39 grados y un montón de huesos
Llegó el verano. Ellas lo saben y te saludan desde las aceras requemadas, como espejismos de algodón, aftersun, gafas negras y piernas de seda recién depiladas. Tú no sabes muy bien porqué, pero les devuelves la sonrisa como si el tema fuese contigo, sin preocuparte por el novio que les aguarda en doble fila con el 4x4. No es por lo que muestran, sino por lo poco que esconden… ¡bendito calor!
El cine que llega en estío carece por completo de interés (a excepción de ese primoroso reestreno de un Renoir, ¡agárrense!), pero la necesidad de disfrutar de dos horas de aire acondicionado hace que hagamos locuras sin par, invernando en salas con temperaturas próximas a las de crionización. No hay dolor, no hay dolor.
Lean, lean con sorbete de limón u horchata de chufa, que hoy el cronista se ha puesto de un autobiográfico que da asco…
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Apología de la mudanza.- Este mes cambié de casa, abandonando los parabienes del matriarcado y, por lo tanto, infringiéndome una merma irreparable en mi calidad de vida. Joer, ya, ya sé que a ustedes esto se las trae al pairo. Recuerden que sólo echamos mano de avatares personales cuando queremos justificar algo, hacernos perdonar qué se yo. En ello estoy.
Les voy a hacer una confesión que le quitará bastante poesía a este pasatiempo mío para MdC: la presente columna se confecciona de manera semiclandestina, en los descansos de mi rutina diaria, mientras los compañeros de este mundo feliz en el que habito (y que tanto se asemeja al horizonte vital de Jack Lemmon en El apartamento) se fuman un cigarrillo, bajan a comentar las razones por las que fue eliminado tal equipo del mundial o las razones —sin más— de la mozuela que ilustra el desplegable mensual de la revista Man (no tengo nada en contra de los pajilleros, pero no soporto a los exhibicionistas).
De esta manera me siento en parte identificado con el bueno de Kafka, funcionario amargado que conseguía robarle tiempo a la nada en que laboraba en aras de la literatura (bien, lo sé, lo sé, él era un genio y yo un vil juglar… ¿no pueden rebajar sus niveles de crueldad mental durante un solo párrafo?)
El hecho es que un cambio de residencia (en mi caso, un cambio de zulo) me planteaba algunas incógnitas. ¿O qué creen, que no es importante el entorno en el que uno escribe? ¡Y tanto!
Les sigo contando el proceso de manufactura de los 'pajaritos’, para regocijo propio y escarnio de los asiduos a talleres de escritura. Después de la pre-elaboración, arrejuntando flashes, sensaciones o estados de ánimo que no siempre tienen por qué estar relacionados con el mundo del cine (¡Dios me libre!), procedo al ensamblado final, pulido o afinado de un material que en bruto —créanme— da bastante grima.
Cargo pues con el diskette —no acabo de acostumbrarme a los dispositivos USB, qué quieren que les diga... eso de meterle algo al ordenador por una ranura tan estrecha tiene algo de forzado, de violento e irreparable— y me lo llevo al dulce hogar, con la intención de hacer más llevadera la digestión vespertina.
¿Cómo era y cómo es mi nuevo "entorno"? Antes, una galería vecinal, plagada de extraños sonidos: el 'Opá’ sonando a toda mecha, un altercado doméstico por cierta divergencia sobre cómo debe atarse la bolsa de la basura, los ecos de un orgasmo anónimo que se colaba por los resquicios de la ventana del patinejo… todo muy coyuntural y costumbrista. ¿Y ahora? Ahora escribo en una habitación de metro y medio de ancha por tres de fondo… a mis espaldas escucho el runrún del frigorífico y frente a mí vislumbro una calle arbolada por donde de vez en cuando se precipita un 'pelao’ subido a su moto retrucada, cadencia dodecafónica que se mezcla con el trance de van Buren o el barroco de Bach (sí, también soy muy ecléctico en mis gustos musicales).
La cosa funciona. Temí que la muñeca se me agarrotase, que la materia gris se me hubiese resecado en el entreacto. Lo segundo es opinable, lo primero… no, todavía hay ganas. Las palabras se acumulan y la noche avanza sin aparente esfuerzo. Todo sigue igual, aunque ahora me basta dar dos pasos para servirme un zumo. ¡Algo bueno tenía que tener la precariedad!
Punto y aparte y de cabeza al cine.
