Bajo la máscara del cinismo

La vida es bella fue un enorme éxito de público en todo el mundo el año de su estreno, allá por 1997. La historia de un padre capaz de engañar a su hijo durante la estancia de ambos en un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial convenció al público (y, cómo no, a la Academia norteamericana) con su calculado potaje entre drama y comedia (un género, el último, que su responsable venía practicando con éxito hasta entonces sólo local) de modo que la fórmula consiguió situar este producto de origen europeo en el mercado del cine de consumo mundial masivo. Sin embargo, algunos no fuimos capaces de identificarnos con aquel film "tierno" y "optimista", y sospechamos que semejante "canto a la vida" escondía en realidad la representación de una mentira dentro de otra mentira, pues Roberto Benigni parecía pretender, como el personaje que interpretaba, engañar al público puerilmente para que aceptase sonriente sus imágenes sobre una realidad moralmente inaceptable. Su último film tras Pinocchio (una película de 2002 que pasó sin ninguna notoriedad), de nuevo con el mismo equipo fundamental de colaboradores, es El tigre y la nieve, la cual incide en planteamientos similares a los del que fue su gran "éxito", si bien creemos apreciar una involución hacia el puro cinismo expuesto ya sin tapujos ni subterfugios argumentales.

Attilio, el personaje principal encarnado por Benigni, es un profesor de poesía enamorad(iz)o ante el que, según parece, las chicas caen rendidas. Todas menos una, la mujer que de verdad ama (y madre de sus preciosísimas hijas), la cual se le resiste, o al menos "al pricipio sí", que decían en La vida de Brian. El film es un encadenamiento de situaciones para que Benigni luzca todo su repertorio de zalamero, charlatán, comediante parlanchín y finalmente tierno buenazo, y todo gira entorno a su omnipresente figura. En una de las películas recientes que más me obsesionan, The Brown Bunny, Vincent Gallo realiza un salto al vacío sin red marcado por un egocentrismo similar al de Benigni en su más reciente film, pues se trata de una obra en la que Gallo copa todas las tareas imaginables, incluida también la de interpretar a un seductor irrefrenable, igualmente en busca de un amor perdido. Empero, mientras el film de Gallo se desliza, pese a su condición de filmación casi primitiva, auténticamente amateurish, hacia la abstracción de sentimientos dolorosos expuestos con una frontalidad brutal, el de Benigni deviene una indigesta mezcolanza de elementos con los que pretende reforzar su propia personalidad como la de un soñador inocente, puro, perdido en un mundo de belleza que sólo él parece poder apreciar, y que sólo a través de él puede ser apreciado por los demás. Tal vez Gallo haya sido capaz, a su manera, siempre al borde de lo tolerable, de hallar inspiración en realizadores con los que ha trabajado como intérprete, caso de Claire Denis o Abel Ferrara, pero lo que es seguro es que Benigni no parece haberse contagiado del espíritu de artistas amigos suyos como Jim Jarmusch o Tom Waits, quien aparece en una secuencia de su film. El optimismo de un personaje como Attilio, al borde del delirio místico más tópico, coincide totalmente con su mirada como realizador, ensimismada en la búsqueda de "imágenes bonitas" que ilustren un mundo inmaculado, puro en un sentido religioso y, sobre todo, autónomo, casi autista.

El film comienza describiendo lo que, según Benigni, debe ser la poesía: un batiburrillo de rancias ideas pseudo-románticas en las que no cabe el sufrimiento; hallar poesía en cualquier parte y del modo más obvio; todo vale siempre que uno salvaguarde su mirada de lo extraño, de lo oscuro, de toda clase de radicalidad. El periplo del protagonista intenta demostrar que su particular sentido de lo poético puede funcionar incluso en el peor de los contextos, ya que Attilio decide viajar a Irak, donde acaba de estallar el conflicto bélico (re)iniciado en 2003. Benigni decide convertir la guerra invisible, el impensable horror irakí, en un parque temático, un background para una comedieta de amoríos y desamores, y se queda tan ancho. El increíble Bagdad que nos muestra Benigni no puede más que ser fruto de la cobardía de quien no quiere "estropear" su mirada impoluta, una especie de virgen invencible a la que no renuncia en ningún momento. En este sentido, las secuencias que acaecen en el hospital donde yace enferma Vittoria son reveladoras de esta siniestra e intencionada ceguera. En el sanatorio, la chica permanece aislada totalmente, de modo que no tenemos que "sufrir" a nuestro alrededor la desagradable presencia de otros enfermos ni la llegada de heridos más graves. El doctor que la atiende, un secundario bufo de la función, como todos los demás por cierto, es un tipo extremadamente afable y candoroso que no parece tener mucho más que hacer que preocuparse por esa mujer europea a la que alojan. Para hacer que ella se sienta bien, Attilio decide ponerle música (como si estuviesen en una clínica privada deluxe) y monta un estruendo sin que, aparentemente, importe nada la tranquilidad de los otros pacientes. En una de sus idas y venidas, el "poeta" descubre a un irakí abalanzado sobre su pichoncito y lucha contra él hasta hacerle huir (se trataba de un ladrón que quería desvalijarla)... ¿hace falta seguir con la enumeración?

