Un recorrido por el festival de cine austriaco Diagonale y su papel en el cine actual
Hace cincuenta años, en 1956 y 1957, la republicana Austria se exhibía ante el mundo con su aportación oficial a Cannes, Sissí emperatriz y Sissí reina de Hungría, desempolvando su pasado imperial. Atrás quedaban exiliados gigantes como Fred Zinnemann, Billy Wilder o Fritz Lang que ya llevaban años engrosando las filas de los grandes genios americanos sin que casi nadie se percatara de su origen austriaco. Las películas de Sissí, empeñadas en trasmitirnos su pegajosa realidad de algodón de azúcar y pastel de crema, empezaron a dar tumbos por el mundo, a colarse en nuestros hogares alimentando clichés e invadiéndonos con un sopor enmohecido de princesas. Desde entonces, la república alpina quedó —quitando el paréntesis de esos suspiros de gasas y enaguas— relegada al olvido en el panorama cinematográfico internacional.
Y no ha sido hasta los últimos años en los que unos cuantos realizadores han empezado a llamar la atención en los festivales internacionales cosechando una inusual ola de éxitos: Michael Haneke, después de ganar en Cannes la Palma de Oro por La pianista, se lleva en su última edición el premio a la Mejor Dirección por Caché. Ulrich Seidl triunfa en Venecia con Hundstage, y La pesadilla de Darwin de Hubert Sauper recibe en Barcelona el Premio de Cine Europeo y el César en París.
Pero esta sorprendente lluvia de premios no es sino la punta del iceberg de una pequeña pero extremadamente afanada escena que se formó, a finales de los noventa, paralelamente a la reapertura del Festival de Cine Austriaco "Diagonale" (1998). Porque junto a un Haneke y un Seidl —que han seguido año tras año una trayectoria muy personal como indiscutibles exponentes del cine de autor— se está fraguando una nueva generación de realizadores y, sobre todo, de realizadoras en torno a Barbara Albert (Nordrand) que vienen pisando fuerte en el firmamento cinematográfico.
Todos tienen en común una forma de narración poco llamativa, discreta y muy directa que se independiza del cine de género internacional y que tiene como nota dominante la consagración sin pretensiones a lo cotidiano, a ese día a día contado normalmente con una estructura episódica y fragmentaria. Este "nuevo" realismo —con caracteres análogos al cine francófono más reciente— dirige su mirada a las tensiones políticas y sociales, retratando la banalidad de la rutina cotidiana del "ciudadano de a pié". Son películas que se pueden situar, precisamente debido a esta concentración de medio social y lenguaje, rozando el documental. Tan sumamente cerca que, a menudo, la línea fronteriza entre ficción y realidad se difumina dejando al espectador sin acertar a descifrar qué parte del todo es inventada o biográfica. Un realismo en suma, que no sólo ha dejado de confiar inocentemente en el poder de la pura reproducción, sino que se dedica a jugar (Seidl lo hace de forma magistral) con lo aparentemente real.
Es un cine que se concentra mayoritariamente —ya sea de manera analítica y distante (Haneke), cínica (Seidl) o empática (Albert)— en la psiquis colectiva deformada por carencias comunicativas, coerciones externas y normas sociales interiorizadas. Este interés por las "vidas mutiladas" desvela al mismo tiempo de forma casual y poco dogmática, un análisis del sujeto del capitalismo tardío. El hecho de que estas cualidades tan "típicamente austriacas" son, a pesar de ese arraigo local, transferibles al resto del planeta no lo demuestra nadie mejor que Haneke, que no sólo financia con fondos internacionales sus obsesiones austriacas, sino que lo hace, además, con estrellas francesas. A nadie le molesta por ejemplo, que la protagonista de La Pianista, retrato pérfido y mordaz de la burguesía austriaca, se pasee por las calles vienesas hablando francés. O que los fantasmas que pululan por Caché bien pudieran representar, en vez del trauma post-colonial francés, la hasta hace poco reprimida "culpa austriaca" en los crímenes del nacional-socialismo.
Lo que está claro es que nadie es profeta en su tierra. Mientras que fuera de sus fronteras recaudan premio tras otro, su papel en las salas de cine austriacas es prácticamente inexistente. Del 2000 al 2005, la cuota en pantalla de la industria nacional tuvo un 2,2% de promedio (el año pasado un vergonzoso 1,3%). Comparado con el 15,8% de España o, por ir más lejos, con el abanderado 40% francés, lo que asombra es no encontrar un desierto de sal. Y es que la industria cinematográfica austriaca sólo sobrevive porque no existe como tal. La ausencia de grandes productoras interesadas en fomentar este tipo de cine, ha dado paso a un escenario variopinto de productoras sin apenas medios que, precisamente por la imposibilidad de tener gran difusión en el mercado, se pueden permitir el lujo, y, de hecho se lo permiten, de perseverar sin tapujos en su visión artística en vez de prestar atención a las cuotas y exigencias del mercado, dominado por el cine comercial y en el que simplemente no figuran.