Mutantes inmortales buscan profesor superdotado.- La patrulla X marveliana parece cerrar ciclo cinematográfico con su tercera entrega… hasta que renueven derechos, naturalmente. Cuando hay dinero por medio, ¡la gente se vuelve tan civilizada! En X men 3 hay nuevos bichos raros, decisiones importantes a la caída del sol, conflictos personales más propios de Sensación de Vivir y hecatombe en San Francisco con Golden Gate convertido en material de derribo incluido. Magneto y Carlos Xavier se revelan demasiado importantes para la franquicia, que decide guardárselos en la manga para posteriores resucitaciones. Por lo que pueda pasar. Estruendosa y esquemática en lo argumental. Cine de hoy, qué duda cabe.
La chinoise.- Hablar mal de Godard en ámbitos cinéfilos es casi tan peligroso como mofarse de Mahoma en la prensa escrita. Chungo, chungo… pero necesario, porque al fin y al cabo Jean-Luc es un tipo que hace cine y poco más (de momento no se sabe de ningún sanamiento por imposición de manos achacable a su persona). Pido perdón por anticipado a quienes consideren esto que viene a continuación como una ofensa personal, un insulto a Francia o una prueba de alta traición esgrimible ante cualquier tribunal inquisitorial con sede en la Cinemateque. Avisados quedan… ¡no sigan! ¡Atrás! ¡Va de retro!
Se estrena en pantalla grande (aunque en formato pseudo-cinematográfico) una muestra más de aquél cine coyuntural, político (sinónimo, cuarenta años después, de caducado) y supuestamente rupturista que a tantos conquistó en su momento. El era (es) Godard y cada una de sus películas, un acontecimiento elitista sin parangón.
Para mí constituye un misterio inasible el que nadie pueda llegar a disfrutar con el cine de este hombre, cuyas mayúsculas aportaciones al séptimo arte se me escapan. Desde su Al final de la escapada hasta Elogio del amor. Cada vez que vuelvo a concederle una oportunidad, me tumba con su encadenado de frases célebres, empanada intelectual de cuatro pisos y triple de cebolla.
En la misma línea, La chinoise logra incluso sonrojarme. Ni la presencia del truffautiano Jean-Pierre Léaud logra despertar el más mínimo interés por esta… ¿sátira? ¿denuncia disfrazada de majadería? ¿ajuste de cuentas? con un tiempo que fue el suyo, con una realidad de la que él formó parte, aunque eso no parezca importar, parapetado como de costumbre tras su muy conveniente fachada de.. ¿’progre’ curado de espanto? ¿Monologista en paro?
Para algunos, Godard: siembre combatiente, siempre provocador. Para mí, un palizas sin igual, de los que todavía creen que se puede abrumar culturalmente al otro, lanzándole a la cabeza los tomos de La Enciclopedie. Con su pose, con su desprecio, con su qué se yo… y lo que es peor, con su legión de seguidores que parecen no perdonarse a sí mismos el no haber estudiado en la Sorbona.
Jet Li, colaboracionista.- Son tiempos de Olimpiadas y orgullo nacional en la China. Igual que el reeganismo elaboró sus propios filmes-panfleto (¿recuerdan al Clint más carca, el de Firefox, Impacto súbito o El sargento de hierro?), el viejo régimen busca legitimarse recurriendo a los trucos de siempre: un pasado glorioso, resistencia frente a un occidente opresor (¡habemus Enemigo!) y respeto por la tradición, madre de la sabiduría y prima hermana del totalitarismo.
Fearless destaca por una inusitada carga ideológica, un nacionalismo risible y un elogio barato de lo colectivo frente a lo individual. En definitiva: una crítica al capitalismo proveniente de un país que no sabe muy bien hacia donde tirar (¡como si tuviese realmente elección!), pero dispuesto en el ínterin a sacar de paseo a la momia de Mao, de haberla.
En fin, una de arte marciales rodada por la Riefenstahl. Eso sí, la parte de las patadas está bien, ¿eh?
Tomás está enamorado.- ¿Qué de qué va esta? Se trata de una curiosa cinta francesa de hará cosa de unos cinco años, dirigida por el debutante Pierre-Paul Renders (no, yo tampoco tengo el placer…)
La historia se nos cuenta a través de la pantalla del ordenador de Tomás, un tipo que lleva la friolera de ocho años encerrado en casa, sin más contacto con la realidad que su terminal. Conoceremos así cuál es su rutina diaria: conversación con el psicólogo, pedido de comida, un poquito de cibersexo, la inevitable llamada de mamá... un simulacro de vida a través de la red, en un futuro tan indeterminado como cercano en lo esencial.
Este hombre burbuja que ha decidido abandonar a todos los efectos este mundo, acepta su confinamiento con resignación, achacándolo a una agorafobia más o menos aguda. Nada parece motivarle lo suficiente como para dar el paso definitivo: cruzar el umbral de la puerta y caminar sin más hacia la luz del día. ¿Nada?
