El alumno aventaja al maestro
Después de un más que notable y prometedor segundo largometraje, Alta tensión (Haute tension, 2003), Alexandre Aja ha vuelto a demostrar con Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 2006) que es una de las grandes esperanzas del cine de terror actual. El cineasta francés se ha calzado las botas de uno de los históricos del horror moderno, Wes Craven, para rehacer con éxito una de sus mejores y más olvidadas cintas, Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 1977), película de culto dentro de la serie B setentera, que tan buenos títulos —y tan malos— dio a las estanterías de los nacientes vídeo-clubes.
Aja puede presumir de haberle enmendado la plana al padre de Freddy Krueger con una cinta que llega más lejos que la original en todos los sentidos: más ritmo, más sangre, mejor fotografía y dirección artística y un guión —firmado por Grégory Levasseur y el propio Aja (al igual que Alta tensión)— que sabe cuando debe mantenerse fiel al de Craven y cuando atreverse a volar solo; las mismas virtudes que convirtieron La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, Marcus Nispel, 2003) en un filme mejor incluso que el de Tobe Hooper, con perdón de los puristas y teniendo en cuenta que tanto Nispel como Aja han manejado un presupuesto mucho mayor proporcionalmente que el de sus predecesores.
Una familia de clase media-alta estadounidense (los padres, un hijo, dos hijas y el marido de una de ellas) cruza en autocaravana un desierto del oeste norteamericano, donde hace medio siglo el ejército realizó pruebas nucleares. En los páramos vive un grupo de seres humanos afectado por la radiación, que ha retrocedido a un estado de primitivismo salvaje y que no duda en cepillarse a los incautos que crucen sus tierras. Cuando el inevitable conflicto estalle, también lo hará una pregunta: ¿quién llegará al mayor grado de salvajismo para sobrevivir?
Aja, al igual que Craven, explora la naturaleza violenta y contradictoria de la sociedad norteamericana a través de un grupo de individuos que representan diferentes roles-tipos sociales y que tienen su reflejo más oscuro y distorsionado, pero reflejo al fin y al cabo, en la familia 'nuclear' de las colinas. ¿En qué se diferencia entonces una aproximación de la otra? Fundamentalmente en que Aja dota a la historia de un contexto, el origen atómico de los mutantes, que le sirve para desmarcarse de la original en diversos momentos del metraje con nuevos e interesantes giros visuales, como el del cementerio de coches, y argumentales: la llegada del personaje de Aaron Stanford al pueblo de los mutantes en el último y más brillante acto del filme.
Aunque la versión de Aja es más violenta y descarnada que la de Craven —que también tenía lo suyo—, ha pasado por el inevitable filtro políticamente correcto de los tiempos que corren, con las consabidas pérdidas, que en este caso se centran en el personaje de Ruby. A la más pequeña de los mutantes se le ha liberado de toda la carga erótica y 'lolitesca' que tenía el original al reducir su edad a 7 u 8 años. Si el cineasta galo no hubiera tenido que estar pendiente de la calificación de la película en EE.UU., seguro que habría dado mucho más juego al personaje.
Detalles aparte, Las colinas tienen ojos es uno de los títulos más interesantes del cine de terror de este año y una verdadera puesta al día de su predecesora, a la que se le han limado todos los defectos y potenciado todas las virtudes. Lástima que éste no sea el espíritu habitual del remake. |