Luminosa inactividad

Si Whisky (2004) significó para sus autores un reconocimiento crítico masivo y una importante cosecha de premios en festivales de todo el mundo, 25 Watts, el debut en el largometraje de Stoll y Rebella fue en su momento la muestra tangible de que un "cine uruguayo" también era posible.

Es que antes de 25 Watts hablar de cine uruguayo era un insulto a la razón, era nombrar una entelequia. En Uruguay se filmaban hasta entonces un promedio de dos largometrajes al año, en su mayoría pretenciosos, aburridos o sencillamente mediocres, quizá con alguna aislada excepción aceptable. Luego de una seguidilla de experiencias traumáticas, los jóvenes uruguayos le rehuíamos a los estrenos locales como a la peste, y dar de pronto con esta película fue entonces un estímulo y una revelación enormemente gratificante.

foto

Quedaba demostrado que la escasez de recursos no era necesariamente un impedimento para lograr una excelente película, y además, resultaba admirable que el estado de ánimo que en ese entonces vivíamos muchos jóvenes, nuestra realidad, se plasmara por primera vez en el cine. Adolescentes tardíos hablando nuestra misma jerga y viviendo una monotonía narcotizante, generacionalmente despreciados y semiconscientes de no cumplir con los cada vez más difusos parámetros de éxito que la sociedad exige. La ausencia de horizontes personales y de utopías reflejadas con indiscutible talento y sin ningún tipo de pretensiones en los fotogramas.

Pero a pesar de retratar el tema del tedio y la rutina, 25 Watts no es en absoluto una película lenta o de difícil digestión. La simpatía de los personajes, las situaciones que rayan continuamente en el patetismo de lo cotidiano y los cortos flashbacks que dan cuenta de anécdotas anteriores agilizan y dan vida al relato. Sin duda también juegan fuerte los insólitos personajes secundarios: desde un dueño de un videoclub fanático del porno hasta un repartidor de pizza que siente voces en su cabeza, pasando por un exconvicto desquiciado o un "hippillo" ultramístico, toda una galería de fenómenos componen la multiforme fauna barrial.

Quizá uno de los mayores logros de la película sea el de transmitir al espectador la sensación de estar "entre" los actores, como un personaje más. Se denota un importante énfasis en la dirección de actores, de la cual se encarga en particular Juan Pablo Rebella (1), y el guión escrito por ambos directores parece calcar frases de la vida real. Sólo en la más irrelevante charla cotidiana se pueden escuchar sentencias pedorras como "las porno es la vida, la vida hecha realidá", o "perro en psicología quiere decir que sos medio puto" o "no puedo, estoy con el tema este del zapping". No aparentan ser las frases corrientes con las que suelen escribirse los guiones.

foto

Si bien en Barrio (2) (Fernando León de Aranoa, 1998) se presentaban tres adolescentes apáticos y desencantados que deambulaban en busca de cualquier cosa que los ayudara a romper con el aburrimiento y la rutina, el cuadro de 25 Watts es, en algunos aspectos, más desasosegante aún. En primer lugar, los tres protagonistas ya han alcanzado la veintena, edad en la que los jóvenes de clase media suelen tomar o ya han tomado decisiones vocacionales, se vuelcan en emprendimientos laborales más o menos prometedores, o planifican su independencia. Aquí ni en miras. Por otra parte, si bien los púberes de Barrio daban muestras de vitalidad y salían al cruce en busca de esparcimiento, en 25 Watts el desgano ha ganado más terreno en estos jóvenes, anclándolos en una semi-inmovilidad febril y desalentadora.

La falta de iniciativas en los dos protagonistas mayores, Javi y Leche (Jorge Temponi y Daniel Hendler), se traduce en esta economía de movimientos que han asimilado y aplican minuciosamente. Javi prefiere no cambiar los canales de su televisión a estirarse y buscar el control remoto de debajo de su cama, en la cual está acostado. Leche atropella a Javi al dirigirse a la puerta, para no tener que dar la vuelta al sofá, ya que "es más corto de ese lado, cuatro pasos menos".

También hay ahorro de palabras: en lugar de "voy al baño" es sólo un "baño" y en vez de "hacéme de antena" un simple "antena, paja". No parece haber tampoco ganas de pensar. Las ideas que de ellos surgen tienen la intensidad que señala el título. Leche va a dar por sexta vez el examen de italiano (3), una materia que viene arrastrando desde hace años, y vistas las energías que en ella vuelca, es de suponer que la va a volver a perder. No se trata de que los personajes sean unos absolutos incapaces, sino que probablemente no encuentren ningún incentivo para no serlo.