Y quizás es este método la clave del boom de los últimos años. La mayoría de los jóvenes realizadores están agrupados en colectivos de producción. Con ello consiguen realizar sus proyectos y tender sus redes en aguas internacionales, mayoritariamente en el este y el sureste de Europa. Así encontramos en el trasfondo de la película bosnia ganadora del Oso de Oro de Berlín Grbavica, tanto de manera estructural como personal (cámara, corte, parte del guión) a la productora "Coop99" de Barbara Albert.
La reunión familiar da frutos: el papel de la "Diagonale"
Este "milagro cinematográfico" no se podría concebir sin el auge del festival "Diagonale". Un certamen casi exclusivamente nacional que, después de unas cuantas tentativas fallidas en Wels y Salzburgo, se ha establecido desde 1998 permanentemente en Graz. Desde entonces, y tras los años de vacas flacas, no sólo ha conseguido salir a flote, sino que ha encontrado, en la segunda ciudad más grande de Austria, un terreno fértil para evolucionar y dar frutos. Actuando como escaparate y trampolín del cine nacional, la "Diagonale", ha logrado superar el difícil espagat entre los diferentes sectores, y eso a pesar de que las reducidas dimensiones del biotopo creativo hubieran podido convertirla en una reunión familiar llena de palmaditas en el hombro. Por un lado, es el abanico, desde el documental a las películas, pasando por el corto y el cine experimental, que ofrece, una vez al año, la tan necesitada plataforma para los profesionales del cine. Por el otro, está constantemente respaldada por un público, cada vez más numeroso, que no duda en apretujarse, incluso en las sesiones de madrugada de cine de avantgarde, en colas sólo vistas en el estreno de algún "blockbuster".
Cuando el arte no se deja instrumentalizar, o no lo hace de acuerdo con los que mandan, tiende a tener conflictos con el poder. Cuando en el año 2000 el partido ultraderechista de Jörg Haider formó la coalición de gobierno, un hervidero de protestas y vídeos de agitación empezaron a circular en torno al festival que no dudó en sacarse de la manga, en unas pocas semanas, un programa alternativo bajo el lema "Die Kunst der Stunde ist Widerstand" ("El arte del momento es resistencia"). En el catálogo del festival aparecía una petición firmada por los profesionales del cine exigiendo la dimisión ipso facto de la coalición. Ésta, hizo un pequeño amago de congelar los premios subvencionados pero la sangre no llegó al río, de momento.
El gobierno mitómano que todavía se lamía las heridas de la vergüenza, encontró en el 2004 su posibilidad de comerse el plato frío de la venganza. El festival se encuentra en la cúspide de sus éxitos, extiende sus brazos hacia la Europa del este, empieza a tener reconocimiento internacional … pero el contrato de la dirección no se renueva. La gente del gremio hace piña y no acepta el golpe bajo. Se niegan a reconocer a la marioneta de turno, se amotinan, boicotean el festival y uno tras otro retiran sus películas de la competición. El hambre agudiza el ingenio y así nace, sin ningún tipo de medios económicos, la "Contra- Diagonale", la alternativa al títere comercial. El secretario de cultura se tiene que tragar la humillación de un festival sin material que exhibir. Se baja los pantalones y los cineastas eligen sucesor. La "Contra-Diagonale" será el único festival del 2004.
Por fin, Diagonale 06
Un año más tarde, una "Diagonale" con poder de autodeterminación salía del horno, aunque el cambio de dirección dejara las secuelas de un repentino bajón en la calidad de las muestras exhibidas. Bajón que no ha impedido volver a verla aparecer este año en todo su esplendor. Y es que, la "Diagonale 2006" nos ha deleitado, esta vez, con una pequeña pero escogida selección de películas, aunque el protagonista indiscutible de la muestra haya sido el documental (20 de cada 30 de las producciones que actualmente están en rodaje pertenecen a este género). Entre las primeras, Caché, Grbavica y el estreno de Kotsch, una acertada tragicomedia que consigue aprovechar con inusitada ligereza, el colorido local de una pequeña ciudad austriaca de provincias. Una trama que gira alrededor de la falta de expectativas de un grupo de amigos rondando la treintena y en la que cabe destacar el excelente guión de un polifacético Gregor Stadlober, la nueva revelación, con premiadas dotes como guionista, y, desde "Crossing Europe 06" ( el festival internacional en Linz) también como director.
Paul Rosdy conduce al público con su documental Neue Welt a un viaje empañado de nostalgia en busca de las huellas históricas por el mapa de la monarquía de los Absburgo. Sumándose así a la tendencia de la "nouvelle vague" austriaca que ya lleva un tiempo desvelándonos su inquietud por extender su mirada fuera de las fronteras del país. Esta inquietud, antes reducida a la Europa del este, sobre todo la antigua Yugoslavia, va ampliando su foco de actuación al resto del planeta.