Pero esto no es todo, hay más. Benigni intenta sacar partido humorístico de una incursión fortuita en un campo sembrado de minas antipersona, en el que ejecuta uno de esos numeritos histriónicos que tanto le gustan y a los que se les presupone la gracia. Y es que la mayoría de estas "bromas" se basan en el choque y el equívoco cultural. Attilio/Benigni no entiende lo que ve ni a aquellos con quienes se encuentra y considera esta ignorancia interesante desde un punto de vista cómico. A él lo único que le interesa es una persona, él mismo, y las cosas cercanas que prefiere.Y el resto es un escenario para esta ensoñación cínica, como puede apreciarse en la secuencia en la que Attilio y un amigo contemplan arrebatados la belleza del cielo cubierto de puntos blancos de Bagdad. Da igual todo salvo lo que a mí me interesa, salvo lo que amo y comprendo. Attilio consigue salvar a a su chica y volver con ella a casa, un lugar donde es más fácil hallar magia y poesía de la suya, y abandona un Irak en guerra donde sólo hemos visto morir, de forma "espectacular", "desgarradora", (¿"poética"?) a una persona, musulmana obviamente, en un acto suicida en el que Benigni no se para a reflexionar porque, como hemos dicho, a él sólo le importa "lo suyo". Curiosamente, poco después de soportar esta película pude ver en un programa televisivo el anuncio del gobierno estadounidense de intervenir en el actual conflicto entre Israel y Líbano con objeto de evacuar a ciudadanos de su país que había en la zona. El mismo tipo de subjetivismo: salvar lo nuestro y marcharnos sonriendo y sin mirar atrás.

En una secuencia de El tigre y la nieve, vemos unas imágenes televisivas en las que una reportera informa de la llegada de ayuda humanitaria internacional a Irak. Mientras ella habla en primer término, Attilio aparece por detrás de la imagen aparentemente ayudando en la tarea, pues se ha hecho pasar por cirujano voluntario para poder viajar a la zona del conflicto y buscar a su chica. Sin entrar a valorar las implicaciones morales de un acto así (dejar sin un cirujano a un país en guerra porque me apetece ir a Irak a salvar a una única persona), lo cierto es que esta imagen televisiva de la guerra sirve a intereses puramente cómicos y melodramáticos. Cuando la ví, no pude evitar acordarme de Notre musique (un film que suelo citar mucho últimamente porque cada vez me parece más importante, al igual que el resto del cine de su realizador), en la que Jean-Luc Godard de algún modo plantea un largometraje completo con el objetivo de desmontar una sola de estas siempre sospechosas informaciones televisivas así como para ahondar en los motivos de un acto que a primera vista parece fruto de la locura. Supongo que es la diferencia entre quienes se preocupan por escarbar en el fondo de las imágenes y los que no, entre quienes las usan como medio de indagación y quienes construyen con ellas ficciones que no se plantean la dificultad que implica enfrentarse con la complejidad de lo real. Aunque Benigni deliberadamente se escude en la coartada fantasiosa, irreal, lo cierto es que su cinta está construyendo imágenes que muestran cómo es (o se supone que es) lo que no sabemos cómo es, a través de imágenes estilizadas sin compromiso moral, al menos no con una moral racional. Y aunque no se pretenda realista, estas imágenes delatan un cierto posicionamiento ideológico coincidente con el de algunos poderes dominantes, lo quiera o no Benigni. Lo peor de todo es que no da la impresión de que el propio Benigni se identifique realmente con los elementos de su film, sino de que simplemente los pone en juego para tratar de reeditar el aplauso de quienes disfrutaron con La vida es bella. Sea como fuere, su última película me ha causado una tremenda sensación de tristeza y repugnancia (en sentido fisiológico), y este artículo no ha sido otra cosa que un intento de ordenar argumentadamente estas sensaciones. Y créanme cuando les digo que me preocuparía seriamente ser el único que ha experimentado algo parecido tras el visionado de este film.

Por Alejandro Díaz
cartel

Italia, 2005. T.O.: La tigre e la neve. Dirección: Roberto Benigni. Guión: Vincenzo Cerami y Roberto Benigni. Producción: Nicoletta Braschi, Gianluigi Braschi. Fotografía: Fabio Cianchetti. Música: Nicola Piovani. Montaje: Massimo Fiocchi. Duración: 114 min. Intérpretes: Roberto Benigni (Attilio), Nicoletta Braschi (Vittoria), Jean Reno (Fuad), Emilia Fox (Nancy), Tom Waits (Él mismo).