Tampoco parece haber ejemplos a seguir en 25 Watts. Los padres de los protagonistas no figuran o están de vacaciones. El único personaje de importancia que se puede acercar a la edad de sus padres es el veterano Héctor, quien habla de progreso cuando está a cargo de un pobre autoparlante barrial. Vale aclarar que Uruguay es un país de población envejecida, donde existen altos índices de deserción juvenil (el hermano de Seba, el "marmota" se fue a vivir a Estados Unidos, sólo un caso entre otros miles). Los estudios hace tiempo que no aseguran una salida laboral y no son pocos los universitarios desocupados o los que deben trabajar en algo que no tiene nada que ver con su vocación.

Pero lo importante es que más allá de los datos locales, el cuadro de 25 Watts trasciende sus fronteras inmediatas. No es novedad que hoy se han globalizado algunos de los problemas que décadas atrás parecían ser patrimonio exclusivo del tercer mundo, como la inseguridad laboral o el estancamiento económico. El aire de desencanto que emana de los personajes en esta película bien se puede emparentar con el de la mexicana Temporada de patos (Fernando Eimbcke, 2004), la taiwanesa Viva el amor (Aiqing Wansui, Tsai Ming-liang, 1994), la francesa El odio (La haine, Mathieu Kassovitz, 1995), la española Barrio. La insatisfacción no conoce fronteras nacionales, todos podríamos ser Javi, Seba o el Leche.

foto

La repetición y la circularidad ya parecen ser rasgos autorales de Stoll y Rebella y tienen un papel central en 25 Watts (4): Javi y la novia comparan su relación con "estar en la rueda gigante" o con "la calesita", el hámster no para de girar en la rueda de su jaula, el disco rayado y el autoparlante repiten una y otra vez lo mismo, la cámara da paneos circulares en un cuarto y en el barrio semidesierto. La película se abre y se cierra con el Leche pisando mierda, algo que interpreta como una indefectible señal de mala suerte y le saca de quicio. Cuando la vida ya es de por sí insatisfactoria una mala racha puede llegar a ser funesta.

El final abierto deja a disposición del espectador la resolución del cuadro. Si la circularidad se transforma en declive atrofiante o si los protagonistas logran de alguna manera romper con ese embotamiento depende de la visión de cada uno. Lo que es seguro es que 25 Watts deja ese sabor agridulce que logran transmitir sólo algunas grandes películas, la sensación de haber disfrutado de la historia, pero además, de quedar con un hueco en el estómago.

Se viene hablando de una "nueva ola" en el cine latinoamericano que engloba al cine argentino, uruguayo y chileno actual, y que ha dado muestras de innegable calidad. Aún suena arriesgado hablar de un "cine uruguayo", pero 25 Watts, Whisky y la brillante La perrera (Manolo Nieto, 2006) ya conforman un corpus sólido que viene dando, con justicia, bastante de qué hablar. La comparación con el cine argentino es absolutamente disparatada, y más si se tiene en cuenta que hoy Argentina está forjando una de las mejores cinematografías del mundo. Vientos de renovación que reclaman cada vez más una mirada atenta.

(1) Mientras Pablo Stoll se ocupa más de los detalles técnicos, Rebella se orienta a la dirección de actores. Los guiones son elaborados por los dos en conjunto, y en el caso de Whisky, en colaboración con Gonzalo Delgado.

(2) Pese a que Barrio y 25 Watts tienen varios puntos en común, Stoll asegura que él y Rebella no habían visto Barrio en el momento de filmar 25 Watts. Además el guión ya estaba escrito en 1996 y en Uruguay nunca se estrenó Barrio en el circuito comercial. Para 25 Watts el referente inevitable es el cine independiente norteamericano, y en particular los primeros Jarmusch, Linklater y Kevin Smith.

(3) Sin dudas Leche está por terminar sexto de Derecho de la secundaria, una opción que en Uruguay algunos jóvenes toman sólo porque no tienen una orientación vocacional definida y por ser la única que no exige el esfuerzo intelectual de las matemáticas.

(4) La escena en el ascensor en la que el Leche imagina de antemano como va a ser su diálogo con el vecino es un buen ejemplo de cómo expresar el hastío de la monotonía sin necesidad de repetir una misma escena una y otra vez como en Whisky.

Por Diego Faraone
cartel

Uruguay, 2001. Dirección y guión: Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. Productor: Fernando Epstein. Fotografía: Bárbara Álvarez, en b/n. Música: Los Mockers, El Peyote Asesino, Zero, Motivos Navideños, Exilio Psiquico, Buenos Muchachos. Montaje: Fernando Epstein. Sonido: D. Yafalián y S. Cerveñanski Diseño porducción: Gonzalo Delgado. Duración: 92 min. Intérpretes: Daniel Hendler (Leche), Jorge Temponi (Javi), Alfonso Tort (Seba), Valentín Rivero (Hernán), Walter Reyno (Don Héctor, el feje de Javi), Damián Barrera (Joselo, el hijo de D. Héctor), César Herrera (Vecino en el ascensor), Judith Anaya (Abuela de Leche), Federico Veiroj (Gerardito), Valeria Mendieta (María)..