A pesar de un final harto convencional, Tomás está enamorado (enmarcada dentro de la propuesta 'en cine por 14 días’, o cómo lograr estrenar filmes de otros pelajes en Madrid y Barcelona) es un ejercicio desarrollado con pocos medios y mucha imaginación, revelándonos una vez más la extraña fuerza que tiene el plano fijo (además dándoles oxígeno a los fans de Sokurov… ¡si es que no aprendo!).
Shohei Imamura y Joaquin Jorda: RIP.- Se fueron, sí. No diré que inopinadamente, pues cuando se tiene un cáncer terminal o se bordean los ochenta tacos es de esperar que te llegue el turno (por mucho que te hagas el distraído y pretendas haber olvidado cuándo pediste la vez). Y es que esta es una cola en la que -convendrán conmigo-, pocos quieren avanzar posiciones…
Joaquim Jordà tenía el equipaje preparado desde hacía ya 10 meses, cuando renunció a mal morir entre quirófanos y tortuosos efectos secundarios. La suya fue una decisión valiente, coherente con su estilo de vida, con sus películas y la elección de unos temas que jamás le hicieron un director masivo. Poco más de una docena de filmes en 45 años, historias poderosamente personales (¿alguien más se ha atrevido a abordar las enfermedades mentales desde un punto de vista cuasi-autobiográfico?) y un alegato por la libertad y contra las componendas titulado De nens. Un inconformista que no pudo recibir el reconocimiento merecido, estando como estaba a la greña con el poder y sus pútridas inmediaciones. Una vergüenza más para esa Catalunya —que no es la mía— de Estatut clasista, coche oficial y piscolabis en Pedralbes.
De Imamura recordaré su balada, aquella que resonaba en las cumbres del Narayama, donde se retiraban los ancianos a mal morir. Con todo su tremendismo, con toda su voluntad antropológica. O aquella Lluvia negra (no confundir con el high concept que se marcó Ridley Scott aquél 1989), la mejor película sobre lo ocurrido en Hiroshima y, sobretodo, los duros años posteriores.
Pero es que Shohei conoció una vejez envidiable, legándonos pequeñas piezas de cámara rebosantes de un estilo claramente imitado por otros más 'modennos’ (Kim Ki-duk, sin ir más lejos). Se hace difícil de creer que un heptagenario fuese el firmante de La anguila, Dr. Akagi, Agua tibia bajo un puente rojo o su episodio para el batiburrillo colectivo 11'09''01.
Colleja a Cinexilio.- Y que conste que les leo asiduamente… pero está muy feo eso de censurar opiniones, por muy en desacuerdo que se esté con ellas.
Seguí con interés el debate abierto en torno a nuestro especial de la crítica, disfrutando —por qué negarlo— de algún que otro posicionamiento no especialmente favorable hacia alguno de los entrevistados. Como bien dije, había para todos: incluso me vi salpicado por la prosa irreprochable y la sabiduría sin límite del temible Mr. Kane, posiblemente el forero que más sabe de cine de cuantos pululan por la web, y a quien debo una de las mejores definiciones sobre mi persona: «(…) el típico destroyer tratando de ser muy agresivo y de "épater le bourgeois", a base de decir tonterías aparentemente a contracorriente». ¡Bingo!
Cuál fue mi decepción al repasar lo escrito, poco antes de cerrar la edición del número anterior de MdC, y comprobar que los desvaríos (o no, que todo es defendible) de un tal Julito habían sido amputados, dejando coja parte de la discusión —que no era tal— y convirtiendo el esforzado intento iconoclasta de un lector en… un silencio sin sentido.
Lo que hay que hacer por guardar las apariencias… ¿tanto miedo dan algunos apellidos?
[Post scriptum a 14/07/2006] Sobre comentaristas sin fundamento ni conocimiento (sí, cierto tono autobiográfico).- Mantenía uno en el párrafo anterior que su foro favorito olía a podrido, achacándolo a un episodio por dilucidar, que en mi ignorancia supina achacaba a oscuras conspiraciones, manos negras y confabulaciones masónicas vallisoletanas (vale, vale, dejaré de ver Los Soprano en breve…)
Manuel Ribera vino a corregir mi desorden mental: «Todos esos mensajes que señalas como amputados, censurados, suprimidos, etc... del forero Julito fueron editados por él mismo, en un arrebato de auto inmolación llevado a cabo por él mismo, supongo que inducido por una rabieta transitoria del que aún en Cinexilio no nos llegamos a explicar».
Señores: el que mucho habla, mucho yerra. Discúlpenme los aludidos con denuedo, olviden con gallardía, elidan por compasión.
