El rostro del terror
El cine de terror se encuentra en un estupendo momento. Un nuevo grupo de directores se está encargando de renovar las bases estéticas del género, aportando nuevas perspectivas y radicalizando sus planteamientos. Todos ellos parecen beber de las mismas fuentes, y filtran su concepción estilística a través del cine de los setenta, capturando su espíritu y su forma: seca, áspera, brutal, sin concesiones, que sabe a sudor, polvo y sangre y huele a pesadilla infernal de la que no se puede escapar. Los enclaves o patrones utilizados están claros, y sumergen sus raíces en los imaginarios de Tobe Hooper, George A. Romero, John Carpenter, o Wes Craven.
A partir de este sustrato basal a modo de magma referencial ha surgido una generación que apuesta por la fuerza de un terror que había perdido intensidad tras la repetición de esquemas que proporcionaban las películas de adolescentes atacados por psicópatas enloquecidos. Ahora ya no hay parodia a lo Scream, ni vueltas de tuerca efectistas estilo Sé lo que hicisteis el último verano, sino dolor, sufrimiento, brutalidad gore y muchas dosis de mal rollo. Ellos son Eli Roth (Cabin Feber, Hostel), Lucky McKee (May), Rob Zombie (La casa de los 1000 cadáveres, Los renegados del diablo), Neil Marshall (Dog Soldiers, The Descent), Victor Salva (Jeepers Creepers, I y II), Marcus Nispel (La matanza de Texas 2003) y Alexandre Aja.
Todos son alumnos aventajados, niños prodigio en el arte de producir horrores sin límites, pero el caso de Alexandre Aja es significativo por contar con tan sólo 28 años de edad y ya haber dirigido dos piezas de culto del cine de principios de siglo: Alta tensión y Las colinas tienen ojos, film que nos ocupa y que revisiona de manera portentosa el clásico de Wes Craven de 1977.
En los últimos tiempos han sido muchos los remakes que se han perpetrado de manera indecente. Sólo tenemos que echar un vistazo a la cartelera para comprobar la innecesariedad de un film como La profecía, de John Moore. En los próximos meses llegará a nuestras pantallas otro flagrante engendro: la versión americana en clave adolescente de la obra maestra de Kiyoshi Kurosawa, Kairo (Pulse). Sin embargo, hay que separar el grano de la paja. No todas las revisiones son necesariamente indeseables. Ahí está el caso de la fantástica Matanza de Texas que hizo Marcus Nispel o esta Las colinas tienen ojos de Alexandre Aja. Es más, me atrevo a decir sin ninguna duda, que nos encontramos ante un filme que supera a su original. En realidad se trata de una reformulación del mismo, de forma que no se traiciona ni olvida ninguno de los atributos de la película original, sino que se añaden algunas jugosas modificaciones y sugerencias de cosecha propia. Estamos ante una reconfiguración personal en toda regla. Se nota que hay respeto hacia la obra, admiración e incluso idolatría, y por eso Alexandre Aja no traiciona en ningún momento su espíritu; todo lo contrario, lo enriquece. De esta forma, esta nueva versión de Las colinas tienen ojos se encuentra más perfilada, y su tratamiento es más consecuente con los mecanismos de la acción. De todas formas ambos films se complementan a la perfección, ya que algunos datos que se aportan en uno, se omiten en el otro y viceversa, de manera que resulta de lo más gratificante descubrir las nuevas variantes y sorpresas que se esconden bajo el dispositivo diseñado por Aja.
El primero y más significativo consiste en dotar de una razón de ser a los seres terroríficos que pueblan el desierto de Nuevo México. Si en la obra de Craven la explicación estaba basada en una antigua leyenda irlandesa acerca de una familia de caníbales que se escondían en una mina, aquí se reviste con una contundente crítica a la política militar de los EE.UU. que, a través de las pruebas nucleares que llevaron a cabo en esa zona, provocaron en sus habitantes una serie de deformidades físicas y mentales irreversibles. Ése es el secreto que esconden las colinas, seres monstruosos, devoradores de carne humana víctimas de la incompetencia y la negligencia del propio gobierno de la nación, y que están dispuestos, en la medida de sus posibilidades, a tomarse la revancha haciendo todo el mal posible dentro de su campo de acción.
Ya se sabe: en una película de terror, cuando te desvías de la ruta correcta, nada bueno puede pasar a tu alrededor. Los perjudicados siempre son los mismos, un grupo de jovencitos con las hormonas dislocadas o la típica familia american white trash.
Un matrimonio que celebra sus bodas de plata con sus hijos es la carnaza perfecta para que se desate la locura. Republicanos, católicos, adictos a las armas, patriotas... lo tienen todo para triunfar entre la familia de caníbales capitaneada por Papá Júpiter.
Desde el comienzo, Aja da muestras de su virtuosismo como director, y crea una atmósfera espesa, turbia, en la que late el desasosiego y un clima de progresiva violencia se va acumulando subrepticiamente. Es una cuestión de enfoque. Basta con posicionar la cámara de la manera adecuada para tensionar un plano. Parece una cosa muy fácil de hacer y que debería estar estipulada en todo buen film de género que se precie, pero desgraciadamente pocas veces se consigue. Alexandre Aja demuestra una particular destreza a la hora de planificar cada una de las secuencias, desde la conversación familiar más intrascendente a los momentos de máxima exaltación de la violencia. Al igual que ya hiciera en Haute tension, el director goza recreándose en los detalles, en los pequeños elementos que adornan cada uno de los encuadres para crear un poso de turbación. Sin embargo su puesta en escena no resulta en ningún momento aparatosa o efectista, sino de una sobriedad y una elegancia inusual dentro de un filme tendente a la casquería. Incluso me atrevería a decir que de muchos de los encuadres pueden incluso extraerse delicadas gotas de poesía.
Lo que sí es un hecho probado es la fuerza arrolladora de sus imágenes. Nadie puede escapar al implacable ritmo secuencial que imprime Aja, a la contundencia expresiva de su maquinaria visual, a la sagacidad con la que traza el mecanismo narrativo poniendo a su disposición de manera ajustada y precisa cada uno de los recursos fílmicos que tiene a su alcance para conseguir una depuración estilística sin precedentes dentro del cine de terror actual.
Ahora, eso sí: no nos ahorra ni un solo detalle escabroso. Tan sólo recuerdo un aliviador fuera de campo en el momento en el que el perro Beast se abalanza contra uno de los miembros de la familia de los horrores. La angustia es por tanto constante, no hay instantes de respiro en esta desatada lucha sangrienta por la supervivencia.
Finalmente la civilización pierde su batalla, y el hombre debe animalizarse y sacar sus más bajos instintos asesinos si quiere salvar su pellejo y el de aquéllos a los que ama. En la contienda de la vida todas las armas son posibles, uñas, dientes... pero la más eficaz es la inteligencia. Y Las colinas tienen ojos la derrocha a raudales.
NOTA: En la peli de Aja, la tribu de dementes se encuentra menos perfilada que en la realizada por Craven, sin duda de manera deliberada. Lo único que echamos en falta es una mayor utilización del patriarca que encarna Billy Drago. No porque nos interese lo más mínimo el personaje en sí, sino por el propio Billy Drago, reivindicado en los últimos tiempos como un actor de culto. Sólo hace falta ver la nueva pesadilla de Takashi Miike, Imprint, para que nos demos cuenta de porqué merece ocupar el nuevo trono de la psicotronía casposa. |