrevidos.).

Creo que una revista sí debería partir de una especie de "declaración de principios" como la de Kane para el "New York Chronicle". Es decir, no se trata de hacer juicios/recomendaciones al público sobre lo que debe ver, ni de evaluar ponderadamente cada objeto proyectado en una pantalla. Hay que tener una concepción del cine, lo que implica, creo yo, de su historia, de sus posibilidades y de su rumbo; hay que tener en cuenta la realidad, los problemas, las dificultades, las influencias, las crisis, y hasta se puede valorar (en su justa medida) el partido que alguien (como Roeg, como Lynch, como De Palma, por poner ejemplos de hoy) saque de los defectos, vicios o convenciones plásticas o narrativas dominantes, naturalmente a su nivel, no como si fueran Godard, Pialat, Eustache, ni siquiera Pollet, Stévenin, Ioseliani, Jancsó, Guiguet, Skolimowski. No veo el interés de una sucursal de "Variety", de esas que miran despiezadas las películas, y dicen —como si hiciesen informes para productores, distribuidores, exhibidores, programas de TV, o dieran materia prima a "copyboys" publicitarios— muy buena interpretación (nunca explican por qué, ni si es homogénea, ni si es naturalista o estilizada), muy buena fotografía, buen vestuario, buena dirección artística, buen montaje (¿qué sabrán?), estupendo guión (¿lo han leído? Si no, no tienen ni idea) aunque flojo argumento (dicen cosas así, cuestión de ser "equilibrados", de dar "una de cal y otra de arena"), bien dirigida aunque el ritmo flojee a veces, buena (¿para qué?) música, bonitos paisajes, animante o demasiado sombría y deprimente. Todo eso es estrictamente ridículo, gacetillero, cuando no más o menos disimulada publicidad indirecta.

A mí no me interesa el cine como industria, negocio, distracción, entretenimiento, ni para pasar el rato. La vida es corta, se pierde mucho tiempo y no hay para todo lo que uno querría hacer, entre otras cosas, revisar lo visto, actualizar los juicios, no fiarse del recuerdo o de la primera impresión. Hay diversiones mejores y más baratas. A mí el cine me interesa porque me parece un arte. Las artes son lo único que aporta algo bueno, disfrutable, que antes no había; cada una tiene sus poderes y sus limitaciones. El cine es, tras la música, la que más capacidad tiene para emocionarme, y, por encima de cualquiera, para hacerme ver y entender algo que no sólo no veía o entendía, sino que quizá ni me hubiese planteado o no me interesaba, o eso creía yo. Por tanto, el cine meramente industrial, porque dé dinero, porque lo vean millones o gane premios me da igual. Aunque dentro de él se puedan dar obras de arte, en otras épocas más a menudo que hoy. También es labor de un crítico rechazar las falsificaciones y las imitaciones, los camelistas que se las dan de artistas y son copistas aplicados o majaderos vanidosos, enamorados de sí mismos o de su microcerebrito, su ombligo o su pantorrilla.

Otro deber, a título personal, es tratar de ser justo. Reconocer que uno se equivoca, rectificar, pero sin hacer la elipsis sobre la conversión ni hacer creer que siempre nos gustó lo que negamos y ahora de pronto nos gusta.

Entrevista realizada a finales de mayo de 2006, en Barcelona

Por Alejandro G. Calvo
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