Aunque no lo duden: no será esta mi última equivocación, ni mi penúltimo patinazo... ¿será que en fondo me afectaron más de lo que yo creía las palabras de Mr. Kane? [Nota: consultar con el psicoanalista. Evitar delirios de grandeza en público. Hacer acto de contrición. Demostrar propósito de enmienda.]
Mientras haya hombres: sobre el pecado capital de las comedias románticas.- Rescato este olvidable filme plagado de tópicos: tríada de cuarentonas con profesiones liberales y en interminable crisis, amores entre una profesora madura (la MacDowell con 40 está igual de apetecible que con 20, pero en fin) y su ex-alumno, confabulación femenina, vuelta al redil, expiación del pecado…
Lo increíble es que una historia así se vendiese con la etiqueta de comedia romántica. Mientras haya hombres (firmada por un tal John McKay) no sabe si ser drama o comedia ligera: sus personajes sienten una delectación especial en competir por ser la más patética del grupo, ejercitando la terapia de grupo en torno a dos tótems femeninos: los cleenex y las barritas de chocolate. Al mismo tiempo, se cuenta una trágica historia de amor pretendidamente atemporal… ¡aclárense, guionistas!
Lasseter continúa agrandando su leyenda.- ¡Y pensar del desprecio institucionalizado que hace poco más de una década cosechaba indistintamente cualquier película de animación! La revolución acontecida es gigantesca: de filmes coyunturales de temporada, a nominaciones a los oscars (y no sólo en su categoría específica). Año tras año se cuelan en cualquier top 10 contrastado, demostrando que la era digital les sienta maravillosamente bien a los 'dibus’. Cars —como ocurría con Los increíbles o Buscando a Nemo— es un prodigio técnico que te deja boquiabierto, alucinando con el estado actual de la tecnología —hasta la próxima entrega que, evidentemente, superará holgadamente a la presente—. Magnífica caracterización de personajes, montaje cinematográfico, tempo perfecto… ah, y ese corto marca de la casa con el que arranca siempre el espectáculo. ¿Alguien se atreve a seguir manteniendo que la animación es cosa de niños?
Réquiem por Juan Pablo Rebella.- Hoy terminamos fúnebres, pero es que se impone el negro. Con la columna ya escrita, fuera de plazo, leo en una de esas apresuradas notas de prensa que tan poco dicen pero que tanto daño hacen que Juan Pablo Rebella, codirector de Whisky, eligió dejar este mundo por su propia voluntad, en la complicada compañía de sí mismo, quién sabe si de madrugada.
Tenía mis mismos años. Treinta y dos. No supo esperar siquiera uno más, para dejarlo en la edad de la crucifixión, tan mistificada. Su personalidad (y la de su cofrade, Pablo Stoll) deslumbraron a nuestro director, que tuvo la oportunidad de entrevistarlos en uno de tantos festivales rutilantes.
No, no lo conocí. ¿Por ello debería de afectarme menos? Creo en ese ente tan difuso llamado humanidad, en lo que un chorra llamaría "las personas humanas". Firmemente. Considero que la inteligencia o el talento de unos pocos sustentan la parte más importante de nuestras existencias. Y también pienso que ese éter intangible va a menos, que no le pasa como a la energía, que sí se crea y sí se destruye… y que pocas veces se transforma.
Unos dos años atrás, Whisky me sorprendió vivamente. Le dediqué una crónica elogiosa, pero por encima de todo, profundamente personal (no sé ustedes, pero yo sólo pongo algo de mí cuando el asunto "me llega", cuando me afecta por un motivo u otro). No sé por qué. Por mucho que algunos traten de sistematizar algo tan azaroso como la opinión, todavía no sé porqué prefiero esto a aquello, el verde al blanco, el número 7 al 0, el color de tus pupilas al negro de tu pelo.
¿El fatalismo de sus personajes? ¿La derrota permanente en la que habitaban? ¿La monotonía perversa a la que nos condenamos, yendo y viniendo a sitios a los que no nos ata otra cosa que nuestra falta de ambiciones, nuestro conservadurismo hediondo? Sí, posiblemente fue una mezcla de todo lo anterior. Pero también fue simpatía. Simpatía por alguien de mi generación que había sabido retratar a la perfección un estado de ánimo colectivo. (¿Colectivo, dije? El mío, coño, el mío…)
Es ridículo —amén de inmoral— especular sobre las causas que le llevan a uno a tomar una decisión tan drástica. Y la muerte jamás debería de ser una demostración de coherencia artística, de sinceridad ratificada. Este réquiem, pues, no es un "olé tus cojones", sino un brindis pesaroso por un uruguayo que hizo una película hermosa, en la que puso —al hilo de los acontecimientos— demasiado de sí mismo.
Hasta mañana si Dios quiere, Juan Pablo. |