Así encontramos de nuevo el tema España, ya tratado en el 2005, cuando en Santa Cruz por ejemplo Günter Schwaiger y Hermann Peseckas se ocupaban de la exhumación de las fosas comunes del franquismo en un pequeño pueblo de Burgos y que se presta, esta vez con España, última esperanza. Apuntes de una odisea (Karin Helml y Hermann Peseckas) —un retrato de brigadistas austriacos en la guerra civil—, a poner su granito de arena en la recuperación de la memoria histórica. Documentales que se podrán ver en el ciclo "Imágenes contra el olvido" en los Institutos Cervantes europeos y próximamente en la Filmoteca Nacional. Y es que detrás de esa ampliación del radio, se esconde la apremiante necesidad de ampliar la reflexión política, de seguir poniendo el dedo en la llaga, aunque ésta sea la de una herida lejana. Un abanico de documentales que ya no se definen exclusivamente como vehículos conductores de la "otra opinión pública", sino que se abandonan al valor informativo de la imagen.
Redención, mataderos y productos bio
El peligro de que una estética magistral brille en detrimento de la curiosidad analítica es grande. En el documental Workingsman’s Death, que rastrea a través del globo la pervivencia del trabajo físico tras la caída del ideal soviético del héroe proletario Stajanov, el realizador Michael Glawogger evita plantearse la pregunta del condicionamiento o las correlaciones económicas. Lo que a él le interesa es más bien, la dignidad que late —en su sencillez poética, lejos de la producción industrial y de la apoteosis socialista— bajo el duro trabajo físico.
Glawogger nos presenta a sus "héroes del trabajo" repartidos por cinco lugares del mundo: mineros ucranianos arrastrándose en su miseria para robarle el carbón a unas minas que antes eran el orgullo de la Unión Soviética; joviales nigerianos en un matadero apocalíptico envuelto en una nube de humo, sangre y cadáveres; cargadores de azufre en Indonesia gimiendo bajo el peso de sus cestas de mimbre; trabajadores de los astilleros en Pakistán desguazando monstruosas moles de acero, o los de una fundición en china luchando con bocas de fogones llenos de chispas . En este panóptico, Glawogger convierte —con una estética sublime y excepcional— el concepto del trabajo arcaico en un cínico anacronismo.
En el siguiente documental el "trabajo físico" ha desaparecido prácticamente. En unas secuencias de planos cuidadosamente elaboradas, Nikolaus Geyrhalter nos muestra en Unser Tägliches Brot (El pan nuestro de cada día) robotizados flujos de producción en las fábricas, granjas y mataderos de Europa, en los que el trabajo humano no es ni indispensable, ni apenas necesario. Un estudio sobrio sobre la industria alimenticia en el que Geyrhalter también confía en el poder de las imágenes. Sin palabras, sin incriminar ni culpar, reproduce la monotonía estéril de una fría maquinaria de producción que convierte a seres vivos en alimento. Aquí tampoco se intenta moralizar ni señalar con el dedo, sino, tal y como afirmó en una discusión con el público: "tan sólo dar testimonio de un fragmento de nuestra civilización".
Una instantánea de los procesos de globalización nos ofrece otro documental con una temática casi idéntica, pero tratada de forma prácticamente opuesta. En We feed the World, Erwin Wagenhofer nos presenta un denso retrato de la transformación de la industria agraria: montañas de pan que acaban en los basureros de Viena; invernaderos de hortalizas en Almería; plantaciones de soja en Brasil junto a las que convive la más absoluta miseria … Wagenhofer nos arroja una madeja que abarca hasta el más recóndito rincón de la tierra y que, siguiendo una lógica inexorable, se desenreda sólo al final, tras la entrevista con el jefe de Nestlé Peter Brabeck, pero que abandona al consumidor de nuevo sin respuesta, ya que : "La redención", comenta Wagenhofer, "no nos llegará de manos del agricultor biológico".
Los premios se los llevaron dos muestras de la calidad humana: Exile family movie, de un joven Arash, y Babooska, documental "road movie" sobre el desesperanzado día a día de una familia de titiriteros ambulante, en el que Tizza Covi y Rainer Frimmel aciertan a convertirnos en miembros de la misma. Dos largometrajes sin glamour ni luces de neón como el festival "Diagonale" que es un certamen sin alfombra roja ni estrellas-divas, tan poco pretencioso como las películas que en él se exhiben, prefiere dejar espacio al desconocido cortometraje, antes que dormirse en los laureles de los éxitos internacionales. El premiado Caché, que volvió a ser galardonado, fue relegado a un discreto segundo plano para dejar paso a todo aquello que carece de foro fuera del festival. La "Diagonale" consigue sin duda, aglutinar estilos, público y géneros en un equilibrio que la convierte en única en su género y merecedora por lo tanto, de seguirse con atención. |
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