Tres anotaciones sobre Vivre sa vie
1. Delante / Detrás
Perfil izquierdo. El rostro frente a la cámara. Perfil derecho. Retrato policial de una mujer: Nana. Retrato de una actriz: Anna Karina. Retrato necesariamente incompleto, como la música de Michel Legrand: arrancando y deteniéndose alternativamente; fragmentario y discontinuo, alejado de todo naturalismo: absolutamente cinematográfico, profundamente emocional. En sus doce 'cuadros' Jean-Luc comparte generoso con nosotros su visión de Anna encarnando a Nana y si aquel quisiera completar el retrato debería insertar entonces el plano que nos falta: su propio rostro tras la cámara. Falta su contraplano. Anna y Jean-Luc: la pareja, la actriz y el cineasta, marido y mujer. Como Ingrid y Roberto, Dietrich y Sternberg, el amor y el cine. Y Jean-Luc como buen cinéfils, emulando inconscientemente quizás, los pasos de sus maestros, se interroga sobre su relación. Anna mira a la cámara: pregunta, suplica con sus grandes ojos para que ese extraño juego se detenga, pero Jean-Luc no puede dejarlo ahora. Él la sigue, la contempla, la admira mientras baila alrededor de la mesa de billar, pero al mismo tiempo pone trabas a su felicidad, cuestionándola continuamente. Más adelante, en la ficción, Jean-Luc prestará su voz par encarnarse en el único posible redentor de Nana y leerá las palabras de "El Retrato Oval" de Poe, y de cómo el pintor mató a su idolatrada modelo de tanto retratarla y Anna mirará a la cámara suplicante. Si Godard nos enseñó que un travelling es (debe ser) una cuestión moral, aquí, Jean-Luc, nos demuestra que la utilización de una voz, de su propia voz, también puede serlo. El tejido se extiende a un lado y otro de la cámara, estableciendo precisos lazos en torno al cineasta y su modelo. Godard dirá tiempo después: «ella encontraba que le hacía un daño considerable al hacer esta película; ése fue el comienzo de nuestra ruptura. (1)
2. Interior / Exterior
Nana está sola. Pese a intentarlo, no puede querer a su marido ni vincularse totalmente a su hijo —o mejor: a la imagen de su hijo, que ni siquiera se parece a ella en las fotografías—. Nana es como esa bola del pinball que todos lanzan violentamente de un lado a otro y observan con curiosidad dónde conducirá el siguiente rebote. Nana quiere ser actriz y al mismo tiempo trata de librarse de su propia máscara. Nana no tiene dinero y deja que la inviten al cine. Nana interpreta su papel y acompaña a hombres a habitaciones de motel. Paul dice: "Si quitamos el exterior queda el interior, si quitamos el interior queda el alma" y Nana se siente morir. Y Godard quiere ver el interior, el alma, como Dreyer acercándose más y más al rostro de la Falconetti, pero para verla es necesario penetrar capa tras capa hasta llegar al interior, y así poco a poco, Nana se prepara para su martirio.
En el viaje de Nana hasta desembocar en la prostitución cada 'cuadro' de los que se compone el film se cierra con un movimiento de cámara y cada uno de ellos nos conduce con mayor precisión hacia esa búsqueda final del alma. El primero ya ha sido descrito: Nana juega al pinball con Paul y éste le habla del interior, del exterior y del alma; en ese momento una panorámica la aísla en el encuadre, abatida. Tras ella, a través de la cristalera del bar, podemos ver el exterior. El segundo movimiento se produce en la tienda de discos Pathé en la que Nana trabaja: Una amiga le lee el final de una revista romántica "perfectamente escrita", la cámara abandona a las chicas y comienza un movimiento autónomo en una rápida panorámica seguida de un largo travelling en el que desde el interior se nos muestra el exterior, donde de nuevo la vida fluye ajena a Nana mientras la lectura de su amiga habla de retomar el pulso de la propia vida sin tener que sufrir ni llevar máscaras. El tercero de los capítulos supone la ruptura del relato, el punto de no regreso para Nana que deja a su marido e hijo definitivamente, se prepara para su martirio viendo a Juana de Arco mientras un hombre la rodea con el brazo, para acabar finalmente en compañía de otro hombre que pretende hacerle unas fotografías con las que entrar en el mundo del cine. Es tarde, el bar está cerrando y Nana no tiene adónde ir. Nana y su acompañante se dirigen hacia la salida y la cámara que había iniciado con ellos su movimiento, los abandona para encuadrar las sillas y mesas vacías en la penumbra del bar, sin nada que nos recuerde la agitación de la vida: pese a estar acristalado sólo atisbamos el interior, ningún exterior. Cuando reencontremos a Nana en el cuarto capítulo de su vida estará siendo interrogada por un policía que quiere saber cómo ha llegado hasta ese punto. La cámara permanece frontal a Nana, escrutando su rostro, impasible. Ella se explica apesadumbrada, y finalmente contesta, como haría Rimbaud: "Je, est un autre". Y en ese instante Nana gira su cabeza hacia su izquierda, mirando fuera de campo, intentando huir de la presencia de la cámara, pero ésta ya no la abandona, fijando con su presencia inmóvil la imposibilidad de una escapatoria para ella y rebuscando indecorosamente en su alma. A partir de este momento los 'cuadros' restantes encerrarán cada vez con mayor precisión a Nana en su realidad, viviendo su vida, hasta que finalmente, al ser revendida por Raoul y tratando de zafarse del forcejeo de los gánsteres, sea impulsada de un lado a otro como una pelota de pinball acabando injusta y patéticamente tiroteada en el suelo.
3. C 'est beau la vie
Nana se encuentra casualmente con Yvette, una amiga a la que no ve desde hace tiempo. Se dirigen a un bar y allí ésta le cuenta los avatares de su vida: de cómo su marido un buen día la abandonó y cuando volvió a verlo fue actuando en una película americana. Luego, poco a poco, la prostitución como medio de mantener a sus hijos. Finalmente añade Yvette: "pero yo no soy responsable". Nana, triste y resignada, contesta dulcemente que todos nuestros actos por grandes o pequeños, meditados o inconscientes —ya sean éstos mover la cabeza hacia un lado, fumar un cigarrillo o prostituirse— dependen única y exclusivamente de nosotros y por tanto somos los únicos y verdaderos responsables de nuestra vida; y añade en un momento de feliz inspiración, que sin embargo "tout c'est beau" y que a pesar de todo la vida merece la pena ser vivida. Su amiga la deja sola y Nana, melancólica, mira a la cámara y con su mirada la hace explosionar poniéndola en movimiento. Ahora, por vez primera, es ella quien impulsa la bola del pinball mientras comienza a sonar una canción de Jean Ferrat y Nana observa con paz y amargura en su mirada, a los presentes en el bar: una pareja de enamorados esperando el momento en el que deban separarse, el hombre del jukebox que escucha satisfecho su canción, Yvette y Raoul jugando al pinball... y una y otra vez la cámara regresa a Nana para que su mirada la impulse de nuevo, y para entonces, la magia del cine ya ha hecho acto de presencia.
[1] Introducción a una verdadera historia del cine. Jean-Luc Godard. Ediciones Alphaville (1980).
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